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| 9/8/1986 12:00:00 AM

LA TORRE DE MARFIL

¿Qué tan aislado se encuentra Virgilio Barco?

En vísperas de la posesión del presidente Virgilio Barco circulaba un chiste entre quienes aspiraban a algo. Que ellos mismos, los aspirantes, se dividían en tres categorías: los "casi fijos", que eran los que habían podido hablar con Barco en los dos meses largos transcurridos desde las elecciones; los "fijos", que eran los que habían recibido de Barco alguna respuesta; y los "superfijos" que eran los que habían entendido la respuesta. Estos tenían puesto asegurado.
El chiste es sólo un síntoma revelador del talante de gobierno que inauguraba Virgilio Barco aun desde antes de su instalación formal en el palacio de los presidentes: un talante basado en el laconismo, la inaccesibilidad y el secreto. Ya más en serio, y ya desde el poder, el nuevo Presidente había de reiterar ese estilo desde su primer decreto: ni uno solo de los "superfijos" encontró su nombre en el nuevo gabinete.
La distancia, el misterio, el silencio, son antiguos y eficaces instrumentos de poder: no se los ha inventado el presidente Barco. No todos los presidentes de la República tienen por qué ser tan amigueros y accesibles como Belisario Betancur, a quien no solamente "daban ganas de abrazar", como decía de él el ex presidente Turbay, sino que, literalmente, abrazaba a quien se le pusiera a tiro: cantantes, guerrilleros, periodistas, pintores. Dos de los dirigentes políticos más grandes de este siglo y mejor conocedores de los hombres, aunque con personalidades tan distintas como José Stalin y el general De Gaulle, hicieron de la inaccesibilidad y el misterio las más útiles herramientas de su poder. En el caso de Virgilio Barco la herramienta coincide además con su temperamento, más amigo de los memorándums que de las charlas. En él, la estrategia y las inclinaciones se refuerzan mutuamente.
Lo cual, por otra parte, implica un cierto peligro: el del aislamiento. El cargo de Presidente es sin duda el más solitario de todos, y quien lo ostenta se va viendo paulatinamente en cerrado y cortado de la realidad por un muro de adulación que va fortaleciendo en él un sentimiento creciente de infalibilidad. Los presidentes, aun los más accesibles, aun los más atentos al chisme y al rumor, acaban aislándose en una torre de marfil hecha por partes iguales de zalamería y autocomplacencia. Y en el caso de Virgilio Barco esta tendencia puede acentuarse debido a la experiencia de su campaña electoral, en la cual triunfó arrolladoramente cuando la opinión general, incluída la de sus consejeros y asesores, coincidía en pensar que su estrategia estaba equivocada.
Barco tuvo, pues, razón sobre la opinión de sus propios generales. Esto no necesariamente es bueno, pues la historia demuestra que una sucesión de aciertos contra todos los consejeros puede llevar a un preocupante síndrome de infalibilidad. Algo semejante le sucedió a Hitler, que una y otra vez tuvo razón contra la opinión de todos sus expertos militares en los primeros años de la Guerra Mundial -y con esta seguridad y de nuevo contra todos ellos se embarcó irreversiblemente en la catástrófica campaña de Rusia.
Frente a todo lo anterior existe sin embargo un elemento tranquilizador. Y es el hecho de que los dos personajes que aparecen como los hombres claves de lo que será la administración Barco figuran entre los colombianos más reconocidamente aterrizados y realistas. Se trata de Gustavo Vasco y Germán Montoya. Vasco, que desde hace años es uno de los más íntimos amigos del nuevo Presidente y durante el período de la evaluación y el empalme con el gobierno anterior demostró que es su colaborador más cercano e influyente, no ocupará ningún cargo en el nuevo gobierno, y acaba de rechazar de manera tajante el Ministerio de Comunicaciones. Pero seguirá siendo la eminencia gris de Barco, el poder detrás del trono, aunque no ocupe ninguna posición oficial. Su contraparte -es decir, el poder delante del trono- será Germán Montoya, que en su calidad de secretario general de la Presidencia estará en capacidad de filtrar y manejar la información y el acceso al Presidente.
Este contará además, según ha podido saber SEMANA, con una especie de brain trust informal al estilo norteamericano: algo así como un gabinete fantasma de consejeros de confianza, sin cargos específicos y sin sueldo, que tendrán el privilegio del acceso directo a Barco las veinticuatro horas del día. Entre ellos figuran hombres ponderados como Juan José Turbay Mario Latorre Rueda y Enrique Peñalosa. De manera que al nuevo Presidente podrá faltarle lengua; pero en cambio le van a sobrar ojos y oídos. La gran incógnita está en saber si les va a hacer caso-
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