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| 12/3/2005 12:00:00 AM

Los tiempos de las buenas y malas costumbres

Las indígenas fueron el símbolo de la resistencia en la Conquista. Durante la Colonia hubo diferenciación social entre las mujeres, y la bondad era atribuida únicamente a las blancas.

Durante la Conquista, y cuando la guerra fue declarada, las indígenas participaron en formas de resistencia abierta: en las confrontaciones armadas, en la quema y el abandono de las aldeas para producir el desa-bastecimiento de los invasores, en la vigilancia de sus movimientos, en la desinformación. La violencia sexual y otros abusos ejercidos por las huestes españolas sobre ellas fueron condenadas por los clérigos. Pero esas denuncias no lograron cambios relevantes. Ante la convivencia impuesta, las indígenas hicieron posible la aclimatación de los peninsulares a las condiciones del territorio ocupado, procurándoles la adaptación a la alimentación e iniciándolos en ciertas costumbres requeridas en el nuevo ambiente en el que se instalaban. Convivieron con los padres blancos de sus hijos e hijas, reconocidos o no, algunas heredaron sus bienes otras experimentaron la servidumbre doméstica y sexual. Las fundaciones de las ciudades y los pueblos fueron favorecidas por el lento arribo de las españolas, quienes llegaron acompañando a sus esposos y sus familias, pues el ingreso legal tan sólo era permitido a gente que garantizase la reproducción de la cultura castellana en sus expresiones materiales, sociales y, sobre todo, ideológicas. Estas mujeres trajeron consigo sus usos y costumbres que fueron imponiendo en los ámbitos de la vida doméstica, espacio fundamental de interacción y proyección social. La colonia La sociedad colonial construyó la diferenciación social entre las mujeres, de tal forma que la bondad era un patrimonio casi exclusivo de las de la sociedad blanca, en la cual era posible formar a las doncellas virtuosas, a las perfectas casadas y a las viudas honestas. La doncella virtuosa, dependiente del padre, el padrino o cualquier otro varón adulto allegado a la familia y quien la representaba, debía preservar su virginidad hasta el momento del matrimonio sacramental. El ideal de la perfecta casada comprometía a las mujeres para que asumieran de manera unilateral la monogamia, aceptaran la dependencia del esposo y se proyectaran en el cuidado y la devoción a la familia. Las viudas, sobre quienes el paternalismo patriarcal proyectó imaginarios contradictorios, eran consideradas susceptibles a ser embaucadas o seducidas. A la vez, gozaron de cierta independencia en el manejo de su patrimonio. Las beatas asumieron un proyecto de vida que no correspondía a los modelos ideales. Fueron miradas con suspicacia por transgredir ciertas pautas modélicas ya que asumieron una vida relativamente independiente de los parientes masculinos. Dependían de manera parcial del párroco o del confesor y desarrollaron formas de proyección social expresada en el servicio a los demás: acompañamiento a los enfermos y los moribundos, presencia en los funerales y en el desarrollo de las Obras Pías. Fueron pioneras en el servicio al Estado colonial en calidad de directoras, mensajeras y limosneras de las entidades de caridad como la Casa de los Niños Expósitos y mujeres recogidas fundada en Santa Fe en 1641. Las indígenas en los nuevos contextos hicieron suyos algunos elementos de la cultural invasora, tal como el culto católico, sin renunciar a sus cultos ancestrales. Usaron las leyes en su beneficio cuando les fue posible. En las regiones apartadas preservaron elementos de sus culturas y mantuvieron ciertos dominios en prácticas como la herbolaria para sanación. Las mestizas, hijas de madre india y padre blanco, fueron estereotipadas por proceder de uniones sin matrimonio y, por lo tanto, sin el respaldo social de una figura masculina adulta. Su procedencia de hogares de padre ausente, aunque contaran con el apoyo encubierto de su progenitor, las expuso a los abusos y a la violencia sexual. Este hecho es visible en las promesas incumplidas de matrimonio, lo cual reprodujo la ilegitimidad, rasgo distintivo de los mestizos de ambos sexos. Los conventos fueron espacios que les ofrecieron a las jóvenes coloniales otras posibilidades como el contacto con la vida intelectual o artística. Las religiosas profesas renunciaban a la vida mundana, se sujetaron a la tutela del confesor, se dedicaban a la contemplación y se proyectaban a su mundo interior. El recogimiento conventual como una opción personal se produjo, ya fuere por cumplirse una etapa del ciclo vital, como fue el caso de las viudas; por insuficiencia de medios económicos para la dote matrimonial; por protección social ante la violencia de los tiempos y, por supuesto, por vocación. En los conventos, las religiosas de-sempeñaron actividades inusuales para las mujeres corrientes, tales como las tareas de la administración de una entidad que requería la organización de archivos, llevar cuentas, concertar negocios, comunicarse con las autoridades eclesiásticas y civiles. Participaron en rogativas ante las calamidades como las sequías, las inundaciones o los movimientos telúricos. Desarrollaron la literatura mística, bordaron con preciosismo, fueron pintoras y cantoras. Los conventos femeninos eran escenarios en los que se reproducían las jerarquías sociales: las monjas de velo negro procedían de las elites; las de velo blanco y las legas, de los grupos modestos. Tan sólo las primeras ejercieron la enseñanza luego de ser fundado el primer colegio de niñas del Nuevo Reino en Santa Fe, en 1783. Las mujeres raptadas en África y sometidas a la esclavización se desempeñaron en los trabajos domésticos: la preparación de los alimentos, como nodrizas, lavanderas, planchadoras, peinadoras. En un principio ingresaron al Nuevo Reino de Granada junto con los primitivos conquistadores, con los funcionarios eclesiásticos y civiles, luego de una aclimatación en Europa y cristianizadas. Luego llegaron al puerto de Cartagena después de una ignominiosa travesía y fueron compradas para los trabajos domésticos y como emblema de prestigio social. La cercanía y la intimidad con los españoles coadyuvó al surgimiento del sector de los mulatos, un componente nuevo y distinto en el panorama demográfico de las ciudades. Desde 1603 existía en la ciudad de Santa Fe de Bogotá un escribano dedicado a los negocios concernientes a las mulatas, lo cual indica no sólo la importancia adquirida por ese grupo sino la significación de la composición femenina. Las mujeres afrodescendientes desplegaron formas de resistencia a la dominación esclavista: trabajaron para comprar su libertad y la de sus hijos e hijas, huyeron cuando las condiciones eran insoportables, sacrificaron a sus criaturas, interrumpieron la gestación, reaccionaron a la violencia de los amos con agresiones verbales y, cuando fue posible, físicas. Por esos motivos se les atribuyó el manejo de poderes ocultos o sobrenaturales para preservar o quitar la vida, para remediar los reveses de la fortuna o los males de amor, para atentar contra la vida y el patrimonio de los amos. En las ciudades, durante la última etapa del dominio colonial, las mujeres integrantes de lo que se denominó la plebe, en su mayoría mestizas, indígenas y mulatas, participaban de lo que acontecía en la calle: las celebraciones religiosas y civiles, las protestas, intrigas y conspiraciones, protagonizaron pleitos y riñas. Los funcionarios ilustrados las consideraron causantes del desorden social, entre otros motivos por cuanto aportaron una elevada proporción de nacimientos de hijos e hijas concebidos fuera del matrimonio. La definición de prostituta era bastante laxa, ya que abarcaba tanto a las mujeres que convivían con sus parejas sin haber contraído matrimonio sacramental como a las que entablaban formas de comercio sexual a cambio de dinero u objetos. El adulterio, el amancebamiento y el concubinato eran situaciones que se asimilaron con la prostitución y, por ende, eran penalizadas como pecado y como delito. *Profesora. Escuela de Estudio de Genero de U. Nacional

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