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| 6/23/1997 12:00:00 AM

LA MUERTE DE PERIODISTAS

En Colombia la profesión más bella del mundo también se hizo la más peligrosa.

Los periodistas colombianos estaban acostumbrados a no prestarle mayor atención a las amenazas. De vez en cuando recibían cartas anónimas con mensajes escritos en letras de diferentes tamaños y colores que habían sido minuciosamente recortadas de revistas o grabadas en letraset para evitar investigaciones grafológicas. Como ese era un trabajo dispendioso los autores de las amenazas cultivaban la brevedad y escribían insultos certeros como 'sapo' o simplemente 'hp'. No faltaba una que otra llamada con diatribas en falsete que el reportero olvidaba minutos después de colgar, pues al fin y al cabo sabía que casi siempre las cosas no pasaban a mayores. Pero a mediados de los 80 la historia cambió radicalmente. Los nombres de conocidos editorialistas, reporteros de prensa y de televisión comenzaron a aparecer en las listas negras confeccionadas por los protagonistas de una guerra de la que ellos creían que eran solamente corresponsales. Todavía algunos de los sobrevivientes recuerdan cómo se convirtió en casi una rutina del oficio preguntarse entre ellos en cuál lista estaba. Narcotraficantes, paramilitares y guerrilleros escogieron los nombres de las personas que les estorbaban en las salas de redacción de todo el país, desde La Batalla en Buenaventura hasta El Tiempo en Bogotá, para enviarles, primero sufragios, después coronas, luego animales muertos y finalmente sicarios en motos o cargas de dinamita. De 1981 a 1989 fueron asesinados en Colombia 33 periodistas, una cifra que puso al país en el lugar del mundo donde más comunicadores sociales mueren en forma violenta. En esta racha cayó asesinado el director de El Espectador, Guillermo Cano Isaza, el 17 de diciembre de 1986; el periódico de los Cano fue blanco de un atentado dinamitero en septiembre de 1989, lo mismo que el diario Vanguardia Liberal de Bucaramanga en octubre del mismo año. Las palabras de la periodista de El Espectador María Jimena Duzán, en medio de los escombros del diario, le dieron la vuelta al mundo y la convirtieron en Estados Unidos en el símbolo de la heroica resistencia del periodismo colombiano. "Nuestras armas por el momento son simples escobas _dijo Duzán_ pero también tenemos la pluma". Convencidos de que las amenazas pasaban muy pronto del papel al gatillo, varios abandonaron el país y por esa vía los grandes diarios colombianos y la televisión vieron marchar a un prestigioso grupo de periodistas cuya credibilidad permanecía intacta pese al creciente escepticismo del público con la prensa en general. La cruel historia del periodismo y el narcotráfico en Colombia tiene sin embargo su lado oscuro pues, como casi todos los demás colombianos, algunos periodistas durmieron, o por lo menos pasaron largas siestas con el enemigo, y aceptaron sin escrúpulos sus juegos. En la década del 90 las fronteras quedaron finalmente trazadas pero los periodistas, además de ser víctimas de atentados y asesinatos, se convirtieron en instrumentos de negociación. La historia ya es conocida. García Márquez, que como periodista también ha tenido que escampar de la violencia del país varias veces en el exterior, se ha encargado de que el mundo la conozca a través de Noticia de un secuestro, una obra periodística que tiene imágenes tan dramáticas que en algunas librerías de Europa la han colocado en la sección de libros de ficción.
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