Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2005/12/03 00:00

La virgen: Símbolo femenino y poderoso de colombia

Es el ícono femenino más venerado en Colombia. Tiene diferentes nombres, apodos, santuarios y colores. Así como es invocada para matar, también lo es para pedir por la paz.

La virgen: Símbolo femenino y poderoso de colombia

Hay que decirlo: Dios es de una pobreza cultural infinita, infinita como su manto celestial. Está demasiado lejos, es demasiado grande para ocuparse de los asuntos ordinarios de los hombres y las mujeres de Colombia -el resultado está a la vista-, demasiado intemporal e impersonal. En la experiencia religiosa ha habido, siempre, una sed por lo concreto, por jalonar a la tierra el culto de divinidades más dinámicas, más fecundas, más dadoras de vida. Han sido otras fuerzas sagradas y femeninas más cercanas a la humanidad, más accesibles a su experiencia cotidiana, más útiles, las que han asumido el papel preponderante en la construcción de nuestra identidad. Pero sobre todo, más históricas y por tanto menos abstractas, menos absolutas: esto significa, un abandono y desencanto por la trascendencia y más bien adopción y preferencia por todo aquello que es indispensable, generoso y ¡gozoso para la vida! Lo que ha ocurrido en Colombia y en buena parte del catolicismo popular latinoamericano es que se ha fraguado la eficaz y conmovedora sustitución de un Dios abstracto por una Virgen histórica. Se trata de una victoria de las formas dinámicas, dramáticas y ricas en valencias míticas, frente al ser supremo que es noble, pero pasivo y lejano. La Virgen llegó a Colombia traída por las huestes españolas y se quedó para siempre. Por su condición inexorable de Madre, dadora de vida, sedujo a los nativos y posteriormente a los mestizos. La Virgen bajó del cielo medieval europeo, para ser terrestre y tener nombre, cientos, miles de nombres. Todo pueblo, toda comunidad quiso su Virgen Madre, escogió a su Virgen, inventó e hizo aparecer la Virgen y se identificó con ella, convirtiendo a la deidad femenina de la Virgen Madre, en el ícono fundacional y dador de sentido a todo el territorio cultural colombiano. La Virgen es brava, batalladora, tierna, revolucionaria, conservadora o liberal. La Virgen en Colombia es pueblerina, montañera, aldeana, parroquial. Es paramuna y calentana, es 'aindiada' y a veces negra, también blanca. Tiene apodos, le llaman la mestiza, la chiquita, la niña, la mamita, la ojona, mamaconcia, la moreneta, la guapa, la pachamama, la pilarica o candelita. Es de, de Atocha, de Chiquinquirá, de IIes, de la Playa, de Los Remedios, de Bojacá, de Güicán, de Torcoroma, de Sabaneta, de Caloto, de Ancuyá, de Cacotá, de Zopetrán, de Ocaña, de Purificación, de Las Lajas. Tiene lugar y tiempo. Tiene cédula o documento de identidad. El interés de los devotos por el cuerpo de María, por sus pechos nutrientes y su vientre fructífero ha creado, desde la Edad Media una compenetración reciproca entre la Madre de Dios y las mujeres, de todos los tiempos, invitando a un momento de gran identidad. Las mujeres medievales vivían y experimentaban a María, no como un ser sobrenatural e inalcanzable sino como mujer que había sufrido peligros y penas del sexo femenino: embarazo, parto, pobreza, discriminación, exilio y perdida del propio hijo.1 Dicha identidad ha acompañado a los devotos, a las mujeres madres y a los hombres de esta Colombia huérfana hasta la actualidad, luchando frente a un discurso oficial, reiterativo, que ha consolidado en el ícono femenino de la Virgen Madre, un dispositivo de limpieza, de castidad y de virginidad a toda costa autoritario y empobrecedor. La Virgen María es un símbolo femenino fuerte que le permitió al cristianismo imponerse en el llamado mundo pagano de la antigüedad clásica, se fortaleció en la baja Edad Media y viajó en primera clase a América. Un símbolo exitoso de convergencia, de síntesis de forma y contenido entre lo viejo y lo nuevo, entre lo europeo y lo americano. Un ícono que lleva consigo sustitución y acumulación de cultos y diversas recreaciones estéticas, heredera de la antigua Isis y de Palas Atenea y Artemisa. Ha sido Virgen bizantina, negra, renacentista y barroca, se dejó pintar por Rafael y también por Zurbarán, los Figueroa o Arce y Ceballos, bajó al Tepeyac, al Cerro de Bolivia, al Pastaran y a Guicán y se dejo amar por los indios e indias, por los campesinos pobres, por los sicarios. Un símbolo mestizo por excelencia. La disputa iconográfica generada a partir de la Reforma, tomó como escenario a América desde los tempranos años del siglo XVI y se impuso sus imágenes y advocaciones dando poder a la permanencia, transformación, reinterpretación y resignificación de las identidades del Nuevo Mundo. Se enraizó y se domesticó en tierra americana y colombiana. Es de aquí, de nosotros, pero también ascendió al cielo en cuerpo y alma: por eso su inobjetable cualidad, la de ser mediación. Criatura que pertenece conjuntamente a la tierra y el cielo, intermediación, puente entre lo terreno y lo inescrutable. De tanta mediación, el símbolo femenino católico, adquirió una autonomía sin par como la de sus antecesoras 'paganas', que eran vírgenes madres, no por castas, sino por afirmar, precisamente, la autonomía con respecto a la intervención masculina para engendrar vida. La Virgen madre es el signo inequívoco de libertad y soberanía, adquiriendo para sus devotos una jerarquía y poder inigualables. "¡Si Dios existe, tiene que haber madre"!, me dijo, categóricamente, un campesino en dirección al santuario de la Virgen de Las Lajas: actualizaba y resumía en la práctica y en la creencia popular, lo que en el Concilio de Éfeso del año 431, pudieron definir, con mucho trabajo, los teólogos de la antigüedad: que la Virgen era Madre de Dios, Theothokos. La Virgen en América ha ocupado un lugar preeminente en la historia de este continente. Cristóbal Colón emprendió su viaje de descubrimiento a bordo de 'La Santa María' y en su diario, cuenta cómo hacía rezar, a los marineros, todas las tardes, la Salve. Numerosos conquistadores como Cortés, Pizarro, Balboa y Ojeda se encomendaron a la Virgen para llevar a cabo sus empresas de conquista. La primera fundación que se tiene noticia en territorio colombiano, lleva por nombre Santa María la Antigua del Darién y en nombre de María se llevó a término el triunfo de la conquista. Pero sucedió algo increíble: aquel ícono que había doblegado y seducido a los pueblos indios, se rindió y cedió, ante tantas caricias y pruebas de amor, de nativos y mestizos y se erigió años después como el estandarte privilegiado de las luchas de independencia. Al grito de "¡Viva María de Guadalupe" el Cura Hidalgo y sus compatriotas iniciaron el proceso de independencia de México. Las tropas de Sucre se encomendaron a la Virgen de la Concepción en la memorable batalla de Ayacucho de 1824, la Virgen de las Mercedes en la batalla de Tucumán en 1813 por la independencia de Argentina, la Virgen de Chiquinquirá en la campaña libertadora de Bolívar; la misma Virgen de Las Mercedes en la batalla de Pichincha en 1820 y la Virgen del Carmen fue asumida como patrona de Chile en las contiendas de independencia de 1818. Cumpliendo diversos propósitos, muchos de ellos contradictorios entre sí, la Virgen histórica llega hasta nuestros días cumpliendo y acompañando tareas coyunturales de la Colombia actual, sometida a situaciones de violencia en un escenario turbulento de grandes contrastes de orden social y de representación política, sirviendo de mediadora para liberar los secuestrados de la guerra y saliendo en procesión para legitimar procesos de paz. Centenares de santuarios marianos están emplazados por toda la geografía sagrada de Colombia, conectados por infinitos caminos de peregrinación. Allí, hombres y mujeres establecen comunicación con lo sagrado femenino y demandan por intermedio de la madre, una sociedad más generosa, dadora de vida, de esperanza y mediadora ante la muerte. La Virgen María es el símbolo paradigmático por excelencia y representa una de las pocas figuras femeninas que ha llegado a adquirir un estatus de mito, un mito que por cerca de 2.000 años ha atravesado nuestra cultura. Un mito que no es simplemente una leyenda, sino un espejo mágico que refleja a un pueblo y su universo de significados. La Virgen es, a pesar de su carácter de conquista inicial, un símbolo en permanente creación o transformación por el imaginario popular en representación de la madre y la mujer. Por lo tanto, un escenario siempre posible para la batalla, la circulación y la apropiación de signos. Asistimos a nuevas y permanentes conquistas del sentido para manipular y trasmitir el signo símbolo que representa la Virgen María. A pesar de la imposición hegemónica, ya hace tiempo que se ha dado lugar a una sintonización con un símbolo mediador, no secuestrable e imposible de arrebatar; ello ha incidido directamente, no sólo en la realidad cultural sino en la organización de la sociedad, la economía, los valores feministas, la cultura política y la paz de la Nación. * Antropólogo. Universidad de los Andes Destacado La Virgen llegó a Colombia traída por las huestes españolas y se quedó para siempre. Por su condición inexorable de Madre, dadora de vida, sedujo a los nativos y posteriormente a los mestizos.

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