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| 12/13/1982 12:00:00 AM

LA MOSCU DEL BREZNEV QUE NO CONOCI

Nuestro colaborador Heriberto Fiorillo se encontraba en Moscú la semana de la muerte del líder soviético. Estas son sus impresiones.

Hace cinco años tuvimos la primera sensación de su muerte. Una foto, publicada entonces en todos los periódicos del mundo, nos lo mostró agobiado y contrahecho, de pie casi de bruces sobre el espaldar de su silla, durante una cena oficial que le brindaba en París el Presidente Giscard D'Estaing.
El Kremlin no pudo aquella vez refutar tal evidencia. Breznev se hallaba enfermo. Había sufrido su primer infarto. Y desde ese momento, lo que para la prensa internacional había permanecido como un insistente rumor de diplomacia se fue convirtiendo con el tiempo en una poderosa convicción. Los días de Breznev estaban contados. Así lo gritaron en distintos idiomas varias portadas de revistas. Al amparo de sus desapariciones temporales, su muerte fue anunciada repetidas veces prematuramente. Y en la historia del mundo contemporáneo no hubo antes nadie quizás que como él hubiera tenido el privilegio o la desgracia de haber vivido tanto tiempo en aire de mortandad.
Los mismos soviéticos, que hubieron de resignarse ante el designio inevitable de su fatalidad, empezaron a verlo como una especie de fantasma ausente y venerable que aparecía de pronto inesperadamente en las manifestaciones, dando muestras de una insospechada fortaleza. Y así lo vieron este último domingo, erecto y arrogante en su semblanza moscovita de Cid campeador, presidiendo el desfile de los militares en la Plaza Roja y diciendo con su voz cuarteada de discursos que aquel despliegue impresionante de tropas y armamentos tenía la pública intención de enfriarle la cabeza a los imperialistas. Entonces no tenía la más remota idea de que cuatro días más tarde, en ese mismo sitio, esa misma muchedumbre que aplaudía su insólita vitalidad, estaría llorando su inapelable condición de muerto. Se habían acostumbrado tanto a su muerte y a los anuncios falsos de su muerte que terminaron viendo en todo aquello una prueba irrefutable de su inmortalidad y necesitaron después veintiséis horas y media para convencerse de que aquel infarto sí le había partido esta vez en dos el corazón.

EL BREZNEV QUE NO CONOCI
Salí de Moscú tres días antes de su muerte. Jamás lo vi en persona, pero me acostumbré a reconocerlo en las enormes vallas de propaganda estatal que hay sembradas por toda la ciudad y que él comparte, desventajosamente por cierto, con las de Lenin o Carlos Marx. "El orden de Breznev" se siente, sin embargo, de llegada, en todas partes. En las preguntas y las miradas insistentes del oficial de inmigración que no puede entender por qué el dueño de este pasaporte es un tipo más gordo y más viejo que ese que está en la foto. En la atención casi agresiva del chofer que "en nombre de su seguridad" abre o cierra todas las puertas del taxi a su criterio y le da empujones al sorprendido pasajero, por bajarse de ignorante donde no debe. -Ustedes los soviéticos son huraños, malgeniados- le digo convencido a Alejandro, un tipo enorme de barba gruesa que hace de traductor, gracias a un excelente castellano, mezcla de español y de cubano, aprendido en libros e instituciones moscovitas.
-Eso no es cierto...- me replica, cuando entregamos los abrigos en el guardarropa del restaurante. Le cuento entonces brevemente las anécdotas con el oficial de inmigración y el conductor del taxi. Le añado que conviví antes prácticamente durante ocho meses con soviéticos en mi país y que así como los he visto enternecerse hasta las lágrimas con la miseria de un niño pobre he sabido soportarles su furibunda gritería, de manera continuada.
-Mira, te digo una cosa...- empieza a contestar entonces Alejandro, mientras se sienta descuidadamente sobre el mostrador del guardarropa. Pero no le dejan tiempo para terminar su frase. La señora que tiene a su cargo ese servicio le ha dado de improviso un tremendo sacudón por la espalda y se ha soltado en reprimendas ininteligibles contra el traductor que me mira estupefacto. Atrapado in fraganti en la polémica, "por sentarse donde no debe", no le queda otro remedio que reírse. Nuestra discusión ha terminado.

MOSCU Y MACONDO SE ESCRIBEN CON M
Pero el carácter rígido y normativo de los soviéticos no es lo único que impresiona. Para quien viene de un Macondo desordenado y tropical resulta más extrañamente incómodo que fácil el vivir en hoteles tipo clínica con señoritas de control en cada corredor y con porteros que solo te dejan entrar y salir de cualquier sitio si enseñas tu cartón de identificación.
Los lugares, sin embargo, que per miten apreciar mejor la disciplina de los soviéticos son las colas. Sí, las colas. Los rusos, que tienen, sin lugar a dudas, las ciudades más limpias en el mundo, con un metro tan inverosímilmente seguro, donde la gente juega a las cartas y arma charlas espontáneas con los desconocidos, esos rusos que habitan una nación sin atracadores ni mendigos, en la que no existe -digámoslo académicamente- explotación del hombre por el hombre ni propiedad privada sobre los medios de producción, esos rusos que tienen trabajo, techo, educación, vacaciones y salud asegurados, hacen también, pacientemente, las más disciplinadas colas en el mundo.
Porque hay escasez. Y eso Breznev lo sabía. También le preocupaba. Apenas se iniciaba el undécimo quinquenio de su plan de economía (1981-85) uno de cuyos propósitos fundamentales era oficialmente "mejorar el abastecimiento de bienes a la población". Distribuir bien es bien difícil . Sólo cuando uno entiende esto, puede empezar a ver casi con naturalidad que señoras robustas y previsivas carguen siempre, junto al maquillaje, comida en sus carteras. O que los amigos se lleven al despedirse el papel higiénico de tu habitación, o que muchachitas como Mónica y Helena que dicen estudiar medicina en las mañanas, ronden por las noches los hoteles para negociar su compañía por una cena o por un buen par de zapatos.
"-Aunque siempre hay que comer, no siempre hay de todo", me explica una señora que lleva su bolso lleno de hierbas y zanahorias. Yo he visto hombres y mujeres silenciosos, enfundados en sus viejos abrigos de invierno, con una bolsa bajo el brazo, andando una cola interminable hacia el queso, el pan o los helados y amontonándose uno tras otro, desde bien temprano, frente a las tiendas de ropa y de zapatos. Viéndolos ahí, firmes y pacientes, con aquella admirable tranquilidad del que espera a ver qué queda, comprende uno también un poco esa noción distinta suya sobre el tiempo. Tiempo sin "stress", que no guarda en absoluto relación con "time is money" y que cualquier occidental confundiría enseguida con el aburrimiento. A partir de esa dinámica curiosa es más fácil explicarse por qué una cena puede demorarse allí en promedio siete horas, por qué se puede fumar y brindar y discursear entre los distintos platos que se sirven o por qué el mejor horario de la televisión puede estar dedicado esta noche a la crianza de gallinas.
Un buen ejemplo de cómo viven los soviéticos la modernidad de nuestros tiempos me lo dio la dependienta de una librería moscovita. Yo me había fijado, en distintas ocasiones y almacenes, que quienes permanecían detrás del mostrador o de la caja, a pesar de tener registradoras y calculadoras para realizar las sumas, utilizaban en cambio, con mucha propiedad, unos ábacos de madera, que estaban siempre allí, junto a los recibos y papeles. Intrigado por aquella conducta que a ojos occidentalizados ocasionaban una pérdida de tiempo y eficiencia, le pregunté a la muchacha de la librería, viendo aquella flamante calculadora sobre su mesa, por qué no usaba esa en lugar del ábaco y ella me respondió con ingenua seriedad que a la máquina casi nadie le tenía confianza y que mejor no usarla porque así nunca se dañaba.

LA RUSIA POBRE Y FELIZ DE BREZNEV
Me queda la impresión de que la Unión Soviética (que recuerdo como una enorme granja llena de iglesias y edificios) es un país muy rico donde la mayoría de la gente vive pobre y feliz. En varias oportunidades algunos moscovitas me contaron que quienes gozaban de grandes privilegios eran los dirigentes del Partido, los trabajadores del arte y los deportistas. Por lo menos, eran los que viajaban al extranjero. Eso significaba otras divisas. Y la posibilidad de conseguir más cosas. Apenas en una semana, y dentro de un país tan controlado en lo más mínimo, es bien difícil para uno satisfacer a ciencia cierta su curiosidad de periodista. Uno puede dar fe del calor y la amabilidad de sus amigos moscovitas pero no puede inferir con facilidad que una camisa fina e italiana comprada en Alemania, merezca el calificativo de privilegio.
Recuerdo sí la frase de una amiga soviética en Colombia: "La URSS es un país increíble para quienes viven en ella, siempre y cuando no hayan salido al extranjero". Y aun cuando casi todos los soviéticos que conozco han salido y han regresado felices a su tierra, la verdad es que son muy pocos, poquísimos, los que tienen oportunidad de irse afuera. "Es lo máximo en la vida profesional", me comentaba uno. Y un imposible para casi todos. Porque significa mucho dinero, y en divisas extranjeras. Los rublos sólo valen en la Unión Soviética. "El individuo de aquí -me decía alguien con sorna- entre más conoce el mundo de afuera, menos le gusta el de adentro". Y yo le replicaba de inmediato que millones de latinoamericanos serían felices sin embargo, viviendo en las condiciones que viven los soviéticos. "Los viajes no son el único medio para conocer el mundo circundante", una rápida y consoladora respuesta del Estado, que amparará seguro explicando cómo además su propio mundo es una sexta parte de la tierra. Aunque se refieren es concretamente a los impresos. En la URSS se edita más literatura extranjera que en cualquier parte del mundo. Los soviéticos conocen a los demás humanos, básicamente por los libros. Eso es bien cierto. Tanto, como que toda información les llega "colada" del Estado, el que en nombre del pueblo soviético y de su bienestar, interfiere señales de radio y de televisión, censura trozos eróticos de "Cien años de soledad" y cambia la traducción cinematográfica de " ¿Por qué no vamos a la cama? " por " ¿Quieres tomar una copa?".
"Para garantizar la auténtica libertad del individuo son indispensables determinadas restricciones", me repetía incansablemente en Moscú un partidario de la censura estatal. Era el mismo que me criticaba cuando le recordaba que iba a escribir esta nota. "No tienes derecho a decir nada -él insistía-. Una semana es muy poco tiempo para conocer una ciudad. Fíjate que yo llevo 30 años en Moscú y no la conozco...".
Ambas cosas son posibles. Que él tenga razón. Y que yo tenga derecho.
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