Martes, 17 de enero de 2017

| 2002/06/06 00:00

La suerte jugada

El presidente de Ecopetrol, Alberto Calderón Zuleta, acaba de publicar un libro en el que pronostica el futuro del petróleo en Colombia. Estos son algunos apartes.

La suerte jugada

Una pregunta reincidente en todos los escenarios colombianos donde se habla de exploración y explotación petrolera es: ¿hasta cuándo será el país autosuficiente en materia de producción de crudos? En realidad, la pregunta está mal planteada. Es cierto que Colombia no quiere volver a repetir la experiencia vivida durante ocho años, entre 1977 y 1985, cuando tuvo que ser importador de crudo. Pero lo que importa hoy no es tanto la autosuficiencia petrolera, sino la necesidad que tiene el país de contar con sus exportaciones de hidrocarburos.

Sin nuevos descubrimientos petroleros el país tendría, a mediados de esta primera década del nuevo siglo, un déficit en la balanza de pagos del orden del 5 por ciento de su Producto Interno Bruto, niveles difícilmente financiables en los mercados internacionales, dada la ya elevada relación de deuda externa sobre PIB. Sin nuevos descubrimientos no sólo dejaría de reflejarse el dinero proveniente de las exportaciones en la balanza de pagos del país —colocándola a su favor como en los últimos 17 años—, sino que el desequilibrio sería en contra: habría más importaciones y menos exportaciones en una economía que no ha alcanzado un alto grado de diversificación, que no tiene todavía una gran cantidad de productos para colocar en los mercados exteriores a fin de compensar la pérdida de un producto de tan alto impacto como el petróleo.

Y como si lo anterior no bastara, la progresiva desactivación de la industria traería consigo menos pago de impuestos y menos transferencias al Estado que, como ya se ha visto, deriva de estos conceptos parte de su presupuesto para inversión social. Las regiones petroleras, con sus departamentos y municipios donde se produce crudo, se transporta o se exporta, también verían disminuir sus regalías y con ellas sus presupuestos, es decir, sus dineros para el gasto y la inversión.

La extinción de las exportaciones de hidrocarburos se haría sentir, por lo tanto, no sólo en las arcas del Estado colombiano y en la economía de las regiones, sino en el bolsillo de los 40 millones de habitantes del país.

Por ello, mantener la condición de exportadores en materia de petróleos y derivados se convierte en un asunto necesario para que el país pueda sostener su estabilidad externa. A su vez, son necesarios equilibrios externos para conservar tasas de interés reducidas, a fin de que aumente la inversión y el país vuelva a alcanzar tasas de crecimiento aceptables durante esta década.

Afortunadamente, la gran reactivación en la exploración petrolera permite ser razonablemente optimistas sobre el futuro de las exportaciones colombianas de hidrocarburos.

Dos sustantivos caracterizan al negocio petrolero: riesgo e incertidumbre. Sin embargo, se han buscado factores que puedan disminuirlos o, al menos, aclararlos.

El conocimiento despeja la incertidumbre. Y en este sentido se ha perfeccionado la tecnología: se han desarrollado aparatos de mayor precisión sísmica que permiten un trazado más cercano de las secuencias de las rocas. También han surgido nuevas tecnologías exploratorias para llegar a mayores profundidades, lo mismo que sistemas de producción cada vez más sofisticados para un mayor recobro del crudo.

Los riesgos de tipo social, político, económico, no sólo de los países y regiones donde se produce el crudo, sino del mundo en el que el precio del hidrocarburo se fija por sus mercados, por el conocimiento de reservas, la existencia de inventarios y los avatares de su acontecer político, son estudiados, calculados, proyectados, escenificados, buscando la mayor aproximación a los mismos.

Esta suma de conocimiento, desarrollo tecnológico, análisis y proyecciones intenta despejar para la industria petrolera las “leyes laberínticas” en las que se desenvuelve, para usar las palabras de Borges.

Las simulaciones trabajan con las probabilidades de volver reales las situaciones bosquejadas, de tener todas las variables en la mano para que gane el mejor, el que trabajó la mejor estrategia, el que interfirió al máximo el azar. Es lo que ha hecho Colombia en 2000, 2001 y 2002.

“Colombia acaba de hacer un hallazgo importante de petróleo y después vendrán otros. (...) Lo contrario sería suponer que los que diseñaron la frontera entre Colombia y Venezuela a la hora de la separación de la Gran Colombia sabían algo de geología. Creo que los venezolanos han invertido muchísimo más en exploración petrolera que los colombianos y por eso hemos encontrado muchísimo más petróleo. Las reservas de petróleo es (sic) un concepto económico y no geológico, y depende fundamentalmente de la inversión en exploración”.

Lo dijo en 1994, en Bogotá, Ricardo Haussmann, ex ministro de Estado venezolano y profesor del Instituto de Estudios Superiores de Administración de Caracas, poco después de la declaratoria de carácter comercial de los campos Cusiana y Cupiagua. Lo sabe Ecopetrol, que durante los tres años citados, salió a los mercados internacionales a promocionar su alta prospectividad.

En este trienio el esfuerzo estuvo concentrado en captar socios con suficientes capitales de riesgo dispuestos a apostarle al crudo colombiano, cuyo hallazgo y explotación son necesarios para Colombia.

La difusión del conocimiento geológico del país, la política de puertas abiertas e información compartida con las compañías interesadas, los esquemas de asociación con participaciones equilibradas tanto para el inversionista como para el Estado, la segmentación de áreas de alto y mediano impacto, las ofertas de exploración aguas afuera y de recobro de crudos en campos ya descubiertos, hacen parte de una estrategia focalizada en reactivar la exploración petrolera y el hallazgo de crudo y gas.

Los resultados, 60 contratos firmados, que comenzaron a efectuarse en 2001 con trabajos de sísmica y perforación, permiten afirmar que la suerte del país, en materia petrolera, está definida para los próximos 10 años.

En el inmediato futuro Colombia vivirá una gran actividad exploratoria, producto de la cristalización de estos contratos. Algunos de los siguientes nombres: Sirirí, Iskana, La Hocha, Tángara, Tame, Niscota, Tierra Negra, Acevedo, Macuira y Cóndor, entre otros, están destinados a ser repetidos por los colombianos. En las regiones que ellos cobijan duermen, desde el cretáceo, el petróleo y el gas destinados a ser descubiertos y extraídos para que Colombia conserve su condición de país autosuficiente y exportador de hidrocarburos.

El interés constante por mantener activa la búsqueda y extracción de hidrocarburos en los suelos colombianos debe ser una preocupación de los gobiernos y de su empresa estatal. Colombia no puede seguir con una política intermitente en materia de contratación petrolera, a veces sí, a veces no.

La gran contribución política que pueden hacer los poderes públicos a la industria del petróleo es impulsar un Estado donde haya estabilidad tributaria, estabilidad en las regalías y orden público. Esto —aunado a la voluntad y al empeño sostenido de la empresa estatal por aumentar su conocimiento geológico, hacer conocer su prospectividad en materia de petróleos, ampliar la visión que de ella tienen los inversionistas y atraer capitales de riesgo— le garantizaría al país contar con los ingresos del petróleo en su economía más allá del año 2010.

Porque hasta ese año las probabilidades de hallar petróleo son altas. Con la perforación de más de 40 nuevos pozos de petróleo durante los próximos dos años, con la perforación de más de 15 prospectos gigantes y de alto impacto superiores a 500 millones y 100 millones de barriles, respectivamente—, es razonable suponer que se encontrarán nuevos yacimientos petroleros. Si la experiencia y las estadísticas recopiladas durante los 50 años de existencia de Ecopetrol sirvieran para pronosticar el futuro, podría asegurarse que se encontrará petróleo en el 15 por ciento de los pozos perforados y la producción del país alcanzará el millón de barriles diarios al finalizar esta década. Si se quiere ser más cauteloso, y eso es lo que ha hecho Ecopetrol, se supone una tasa de éxito del 10 por ciento. No obstante, estos descubrimientos serían suficientes para que el país continuara siendo exportador de hidrocarburos durante toda esta década y para que alcanzara una producción de 800.000 barriles diarios de petróleo a finales de la misma.

En otras palabras, Colombia seguirá siendo un exportador de hidrocarburos durante esta década, y con una alta probabilidad el déficit en la balanza de pagos del país será manejable entre –3 y –2 por ciento de su Producto Interno Bruto. En este escenario, el balance fiscal de la actividad petrolera entre los años 2002 y 2010 sería de algo más de 19.000 millones de dólares, calculado el precio del barril con lo proyectado por Cera, una de las agencias mundiales de estudios energéticos con mayor reconocimiento.

Significa esto que con petróleo la primera década del nuevo siglo tendrá mayor estabilidad que la pasada. El crudo seguirá siendo un generador de recursos para el Estado y un posibilitador de la inversión social. Y Colombia podrá centrar sus esfuerzos en la activación y desarrollo de su industria, en la búsqueda del crecimiento de sus sectores productivos y en la diversificación de su oferta exportadora. Todo ello reflejado en una economía cada vez más dinámica que posibilite la participación más equilibrada de los colombianos en el consumo de bienes básicos y aun suntuarios.

En pocas palabras, el petróleo seguirá siendo la salvaguarda de la economía colombiana.

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