Martes, 24 de enero de 2017

| 2006/10/28 00:00

Los norteamericanos

Durante el siglo XIX, su presencia fue escasa. Pero, durante el siglo XX, es una de las migraciones con más relevancia para el país.

karl C. parrish Uno de los urbanizadores del barrio El Prado de Barranquilla. Fundamental en el proyecto de Bocas de ceniza, pues identificó el potencial comercial de esa ciudad

Cuando llegó a Antioquia, en 1838, Jose Harris, gran ebanista y fabricante de pianos, fue uno de los primeros ciudadanos estadounidenses en emigrar a Colombia después de su independencia. Como el maestro más famoso de los ebanistas contemporáneos en Medellín, Harris construyó su legado artístico en madera. Al casarse con una mujer local, dejó otro legado notable, una larga descendencia paisa.

En el siglo XIX las migraciones permanentes de norteamericanos eran pocas. El crecimiento de la joven República norteamericana, con sus nuevos estados, mercados comerciales dinámicos y labor abundante, desanimó los traslados a América Latina.

Los pocos estadounidenses que llegaron a Colombia en el siglo XIX eran, en gran parte, técnicos especialistas, producto de la nueva economía industrial de Estados Unidos, que fueron contratados por dueños de minas y ferrocarriles. Durante ese siglo, algunos colombianos se juntaron con los técnicos estadounidenses en Colombia y construyeron hoteles, diseñaron y excavaron túneles, establecieron y enseñaron en escuelas y colegios protestantes y dirigieron teatros. No obstante, el número de estadounidenses residente en el país fue insignificante.

Sólo en Panamá, décadas antes de la independencia del aquel territorio y de la construcción del canal, se encontraron grandes cantidades de ciudadanos estadounidenses en Colombia. Sin embargo, esa presencia fue temporal. La independencia de Panamá y el papel polémico del Ejército estadounidense impidieron las buenas relaciones con Colombia en las primeras décadas del siglo XX.

Ejemplos de migraciones de individuos estadounidenses con sus familias a Colombia son más comunes después del año 1900. Por ejemplo, el libro de Melbourne R. Carriker, Vista Nieve, relata la experiencia de su familia como dueños de una finca cafetera en la Sierra Nevada de Santa Marta.

En Barranquilla la llegada de Karl C. Parrish fue significativa. Originalmente, fue empleado en una mina, pero poco después estableció su propia empresa de minas con socios norteamericanos. Se convirtió en residente permanente de Barranquilla, donde crio a su familia y fue representante de varias casas comerciales de Estados Unidos. que llegaron a la Costa en esa época. Parrish reconoció la potencia de Barranquilla como puerta comercial y sirvió de instrumento para el proyecto de Bocas de Ceniza, así como participó en el desarrollo del barrio El Prado.

Con el fin de la Primera Guerra Mundial, el capital estadounidense buscó nuevas oportunidades . En Colombia, mucho de este capital se invirtió en explotación de petróleo y exportación de banano. Pero, sobre todo, se notó la presencia de representantes de institutos financieros como el National City Bank de Nueva York, fabricantes como Singer Sewing Machines y detallistas como Sears.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses en Colombia eran pocos. El censo nacional de 1938, que no distinguió entre estadounidenses y canadienses, identificó solo 2.152 norteamericanos. Ese número comprendió sólo el 4 por ciento de la población extranjera total en Colombia; en contraste, inmigrantes europeos comprendieron el 23 por ciento. Para 1951, los estadounidenses eran casi el 8 por ciento de la población extranjera; para 1964 eran el 10 por ciento.

Este aumento se debe a varias razones. Primero, los programas panamericanos de Estados Unidos durante el período de Franklin D. Roosevelt (1932-1945) fomentaron un intercambio de científicos, técnicos, estudiantes y educadores, entre las Américas. Relaciones educativas, personales y comerciales se desarrollaron desde esos contactos y continuaron fuera de la esfera gubernamental.

Segundo, la Segunda Guerra Mundial eliminó las rutas marinas del comercio entre América Latina y Europa. Las exportaciones colombianas destinadas previamente a Europa fueron dirigidas a Estados Unidos.

Tercero, los programas culturales y educativos de Washington en Colombia hicieron más fácil que familias estadounidenses se mudaran al país. Por décadas anteriores, hombres de negocios estadounidenses se habían negado a trabajar en América Latina, por falta de escuelas y colegios seculares y bilingües para sus hijos. Con la ayuda financiera desde Washington a colegios binacionales se borró un obstáculo a las inversiones y migraciones norteamericanas hacia Colombia.

Colombia y Estados Unidos se acercaron en la guerra. Visiones similares entre el Frente Nacional y presidentes estadounidenses aseguraron la continuidad del movimiento migratorio, temporal y permanente, de estadounidenses a Colombia por motivos comerciales, culturales y científicos.

Es una lástima que el aumento de otro tipo de comercio entre los dos países (el narcotráfico) haya fomentado una violencia, cuyo resultado es la declinación de migrantes estadounidenses a Colombia.

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