Especiales

Leche derramada

Muchas cosas en nuestro país pudieron haber sido y no fueron.

Fabián Sanabria*
23 de octubre de 2010 a las 12:00 a. m.
El sistema ferroviario fracasó, pues los rieles no tenían el tamaño adecuado.

Desde la Nueva Granada, cuando nuestros ilustres próceres ensayaron dos formas de gobernar los territorios recién independizados de España (¿federalismo o centralismo?), pasando por la Revolución en marcha, que solo quedó reducida a una consigna, o la tan mentada Reforma Agraria, que por no haberse implantado hoy vemos las consecuencias (millares de campesinos despojados de sus tierras), o el idilio de los ferrocarriles de Colombia, que fracasaron por la mezquindad disfrazada de espíritu ahorrativo comprando rieles de un tamaño que jamás sirvieron, hasta algo que compete directamente a la ciudad donde vivo: ¿acaso Bogotá seguirá siendo apenas Suramericana?

Por supuesto no voy a desperdiciar tinta haciendo apología de esa tendencia chauvinista consistente en subrayar que ‘Colombia es el país más feliz del planeta’ o que ‘Medellín cuenta con uno de los mejores metros del mundo’, cuyo corolario es ‘hacer de la necesidad virtud’ en esta patria de medianas conquistas, que solo da señales de vida gracias a la muerte, cuando a todas luces llevamos la vanguardia en lo ilícito cambiando los verdaderos nombres de las cosas por eufemismos tipo ‘paseo millonario’, ‘malicia indígena’, ‘berraquera paisa’ o ‘falsos positivos’… No, simplemente deseo reflexionar sobre el espíritu cosmopolita de la capital, al cual sus élites pueblerinas se opusieron durante décadas y hoy la sociedad entera reclama.

Porque a Bogotá, como dicen, ‘le llegó el ensanche’, y aunque vergonzosos constructores se opusieron al magnífico proyecto de apertura urbanística del arquitecto Le Corbusier en los años 50 (otra enorme cantidad de ‘leche derramada’), ha llegado la hora de ponernos al día en términos de infraestructura y planificación urbana, lo cual implica la puesta en marcha de un adecuado sistema de transporte que no puede seguir posponiendo la construcción de un metro para la capital, más acá de las discusiones bizantinas de ciertos grupos cuyo único objetivo es disimular sus intereses económicos y políticos.

La multiplicación geométrica de la población capitalina demanda una concepción inequívoca de ciudad (polis), capaz de enfrentar los desafíos físicos y geográficos de una verdadera metrópoli (lo cual tiene que ver con la palabra urbe), sumada al pacto diario –en términos de derechos y deberes– que sus habitantes necesitan realizar al sentirse identificados y pertenecientes a ella (he ahí la civitas).

Esos tres elementos (polis, de donde nace la política; urbe, de donde proviene urbanismo, y civitas, que genera civismo), son los únicos que pueden permitir que Colombia cuente con una verdadera capital, suficientemente apta para irradiar otro aire al resto del país, pasando de una ‘moral rural mal entendida’ a una ‘ética civil bien comprendida’, es decir, a un compromiso con la vida y cultura ciudadanas. Ojalá esta no sea otra de las tantas ideas que pudieron haber sido y…
 
*Antropólogo y Doctor en Sociología.