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| 4/18/2004 12:00:00 AM

LOS NIÑOS SÍ LEEN

El 84 por ciento de la población lectora del país se concentra en el rango de 12 a 17 años.

En la literatura abundan los estereotipos y quizás el género más golpeado por los mitos y tabúes es la literatura infantil. Los ataques comienzan desde su misma denominación pues no faltan los críticos que consideran desproporcionado el hecho de llamar literatura a los libros para niños. Visto como un género menor salpicado de lugares comunes en donde hadas, magos y duendes enfrentan toda clase de peligros hasta salirse con la suya, las narraciones para los más jóvenes suelen ser subestimadas sin siquiera permitirles el beneficio de la duda. En realidad esto es lo que ocurre generalmente con todos los productos para niños ya sean libros, películas o programas de televisión. El rótulo infantil se ha convertido por desgracia en sinónimo de simple, vacío y pueril lo que le resta importancia ante los ojos de los adultos.

Para acercarse a la literatura infantil es preciso cambiar la mirada y hacer un viaje interno hacia al pasado. Los que nos ufanamos de ser grandes lectores y sacamos pecho por haber devorado la obra de García Márquez, Borges o Cortázar debemos reconocer que ese gusto por la lectura se lo debemos a algún libro que leímos cuando éramos niños y cuya historia fue capaz de envolvernos hasta atraparnos para siempre en el universo de las letras.

En mi caso le debo el gusto a las fascinantes aventuras que Scherezada encadenaba cada noche para evitar que el sultán la asesinara en la trama de Las mil y una noches. Otros le deben su pasión a El Principito, El conde de Montecristo, Robinson Crusoe, El señor de los anillos, La historia sin fin o Las crónicas de Narnia.

Las nuevas generaciones han encontrado su piedra angular en la saga de Harry

Potter quien, a pesar de su excesiva comercialización, ha logrado hechizar a los niños y cual flautista de Hamelin los ha llevado en hordas a las bibliotecas y librerías en donde engullen libros de más de 700 páginas, volumen que pocos adultos se atreverían a enfrentar.

Contrario a lo que muchos piensan los niños sí leen. Según la Encuesta Nacional de Hogares de diciembre de 2000, el 84 por ciento de la población lectora del país se concentra en el rango de 12 a 17 años. De este grupo el 78 por ciento se inclina por los libros y el resto reparte sus preferencias entre revistas, periódicos e Internet. Dicho estudio arroja otro resultado bastante interesante: los jóvenes mayores de 12 años que estudian en colegios privados leen en promedio 6,5 libros al año y sus condiscípulos de los planteles oficiales leen cinco obras en el mismo período. Lo anterior demuestra que más allá de los ingresos y el nivel social los jóvenes tienen hábitos de lectura fomentados bien sea en el colegio o en la familia.

Estas cifras sorprenden porque confrontan los mitos sobre todo aquellos que catalogan a los jóvenes como entes que pierden su infancia frente al televisor y las consolas de videojuegos.

¿A qué hora leen los niños si se la pasan jugando? Aunque parezca mentira, cuando el niño está motivado siempre encontrará un momento para escudriñar en las páginas del libro hasta saciar su curiosidad por la historia. Este interés obedece en parte al deseo. Leer también es un sentimiento y como tal es susceptible de generar amor y odio y por lo tanto no puede ser impuesto. Así como a nadie le gusta que los papás le escojan el novio, a los niños tampoco les gusta que los obliguen a amar la lectura.

Aquí es donde viene la ironía pues padres de familia que no se leen ni siquiera un libro al año les exigen a sus hijos que se lean de cabo a rabo La odisea, La María o El Quijote de la Mancha sin detenerse a pensar que a lo mejor esas historias no los seducen y lo único que hacen es fomentar la apatía. Los niños no son tontos y el error más común es tratar de engañarlos. Leer es una experiencia íntima y personal que no se puede comparar con jugar fútbol, salir al parque, ir a la piscina o ver televisión. Decirle a un niño que no salga a la calle con los amigos sino que mejor se quede encerrado en la casa leyendo un libro no es un gran estímulo y a la larga el pequeño terminará interpretando la lectura como una actividad aburrida y, en el peor de los casos, como un castigo. Algo similar sucede con el acercamiento que se da desde la escuela. Los planes lectores incentivan la lectura pero a veces se quedan cortos y se concentran en la comprensión de textos y la evaluación que, si bien son decisivas para desarrollar competencias intelectuales, pueden ser un arma de doble filo en la que el niño no se goza el libro sino que se limita a identificar a los personajes principales y a describir la trama, el nudo y el desenlace.

En la literatura infantil, como en cualquier otro género, hay obras muy buenas, buenas, regulares, malas y también mucha basura. A este grupo pertenecen todas las que siguen a pie juntillas las recetas y creen que para hacer un buen libro para niños es suficiente mezclar seres fantásticos, magos, brujas y extraterrestres.

Los niños no son tontos y si queremos que las nuevas generaciones recorran los caminos de la literatura es preciso alimentarlos con historias honestas, emocionantes y divertidas que les den el impulso suficiente para pasar la página y llegar hasta el final del último capítulo.
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