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| 7/19/1993 12:00:00 AM

Legalizar: ¿llegó la hora?

La política represiva ha fracasado y todo indica que lo único sensato es legalizar las drogas prohibidas. Pero, ¿ es eso viable?

Legalizar: ¿llegó la hora? Legalizar: ¿llegó la hora?
EN UNA CALLE DE MEDELLIN, UNA PAREJA de sicarios asesina a un funcionario judicial que acaba de dictar un auto de detención contra un importante jefe del cartel de la droga. En Nueva York, en el corazón del centro financiero mundial en Wall Street, un vendedor minorista surte a un joven elecutivo de su dosis semanal de cocaína.
Mientras tanto, en el puerto de Hamburgo, un contenedor que oculta varias toneladas de cocaína de altísima pureza, es descargado para satisfacer la demanda de millones de consumidores en Europa. Al otro lado del mundo, en un parque de una ciudad holandesa, una ambulancia recoge a un adicto víctima de una sobredosis de heroína. Esto sin mencionar la posible caída de un miembro de la junta directiva del Banco de la República en Colombia, por ser descubierto con una dosis personal de marihuana, y el escandalo generado porque un conocido columnista reconoce públicamente que ha consumido marihuana y cocaína.
Por doquier en Colombia y en el planeta, todo parece girar alrededor de la droga, mientras florecen los distintos eslabones de un mismo negocio: la producción, el tráfico, el consumo y el lavado de utilidades de las drogas ilegales. Millones de habitantes del planeta tienen que ver con el asunto. Unos porque consumen. Otros porque siembran y recolectan los productos de base. Otros porque los procesan y convierten. Otros más porque los transportan. Otros tantos porque los comercializan y distribuyen. Otros porque integran verdaderos ejércitos que protegen todas y cada una de estas actividades. Otros porque les venden armas. Y finalmente, otros porque se dedican a reciclar y legalizar las utilidades de esta industria cuyas ventas en el planeta alcanzan en los cálculos más moderados, los 500 mil millones de dólares al año, lo que le da a esta actividad una dimensión comparable sólo con la venta de armas, la industria petrolera y el sector boom del fín de siglo, el de las telecomunicaciones .
Si se aceptan los tímidos índices de las encuestas realizadas en cerca de un centenar de países del mundo y según los cuales alrededor de un cuatro por ciento de los jóvenes y adultos del planeta consume, con mayor o menor frecuencia, marihuana, hachís, cocaína, heroína, crack, basuco, y muchas otras sustancias, se puede decir entonces que alrededor de 180 millones de seres humanos constituyen el mercado nada despreciable de esos productos. No se sabe, ni siquiera aproximadamente, cuántos hombres y mujeres siembran, procesan, trafican, distribuyen, reciclan y lavan las utilidades, venden o asesinan en el marco de este negocio. Pero es dificil pensar que equivalgan a menos del uno por eiento de los consumidores, o sea cerca de unos dos millones de personas. Esta cifra puede quedarse muy corta si se tiene en cuenta que en la sola fase de siembra de coca, los campesinos bolivianos y peruanos comprometidos se cuentan en cientos de miles. Pero aun si se acepta ese tímido estimativo del habitantes de la Tierra metidos de una u otra manera en el negocio, la cifra es aterradora, pues -para hacer solo una comparación es muy cercana al total de uniformados que integran las tropas de la Otan en Europa.

EL FRACASO DE LA PROHIBICION
A pesar de los más de 50 mil millones de dólares que según las Naciones Unidas se invierten anualmente, de manera directa o indirecta, en esta guerra, ni siquiera los años considerados como espectaculares en materia de decomisos han tenido implicaciones significativas en la reducción del negocio. Un año estrella, como 1991, durante el cual Colombia incautó más de 70 toneladas de cocaína lista para ser exportada, y en el resto del mundo se incautaron otras 30 toneladas, con lo cual se suponía que más de una cuarta parte de la producción mundial había sido decomisada, no trajo como consecuencia la quiebra de ningún cartel, ni el resquebrajamiento del negocio.
"La consecuencia -le dijo a SEMANA un funcionario colombiano que analizó en detalle lo sucedido en el 91- fue que la cocaína distribuida en los países consumidores perdió calidad porque fue necesario rendirla más con el fin de satisfacer la demanda, que se mantuvo intacta. Además, en los períodos de mayor incautación, los precios suben, lo cual deja intactas o incluso aumenta las utilidades de los traficantes, del mismo modo que en los años 70, una helada en el Brasil disparaba los precios del café".
La realidad es que, en términos del objetivo final, la política represiva contra la droga ha sido un fracaso, tal y como lo han planteado ya congresistas colombianos como María Isabel Mejía. Cada vez se produce más y cada vez se consume más. Los períodos de gran incautación aumentan los precios sólo por un breve lapso. A pesar o quizá gracias a todos los obstáculos que tratan de ponerle las autoridades, el comercio de droga es un ejemplo de competencia sin restricciones, donde, como lo evidencian las cifras de los múltiples organismos internacionales que investigan la materia, la eficiencia baja los precios y aumenta el consumo. Desde principios de la década de los 80, el consumo de cocaína en el mundo se ha multiplicado por 12. La producción del alcaloide se ha masificado, su transporte y distribución se han sofisticado, la cocaína ha invadido las calles de las principales ciudades del mundo y, en algo más de 10 años, según las Naciones Unidas, el precio del alcaloide se ha reducido en una proporción de ocho a uno en valores al por mayor.
"Los golpes más espectaculares contra la estructura del tráfico de drogas no han logrado alterar en más de cuatro por ciento el tamaño y los valores del mercado de la droga, y su incidencia en la disponibilidad ha sido marginal. Sólo uno de cada 80 cargamentos que entran a los Estados Unidos es detectado por las autoridades, y el efecto de la política represiva ha sido, paradójicamente, el perfeccionamiento de las técnicas de producción, transporte y distribución de la droga", le dijo a SEMANA el ex secretario general del Ministerio de Justicia, Carlos Enrique Cavelier, quien integró hace pocos meses un equipo de trabajo presidido por el profesor Mark Kleiman, de la universidad de Harvard, para investigar el asunto.
Paralelamente, la ilegalidad del cultivo, el procesamiento, el transporte, la distribución y el consumo han engendrado las organizaciones criminales más importantes que haya visto la historia. La camorra italiana, la yakusa japonesa, las mafias de Kun Sha y las organizaciones narcoterroristas colombianas, entre otras, bailan la danza de los millones con la producción y distribución del producto más rentable que haya conocido el mercado. Su poder de corrupción ha puesto en jaque a los gobiernos, ha comprado a los organismos de seguridad, a los funcionarios de aduanas y a los jueces de muchos países. Su violencia ha intimidado a los políticos, a los policías, ha asesinado a miles de inocentes en el mundo entero. En Colombia, donde han caído la mayoría de estas víctimas, el fenómeno se ha traducido en innovaciones terroríficas como la voladura de aviones y los carros bomba en atestados sectores comerciales de las ciudades, actos que en el pasado sólo eran asociados con manifestaciones de fanatismo religioso.
Más de la tercera parte de los crímenes cometidos en el mundo se relacionan con las drogas prohíbidas, y entre una tercera parte y la mitad de los presos en los Estados Unidos están encarcelados por delítos que se relacionan con ella.
En conclusión, después de más de dos décadas de ofensiva mundial antidrogas, la demanda no ha parado de crecer, pues si bien la cifra de consumidores en Estados Unidos parece haberse estancado, los efectos de ello se han visto anulados por la creación en Europa y en Asia oriental de mercados tan grandes o incluso ma yores al norteamericano. Pasadas esas dos décadas, es imperioso hacer un balance. La prohibición del alcohol, el único antecedente histórico comparable, duró apenas 13 años, al final de los cuales la proliferación de Al Capones y el saldo de violencia convenció a todo el mundo de que había llegado el momento de rectificar.

CUESTION DE DERECHOS
El fracaso de las políticas represivas contra la producción, el tráfico y el consumo de estupefacientes ha hecho que lo que hace unos años era un incipiente debate de libertarios extremistas, hoy sea considerado seriamente por juristas, sociólogos, fuerzas del orden, profesores e ilustres economistas. Hoy en día en los países industrializados, la propuesta liberacionista está sobre el tapete. Hace apenas dos semanas, The Economist, la publicación más respetada de Occidente, le dió portada y editorial no a la necesidad de abrir el debate, sino de legalizar la droga. Lo mismo ha sucedido en España con las revistas Cambio 16 y Tiempo. En las principales universidades del mundo, académicos de la talla de Milton Friedman y John K. Galbraith también se han alineado del lado liberacionista.
La legalización de la droga, con todas sus variantes cobra cada vez más actualidad ante la evidencia de que la política de interdicción puede estar resultando más perjudicial que el mal mismo. La discusión puede darse en varios niveles, empezando por el de si la prohibición atenta o no contra derechos individuales.

El miedo a conceder libertades ha sido una constante en la historia de la humanidad. Muchos de los derechos que hoy son considerados esenciales han sido, en algún momento de la historia o en ciertas civilizaciones, reprimidos por estados temerosos de que las personas no posean el criterio suficiente para administrar sus vidas, y afecten con ello a toda la comunidad. Pero los que abundan son los ejemplos históricos en los cuales se demuestra que la concesión de libertades no necesariamente desemboca en excesos. En el caso del consumo de alcohol, la historia revela que los años que siguieron al levantamiento de la prohibición en los Estados Unidos no se caracterizaron, como se temía en la época, por un aumento dramático en el consumo de bebidas alcohólicas.
Otro argumento en favor de la interdicción ha sido que el problema no es tanto la lihelad de una persona de hacerse daño a sí misma, sino las repercusiones que esa actitud tenga para sus semejantes, que pueden ser agredidos por el consumidor drogado. El ploblema es que este argumento prohibicionista no sería solo a las drogas ilícitas, sino también al alcohol y a la venta de armas de fuego, ambos legalmente permitidos, con más o menos controles según el país, y ambos capaces de producir tantas o más muertes que los drogadictos.

Un caso bien interesante es el del cigarrillo, que contiene una sustancia altamente adicta -la nicotina- y sin embargo se produce y consume legalmente. Recientes encuestas realizadas en los Estados Unidos demuestran que por lo menos el 70 por ciento de la población se resiste totalmente a las tentaciones del cigarrillo, y que sólo el 15 por ciento puede ser considerado adicto. A pesar de su condición de producto adictivo legal, sostenidas campañas educativas contra el vicio de fumar ha contribuido a que la cifra de adictos comience a bajar, algo que para nada se ha logrado con otras sustancias como la marihuna o la cocaína, con la diferencia en favor de la legalización, de que aunque son muchos los norteamericanos que mueren anualmente como consecuencia de su adicción al cigarrillo, el hecho de que ese producto sea legal ha impedido que su comercio vaya acompañado de loa creación de mafias, y de la escuela de terror y muerte que las acompaña.
Las cifras de las encuestas sobre el consumo de cigarrillo demuestran que más de dos terceras partes de norteamericanos no sucumben a la simple disponibilidad de una sustancia sicotrópica comola nicotina. Eso puede deberse simplemente a que no la necesitan, pero tambien a que al no estar prohibida no ofrece, en especial para los jóvenes siempre ávidos de aventuras, el atractivo de desafiar a las autoridadades y violar una norma.
En resumen, lo que diccn los liberacionistas es que coartar una libertad individual sólo se justifica si esto beneficia claramente a la sociedad. Pero si por cuenta de la prohibición, al consumo se le aumentan la violencia y los muertos, entonces la prohibición no pasa de ser un contrasentido.
Sin embargo, aunque el argumento de la libertad individual de escoger es válido en el caso de los adultos competentes, las cifras demuestran que no es esta la franja de la población que mas afectada se ve por las drogas, ni se trata de la que más protección necesita. De hecho, los estudios demuestran que la mayoría de quienes abusan de las drogas son, en realidad, menores de edad y miembros de la franja más pobre y menos instruída de la población urbana. Pero aún así, el hecho de que la politica prohibicionista no este dando resultados, obliga a ir más lejos en el análisis.
LA RELACION COSTOBENEFICIO
Si bien es cierto que una acción del Estado es necesaria y legítima tanto para proteger a los más débiles como para asegurar la salud y la seguridad de los ciudadanos, y que, desde ese punto de vista, el mecanismo más idóneo para hacerlo parecería la prohibición de las drogas, lo cierto es que, paradójicamente, la relación costo, beneficio de ese tipo de políticas ha demostrado lo contrario. Los efectos de la prohibición de las drogas han sido devastadores y aunque sus partidarios tengan a su favor principios morales de intransigencia frente al mal, el hecho es que las políticas no son válidas sino cuando son efectivas.
Si de lo que se trata, más que de defender principios teóricos, es de mitigar los efectos de las drogas en la salud de los individuos y de la sociedad en su conjunto, entonces la buena política es aquella capaz de minimizar el daño.
Muchos de los detractores de la legalización sostienen que una política de liberalización acarrearía una mayor disponibilidad y una baja en los precios, lo cual desembocaría en un mayor consumo. A juzgar por cómo funcionan las leyes del mercado, se trata casi de una certeza. También es factible, aunque se trata de una teoría muy controvertida, que tras la despenalización, algunos consumidores opten por probar drogas más duras. Pero aún si se acepta que la legalización podría aumentar el consumo y llevar a los consumidores a sustancias más adictivas y dañinas, estos efectos jamás se compararían con el inmenso beneficio de desarticular el poderoso negocio de las mafias, que es poderoso precisamente porque es ilegal y para imponerse requiere de gigantescas utilidades y miles de armas mortales.
La descriminalización de la droga desarticularía el negocio más lucrativo que existe, y que hoy está en manos de grupos que operan por tuera del marco legal. Acabaría con la violencia entre estos grupos y el Estado, con aquella que existe entre los grupos entre sí, y con el inconmesurable poder de corrupción que hoy en día ejercen sobre las autoridades. Lejos de generar gastos al Estado, la legalización podría signilicarle considerables ingresos por cuenta de impuestos similares a los que se aplican al alcohol y al cigarillo. Estos ingresos, a su vez, podrían ser invertidos en campañas de información y políticas de prevención para evitar que el consumo crezca.
Del mismo modo, al quedar en manos del Estado o de concesionarios de éste, los usuarios de estupefacientes dejarían de estar a merced de los dealers y del mercado negro que no garantizana la calidad. La droga que se encuentra hoy por hoy en las calles es casi tan dañina para la salud por cuenta de las sustancias que le mezclan para rendirla, que por sus cualidades estupetacientes. La criminalidad que surge de los elevados precios de la droga se reduciría sutancialmente: los usuarios no se verían abocados a robar, o incluso a convertirse ellos mismos en dealers para conseguir sus dosis. El Estado podría ejercer un control sobre el uso y el abuso de las drogas, y tendría acces directo a quienes necesiten tratamientos contra la adicción.

Gustavo de Greiff Fiscal General de la Nación

"ANTES DE HABLAR DE LA LEgalización de sustancias como la marihuana y la cocaína, debe estudiarse con mayor seriedad el problema del consumo y sus consecuencias y en seguida hacer un balance de los resultados de la interdicción. Con base en estudios económicos, médicos, químicos, etc., debemos respondernos si la lucha, tal y como ha sido llevada a cabo hasta ahora, ha sido exitosa para evitar el consumo, cual sería este de no combatirse la comercialización, o combatir el consumo por la vía de la penalización o de la educación a la población. Académias, universidades y otros centros científicos deben analizar todo esto para que luego, con esos elementos de juicio, sacar conclusiones sobre si se justifica legalizar.
Esos estudios no se han producido, y creo que por razones políticas, pues las sociedades industrializadas, las que se creen más avanzadas culturalmente, no han tenido la franqueza de reconocer que el problema reside en ellas mismas. Es obvio que el consumo, o sea la demanda, da lugar a la producción y al tráfico. Pero tales países han adoptado la actitud facilista de no reconocer su culpa y pretender que la lucha se concentre en los países productores, con lo cual evitan los problemas que les crearía el combate en su propio territorio. En cuanto a Colombia, yo creo que es obvio que no puede proponer la legalización de forrna unilateral. Una propuesta como esa debe ser producto de un consenso. Nos queda entonces a los colombianos promover los serios estudios antes mencionados,.

Y ENTONCES,¿POR QUE NO?
Pero si todo lo anterior es así de claro, tan claro que cada vez que un academico le mete diente al asunto termina por concluir que la legalización vale la pena, ¿,por que los dirigentes se resisten a ello ? ¿ Por qué las encuestas demuestran q ue incluso la gente se opone? ¿Por qué hablar de legalización sigue siendo, para muchos, una herejía? La respuesta, como siempre que se habla de un problema con tantas implicaciones sociales, morales y económicas, está en la política. A excepción de las iniciativas de países como Holanda, que ha desarrollado un amplio experimento de legalización del consumo, y Bolivia, cuyo presidente Jaime Paz ha salido a decirle al mundo que la hoja de coca puede tener usos benéficos, ningún gobierno del mundo parece dispuesto a encabezar una cruzada liberacionista.
Curiosamente, el país que mayor autoridad podría tener para hacerlo es Colombia. Ninguno ha puesto más muertos en esta lucha, ninguno ha gastado en ella una proporción mayor de su presupuesto, ninguno ha estado más cerca de desaparecer como nación por cuenta de las mafias originadas en la prohibición. Pero aún así, si a un mandatario colombiano le diera por salir al mundo a proponer la legalización, es muy probable que más que aplausos recibiría críticas, y que de avanzar en la decisión de legalizar, el país se convertiría en un paria aislado y odiado como sucede, por otras razones, con países como Libia e Irak. Paradojicamente, la condición de principal víctimaa del narcotráfico en el mundo es un arma de doble filo. Aunque en teoría da autoridad moral, en la práctica hace imposible plantear la legalización por parecer la solución de un sólo lado del problema.
Para la mayoría de los mandatarios del planeta, hablar de legalización tiene grandes costos de popularidad interna. Para los dirigenles norteamericanos, por ejemplo, ahora que se acabó el coco del comunismo, podría ser muy riesgoso acabar -vía legalización con el coco de las drogas. Al fin y al cabo el elector medio de los Estados Unidos es un hombre que se moviliza políticamente en buena medida por cuenta de sus miedos más que de sus esperanzas.
En general, los países desarrollados están dispuestos a ir sólo hasta la despenalizacion del consumo, pero jamás a legalizar el narcotráfico como tal. Como lo dice el candidato conservador Juan Diego Jaramillo, "lo que se ha propuesto es despenalizar el consumo en el exteriorpara para podr registrar y controlur a los drogadictos , como se hizo con la morfina a principios de siglo".
Algunos dirigentes colombianos creen, equivocadanente, que la fórmula de la despenalización del consumo sería un primer paso en la dirección correcta. No se dan cuenta que ese sería el peor de los mundos posibles. Si lo que Colombia ha venido sosteniendo con relativo exito en los foros internacionales, es que el origen de toda la tragedia del narcotráfico está en la demanda, en el consumo no tiene ningún sentido darle permiso a los consumidores de consumir, mientras se mantienen las prohibiciones de producir, traficar y distribuir. Si el consumo se despenaliza y se sostiene la interdicción para la producción y el comercio, eso quiere decir que la guerra contra las drogas se concentraría aún más en los países productores como Colombia y dejaría de darse a nivel de los consumidores.
Por ello, lo que corresponde es hablar de una legalización integral, o si no, de mantener la prohihición total. Y a juzgar por lo que piensan los candidatos que hace pocas semanas íníciaron la campaña presidencial en Colombia y por lo que dicen las encuestas nacionales de opinión, ninguno de los aspirantes planteará la posibilidad de legalizar las drogas como mecanismo para solucionar el problema. lncluso Ernesto Samper, quien a fines de la década de los 70 fue el primer colombiano importante en plantear la necesidad de legalizar la marihuana, hoy es claro opositor de cualquier legalización. La posición de Samper, y la de los demás candidatos, no deja de contener un elemento oportunista, resultado de que un país ensagrentado por los narcos se radicaliza moralmente, lo cual puede ser muy comprensible, pero en nada contribuye a la solución del problema.
¿Qué queda entonces? Quizás el camino por recorrer sea por ahora el que plantea el Fiscal Gustavo de Greiff: promover estudios y debates a nivel científico y academico, con la esperanza de que algún día el mundo comience a comprender que la guerra se ha perdido y que lo que queda es librarla de manera distinta, con una mezcla de prevención, educación y legalización. Y mientras esto sucede, habrá que resignarse a que siga el río de sangre y el peligro permanente de desestabilización en el único país que le ha puesto el pecho a un problema que, tratado de otro manera, posiblemente podría traerle mas beneficios que desastres.-

Gabriel García Márquez Escritor
"Hasta donde yo entiendo, la despenalización del consumo de la droga tal vez resolvería algo en los países consumidores, pero no en Colombia. Nuestros problemas mayores como la corrupción y el narcoterrorismo, por ejemplo no son el consumo interno sino la producción y el comercio internacional. Y estos quedarían intactos y quizá favorecidos con la despenalización simple.
La solución para quebrar el mercado podría ser la reglamentación legal de todo el proceso. Y no sólo en un país sino en todos. Como son los casos del alcohol y el tabaco y unque parezca broma-
el chocolate. Pero creo que hay demasiados intereses en juego y muy poco coraje político en los gobiernos occidentales para atreverse a una determinación tan radical".

Monseñor Augusto Trujillo Arango Arzobispo de Tunja
"Colombia todavía no está preparada para la legalización de la droga. La educación del pueblo colombiano sobre la realidad del consumo de dichas sustancias y sus efectos en el organismo es muy deficiente. Tampoco hay una conciencia clara y responsable de lo que podría implicar una legalización. Por otra parte, si esto llegara a presentarse, tendría que ser a nivel mundial y no de un solo país.
En cuanto al aspecto moral, la Iglesia tiene una doctrina según la cual el hombre no debe hacerse daño bajo ninguna circunstancia. Y el consumo de la droga es una actitud nociva que no sólo atenta contra la salud del ser humano sino contra el bienestar de toda la sociedad. Para la Iglesia Católica, el consumo es una forma de incumplir el quinto mandamiento de la ley de Dios".

Viclor Delgado Mallarino General (r.) de la policía
"Este problema es demasiado complejo. El esfuerzo de Europa por legalizar la droga ha tenido una respuesta poco alentadora. Holanda, por ejemplo, en donde ya se ha legalizado, los resultados no han sido tan favorables como se pensaba. En Coblombia, legalizar la droga traería muchos problemas. Entre ellos el aumento del consumo por la disminución del precio y, por supuesto, el control de ese consumo. Es cierto que legalizar la droga es la vía más fácil para afrontar el problema. Pero no tendría justificación alguna después de tantos años de guerra, muertos y sangre. También creo que debe ser una decisión que se tome a nivel mundial, porque Colombia no tiene los recursos suficientes para emprender esta nueva batalla".

Plinio Apuleyo Mendoza Periodista
"Me temo que la legalización se hará con el tiempo inevitable. No es, en teoría, una buena solución. Reviste peligros. Pero es quizás el menor de los males. Para mí el problema tiene su origen en un fenómeno de sociedad, que es la aparición de una franja considerable de consumidores en los Estados Unidos y más recientemente en Europa. Los márgenes de utilidad, absolutamente delirantes, que produce este negocio deebido a su carácter, ilegal, se ha convertido para nosotros, en Colombia, en un factor de desestabilización terrible. La legalización de la droga los anularía . Sería una manera eficaz de acabar con las mafias del narcotráfico. Pero desde luego esta iniciativa no puede partir de nosotros sino de los países consumidores".

Alvaro Gómez Hurtado Dirigente político
No se puede tener un sólo criterio para juzgar el problema de la droga. En todo el mundo la gente se preocupa por el daño que su consumo produce en la salud y en el ambiente social. En Colombia el problema no es el consumo si no el negocio de la droga. Se genera en el territorio colombiano (transformación de la pasta de coca en cocaína) y culmina en Estados Unidos y ahotra en Europa. Los rendimientos provienen de las prohibiciones. Si no las hubiera, la droga sería barata, no habría utilidades, y los colombianos no estaríamos sujetos a que la inmensa líquidez de los traficantes se empeñara en destruir las instituciones, sobornar las autoridades e implantar el terrorismo. Pero Colombia no debe empeñarse solitariamente en legalizar la droga en su territorio, por que las prohibiciones seguirían en el resto del mundo y el negocio continuaría.

Luis Alfredo Ramos Alcalde de Medellín
"No estoy de acuerdo con la propuesta de la legalización de la droga en Colombia. Soy amigo y partidario de la implementación de amplios programas de prevención frente a este terrible flagelo universal, especialmente en aquellos sectores más vulnerables de nuestra comunidad. Considero que la decision de dar vía libre al consumo de estupefacientes no terminará con el problemna, antes por el contrario lo agravará, por que colocará al ciudadano del común en una posición de riesgo frente a una oferta abierta y sin barreras de tipo legal. Es más, en el país todavia tenemos mucho que aprender en materia de educación y disciplina social. Y en este campo no podemos equivocarnos, bajo ninguna circunstancia, por que serían funestas las consecuencias para la salud física y mental de la sociedad colombiana".

Ernesto Samper precandidato
"No estoy de acuerdo con la legalización en las actuales circunstancias. Hace 15 años promoví la legalización de la producción de la marihuana, cuando el problema de la droga era manejable. Desde entonces han pasado muchas cosas en Colombia, especialmente la aparición del narcoterrorismo. La legalización por ello es inviable en Colombia. Pero no sólo debemos oponernos a la legalización aquí, también en los países que consumen la droga colombiana. Legalizar la demanda mientras se reprime la oferta no sólo es un contrasentido económico sino que reforzaría la idea de que los países consumidores pueden seguir trasladando la responsabilidad del problema exclusivamente a Colombia" .

Humberto de la Calle precandidato
"Me opongo a la legalización de la droga llevada a cabo en una forma unilateral y aislada por Colombia. Es una propuesta inviable que, además de resultar inocua, convierte a Colombia en un país paria. Antes de legalizar debe profundizarse sobre las consecuencias de esta decisión, aún relativamente inciertas. No obstante Colombia tiene el derecho y el deber de exigirle a la comunidad internacional que examine el tema del narcotráfico desde una perspectiva más amplia, incluyendo el tema de la legalizacion, así como la implantación de métodos que enfaticen más en el control médico del consumo de algunas drogas. Por lo demás, ¿de qué legalización estamos hablando? No creo, por ejemplo, que sociedad alguna llegue a aceptar que drogas tan adictivas como la heroína puedan ser conseguidas libremente por nuestros hijos en la tienda de la esquina".

Carlos Lemos Simmonds precandidato
"No creo que sea una buena política legalizar una actividad ilícita cuando el Estado no ha logrado acabarla. Si se hiciera esto, terminaríamos legalizándolo todo: los secuestros, los atracos, e incluso la corrupción administrativa. Lo que se debe hacer es continuar con la lucha contra el consumo y el tráfico de la droga.
Legalizar no es otra cosa que sacar el conflicto de las manos del Estado, para dejar que sea la mano invisible del mercado la que se ocupe de este problema. Y es extraño que quienes rechazan las tesis económicas del neoliberalismo estén de acuerdo con la legalizacion, una solución puramente neoliberalista. Sin embargo, si en algún momento se llega a tomar la decisión de legalizar que, insisto, con la cual no estoy de acuerdo, no sacaríamos nada si no se hace universalmente. De nada sirve legalizarla en un solo país".

Roberto Gerlein precandidato
Hablar de legalizar el consumo de drogas en Colombia es equivocado. En primer lugar, carecería de realismo mientras el mundo occidental no asuma una conducta similar. Quedaríamos convertidos en un país pirata. En una especie de paraíso de los drogadictos donde todo se les permite y se les autoriza. En segundo lugar, no he podido entender los presuntos efectos milagrosos de una decisión de esa naturaleza. Al legalizar el consumo y prohibir la producción, comercialización y venta se aumentaría la demanda mientras se procura restringir la oferta. Los precios se elevarían a niveles increíbles. Y quienes controlan el negocio llegarían a ser más ricos y poderosos. Colombia no resolvería ninguna de las dificultades que puedan afectarla por convertirse en un país consumidor, además de productor y procesador".

Rodrigo Marín Bernal precandidato
"Pienso que el próximo presidente de Colombia debería convocar a un amplio foro de análisis en el que participara el Gobierno, la Fiscalía, la Corte Suprema de Justicia, los partidos políticos, entre otros para que elaboraran una propuesta que luego fuera sometida a consulta popular. Esto a fin de que los ciudadanos, por mayoría, decidieran si se mantiene o no la metodología represiva, o se busca un remedio alterno. La búsqueda de estos remedios (como la despenalización del consumo) debe hacerse en el marco de un amplio consenso internacional y conforme a un proceso que a mi juuicio, debe ser gradual y selectivo".

David Turbay precandidato
"Estoy en contra de la legalización de la droga. Las graves secuelas que el consumo de narcóticos genera sobre la juventud, ameritan un tratamiento inflexible de la sociedad para impedirlo. El Estado debe utilizar su poder represivo en tal sentido y crear paralelamente condiciones culturales que formen a los adolescentes y les permitan tener conciencia plena sobre los efectos nocivos del consumo. Pienso que la legalización no debe ser la decisión unilateral de un gobierno, sino la resultante, siempre equivocada, de una voluntad universal, si queremos pensar

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