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| 12/3/2005 12:00:00 AM

La nación escrita en femenino

La literatura femenina ha sido subvalorada durante siglos. Hoy es grande el movimiento de mujeres que sólo leen a las mujeres.

Monjas, madres de la patria, maestras decimonónicas preocupadas por el deber ser de niñas, sufragistas y luchadoras por los derechos civiles de las mujeres, amas de casa y esposas asfixiadas por lo doméstico, amantes conscientes de su cuerpo y del erotismo, rebeldes y aventureras de los años 70, curiosas e inquietas que se preguntan por ellas mismas y lo cuentan, recreadoras de la locura y la novela de formación de los 80, comprometidas con las luchas políticas que en los 90 recurrieron al testimonio, buscadoras de las identidades borradas, narradoras que venden en el mercado global. Las escritoras colombianas responden a la pregunta que hace ya varios años formuló Helena Araújo: ¿existe un lugar para la imaginación de la mujer? Dicho cuestionamiento está unido a otro cuya respuesta no es fácil: ¿cómo han construido las escritoras ese lugar? Escribir como mujer o como mujeres implica asumir un hecho básico de la cultura: las mujeres conciben el mundo de manera diferente a como lo hacen los hombres. Indagar y escribir sobre esa diferencia o, mejor, sobre lo no dicho, lo malentendido, desconocido y subvalorizado en una cultura y un país en la cual las mujeres han hecho de todo pero casi siempre al margen de lo que se considera "grande e importante", es una apuesta subversiva. Aún hoy, al comenzar el siglo XXI y en espacios e instituciones que se podrían considerar progresistas, la escritura femenina es pensada como una monstruosidad y un 'absurdo'. Quienes así piensan desconocen los debates contemporáneos -cosa que, por fuera de la academia es excusable-, pero intuyen o tienen razones para sentirse molestos o atemorizados: la propuesta de la escritura femenina, y del feminismo, en general, está anclada en nuevas formas de conocimiento que están dejando sin piso discursos y disciplinas, tiene efectos sobre la cotidianidad y las relaciones entre hombres y mujeres de dimensiones más amplias de lo que pareciera y está reelaborando muchos de los signos, los símbolos y las nociones de belleza a partir de los cuales se ha construido la Nación. Una manera de probar lo anterior es hojear las historias de la literatura nacional en las cuales los relatos sobre el trasegar y las subjetividades de nuestras mujeres desde la Colonia no aparecen o están consignados en "capítulos separados". Por ahora, entonces, el establecimiento de las genealogías de autoras, fundamentales para la historia y la memoria de las mujeres y la puesta en circulación de herramientas de lectura para entender y valorar esos lugares literarios alternativos, que son la mayoría de las obras escritas por mujeres, es una tarea de la crítica literaria feminista. Hay que subrayar que, al margen de la inclusión de tal o cual autor 'escogido' en historias para el medio intelectual y el debate universitario, se da un hecho claro: muchas escritoras son leídas por otras mujeres, es decir, se está conformando una comunidad, creciente, de lectoras de textos femeninos. La madre Castillo, en el convento de Santa Clara de Tunja, que en el siglo XVII narró sobre sus encuentros con Dios y con ella misma a partir de metáforas de la mística y a petición de un confesor que controlaba la elaboración del relato; Josefa Acevedo de Gómez, con sus cuentos y manuales moralizantes; Soledad Acosta, la romántica, que proclamó que la mujer debe ser, como su corazón, sólo generosidad y amor, pero que éste último la puede llevar a la muerte, y editó revistas para mujeres; Elisa Mújica, que en Los dos tiempos recreó la entrada del país a la modernidad desde su visión de provinciana para inaugurar la literatura que se pregunta por la incidencia de las diferencias económicas y de clase en el ser mujer; Albalucía Ángel, que ha escrito la mejor novela experimental y de denuncia sobre la violencia política y contra las mujeres del medio siglo XX y Las andariegas, la obra colombiana que mejor explica lo que se podría llamar la escritura femenina y posmoderna; Marvel Moreno, que en Diciembre llegaban las brisas recreó los devaneos de la burguesía de Barranquilla con sus señoras aburridas, alcohólicas, adúlteras; Tatiana de la Tierra, que nació en Colombia pero también es latina y desafía la norma heterosexual; las que piensan qué público comprará sus obras y cuáles son los temas de moda antes de escribir; Margarita Posada y las que hoy hacen relatos fragmentados que pueden ser leídos o vistos de manera simultánea por Internet o en video, han intentado, aunque de manera ambivalente y a veces en complicidad con el patriarcado, desligarse de las nociones de ángel (que las confina a la pasividad y al hogar) o de demonio (que las convierte en monstruos cuando son creativas y activas) para poder expresarse. Lenguajes llenos de silencios, blancos, sobreentendidos, que revelan el miedo a entrar en ese lugar público que es la escritura; de imágenes y personajes que revelan las frustraciones de generaciones de mujeres; de nuevas miradas al cuerpo femenino que a veces es para la maternidad, el placer, que envejece o fue violado. Cocinas que esclavizan, fogones que permiten imaginar porque es allí donde, muchas veces, se escribe; abuelas, madres e hijas y sus historias encadenadas; muchachas de hoy, aguerridas y más libres porque están cosechando los logros alcanzados por otras generaciones de mujeres; jóvenes, a veces lesbianas, en el mundo laboral y posmoderno, son personajes y temas de esos relatos de lo no dicho. Las colombianas también desmontan la historia oficial con voces de mujeres, testimonios y relatos de gente del común; hacen novelas sobre guerrilleros, desplazados, desaparecidos y mujeres-narradoras en busca de sus amantes y maridos; autobiografías de guerreras como Vera Grabe que le explica a su hija por qué se hizo combatiente del M-19, la historia de Colombia de los últimos 25 años, y ahora quiere la paz. Debo añadir que la elaboración de los signos y símbolos que conforman la memoria de las mujeres colombianas es una apuesta literaria y política cuya efectividad se medirá por la capacidad de esas metáforas e imaginarios de permitir la expresión de los sujetos femeninos y de incorporarse a la cultura para mostrar otras maneras de ser. La realidad se construye con el lenguaje, ya lo sabemos. ¿Difícil? Sin duda. *Profesora de Literatura, Universidad Nacional de Colombia

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