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| 1/12/1987 12:00:00 AM

LOS FLAUTISTAS DE HAMELIN

Detrás del caso de los sadicos de La Concordia, se oculta el grave problema del robo, secuestro y corrupción de niños

"El Departamento Administrativo de Seguridad informa que, después de una ardua investigación, personal operativo adscrito al grupo `GRAES' de la división de Policía Judicial del DAS, lograron (sic) capturar a los depravados y secuestradores de menores, Sergio Daza Sarmiento de 62 años de edad natural de Bogotá, profesión pintor, y Luis Felipe Cifuentes, natural de Bogotá, de 38 años de edad, profesión vendedor ambulante, individuos que se dedicaban a secuestrar menores a los que violaban y les impedían regresar a sus hogares y mediante alucinógenos los mantenían dopados". Esas fueron las palabras utilizadas por la Oficina de Divulgación y Prensa del DAS, para anunciar a fines del mes pasado el desenlace de un caso que, durante algunos días, estremeció a gran número de lectores de vespertinos, pero que muy pronto cayó en el olvido.
Ni siquiera las declaraciones del coronel Miguel Maza Márquez, comandante del DAS, según las cuales "en Bogotá hay unos 1.200 casos de niños desaparecidos", lograron convencer al público de que, detrás de la noticia de los "depravados y secuestradores", había algo más que un caso aislado, algo más que lo que alcanzó a salir en la prensa antes de que los editores se aburrieran del tema y otras noticias se adueñaran de la primera página.
SEMANA quiso ir más allá e investigó durante algunos días los detalles de este y otros casos, para establecer qué tan grave es la situación planteada por el robo, secuestro y corrupción de menores que se está presentando en el país, particularmente en Bogotá.

Una niña de sólo diez años
En contra de lo que se podría creer, para la comandancia del DAS, no fue el caso descubierto a fines de noviembre el que permitió descorrer el velo que ocultaba el problema de la desaparición y el abuso de menores sino todo lo contrario: a raíz de una campaña preventiva que venía de sarrollando ese organismo de seguridad, fue posible iniciar la investigación.
Una mañana de julio, mientras el coronel Maza se encontraba en su oficina, su secretaria le comunicó que un grupo de madres de familia se encontraba haciendo antesala y pedía que él lo recibiera. Maza, acostumbrado a trabajar con base en información que le suministra la gente común y corriente, las atendió minutos después. Venían a pedirle al coronel que el DAS iniciara una campaña contra la drogadicción. Hasta ahí, todo sonaba más o menos dentro de lo normal. Pero en un momento dado, una de las madres comenzó a contar la historia de su hija: se trataba de una niña de diez años que de pronto comenzo a bajar su rendimiento en el colegio. Las averiguaciones de la madre le permitieron descubrir que, desde hacia meses, su hija estaba metida de cabeza en un mundo de droga y prostitución.
"No se trataba de una familia humilde, sino de gente de clase media donde padre y madre andan muy preocupados por sus respectivos trabajos. Lo más dramático es que la niña, con sólo diez años, ya era una mujer. A medida que fuimos avanzando en la invesrigación de este y otros casos, pudimos establecer que se repetía un mismo patrón: niñas que conocen la droga, generalmente bazuco, y una vez se vuelven adictas, son capaces de entregar todo para seguir consiguiéndola", explica el coronel Maza.
Había otros patrones que se repetían. Jóvenes vendedores de bazuco que se acercan a los grupos escolares y montan, con niños entre los 8 y los 12 años, pequeñas pero tenebrosas organizaciones. Las niñas, como quedó claro en el caso conocido por el comandante del DAS, pueden terminar dedicadas a la prostitución, mientras los niños que quieren conseguir la droga, son obligados a robar en las calles o a servir de "compañeros" o vigías de los grupos de asaltantes de casas o apartamenteros.
Mientras algunos agentes del DAS fueron encargados de seguir a grupos ya ubicados de vendedores callejeros de bazuco, el coronel Maza fue invitado a dictar conferencias a varios colegios bogotanos. A las conferencias fueron llevados estudiantes y padres de familia, a quienes se les relataban los casos más dramáticos, que ya para entonces eran varios.
Las investigaciones y las charlas con padres e hijos, permitieron al DAS hacerse consciente de otro problema que se derivaba de la misma situación de abuso y corrupción de menores: se trataba de la desaparición de niños. El campo de acción se amplió y este otro aspecto del problema entró a hacer parte de las conferencias de Maza. Una de las madres que lo escuchó, llegó por la tarde a su casa y relató algunos de los casos que había escuchado en la charla, a la empleada que periódicamente va a su casa a lavar la ropa. Esta reaccionó ante el relato y le contó cómo en su vecindario, en el barrio La Concordia, se oían a altas horas de la noche gritos y lamentos de niños.
Para cuando esta madre informó al DAS de lo que su empleada le había contado, el organismo ya estaba encima del caso. Uno de los niños secuestrados por quienes luego serían bautizados por la prensa como "los sádicos de La Concordia", se les había escapado después de 5 días de retención, había relatado todo a sus padres y luego estos se habían dirigido al DAS.

El inquilinato
En la calle 15 número 3-84, barrio La Concordia, hay una vieja casa de 12 cuartos alrededor de un patio. La puerta es de madera pesada y está pintada de verde. Al abrirse, da entrada a un corredor que conduce al patio. En cada cuarto vive un promedio de 4 personas, que pagan entre 5 y 6 mil pesos mensuales a la dueña del inquilinato.
Al fondo, después del patio, estaba el cuarto de Sergio Daza Sarmiento. Hasta allí llegaron tres agentes del DAS vestidos de civil, hacia la una de la tarde del lunes 24 de noviembre. En el cuarto se encontraba Daza, de 62 años. Su amigo Luis Felipe Cifuentes, de 38, había sido detenido horas antes. Además de ellos, que fueron detenidos esa misma tarde, estaba un niño de 7 años de edad, quien, según el informe de Medicina Legal que se encuentra en manos de la juez encargada del caso, había sido violado sistemáticamente durante varios días. En el cuarto de Daza, los agentes del DAS encontraron también cajitas con pomadas y cremas, y amoniaco.
Entre un montón de ropa de niños, descubrieron una sudadera azul, que luego se estableció que pertenecía a un niño de 12 años, quien al igual que el que logró escaparse y avisó a sus padres, había desaparecido del Terminal de Transportes de Bogotá el 1° de noviembre. Según pudo establecer el DAS, las demas prendas encontradas en el cuarto de Daza, pertenecían a unos 50 niños más, que también habrían permanecido algunos días de los últimos meses en manos de Daza Y Cifuentes, y cuyo paradero se desconoce.
Días después se llevó a cabo un segundo allanamiento, esta vez en la casa de Cifuentes. Allí se encontraron 94 billeteras y portachequeras, que al parecer habían sido robadas a transeúntes por los niños secuestrados, en algo que recordaría la institución criminal de la que finalmente se escapa Oliver Twist en la novela de Charles Dickens. A principios de diciembre una mujer que luego fue detenida, se presentó al DAS con el niño de la sudadera azul, quien según las primeras averiguaciones, le había sido entregado por un tercer miembro de la banda de sádicos.
Este niño los defendió ante las autoridades y aseguró que ellos lo habían tratado muy bien. Según el mayor Ramón Joaquín Téllez, jefe del GRAES (Grupo Antiextorsión y Secuestro del DAS) y quien tiene en su historial 38 rescates, "a este niño le habían lavado el cerebro, pues le habían prometido una moto para Navidad". Lo de las promesas se fue aclarando también con el avance de la investigación. A los niños secuestrados en el Terminal de Transportes, Cifuentes --quien era al parecer el encargado de "reclutar" a los niños-- les ofreció inicialmente chocolatinas y luego bicicletas.

Algo más que un caso aislado
El caso de La Concordia atrajo la atención de las autoridades sobre muchos otros en los cuales el común denominador es el abuso de menores por parte de personas que los roban.
Abuso, como ya se ha visto, en diferentes campos. Esta situación ya había preocupado al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), que en el mes de mayo puso al servicio del público el Centro de Información y Recepción para Menores Extraviados (Cirmex).
Según las estadísticas de este centro, entre mayo 22 y diciembre 4 de este año, se presentaron 635 casos de niños desaparecidos, buena parte de los cuales continúan perdidos. Entre los que pudieron ser encontrados después de algunos días de búsqueda, se establecieron 18 casos de violación comprobada, lo cual indica que, si bien por fortuna este no es un fenómeno generalizado, la situación es de todos modos muy preocupante.
El Cirmex trabaja en colaboración con las comisarías de Policia, que son las que suelen recibir en primera instancia las denuncias sobre el extravío de un menor. Los datos, así como las fotografías, son entregadas al Cirmex por la Policía. El Cirmex se dirige entonces a Inravisión para que las fotos sean presentadas por una de las cadenas nacionales.
Pero el Cirmex no sólo trabaja con denuncias recibidas en las comisarías de Policía. Son muchos los menores de edad que la Policía detiene diariamente y cuyos padres no aparecen para responder por ellos. Se trata generalmente de niñas entre los 12 y los 17 años, dedicadas a la prostitución y que han perdido todo lazo familiar. Estas menores son evaluadas por sicólogos y entregadas al cuidado de instituciones religiosas como la de las Hermanas Adoratrices.

Sucede también que se encuentren niños extraviados, dedicados a robar o simplemente a vagabundear, que ningún padre reclama. En esos casos, el ICBF los entrega durante algunas semanas a una guardería y si después de varios meses nadie se presenta a reclamarlos, se hace cargo de ellos el padre Javier de Nicoló.
La existencia de este servicio, que necesita ampliarse y mejorar su infraestructura y sus ayudas técnicas, revela hasta qué punto el mismo gobierno ha tomado conciencia de que el problema de los niños desaparecidos va mucho más allá de la simple pérdida de algunos menores en sitios de gran aglomeración. Los niños se están extraviando, se los están robando, los están secuestrando, los están usando y los están corrompiendo. Y las cifras no son insignificantes.--

El aspecto sicológico
El abuso sexual en menores de edad es sin duda uno de los aspectos más dramáticos dentro del problema global de la desaparición de niños. La pedofilia, como se conoce en siquiatría la desviación caracterizada por el deseo de una persona mayor a tener relaciones sexuales con niños, se presenta, según explicó a SEMANA la siquiatra María Clara de Cleves, "cuando esta es la única manera que tiene una persona de satisfacer sus deseos sexuales".
"Esto es algo mucho más común de lo que la gente está dispuesta a aceptar --agrega. En este momento la gente se rasga las vestiduras pero para no ir más lejos el hecho es que en Colombia hemos convivido durante años con el incesto. No son pocos los casos de violación de una niña en que un padre o un padrastro están de por medio".
Se conocen más casos de pedofilia en hombres que en mujeres y esto podría explicarse, según la siquiatra, porque en la sociedad machista, el hombre tiene menos oportunidades de ser tierno con los menores. "Pero además de esto --asegura la doctora-- hay que tener en cuenta que en esa misma sociedad machista no es pecado abusar de los débiles".
En cuanto a los menores que son objeto de abusos sexuales, aparte de las consecuencias físicas, como desgarramientos de recto o vagina, enfermedades venéreas y golpes en la cabeza y otras partes del cuerpo, están las consecuencias sicológicas. Según la doctora de Cleves, "todos los humanos estamos más o menos preparados para responder a situaciones de la vida normal y cotidiana. Pero cuando una persona es secuestrada y violada, esto no tiene nada de normal ni de cotidiano. Y si es cierto que un adulto que sufre esto resulta muy afectado, imagínense lo que le puede suceder a un niño".
Suele suceder que el niño vuelva a situaciones que ya había superado en su proceso de desarrollo, como mojarse en la cama. Generalmente se aísla, sufre pesadillas en las que se repite el evento puede presentar pérdida del lenguaje y dejar de responder en forma adecuada en sus estudios.
Cuando se trata de menores con más de 12 años, el índice de suicidio es bastante alto, pues se sienten culpables por lo que les ha sucedido, desarrollan gran temor hacia la sexualidad y se desadaptan en este terreno. Muchos niños varones que han sido violados por hombres, creen que esto les ha marcado un destino homosexual y que ese es el papel que deberán asumir como adultos.
Pero estos casos no sólo afectan síquicamente a los niños. También a sus padres, quienes desarrollan profundos complejos de culpa, pues creen --sea esto cierto o no-- que debían haber cuidado más a su hijo o hija. Generalmente, rodean al menor víctima del abuso, de un afecto y un sobreprotección excesivos, o en otro casos, debido a mitos y represiones desarrollan un rechazo hacia el menor, a quien comienzan a culpar por lo sucedido.

El Estrangulador de los Andes
De asesinos y violadores de menores está plagada la historia de la crónica roja en Colombia. El más tenebroso de todos se llama Pedro Alfonso López, a quien el periodista Jairo Gómez, muerto en la masacre del restaurante Pozzetto, le siguió la pista de sus cien crímenes y escribió un libro que se titula "El Estrangulador de los Andes" .
Gómez, el mismo día de su muerte, contó a SEMANA los pormenores de su investigación y, como una premonición, se refirió a esa clase de sicópatas como los más sanguinarios de la historia universal. "Si con el caso de Jack el Destripador que mató a doce prostitutas se hicieron libros y películas, con un caso como el del `Monstruo de los Andes', quien sabe qué habrían hecho en Inglaterra", decía.
En efecto, el caso de Pedro Alfonso López, quien fue capturado a comienzos de los 80 y que ahora paga una pena por asesinato en la cárcel de Ambato, Ecuador, es tan espeluznante como lo delata la cifra del centenar de muertos, la inmensa mayoría niñas, a quienes seducía con la venta o regalo de baratijas. Las atraía con hebillas y otros adornos y las convencía de que lo acompañaran al lugar donde se encontraban otros artículos.
Con esa táctica las violaba primero y las mataba después, en una correría de sangre que comenzó en Bogotá, siguió en Espinal y de ahí se trepó a la cordillera en pueblos como La Plata, en el Huila y otros municipios en Cauca y Nariño, hasta ganar la frontera y continuar en el Ecuador donde fue capturado, cuando tenía 32 años de edad.
Las pistas que dejó regadas este violador y asesino fueron tantas que las autoridades se las siguieron hasta detenerlo y lograr la confesión de sus crímines que cometía "en beneficio de la humanidad". La condena que cumple este sicópata en Ambato está por cumplirse y se preve que será pedido por las autoridades colombianas para juzgarlo en el país por su centenar de delitos.

El de Los Mangones
En Cali, entre 1964 y 1965, fueron descubiertos varios crímenes de menores y atribuidos a Daniel Barbosa Camargo, a quien se le conoció en la leyenda de la crónica roja como el "Monstruo de Los Mangones", por que dejaba a sus víctimas tiradas en los baldíos de esa ciudad.
La mayor parte de las víctimas eran martirizadas: violadas primero y después asesinadas con una lezna. Aunque nunca se estableció exactamente cuántos crímenes cometió en la época, por uno de ellos la Policía logró capturarlo y fue condenado a prisión en la isla de Gorgona. De allí se escapó y de él se supo años después en Ecuador donde fue capturado y confesó que, en ese país, cometió entre 40 y 50 crímenes. Actualmente el llamado "Monstruo de Los Mangones" y conocido también como el "Sádico del Charquito", paga una pena en la cárcel de Iquitos, de donde saldrá posiblemente dentro de seis meses, cuando tiene ya entre 52 y 54 años de edad. También él, como "El Estrangulador de los Andes", confesó sus delitos y dijo que los cometía en el nombre de Dios. "Se creía un iluminado, encomendado por Dios para salvar al mundo", comentó a SEMANA el ahora fallecido periodista Jairo Gómez.
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