Viernes, 24 de octubre de 2014

| 2013/03/16 20:00

Las más preguntadas

Inquietudes sobre la corrupción, la ‘doctoritis’ y el qué dirán dominaron entre las que llegaron a nuestros correos y redes sociales.

Las más preguntadas

1) ¿Por qué la costumbre de decirle doctor a las personas que no lo son?

Colombia ha tenido tradicionalmente profundas desigualdades sociales y amplias capas de la población han carecido de estudios. En el  pasado la gente del campo llamaba doctor a los señores de la ciudad. Más que a los médicos, se ha llamado de esa manera a los abogados, los profesionales más numerosos del país. Así, todos los empleados, secretarias, porteros, en fin, dependientes, llaman a sus jefes doctores, sin reparar en la profesión que tienen, ni incluso en si tienen un título. En ocasiones basta vestir una corbata para que a una persona le digan doctor. 

En cierto sentido, podríamos decir que se trata de un reconocimiento de las jerarquías sociales. Pero también es una adulación, una estrategia para obtener favores. Basta ver el rostro de regocijo de quien recibe tal calificativo sin merecerlo. Pocos tienen la humildad de decir: “No, a mí no me llame doctor, que no lo soy”. Sería preferible que a la gente se la llamara según el título profesional que tiene: contador, agrónomo, ingeniero, médico, comunicador, etcétera. En la actualidad, solo cabe llamar doctor a quienes han realizado estudios de doctorado. La más alta formación en cada disciplina. Por cierto, el país tiene muy pocos doctores.

Pablo Rodríguez Jiménez, profesor del Departamento de Historia de la Universidad Nacional.


2) ¿Por qué somos incumplidos? 


Es injusto generalizar: no todos los colombianos somos incumplidos. Pero es cierto que muchos lo son y que causa malestar en quienes vienen de culturas caracterizadas por el cumplimiento. Ser incumplido depende de muchos factores: modelos en la familia y demás contextos, normas culturales prevalentes, como por ejemplo, la gente importante se hace esperar, y falta de consecuencias significativas por el incumplimiento, por ejemplo, en vez de expresar la molestia o de no esperar a quien incumple una cita, se le dice tranquilo, no se preocupe. 

Se da más peso a las intenciones que a las acciones concretas, y se valora más la armonía inmediata en las relaciones interpersonales que la construcción de una idiosincrasia de cumplimiento.


Blanca Patricia Ballesteros, decana académica de la Facultad de Psicología de la Pontificia Universidad Javeriana y Anne-Rachel Schehr Buchs, estudiante.


3) ¿Por qué somos un país tan corrupto? 



La corrupción en Colombia se relaciona con temas complejos y estructurales como el narcotráfico, la captura del Estado por actores legales e ilegales, el crimen organizado, el clientelismo y una institucionalidad débil –en ocasiones proclive y a veces cómplice,  de la corrupción–.  El problema no es la falta de normas, sino que estas no se cumplen y ello conduce a la impunidad.  Pero también se relaciona con lo que comúnmente se conoce como la cultura del dinero fácil, la cultura del vivo y, sobre todo, con la falta de sanción política, legal y social a los corruptos.  Por eso es fundamental derrotar la apatía, la resignación, la incredulidad y la tolerancia de los funcionarios públicos, del sector privado y de los ciudadanos  frente a la corrupción, porque combatirla sí es posible.

Elisabeth Ungar, directora ejecutiva de Transparencia por Colombia.


4) ¿Por qué creemos que todo extranjero se quiere quedar? 


El que muchos colombianos crean eso no quiere decir que sea cierto. Lo que sí es real es que ha habido una excelente receptividad local a las campañas publicitarias que sobre el tema se han llevado a cabo (“El riesgo es que te quieras quedar…”). En mi opinión, el éxito de estas campañas se debe en parte a una profunda necesidad psicológica que tiene el colombiano de ser reconocido por otros. Mucho más que cualquier otro pueblo que yo haya conocido. Esa necesidad de reconocimiento tiene su origen, creo yo, en dos circunstancias específicas: por una parte, el terrible estigma de pueblo violento/pueblo narco, fruto del conflicto armado y del éxito económico del narcotráfico, ha generado una gran frustración y un complejo del que los colombianos, con justa razón, quieren librarse buscando motivos de orgullo. Y por otra parte, el aislamiento tan característico de la historia nacional, que ha rechazado de forma sistemática la presencia de extranjeros en el país (un hecho desconocido por la mayoría de los colombianos), hace que esa presencia sea vista como algo novedoso y pintoresco. 

Marianne Ponsford, directora de la Revista Arcadia.


5) ¿Por qué señalamos con la boca? 


No está tan claro que esta forma de señalar sea, en estricto sentido, algo exclusivo del colombiano; de hecho se presenta en ciertos indígenas del Ecuador y en algunas personas en Turquía. Ahora bien, es desde luego muy claro que esa forma de señalar es una de las cosas que más sorprenden al extranjero en Colombia y, más que explicar el origen o el por qué, es mejor hablar de las reacciones a esta costumbre. En general, para muchos denota desprecio, mala educación, porque lo normal sería señalar con el dedo  acompañado, si es el caso, de la palabra. Pero esto también sigue siendo un problema de código cultural: dentro de una comunidad esto no molesta en absoluto, pero siempre afectará al que no pertenece a ella. Así, no es fácil precisar el origen y el porqué de un gesto.

Rodrigo Argüello G., analista simbólico.


6) ¿Por qué la clase política se ha mantenido en unas pocas familias durante varias generaciones?



La pregunta confunde en uno solo los conceptos de clase (o más bien de oficio: clase política) y de familia (en el sentido de dinastía o de estirpe). Si se refiere a que la ‘clase política’ está constituida por unas pocas familias, sí. Sucede también con la ‘clase económica’, por así llamarla: la de los muy ricos. Tanto los ricos como los políticos son poco numerosos, aquí y en cualquier parte. Si se refiere a que esas pocas familias son las mismas generación tras generación, la respuesta es no. Ahora suena a lo contrario, en Colombia, porque el actual presidente es sobrino nieto de otro presidente. Pero lo habitual es que, como las grandes fortunas, el poder político no pase de la segunda generación. En otros países va más allá: la riqueza de los Rotschild tiene ya 200 años en Inglaterra y en Francia; el poder político de los Kim va por la tercera generación en Corea del Norte. Pero hablando en general, desde la gran revolución burguesa que empezó en Francia en 1789, tanto el poder económico como el político corresponden a las clases, y no a las familias como en el Antiguo Régimen. También se puede mirar al revés: en un país tan cerrado al cambio como  Colombia, el ejercicio de la política es uno de los pocos caminos de ascenso económico y social.

Antonio Caballero, periodista y escritor, columnista de SEMANA.


7) ¿Por qué aplaudimos cuando aterriza el avión?


La experiencia es espeluznante: más de un centenar de pasajeros bajo su responsabilidad, vertiginosa altura, tormentas, turbulencias, posibles terroristas, bebés llorando, teléfonos móviles no apagados… y pese a lo anterior, un piloto aterriza un avión hasta en una pista mojada con viento cruzado. ¿Merece un aplauso? Algunos colombianos creen que sí. Sin embargo, la sonora ovación ofrecida cuando el tren de aterrizaje toca tierra, no busca homenajear el talento del capitán, sino que es iniciada por unos pocos espontáneos aplaudidores que están pensando “Llegamos, por fin”, y es continuada por el resto de viajeros que se contagian eufóricos mientras dicen para sí mismos “¡Llegamos, con vida!”.

Lucano Divina, escritor.


8) ¿Por qué nos gusta ufanarnos de la malicia indígena?



Porque ensalza nuestras potencialidades, la capacidad de sobrellevar las dificultades a pesar de que se nos haga creer todo lo contrario, a pesar de que se nos recuerde constantemente nuestra presunta inferioridad, a pesar de que tengamos que obedecer aunque no le demos crédito a la orden ni tengamos confianza en los argumentos que la sustentan. Pero lo realmente interesante de la malicia indígena es que, en medio de una aparente y atractiva contradicción, nos conecta con un antepasado originario, subvalorado injustamente y agredido históricamente, que sigue presente en los colombianos y colombianas del siglo XXI.

Franklin Giovanni Pua, filósofo, magister en Pensamiento Filosófico Latinoamericano. Profesor de la Universidad de San Buenaventura en Bogotá.


9) ¿Por qué el colombiano ‘deja así’?

Dejamos así, pero no olvidamos. Ejemplo: a la novia le pusieron los cachos, ella ‘deja así’, pero después se la cobrará letalmente al cándido novio. Ejemplo: cuando un político quiere legalizar la droga, puede que dejemos así, sabemos que en el fondo están la exploración de votos posibles y la entrada en un nuevo formato de negocio, pero al final se la cobraremos. Conservamos en nuestra intimidad nuestras opiniones profundas. Dejamos así, pero sabemos la verdad de las cosas, hemos de vivir el día a día.

Andrés López, comediante y actor.


10) ¿Por qué somos el país del Sagrado Corazón, el Divino Niño y la Virgen María?



Los pueblos y las culturas construyen complejos sistemas de representación y en Colombia dada su diversidad cultural los tenemos de diferentes formas y significados, que se activan mediante la emergencia de signos-símbolos. Pero en nuestra historia, con varios siglos de imposición de la civilización hispanocatólica, los símbolos religiosos católicos se convirtieron en la matriz cultural dominante. Independientemente de nuestras creencias, el Sagrado Corazón, el Divino Niño y la Virgen María son símbolos potentes, seductores y grandes mediadores de lo que soñamos ser y obtener: confianza, ternura y poder, y amor infinito.

Germán Ferro, antropólogo e historiador.


11) ¿Por qué en algunas partes hablan de tú y en otras de vos o de usted?


El uso del vos, el tú o el usted en diferentes regiones de Colombia depende, naturalmente, de sus orígenes culturales. Por ejemplo: vos se emplea en el lenguaje popular de Antioquia, Valle del Cauca y los territorios de la colonización antioqueña, para indicar que se está hablando de igual a igual, entre gentes del mismo nivel. O lo usa un superior para dirigirse a su subalterno, pero en ningún caso al revés. Usted, tal como se le utiliza en Bogotá o en Nariño, es una demostración de formalidad, de respeto y consideración, aunque se esté conversando entre padres e hijos. Ambas expresiones son herencia de la colonia española. El tú, en cambio, es típico del Caribe. La mezcla de pueblos que se produjo –indígenas, españoles, negros, ingleses, franceses, holandeses, alemanes, chinos y árabes– originó una nueva forma de relacionarse con el lenguaje, menos reverente y de más confianza entre la gente. Se me ocurre pensar, finalmente, que vos viene siendo una estación intermedia entre la intimidad del tú y la solemnidad del usted.

Juan Gossaín, periodista y escritor. Miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.


12) ¿Por qué la fama de las regiones? Pastusos, boyacenses, costeños, santandereanos, antioqueños, etcétera.



La fama de las diferentes regiones en el país es el resultado de un proceso histórico de diferenciación interna donde una serie de estereotipos e identificaciones han jugado un importante papel. Desde el periodo colonial empezaron a circular ciertas representaciones sociales sobre las poblaciones apelando a las supuestas influencias de los climas, paisajes y los particulares tipos de mestizajes. De esta manera se fueron estableciendo asociaciones entre ciertos lugares y las características de las gentes que los habitaban, lo cual se facilitaba por los aislamientos derivados de la particular geografía del país y los a menudo ineficaces esfuerzos para posibilitar su comunicación. Cabe anotar que muchas de estas representaciones tienen sus orígenes en concepciones propias del determinismo climático, geográfico o racial, hace mucho tiempo refutadas por la ciencia.

Eduardo Restrepo, antropólogo, profesor asociado de Estudios Culturales de la Universidad Javeriana.


13) ¿Por qué los colombianos somos felices? 

Explicar por qué los colombianos somos felices en un entorno tan complejo –caracterizado por la desigualdad, el conflicto y la pobreza– se expresa bien en la conocida frase: ‘jodidos pero contentos’. El colombiano promedio disfruta de la calidad de las relaciones con sus seres más cercanos, como la familia y los amigos, y eso le genera satisfacción. Pero desconfía de lo público. A su vez, establece metas muy realistas para su supervivencia material, pues la mayoría no cuenta con empleos formales y establece metas cortas para sobrevivir: la próxima semana o el próximo mes. Estas se cumplen, pues muchos despliegan una gran creatividad y muestra una destreza para sobrevivir (el rebusque).

Un intangible de Colombia es su paisaje y su geografía. Los lazos de cercanía con la naturaleza fueron razones importantes para explicar los altos niveles de satisfacción en el pasado. 

También influye el espíritu festivo, aunque la felicidad hay que encontrarla de manera más perdurable buscando un sentido para la vida. Muy pocos reconocerán que no son felices. Existe una presión social para no expresar sentimientos negativos.


Eduardo Wills, director del programa de doctorado, Facultad de Administración de la Universidad de los Andes.


14) ¿Por qué todo se maneja ‘por palanca’?

¿Quiénes son los mejores? ¿Quiénes los seleccionarían? ¿Cómo...? Se trata de preguntas para nada evidentes. Para bien, en una democracia el mejor es el más hábil para ganar las elecciones. Para mal, los comicios los ganan quienes agrupan a cambio de votos a la mayor cantidad de corredores de favores. Votamos así porque somos así (es un asunto de cultura política) y somos así, quizás, porque tememos que si exigiéramos a los otros calidad y competencia –no solo en la política sino también en la academia o en la producción– se nos reclamaría lo mismo. Se nos cuestionaría si nosotros y las personas cercanas, a quienes hemos conseguido una palanquita, ocupamos una posición porque lo merecemos. Lo contrario de palanca es la competencia; para nuestra cultura política eso suena a neoliberal, el insulto político de moda.


Paul Bromberg, profesor de la Escuela de Arquitectura y Urbanismo, Universidad Nacional. Exalcalde de Bogotá.


15) ¿Por qué importamos café si somos el cuarto productor mundial?



Porque el consumidor colombiano está acostumbrado a un perfil de taza que se asimila más al café que hoy se trae al país, que es de inferior calidad y precio. Se importa a un dólar y nuestro café se exporta a 1,6 dólares, por lo tanto es un ejercicio en el que ganan el productor, el tostador y el consumidor. El productor porque al exportarlo vende a un mayor precio el colombiano. Adicionalmente ha mejorado mucho sus prácticas agronómicas y por lo tanto el producto de inferior calidad corresponde cada vez a un menor porcentaje de la producción total. El tostador porque los consumidores nacionales están acostumbrados a ese café, pues el mercado siempre se abastecía con el de inferior calidad que no se podía exportar. Modificar los gustos del consumidor no es tarea fácil. Si el mercado nacional se abasteciera con excelso de exportación entonces los precios internos del tostado y molido serían inalcanzables para los colombianos. 

Sin embargo, desde que se creó la cadena de tiendas Juan Valdez se despertó el mercado diferenciado de café de calidad. Todas las marcas han sacado calidad premium, que es la categoría de mayor crecimiento en las grandes cadenas. El consumidor ahora tiene el perfil de taza tradicional –con café importado o mezclas– a un precio accesible. Al mismo tiempo, los consumidores con mayor poder de compra encuentran en el mercado una amplia gama de precio y calidad.


Guillermo Trujillo, exsecretario general de la Federación Nacional de Cafeteros. 


16) ¿Por qué siempre les preguntamos a los extranjeros su impresión de los colombianos?

Hay motivos diferentes. Uno puede ser inseguridad: por ejemplo, nunca preguntamos cómo bailan salsa los colombianos, porque tenemos bastante confianza en que bailan mejor que muchos norteamericanos y europeos; no hay necesidad de que lo confirmen. Cuando preguntamos cómo somos, es porque no estamos tan seguros en otras cosas como lo estamos con la salsa.  Pero hay también un componente positivo, yo diría normal, en la necesidad de confrontarnos y asegurar que estamos haciéndolo bien en procesos en los cuales somos algo novatos. Por ejemplo, en los doctorados nacionales invitamos como jurado a un par internacional. Eso nos asegura que nuestros títulos sean equivalentes a los que dan en otros lugares con más experiencia.


Moisés Wasserman, exrector de la Universidad Nacional.   


17) ¿Por qué seguimos creyendo que nuestro himno es el segundo mejor del mundo después de ‘La Marsellesa’?

Por lo mismo que seguimos creyendo que somos la Atenas Suramericana, que hablamos el mejor español del mundo, que somos campeones mundiales de felicidad, que seguimos venerando un ‘misuniversazo’ de hace no se cuantas décadas, y por un patrioterismo sordo ante la buena música, torpe ante la buena poesía, y ciego ante la historia.


Jorge Velosa, músico y líder de Los carrangueros de Ráquira.


18) ¿A quién se le ocurrió decir que en Colombia se habla el mejor castellano del mundo? 


Es posible que esa afirmación exista en todos los países: cada quien tiende a pensar que su manera de hablar es la correcta. Pero cuando una lengua se habla en 23 países, no es más que vanidad pretender que uno de ellos lo hace mejor. Cada país tiene la lengua que necesita, la que más se le parece, y tiene su acento particular, aunque los que menos advierten ese acento son quienes lo pronuncian.  Antes se nos exigía hablar una lengua castiza, no apartarnos del habla de España, pero las lenguas tienen que cambiar, adaptarse a sus circunstancias y a su tiempo, y la que menos cambie no es la mejor sino la más fósil. Lo mejor es que no hemos desarrollado dialectos, y podemos entendernos en el café con un español o con cualquier latinoamericano. Las normas no pueden prohibir ciertos usos extendidos del idioma, porque la gramática viene después de la costumbre, y depende de ella.


William Ospina, escritor.  


19) ¿Por qué Colombia tiene una de las tarifas más altas de telefonía celular? 

La pregunta es incontestable porque parte de un supuesto erróneo. Colombia no tiene una de las tarifas más altas del mundo, y ni siquiera de America Latina. No hay un informe global sobre tarifas de la telefonía móvil, sin embargo, estudios internacionales de firmas como Merrill-Lynch muestran que en cuanto al ingreso promedio por minuto al mes, en países como Suiza, Japón, España, Francia y Chile los operadores ganan mucho más que aquí. Creo que el problema es la complejidad de los planes y la facturación. Parece que el lema de los operadores es ‘confunde al cliente y así reclamará menos’. Tal vez esto les funcione, pero si simplificaran sus planes para que todos los entendiéramos, y si redujeran los asteriscos y la letra pequeña, tal vez los usuarios consumiríamos más voz y datos, pagaríamos sin sentirnos robados y empezaríamos a pensar que las tarifas son de las más justas del mundo.


Mauricio Jaramillo, periodista experto en temas tecnológicos. 


20) ¿Por qué se dice que hay que ver al cine colombiano por puro patriotismo?


Eso se decía antes. Es una pregunta que solo puede responderse si se vive aún en los años noventa y comienzos del nuevo siglo. En la actualidad hay que ver el cine colombiano  porque si antes gateaba, hoy ya está caminando, se cae, se tropieza, pero camina. Hay que verlo porque no es uno solo. Eso de que es puro cine de prostitutas y narcotraficantes no es más que un mito. Hoy este cine es sobre todo y antes que nada diverso, tiene voz propia, es arriesgado. Este no es uno maduro, es un pequeño cine, pero ya es más que solo películas desperdigadas en el tiempo y el espacio. Es el cine de un país que no está dispuesto a que le cuenten como se ve, sino a mirarse hacia adentro.


Jaime E. Manrique, director de Laboratorios Black Velvet.


21) ¿Por qué a pesar de todos los males nos siguen diciendo que este es el mejor vividero del mundo? 

Porque estamos hechos de una aleación en la que se mezclan fe (hierro), ag (plata en mano) y un toque de Ig (ingenuidad/ignorancia). Seguimos votando por las mismas sanguijuelas, matándonos con etílicos carnavales de fondo y robándonos los unos a los otros después de misa. Musicalizamos la maldad con ‘güepajés’ y envolvemos en chistes ramplones las tragedias. El mejor café mal pago del mundo y cinco pisos climáticos (que nunca consiguen frenar las importaciones de alimentos) nos generan un endeble orgullo de icopor. Somos únicos; por eso es tan fácil reconocernos, gozar con nosotros… y pedirnos visa en todas partes. ¡Inquilinos del mejor vividero-moridero del mundo!


Gustavo Gómez, periodista, director de 10 a.m. Hoy por Hoy de Caracol Radio. 


22) ¿Por qué algunos taxistas en Bogotá preguntan antes de aceptar la carrera para dónde va uno?

Por pereza, porque no les conviene en términos de eficiencia, porque “la ruta no les sirve”, por un egoísmo racional, pero principalmente, porque como pasa en tantas otras actividades en Bogotá (guerra del centavo, grafiti, carteles de publicidad, ventas ambulantes, etcétera.) el contexto, la laxitud de la autoridad formal y social y una falta de aplicación consistente de las normas, lo permite. Frente a la ausencia de un aparato estatal fuerte, algo o alguien llenará ese vacío y pondrá las reglas. En este caso, los taxistas. Ante esto, definitivamente faltan mayores niveles de solidaridad en la ciudad y de respeto por lo público y por el ciudadano de a pie. 

La norma existe. Ante la problemática y la queja reiterada de los ciudadanos, hemos visto a las autoridades en repetidas ocasiones salir en medios advirtiéndolo. ¿De cuánto es la multa? ¿Cuántas se han sancionado? ¿Cómo pone un ciudadano la queja y cómo se hace efectiva? ¿Alguno de ustedes sabe las respuestas a estas preguntas? Yo no. De pronto, si las conociéramos la situación no sería tan frecuente. De pronto, si el gobierno se hiciera estas preguntas con seriedad, poniendo en el centro de la discusión el bienestar del ciudadano, la situación no sería tan frecuente.

Germán Sarmiento, experto en cultura ciudadana.


23) ¿Por qué usamos la expresión ‘me regala’ para pedir algo? 


En muchas partes de América Latina nos reconocen por ese tipo de frases que para unos indica respeto, pero para otros denota el lastre indígena genuflexo y servil de la Colonia que nos obliga a que, por todo, tenemos que estar dando las gracias y pidiendo el favor; incluso para pedir el favor hacemos la pregunta: “¿Me puede hacer un favor?”. Esta forma de expresarnos también denota la intención de que todo nos salga gratis o, por lo menos, más barato, como cuando pedimos rebaja con el popular: “¿Y en cuánto me lo deja para llevarlo?”, como si el precio original no hubiera sido puesto para que el público se lo lleve. Frases como esas solo son aplicables cuando en realidad queremos que nos regalen algo como en: “¿Me regala un minuto?”.


Jaime Barrientos, director del Área de Comunicación de la Escuela de Ciencias de la Comunicación, Universidad Sergio Arboleda.

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