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| 1/15/2001 12:00:00 AM

La visionaria

Amanda Mosquera, una maestra chocoana, se ha empeñado en cambiar la cultura minera de Condoto por una agroambiental y ha mejorado la calidad de vida del municipio.

Amanda Mosquera nació en Andagoya hace 51 años cuando este pueblo era un ‘territorio gringo’ en la selva chocoana, regido por una auténtica política de apartheid pero en el que abundaba la carne, había luz eléctrica y la universidad de los jóvenes era financiada por Chocó-Pacífico, el imperio minero más grande que ha existido en el país.

Por eso Amanda, hija de un obrero de la minera estadounidense, pudo estudiar en Bogotá, sacar la licenciatura en la Universidad Libre y graduarse con una maestría en historia del Externado de Colombia.

Las puertas de la capital se le habían abierto. Pero ella decidió volver a su tierra, esta vez al municipio de Condoto, a 20 minutos de Andagoya, donde es rectora del Colegio Nacional Agroambiental y Ecológico Luis Lozano Scipión hace siete años.

Encontró un pueblo enguayabado de la borrachera de la bonanza del oro de los años 80. Las retroexcavadoras le habían cambiado a los condoteños sus terrenos por televisores a color, casas de material enchapadas y prostitutas. Las mineras habían convertido las praderas tupidas de selva en piscinas oxidadas. Y habían dejado a Condoto atrapado en una sinsalida: sin el oro, su único alimento, y sin saber hacer nada más.

El desempleo alcanza, aún hoy, el 40 por ciento y la única fuente de empleo formal para este municipio de 18.000 habitantes es la alcaldía, que hace más de 10 meses no les paga a sus funcionarios.

Entonces, Amanda y el equipo de profesores del Scipión decidieron convocar a una junta de padres de familia y proponerles convertir el colegio, que tenía un pensum normal, en uno ecológico y agroambiental. La gente era escéptica. Creía que donde se daba el metal no crecía nada más. Y además la idea de esperar a que algo se diera cuando antes con sólo barrer el frente de su casa podían encontrar una pepita de oro que les proporcionara lo del día, tampoco los emocionaba. Sin embargo aceptaron. No tenían otra opción.

A Amanda se le ocurrió, entonces, pedirles por adelantado 500 pesos a los estudiantes para que pudieran comer durante la semana cultural pescado criado en un estanque que construyeron en la escuela. Codechocó les regaló unos alevinos y el colegio compró el alimento. En la apertura de la semana en octubre cada estudiante se comió una cachama entera. “Eso fue el rumor en todo el pueblo”, dice Amanda, con una inmensa sonrisa de satisfacción.

Al año siguiente hicieron lo mismo pero con pollo. Los estudiantes dieron 1.000 pesos por adelantado. La rectora convocó a una ‘marcha del ladrillo’ y construyeron entre todos un galpón. Compraron 400 pollos en Medellín. Y en octubre inauguraron la semana cultural con un cuarto de pollo ‘condotiano’ cada uno. Las demás aves las vendieron en el pueblo en diciembre. Estos experimentos los repitieron con marranos, carneros, pavos y patos. También se dedicaron a cultivar hortalizas, maíz, plátano y árboles frutales en unas hectáreas que compraron a las afueras del pueblo, donde los estudiantes practican varias horas a la semana.

Es una granja que envidiaría cualquier agricultor pero, sobre todo, es la ‘prueba reina’ de que en territorio minero sí se pueden cultivar alimentos. En realidad ya nadie en Condoto lo pone en duda. El pueblo ahora exporta pescado a Istmina. El pollo, que antes traían de Pereira, como todos los demás alimentos, ahora lo producen y procesan en el pueblo. Y Codechocó les compra toda la producción de cerdos. “La conciencia cambió en un 80 por ciento, afirma Amanda. Ahora todo el mundo está tratando de hacer su granja”.

Como los alumnos tienen que hacer un proyecto agroambiental productivo como trabajo de grado, cuando salen del colegio ya cuentan con una microempresa agrícola, de peces o de cerdos que les permite sostenerse así no encuentren otro empleo. Y de paso, han involucrado en esta práctica a muchos de sus familiares, que ahora alternan el trabajo agrícola con el mazamorreo en las minas.

La experiencia ha sido tan exitosa que pueblos vecinos, como Nóvita y Andagoya, han comenzado a copiarla y ya están montando sus propios estanques. “En un trabajo mancomunado con los maestros y entidades demostramos que sí se podía vivir de algo diferente a la minería”, dice Amanda. Los jóvenes cuidan ahora los huevos de la gallina de verdad.
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