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| 6/25/2005 12:00:00 AM

Las canciones de la tierra

Música tradicional, la popular y la académica ofrecen un muy complejo y rico panorama difícil de clasificar y valorar. Lo que sí es cierto es que las modas, los medios masivos y la violencia amenazan con extinguir varias de estas expresiones de la cultura colombiana.

Al igual que nuestros valiosos y estratégicos recursos y que el imponente patrimonio natural, gran parte del patrimonio musical colombiano vive aún en las selvas, islas, ríos y montañas, en esa Colombia de frontera sujeta al olvido, la depredación y la violencia. Este patrimonio tiene tres tipos de música: tradicional, popular y académica, que incluyen lo tangible, como sus instrumentos musicales, y lo intangible, es decir, sus estilos y sus estructuras expresivas. Ahora bien, las fronteras entre estos tres tipos de música han sido y son cada vez más difíciles de delimitar y casi siempre la académica y la popular se han nutrido de la tradicional, si bien aquellas, en muchos casos, se han tradicionalizado.

En esas zonas marginales, y hasta hace poco aisladas, subsiste la música tradicional, estrechamente ligada a sus contextos de uso, fiestas, ceremonias y rituales y que tiene referencias eminentemente locales. Por otra parte, en el ámbito urbano tenemos la música popular, muy ligada a los medios masivos de comunicación, el entretenimiento y la industria fonográfica. En el otro extremo del espectro está la música académica o clásica, que, al contrario de la primera, tiene referencias internacionales y desde su origen ha estado ligada al concepto de lo 'artístico'. En nuestro país de ciudades con una cultura de masas internacional, la música popular constituye la tajada más grande, y deja nichos pequeños a la tradicional y a la académica. Sin embargo, no todo este bagaje es estrictamente autóctono, ya que en la mayoría de los casos se observa la 'tradicionalización' de elementos musicales de diferentes procedencias y, ante todo, en ellos predomina la mezcla o sincretismo, característico de las músicas colombianas, latinoamericanas y del mundo.

Hoy día es muy difícil desligar el patrimonio musical de los medios de comunicación y de la industria fonográfica. El concepto de música como 'mercancía', que espantaba a los puristas a mediados del siglo anterior, se ha convertido en una importante forma de supervivencia de tradiciones musicales locales que constituyen ese patrimonio. Gracias a las grabaciones de música indígena y tradicional, hoy podemos apreciarla e intentar divulgarla y protegerla. Oyéndolas, sabemos que aún queda algo de ese mundo antiguo que cambió profundamente a comienzos del siglo XVI. Los Kogi de la Sierra Nevada de Santa Marta cantan y bailan "para no morir" y su música esta ligada a la explicación del nacimiento del ser humano y del mundo, ya que una de sus nueve madres creadoras, Shivaldaman, es también la 'madre del canto'. La geografía y la historia del patrimonio natural U'wa son rememorados en los cantos de estos indígenas que hace un tiempo amenazaron con suicidarse masivamente si se procedía a la exploración de petróleo en sus territorios ancestrales. El vuelo de la tijereta (golondrina nativa) que cantan los shamanes U'wa, los lleva por páramos y quebradas, enumerando piedras y frailejones desde El Cocuy hasta la Sierra Nevada de Mérida, lo que nos recuerda que la frontera con el vecino país es realmente 'muy nueva'.

Los instrumentos musicales, los cantos y los bailes de nuestros grupos indígenas (ver aparte lenguas y grupos étnicos) están enraizados en su pasado remoto precolombino, pero también son producto de los cambios ocurridos en el último medio milenio. Los Nasa (llamados también Paeces) del Macizo colombiano son el grupo indígena que tal vez mejor se ha adaptado a los cambios políticos y sociales recientes. Esa adaptación es muy antigua y su música da fe de ello, pues incluye contextos religiosos católicos, instrumentos musicales europeos y estructuras rítmicas afro-americanas, pero está profundamente entroncada en su cosmovisión y en su lenguaje.

Las estructuras y los instrumentos musicales europeos vinieron con las invasiones españolas y muestran hoy una larga tradición, compartida con países tan dispares como México, Brasil, Cuba y Argentina. El canto de décimas (estrofas de 10 versos con versificación fija) todavía se conserva entre los campesinos de la costas atlántica y pacífica. En esta última se recitan y no se cantan, pero en su lugar se cantan romances (sucesión de cuartetas octosílabas) cuyos textos aún hablan de Carlomagno y de los héroes de las novelas de caballería que enloquecieron a Don Quijote. Igual ocurre con los instrumentos musicales renacentistas y barrocos españoles usados por los campesinos latinoamericanos, tales como cuatros, tiples, requintos, arpas, flautas, chirimías, rabeles y violines, cuya distribución abarca desde Estados Unidos hasta Chile y Argentina. Entre nosotros, estos están bien representados en la música llanera y en la de tiple y requinto del sur de Santander y el norte de Boyacá.

Pero, tal vez la tradición musical que ha dejado más huella en Colombia es la africana, ya que sus estructuras se hallan en muchos de nuestros estilos musicales, así como en la música popular de toda América (danzón, tango, blues, vallenato y samba, solo para citar unos ejemplos). La herencia musical de cientos de miles de esclavos africanos que llegaron a nuestro país a lo largo de más de tres siglos, no sólo se detecta en las costas, sino también en los bambucos y los sanjuaneros del interior, aunque es más evidente en los instrumentos africanos aclimatados en Colombia desde hace siglos, como el arco musical y la marimba. Estos rasgos también son evidentes en las supervivencias léxicas africanas del ritual funerario denominado lumbalú en el Palenque de San Basilio, muy cerca de Cartagena. La minoría lingüística y religiosa del archipiélago de San Andrés y Providencia tiene como patrimonio común con el Caribe insular sus calypsos y mentos, y los bailes comunitarios como la quadrille europea; aunque también adoptaron el pasillo colombiano y, en lo religioso, los católicos de la isla se apropiaron de los himnos bautistas y adventistas.

Ya en el terreno de la música popular, y a pesar de sus saxofones, bajos eléctricos, trompetas y clarinetes, la huella de la música afro-colombiana también se encuentra en el porro y la gaita, consolidados a mediados del siglo XX como música nacional, y luego internacional, por Lucho Bermúdez y Pacho Galán y, unos años más tarde, en la cumbia, hoy mejor conocida en Argentina, Chile y México que en la misma Colombia. Otro importante ejemplo de esto es el vallenato, la música popular de mayor producción y consumo en el país y la que mejor se ha sintonizado con sus realidades culturales y sociales. Por su parte, los bambucos, pasillos y danzas, surgidos como música popular urbana en las primeras décadas del siglo XX, aún cuentan con entusiastas seguidores en todo el país. Estos géneros de música popular colombiana nacieron en el marco del nacionalismo, ideología muy cercana a la música e históricamente predominante en América Latina. Sus textos 'cantan' el mestizaje y otras ficciones sociales, en las que indígenas, negros y campesinos se 'estetizan' en poemas y canciones dulzonas y sentimentales, mientras que nada se hace contra el despojo de sus tierras, su pauperización, marginalización y desaparición. Hoy, estos estilos de música popular son los que mayor visibilidad tienen y los que se han insertado mejor en los circuitos internacionales de distribución. Además, ya dentro de la actual globalización musical, la World Music y las fusiones cuentan con ejemplos colombianos de todos los niveles de representatividad y calidad. Sin embargo, estas fusiones no son del todo nuevas, pues alrededor de 1938 los compositores y directores de orquesta de baile Emilio Sierra (1891-1957), Diógenes Cháves Pinzón (1892-1961) y Milciades Garavito (1901-c1981) inventaron la rumba criolla, que fusionó las pautas rítmicas del bambuco con las de la rumba cubana y que logró consolidar una música urbana de gran impacto y relevancia entre los sectores bajos y medios de la población. Este repertorio (rumbas y merengues), hoy conocido como música guasca, se tradicionalizó, y hoy lo cantan y bailan los campesinos de Boyacá y Cundinamarca. Algo similar sucedió con el tango argentino, el pasillo ecuatoriano y la canción ranchera mexicana que, junto con el repertorio de pasillos y bambucos, conformaron el repertorio de la música de parranda y de despecho, protagónica hoy en la cultural musical popular del país.

El mencionado nacionalismo fue uno de los principales motores de la creación en la música académica latinoamericana durante gran parte del siglo XX. El compositor bogotano Guillermo Uribe Holguín (1880-1971) fue fundamental en los cambios que se produjeron en el ambiente musical colombiano. Esto provocó su enfrentamiento con los sectores conservadores y nacionalistas gracias a su universalismo y a su desdén -en parte justificado- por la mediocridad musical del medio. Además de hacer conocer obras del repertorio universal y tratar de modernizar la educación musical, Uribe Holguín trató de componer música universal de inspiración nacional, acorde con el nacionalismo abstracto que se imponía en otras latitudes. Sin embargo, ese medio musical anticuado y tradicional se acercaba mucho más a la posición nacionalista, y en él surgieron compositores que se pueden considerar bilingües, pues experimentaron en la música académica sin abandonar su participación en la música popular, como Luis A. Calvo (1882-1945), Álex Tobar (1908-75) y Adolfo Mejía (1905-73).

Hoy el nacionalismo sigue siendo importante en el programa creativo musical colombiano, tanto en el campo académico como en el popular, en donde -como en toda América Latina- hoy tenemos trance, lounge y house con elementos de música tradicional local. Sin embargo, retomando el tema del patrimonio, el panorama no parece ser muy esperanzador. No lo será mientras haya familias Kogi pidiendo limosna en las murallas de Cartagena, el paraíso colombiano del patrimonio como mercancía. Por otro lado, las décimas, zafras de monte y salves ya no se podrán cantar en las plantaciones de palma africana y nadie las oirá en los semáforos del norte de Bogotá, nuevos lugares de trabajo de los centenares de desplazados (mujeres y niños, sobre todo) de la regiones más ricas en diversidad musical del país.

*Músico, musicólogo, investigador, profesor Titular, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá.

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