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| 1/8/2001 12:00:00 AM

Los líderes anónimos

Es gracias a los empresarios, líderes comunitarios y ONG que silenciosamente construyen este país, que Colombia no se ha descuadernado.

Sin lugar a dudas en Colombia existe liderazgo social y se manifiesta de diversas maneras. Callada pero constante e insistentemente, constituye una fuerte y sólida red de personas comprometidas con proyectos concretos: organizaciones no gubernamentales, empresarios cada vez más conscientes de su responsabilidad social, líderes comunitarios que en forma muy creativa están desarrollando importantes experiencias.



Liderazgo comunitario

Maritza Parra, una humilde chocoana, tenía en la plaza de mercado de Quibdó (Chocó) su puesto de venta de hierbas medicinales y aromáticas. Ante lo perecedero de éstas, con otras mujeres lidera desde hace cuatro años el proceso de deshidratación, empaque y exitosa comercialización de las hierbas, que siembran en sus propias terrazas y exportan a Medellín. Unos jóvenes bachilleres de Marialabaja (Bolívar), ante la dificultad de conseguir empleo y la falta de horizontes, asumieron como propia la actividad de sus padres, la tecnificaron y hoy son exitosos pescadores que cultivan mensualmente tres toneladas de tilapia roja, además de desarrollar proyectos para recuperar el medio ambiente. Un reciclador, vinculado al oficio desde los 12 años, lidera con sus compañeros procesos de gran impacto, impulsa leyes que los apoyan y acaricia un sueño: ser empresario, pero del reciclaje. Un campesino iletrado lidera procesos de convivencia en una zona altamente conflictiva y sin dudarlo habló de su experiencia ante una audiencia internacional en Nueva York.

Las mujeres en general, pero especialmente aquellas de los sectores populares, están dejando atrás sumisión y complejos y con mayor frecuencia se les ve asumiendo posiciones de liderazgo. Ellas, como cabeza de familia que son en su mayoría, viven y sienten la necesidad de solucionar sus problemas cotidianos y lideran y se vinculan con decisión a esas causas. Cuando no les abren, insisten en llamar; cuando no las oyen, gritan; cuando fracasan, sin desmayar empiezan de nuevo.

¿Qué tienen en común estos hombres y mujeres que son líderes sociales? Como primera medida, la certeza de que lo que no hagan por sí mismos y con sus comunidades nadie lo va a hacer. Es la ausencia de Estado, la precariedad de las políticas, las promesas incumplidas lo que los lleva a asumir de manera responsable, constructiva y positiva el reto de su propio desarrollo. Pero, además, otra serie de condiciones o cualidades: la inteligencia para superar dificultades, para priorizar y planificar, la capacidad de convocar, la tolerancia ante el fracaso, la creatividad para proponer, la flexibilidad para corregir, la humildad para aprender, la suspicacia para buscar, la racionalidad para argumentar, la intuición para imaginar, la ‘chispa’ para sacar lo mejor de los otros. Pero, sobre todo, el instinto para ser capaz de vivir por, para y con la pasión por lograr determinadas metas.

Si hubiera algo que agradecer a la mayoría de políticos colombianos —por años autodenominados adalides de cambios sociales— sería que gracias a su mediocridad, a su indiferencia, a su incumplimiento, a su capacidad de corrupción y de corromper se está generando en Colombia una sociedad cada vez más preocupada por sus propios procesos, con mayor claridad y capacidad de ejecución, liderando proyectos concretos que buscan un desarrollo equitativo. Líderes que no responden a ideas de terceros sino a lo que sienten y sueñan las personas reales de quienes se rodean. Esperemos el día en que esta manera de proceder se traslade a esferas más amplias.



La influencia de las ONG

En los últimos 25 años la presencia de estas organizaciones es cada vez más notoria. Se podría afirmar que surgieron ante la débil respuesta del Estado a las múltiples carencias de la población, y hoy por hoy constituyen una instancia a través de la cual se canalizan aportes en recursos humanos, tecnológicos financieros que cubren diversas áreas: salud, educación, desarrollo comunitario, derechos humanos, medio ambiente, justicia, entre otros.

Hasta hace muy poco las ONG eran consideradas de menor importancia y sus objetivos se definían, en forma peyorativa, como “obras de caridad”. Nada más alejado de la realidad. Si algo caracteriza su trabajo es que lo asumen como medio para apoyar e impulsar procesos en los cuales la persona es la protagonista de su desarrollo. Las ONG se consolidan, pues, con mayor fuerza, claridad en sus objetivos y estrategias —la mayoría de las veces muy exitosas— de autosostenibilidad y expansión, ejerciendo una innegable influencia en el llamado ‘tercer sector’.

En Colombia la Constitución del 91 reglamentó las condiciones legales e institucionales para una mayor visibilidad e independencia de las entidades sin ánimo de lucro. Según un reciente estudio de la Universidad Johns Hopkins, en el año 95, en Colombia, el tercer sector tuvo gastos operativos por más de 1.700 millones de dólares, equivalentes al 2,1 por ciento del PIB, suma ciertamente significativa. La fuerza laboral presente detrás de estas cifras también es considerable: 287.000 asalariados de tiempo completo, o un tercio de todos los trabajadores estatales en los niveles nacional, departamental y municipal.



El sector privado y la responsabilidad social

También se multiplican en Colombia y en el mundo las empresas en las que, como vinculación institucional o por iniciativa de sus empleados, se apoyan procesos sociales llamados a generar impactantes resultados a mediano y largo plazo. El sector privado se identifica cada día más con la premisa según la cual en una sociedad pobre no prosperan las empresas. Muchos dirigentes empresariales están convencidos de su obligación de retribuir los beneficios recibidos de la sociedad. Así, por ejemplo, las empresas del grupo Carvajal instituyeron hace más de 40 años la Fundación Carvajal, hoy en día casi dueña de la empresa, al cederles los accionistas el 41 por ciento de su participación. Eternit es una multinacional que desde hace 10 años viene patrocinando el único premio que reconoce el trabajo comunitario en Colombia. Dividendo por Colombia canaliza desde 1997 la solidaridad de empresas e individuos hacia proyectos sociales y entre sus aportantes figuran algunas de las más importantes compañías del país. A nivel mundial, la famosa industria relojera Rolex premia desde 1976 a aquellos cuyas ideas, inventos o proyectos estén llamados a generar importantes cambios sociales.

Una empresa no es otra cosa que un grupo de individuos comprometidos en generar resultados económicos. Cuando a tal interés se logre sumar el compromiso activo para buscar un desarrollo más equilibrado se estará empezando a restablecer el tejido social tan dolorosa y violentamente roto.

Colombia es, pues, una suma de liderazgos individuales o sectoriales. Y gracias a ese fuerte tejido social es que ante tantas vicisitudes el país no se descuaderna. Lo ideal sería encontrar la forma de armonizar esa fuerza constructiva y esperanzadora, de conformar equipos de liderazgo que permitieran con mayor agilidad y un compromiso colectivo encontrar nuevos caminos y posibilidades al desarrollo. ¿Es posible lograrlo? Todos estamos llamados a responder. Nadie, ante el momento y la crisis del país, puede permanecer indiferente a la pregunta: ¿Existe el liderazgo social en Colombia? Usted mismo, ¿se considera un líder que desde su propio campo de actividad esté apoyando el desarrollo social? Si no, ¿qué situación más grave de la que estamos viviendo podría impulsarlo a cambiar su posición?
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