Domingo, 22 de enero de 2017

| 2003/03/17 00:00

La metamorfosis

Un estudio universitario que se lanzará esta semana muestra que, con divorcios tempranos, niños precoces, hogares monoparentales y otros factores, la familia colombiana ya no es la de antes , 56959

La metamorfosis

A sus 30 años Alfonso Escobar se siente de 45. No es que se haya madurado biche. Es que creyó siempre en la idea maravillosa de que el amor es eterno y los matrimonios para siempre. Pero la vida le enseñó demasiado rápido que estaba equivocado. El matrimonio le duró apenas año y medio.

La historia de Alfonso es más común de lo que muchos creen. Las separaciones, sean de matrimonio o convivencia, se han triplicado en los últimos 30 años, según una investigación de Profamilia. La proporción de mujeres separadas mayores de 14 años pasó de 1,8 por ciento en 1964 a 6,4 por ciento en el censo de 1993.

"Ella me vendió una imagen que no era real, dice Alfonso como un niño que justifica su pilatuna para evitar el castigo. Yo quería una luchadora que se hiciera cargo de la familia si yo me quebraba o me enfermaba. Pero fue casarnos y la mujer independiente se volvió celosa, posesiva, exigente y sin noción del ahorro".

Alfonso, hijo de divorciados, aprendió con el ejemplo de sus padres que no siempre en el camino se arreglan las cargas. Creía que podría tener un matrimonio feliz, pero pronto supo que no compartía la idea de que una relación de pareja "es para aguantarse" . Muchos colombianos como él, ven hoy el matrimonio como una negociación comercial en la que si el producto no satisface las expectativas se puede romper la transacción.

Estos profundos cambios, marcados por roles nuevos de los hombres y las mujeres en la sociedad y actitudes más relajadas frente a instituciones que, como el matrimonio, se han considerado tradicionalmente sagradas, están transformando a la familia colombiana.

El mundo no se volvió al revés. Lo que sucede es que las piezas se están reajustando en el tablero. Los cambios sociales de las últimas décadas han reivindicado la importancia de la individualidad y la premisa que se les inculca a las personas es que luchen por sus sueños y sus metas sin que nada ni nadie se interponga en su gesta por la felicidad.

El problema surge cuando varias personas con proyectos individuales, llámense esposos, padres o hijos, no logran ponerse de acuerdo a la hora de diseñar un plan de desarrollo colectivo.

Los divorcios tempranos como el de Alfonso son sólo un síntoma de este fenómeno. Pero son muchas otras las manifestaciones del cambio. La mayor libertad sexual y el derrumbe de tabúes ha disparado, por ejemplo, los embarazos adolescentes en los últimos años. Los embarazos juveniles han venido creciendo desde 1985 entre las mujeres de 15 a 19 años hasta tal punto que 15 por ciento de las adolescentes ya han sido madres. Así también, al ajustarse a su nuevo papel más activo en la crianza de los hijos, los hombres se encuentran en ocasiones confundidos, incluso asustados de perder su puesto de jefes de hogar. Las mujeres trabajadoras, que reconocen su nuevo poder en la familia, a veces se convierten en supermujeres que pretenden desempeñar todos sus roles a la vez: los tradicionales de madre y esposa y los nuevos de profesional exitosa y mujer liberada. En su afán de democratizar las relaciones familiares los padres intentan darles tanto juego a los hijos que aun los más pequeños terminan opinando sobre su crianza e imponiendo su voluntad.

Muchos ven estos cambios como la crisis de la familia y se preocupan pues, como bien lo señala el abogado de familia Carlos Fradique Méndez, "la familia es a la sociedad lo que el ladrillo es a la pared. Una familia solidaria, progresista y pacífica genera sociedades sólidas. Una pared levantada con ladrillos débiles y con malos cimientos tendrá una vida efímera".

No obstante también se puede ver en esta 'crisis' el comienzo de un nuevo tipo de familia, que si bien no encaja en el molde de los hogares típicos de películas como Los Waltons, puede ser aun más progresista y pacífica.

Aunque todavía son mayoría las familias clásicas de papá, mamá e hijos, las madres que encabezan sus hogares van en aumento y superan el 24 por ciento de la población. Además la proporción de mujeres en unión libre supera a la de casadas entre las menores de 35 años y las familias tienen menos hijos que antes. Si en 1984 en promedio las colombianas tenían 3,2 hijos, en 2000, según la encuesta de demografía y salud de Profamilia, este promedio bajó a 2,6 hijos. Esta encuesta también revela que ahora hay menos niños menores de 15 años viviendo con sus dos padres biológicos.

Así la familia nuclear, compuesta por papá, mamá e hijos, que era considerada el pilar de la sociedad, se está viendo desplazada por otro tipo de organizaciones familiares, como los hogares extensos (papás, hijos, abuelos, tíos), los monoparentales (el padre o la madre sólo con hijos) y los superpuestos (segundas uniones con distintos hijos).



Radiografia nacional

"Recién casada le fui a dar quejas a mi suegra de lo flojo que era mi esposo y ella me aconsejó que acabara de criarlo. Ahora tengo otro hijo, pero uno inútil. El amor se acaba y uno termina acostumbrándose a estar con un tipo al lado, así sea sólo de adorno", confiesa Mercedes, administradora de 45 años, quien está convencida de que a las mujeres las respetan más por estar casadas.

Experiencias como la de Mercedes, que revela la crisis de roles modernos y tradicionales, motivaron a un grupo de investigadores de la Universidad Nacional, la Universidad de Antioquia, la Universidad del Valle, la Universidad de Cartagena y la Universidad Autónoma de Bucaramanga a realizar el estudio 'Padres y madres en cinco ciudades colombianas', que será lanzado esta semana. Es un completo análisis de las transformaciones que ha sufrido la familia en Colombia en las últimas décadas.

Los investigadores entrevistaron a 400 personas de diferentes estratos en las ciudades de Bogotá, Medellín, Cali, Bucaramanga y Cartagena y encontraron que las distintas estructuras familiares están atravesadas por tres tendencias que marcan el comportamiento de sus miembros: el modelo tradicional, el de transición y el de ruptura.

El tradicional corresponde al modelo familiar típico de la década de los 50 y 60, que se proyecta hasta hoy en 40 por ciento de los hogares encuestados (clases populares y estratos muy altos y conservadores). El hombre es el proveedor y por ser esa su principal obligación no se le exige que cumpla deberes relacionados con la crianza y las labores domésticas. "Es el clásico padre inalcanzable, trabajador, que infunde temor, que nunca se equivoca y que permanece en un pedestal", señala Yolanda Puyana, una de las autoras del estudio.

La mujer conserva la figura de ama de casa cariñosa y abnegada , entregada al cuidado físico y emocional de los hijos. Es la columna de la familia y, aunque realice actividades que generen ingresos para el hogar (cocinar, coser, etc.) éstas nunca se consideran un trabajo. También incluye los casos en los que el hombre es irresponsable y abandona el hogar, dejando en manos de la mujer el sostenimiento de la casa. La relación entre padres e hijos es distante y la autoridad se ejerce a través de la confrontación y el regaño. La argumentación se reduce a la célebre frase: "Porque yo soy su papá y punto".

El segundo modelo, de transición, representa 48 por ciento de los hogares estudiados y se encuentra en su mayoría en las clases medias. Estas familias conviven con creencias tradicionales pero al mismo tiempo reconocen y adoptan nuevos roles, lo cual genera contradicciones en su forma de entender la maternidad, la paternidad y la vida en pareja.

Por razones económicas y de realización personal la mujer trabaja fuera del hogar y asume parte de las responsabilidades en el sostenimiento de la familia. Las labores domésticas y la crianza de los hijos recaen en terceras personas (empleadas del servicio, abuelos, tíos), quienes sustituyen a la madre mientras ésta trabaja. El sentimiento de culpa (consciente o inconsciente) genera en las mujeres la obligación de seguir cumpliendo y asumen dobles o triples jornadas para tratar de satisfacer todas las expectativas que se esperan de ella: ser buena esposa, buena madre, buena trabajadora y buena amante. En caso de haber desempleo masculino el hombre se encarga del hogar pero no lo hace de buena gana. En el fondo se siente inútil y culpable por no proveer a su familia de lo básico ya que su referente de rol es el del hombre tradicional. Este modelo también abarca los hogares monoparentales, producto del divorcio, y los casos de madres solteras. En esta tendencia la relación entre padres e hijos tiene más diálogo pero, irónicamente, es más confusa. A los niños y a los jóvenes toca convencerlos para que obedezcan las órdenes paternas y la autoridad se desdibuja, llevando a situaciones extremas en las que el padre castiga física o verbalmente al hijo, después se arrepiente de hacerlo y no sabe si debe pedir perdón o no.

"Como yo estaba trabajando cuando la niña nació hay una etapa de su infancia que no recuerdo bien y eso me da mucha pena", reconoce Marta, una periodista de 33 años, que encaja en este modelo y que para enmendar su falta añora convertirse en la sombra de su hija cuando crezca. No obstante nada le asegura que la niña esté dispuesta, como es el caso de Camila, una primípara de 18 años: "Tengo amigas que tienen muchísima confianza con sus mamás y les cuentan todo. A mí eso me da mamera. Mi mamá no es mi mejor amiga, es mi mamá, y es saludable que cada una tenga su espacio".

El modelo familiar de ruptura apenas se vislumbra en 12 por ciento de los hogares encuestados y se limita a los casos en los que ambas partes han adoptado los valores de la modernidad, pues hay mayor coherencia entre el discurso y la práctica. Se es 'políticamente correcto'. Aquí no se habla de obligaciones sino de responsabilidades. No hay deberes predeterminados para el rol masculino y el femenino o para el rol paterno y el rol filial. La autoridad y el respeto no vienen por derecha sino que se ganan y se deben mantener. Los padres son más democráticos, tolerantes y abiertos a negociar temas que van desde los permisos hasta la libertad religiosa y sexual.

"Mi hija tiene 17 años y yo creo que ya tiene relaciones. No quiero preguntarle cosas porque eso es algo privado, pero sí le dije que se cuidara y, lo más importante, que si queda embarazada no tiene que casarse con el tipo. Yo sé que muchos papás no piensan como yo pero uno qué saca prohibiéndoles tanto a los hijos", señala Germán, un hombre separado de 48 años que se adapta al modelo.

Estos padres no tienen miedo de mostrarse vulnerables y son afectuosos con su prole, sin importar su edad y sexo. Inculcan valores como la felicidad, el hedonismo, la solidaridad, la honestidad, la responsabilidad y rechazan conceptos como el sacrificio y el sufrimiento.

De lo anterior puede dar fe Emilia, una madre soltera de 30 años, que a pesar de los prejuicios sociales que persisten en algunos sectores ha podido encontrar una pareja estable. "La gente se ha vuelto más tolerante e incluso hay hombres que nos ven como buenos partidos porque saben que somos guerreras y no nos dejamos derrotar tan fácilmente. Es que no podemos. Los hijos nos dan fuerza".

Los antiguos modelos de crianza y relación de pareja se han vuelto obsoletos y es preciso construir unos nuevos, lo que supone una gran incertidumbre hacia el futuro. La gran pregunta de estos hogares es: ¿lo estaremos haciendo bien?



Mundo de quimeras

Al comparar las familias de antes con las de ahora se descubren cambios positivos y negativos. Hoy existe igualdad de derechos en la pareja, mayor protección legal, reconocimiento de la familia sin ceremonia previa, respeto por los derechos de los niños, mejor control de los bienes conyugales, no se discrimina a los hijos por su origen, no se idealiza el sufrimiento y hay disolución del matrimonio civil por divorcio. Pero también ahora las uniones son más efímeras, la infidelidad es más pareja entre hombres y mujeres, los padres delegan la crianza a terceras personas, se fomenta la fobia al compromiso, proliferan la desconfianza, la pérdida de autoridad y respeto de los padres y escasean redes estrechas de apoyo entre familiares.

Sin esta socialización es difícil crear vínculos, lo que supone un gran riesgo a nivel demográfico. De acuerdo con la socióloga Norma Rubiano, si se generaliza el mito de que no es bueno casarse ni tener hijos en un futuro se abrirá un hueco en la pirámide poblacional. Al no haber uniones, o postergarlas, el mercado matrimonial se satura y se dan casos de muchas personas entre 20 y 40 años que no tienen con quién emparejarse y, por consiguiente, se da una baja en la tasa de fecundidad. Según las cifras de Profamilia, 34 por ciento de las mujeres en edad fértil son solteras y 59 por ciento de las casadas planifican porque no quieren más hijos. Lo anterior es grave ya que si no nace gente no hay fuerza laboral.

En este momento el problema en Colombia no es que la gente le huya al matrimonio. De hecho, según una encuesta realizada por SEMANA a finales del año pasado en las principales ciudades, 46 por ciento de las personas están casadas y 16 por ciento viven en unión libre. De los que viven en pareja, 74 por ciento tienen hijos. Y un tercio de éstos tienen hijos fruto de varias uniones.

Entonces, entre los colombianos, la crisis no se ha dado aún porque las personas no se casen sino más bien porque abordan el matrimonio con ideas preconcebidas sobre cómo debe actuar el otro. Es decir, la gente se casa con el 'deber ser y no con el 'ser' y por eso cuando los esposos muestran sus verdaderas caras no se reconocen. La ambigüedad se transmite con la crianza, como ocurre con Amparo Reyes, una mujer de 57 años que les inculcó a sus hijos distintos modelos de unión. "Yo le dije a Natalia que llegara pisando fuerte. Nada de levantarse por la noche a calentarle la comida al marido. La época en la que la mujer estaba sometida ya terminó. Y le ha ido bien, mi yerno la trata como una reina y le da gusto en todo. A Diego, por el contrario, le ha ido mal. Su esposa lo tiene desatendido, ni siquiera es capaz de coserle un botón. Mi hijo trabaja como una mula en la oficina para darle gusto y parece que nada la complace. Es una mujer muy caprichosa y lo maneja con un dedito". Amparo no se da cuenta de que los atributos que resalta en su hija son los mismos defectos que destaca en su nuera.

Cuando los imaginarios sobre familia se alejan tanto de la realidad es normal que las personas se desilusionen, como le ocurre a Magola, la caricatura creada por Adriana Mosquera, 'Nani'.

En la primera viñeta Magola está lavando platos y su esposo le pregunta cuál es para ella el sitio ideal. Ella responde: "Un sitio donde la comida sea gratis, me quieran mucho y no tenga que hacer nada". Su esposo le dice que ese lugar no existe y ella contesta entre lágrimas: "¡Si! Es la casa de mi mamá".

Con sus caricaturas 'Nani', artista colombiana radicada en España, ha querido mostrar la realidad de muchos hogares. "Las mujeres también nos cansamos del matrimonio pero siempre que la mujer se queja la catalogan de mamona. Magola es reivindicativa porque dice en el papel lo que muchas piensan pero no se atreven a confesar".

Los prejuicios son peligrosos. Los hombres buscan en las mujeres ciertos valores asociados con lo masculino (agresivas, fuertes, luchadoras, etc.) y las mujeres buscan hombres con algunas características femeninas (tiernos, comprensivos, tolerantes). Sin embargo, cuando ellas y ellos asumen esos rasgos con mucha intensidad, la contraparte se resiente pues siente que su rol natural peligra. La mujer se siente desplazada en su papel materno cuando su pareja resulta un padre dedicado. Irónicamente las mujeres, las abanderadas de la igualdad de géneros, son reacias a reconocer los derechos de crianza de los hombres, argumentando que madre sólo hay una. Al revés sucede algo similar. El hombre, como Alfonso citado al comienza de esta historia, quiere que la mujer sea independiente y trabaje pero en muchos casos, cuando ésta tiene mayores ingresos que él o más éxito profesional, se siente disminuido.

Estas transformaciones en el seno de la familia se han dado en silencio. Se sienten en los consultorios de los sicólogos y en las oficinas de los abogados. Pero no por ello son menos trascendentales para la sociedad. Lo bueno de sacar estos temas a la luz pública radica en que la gente puede empezar a darse cuenta de que su situación personal es más común de lo que parece y que porque su familia esté cambiando, y ya no encaje en los moldes tradicionales, no significa que no sea una buena familia, un buen 'ladrillo' para construir la sociedad.

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