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| 9/6/1982 12:00:00 AM

LAS GRANDES CAIDAS

En el pasado la caida de un partido desataba notables convulsiones políticas. Hoy no es así. Comparemos

El 30 de mayo los liberales compitieron entre sí en las elecciones y perdieron el poder, después de 8 años de ejercerlo, a manos de un conservador. No era la primera vez que los dos partidos tradicionales del país se desbancaban el uno al otro. Ya había sucedido en 1930, cuando los conservadores perdieron el poder, al presentarse divididos a las elecciones.
La historia patria se imitó a sí misma, pero esta vez jugando para el bando contrario, en 1946, cuando cayeron los dos candidatos liberales ante la candidatura única del conservatismo. Son los dos batatazos que le sirven de telón de fondo al que acaba de asestar Belisario Betancur.
CAEN LOS CONSERVADORES
El presidente conservador Abadía Méndez, con el sol a la espalda, afrontaba el desgaste natural de todo gobierno en el ocaso. Le acusaban de haber despilfarrado 200 millones de dólares, y no le perdonaban el haber suspendido el programa de obras públicas. Cuatro años antes se había iniciado el despegue hacia la industrialización. Empezaban a llegar al país los 25 millones de dólares de indemnización por la separación de Panamá, y la venta de café se acercaba a los tres millones de sacos, con un promedio de exportación equivalente a más de 80 millones de dólares.
Mientras que la aristocracia afrancesada copiaba, "de pe a pa", los modelos de París, y bebía licores importados, el pueblo andaba "de pata al suelo" y consumía 7 millones de litros de chicha anuales.
Los sitios de moda para las reuniones sociales eran los clubes: el Jockey y el Gun, y los tertuliaderos políticos eran las redacciones de los periódicos y La Cigarra, una tienda de ultramarinos de don Santiago Páez. La novela por excelencia, y la única que había logrado traspasar el mar, era "La María". En la capital se celebraban los reinados de los estudiantes, y en 1929 la bonita María Teresa Roldán le ganaba a sus contendoras con votos comprados, según decían las malas lenguas.
ELECTOR DE ELECTORES
Al abrirse el proceso electoral, en el partido conservador, dueño y señor del poder desde hacía 40 años, surgieron dos candidatos a la presidencia: el general Alfredo Vásquez Cobo y el poeta payanés, Guillermo Valencia.
Los liberales, que al decir de López Pumarejo, a falta de dirección se habían acostumbrado a colaborar y a actuar siempre como en derrota, no tenían candidato propio y se dividieron en torno a los dos conservadores.
La iglesia intervenía abiertamente en política. "En Colombia valen más las mitras y los bonetes que las bayonetas y los sables" observó un sagaz diplomático de la época. El arzobispo Ismael Perdomo, calificado tanto de "santo varón" como de "elector de electores", se inclinó por el General Vázquez Cobo y en ese sentido escribió una carta a su grey, planteando que era el candidato que daba mayores garantías a los católicos.
No opinó lo mismo Monseñor Darío Márquez, quien acusó al arzobispo de causar la "escandalosa" disidencia conservadora. La curia prohibió, bajo pecado mortal, la lectura de la carta del monseñor. En la prensa liberal se explotó ese enfrentamiento, y la posición del disidente Márquez fue apoyada por los obispos de Medellín, Popayán, Garzón y Santa Rosa de Osos.
LA LARGA ESPERA
Ante la catástrofe que su división podía implicar, los conservadores iniciaron las tentativas de acuerdos políticos. Es el General Vázquez Cobo quien toma la iniciativa, y "baja" en tren a La Esperanza, para hablar con Valencia, quien veraneaba allí, para hablar con él. "De Roma viene la voz de que no dividamos al partido" le dice, y le alerta sobre el peligro de que los liberales levanten candidatura propia. Le propone que renuncien ambos, y que el Congreso elija al candidato conservador. El poeta Valencia no escucha, y se aferra a su propósito de llegar a la presidencia.
Mientras tanto los liberales han empezado a cocinar su propia candidatura. La dirección liberal le consulta a Enrique Olaya Herrera la posibilidad de lanzar su candidatura. Olaya no responde con claridad ni sí ni no, pero Eduardo Santos, de todos modos, anuncia la candidatura en "El Tiempo". La noticia causa sensación, y la noche de Año Nuevo de 1929, la multitud liberal sale a la calle a pedir al directorio de su partido la proclamación oficial de la candidatura, al grito de "¡Ahora o nunca!"
Olaya acepta y vuelve al país el 26 de enero siguiente. La recepción es tan apoteósica que hasta gobernadores e intendentes lo aclaman, y el gobierno se abstiene de amonestarlos por meterse en política.
Por el lado de los conservadores el desorden se profundiza. El arzobispo Perdomo le retira su apoyo a Vázquez Cobo y apoya a Valencia, y después vuelve a echar para atrás.
Llega el día decisivo: el 9 de febrero.
Uno de los tres candidatos será el presidente. En Bogotá hay cinco mesas de votación, encerradas entre rejas.
Hay fuerte vigilancia policial, y los delegados de los partidos vigilan los puestos de votación. Acude a ellos el 15% de la población. Al menor amago de fraude, el sospechoso va a dar a la cárcel sin explicación alguna. A las cinco de la tarde se clausura la jornada electoral, con redoble de tambores. Al día siguiente, los titulares de "El Tiempo" decían: "Colosal mayoría de Olaya" los de "El Debate": " Valencia triunfa en todo el país" y los del "Nuevo Tiempo" rezaban: "Tenemos fe en Vazquez Cobo". Las cifras hablaron más claro: 369.934 votos para Olaya Herrera, 240.360 votos para Guillermo Valencia, y 213.583 para Vázquez Cobo.
Después de 40 años de hegemonía conservadora, el partido liberal tomó el poder.
CAEN LOS LIBERALES
"Los partidos cuando se van a caer se enceguecen" dijo Otto Morales refiriéndose a la caída del partido liberal en 1946.
Siendo presidente el liberal Alberto Lleras, el partido liberal se dividió entre dos candidatos presidenciales: Gabriel Turbay, apoyado por la dirección liberal, y Jorge Eliécer Gaitán, apoyado por las masas populares y las crecientes clases medias. Mientras el doctor Gabriel Turbay exigía respeto a su candidatura, Jorge Soto del Corral, en una de tantas convenciones que se hicieron en la época, analizaba los posibles guarismos de esa candidatura. Era imposible, según ese análisis el triunfo del candidato oficial. A pesar de eso Turbay no quiso llegar a un entendimiento, y Gaitán, cabalgando sobre un proceso que él mismo consideraba irreversible, tampoco dio su brazo a torcer.
El fenómeno gaitanista empezó a poner de presente que un movimiento populista podía ganar en Colombia.
En efecto, Gaitán había caído como anillo al dedo para el ejército de loteros, voceadores de prensa, limpiabotas, choferes, zorreros, y gamines, así como para la creciente clase media, que poblaba las ciudades colombianas. También en el campo las gentes encontraban la medida de su descontento en el eco de su discurso.
"El hambre no es liberal ni conservadora" rugía "el Negro", como lo llamaba el país tradicional, y enardecía al pueblo que se apretaba en el teatro destartalado que, cuando no estaba ocupado por "el caudillo", presentaba zarzuelas.
Mientras tanto, Gabriel Turbay --preparado, brillante, de origen sirio-libanés--arrastraba la impopularidad de su camparia oficialmente impulsada, en medio de los gritos de "¡ Turco no.! ¡ Turco jamás!"
Ospina Pérez, que despertaba menos recelo y menos inquietud nacional que Laureano Gómez, fue el candidato conservador. Su campaña fue relámpago; no recorrió el país, como se hace ahora, sino que se comunicó con sus electores a través de la radio. Utilizó a su favor con habilidad la poderosa arma que tenía en las manos, la división del partido liberal, dirigiéndose no sólo a los conservadores, sino también a los liberales, con una propuesta de "Unión Nacional".
La división liberal no se cocinaba sólo por la base, sino también en la alta cúpula. Ni López Pumarejo, ni Eduardo Santos apoyaban la candidatura de Turbay. "Puede ser todo menos presidente de Colombia" habría dicho Santos, "porque este país es tradicionalista y Turbay no tiene una gota de sangre colombiana" López Pumarejo lanzó la propuesta de buscar un tercer candidato de coalición nacional, que fue rechazada por Santos. "El liberalismo no necesita pactar con el adversario para afirmar su derecho a gobernar el país" dijo Turbay en un discurso en Bucaramanga.
Pero como Gaitán entre tanto, se dejaba arrastrar más por el populacho y desafiaba las premoniciones y anatemas de las clases altas y de los liberales oficialistas, "El Tiempo" finalmente optó por apoyar la candidatura de Turbay.
Los dos candidatos liberales confiaban en su propio triunfo. "Setecientos cincuenta mil votos, ni uno menos, tendrá mi nombre en las urnas" le dijo Gabriel Turbay a Lenc. Y en el mismo lugar, el Jockey Club, embriagado por la acogida popular, Gaitán declaró: "Hoy quedó borrado Olaya Herrera.
La manifestación en la Plaza de Bolivar no tiene antecedentes. Este movimiento es arrollador. Nadie puede quitarme la victoria"
El 7 de mayo de 1946 los colombianos fueron a elecciones: Gabriel Turbay tuvo 417.089 votos Jorge Eliécer Gaitán, 348.474... y Ospina Pérez,
El liberalismo cayó bailando románticos boleros en los sitios de moda de Bogotá, como el "Cabaret" encima del Teatro Colombia"La Reina" y el "Morocco", que era un socavón en la Avenida Jiménez. Cayó el partido liberal mientras los adolescentes recitaban de memoria los "20 poemas de Amor", de Neruda, y los piedracelistas le cantaban odas a "Teresa", la del "arroyuelo azul en la cabeza" Era la época de las famosas competencias internacionales de polo, de los bailes de gala en el Teatro Colón, y de los saraos multitudinarios --asistían padres, hijos, novios, amigos--que organizaba doña Mercedes Sierra en El Chicó, que era por entonces una hacienda de su propiedad.
El 13 de agosto de 1946, el presidente Ospina Pérez se pronunció: "No existen hoy en Colombia ni vencedores ni vencidos, sino hijos de una misma patria " Pero ya por entonces la violencia se desataba por los cuatro rincones del país y la Union Nacional se quebraba en pedazos, y dos años más tarde, el 9 de abril de 1948, Gaitán caía asesinado en el centro de Bogotá. -
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