Sábado, 21 de enero de 2017

| 1985/10/21 00:00

LOS TOROS: FIESTA O CRIMEN

A tres semanas de la muerte de "Yiyo" en el ruedo, se recrudece la polémica

LOS TOROS: FIESTA O CRIMEN

Quince días después de muerto el "Yiyo", corneado por un toro, en el ruedo de Colmenar Viejo, un año después de muerto "Paquirri" en el de Pozoblanco, corneado por otro, alguien escribió un grafiti en el muro de la plaza de Las Ventas de Madrid: "Queremos más "Paquirris" y más "Yiyos". El veterano matador "Antoñete", que toreaba en esa plaza la corrida de su despedida dijo que nada en los toros le había dado nunca tanto miedo como esa frase terrible.
Quieren más toreros muertos. El autor del grafiti no lo firmó: "un aficionado", o "un enemigo de la fiesta". Letrero ambiguo, porque uno u otro hubiera podido ser el que reclama más sangre. El enemigo de las corridas de toros porque, por amor a los animales, quiere verlos ganar alguna vez en la arena. El aficionado porque sabe, aunque no quiera decirlo, que la muerte de un torero en los cuernos de un toro le duvuelve a "la fiesta" el atractivo del olor del peligro, perdido en años de fraude: años de toros demasiado jóvenes, becerros casi, para las "figuras"; años de toros "afeitados": es decir, con las puntas de las astas cortadas y limadas (la cornada del cuerno aféitado suele ser más peligrosa que la del cuerno limpio: pero es menos probable); años de toros bobos, sin fuerza, sin peligro, fabricados en serie por las ganaderias para el más fácil lucimiento del torero. Dos muertos en un año le demuestran a cualquiera que si, que el toreo es un asunto peligroso, además de ser un arte y una ciencia, y encima un espectáculo.
Lo que liga todo eso, y lo convierte en fiesta, es la sangre. Gota a gota, y rebullendo sin cesar, como se echa el aceite gota a gota sobre la yema de huevo y la sal y la pimienta y una cucharadita de jugo de limón para que todo eso se vuelva salsa mayonesa.
No es el peligro de la cornada, que existe siempre: todos los toreros están cosidos a cornadas, con el cuerpo vuelto un mapa de cicatrices. Y ese peligro es mayor hoy, cuando la afición exige que se haga "toreo de arte" como hace sesenta o setenta años, cuando simplemente se trataba de no dejarse matar por un animal salvaje de setecientos kilos y nadie en su sano juicio se ponía a hacer fiorituras. Lo que resulta increíble es que en los toros haya tan pocos muertos: en España se lidian cada año diecinueve mil toros. Y sin embargo, desde que "Manolete" fue corneado en Linares de la Reina hace ya cuarenta años, no había habido en las plazas, hasta "Paquirri", más que dos cogidas mortales. Esto se debe, fundamentalmente, a los avances de la cirugía y de la medicina. Y por eso a la entrada de Las Ventas de Madrid, que para la afición es "la catedral" del toreo, hay una estatua en bronce de un señor de corbata: el doctor Fleming, descubridor de la penicilina. Porque antes los toreros morían de la infección, no de la herida. Pero "Paquirri" y el "Yiyo" dos toreros de primera línea muertos en un solo año, muestran que de todos modos el peligro de la muerte--no ya el del revolcón o la cornada--acecha en cada corrida. Y eso atrae. "No se ha dado nunca el caso de que un violín mate a su violinista" se disculpan los patrocinadores por la falta de "ambiente" en los conciertos de música de cámara. La sangre atrae. "Ese chorro que ilumina los tendidos y se vuelca sobre la pana y el cuero de muchedumbres sedientas", decía García Lorca en su "Llanto" por otro torero muerto, Ignacio Sánchez Mejías.
Las muchedumbres no se visten ya de pana y cuero, sino de dacrón y terlenka. Pero ese chorro de sangre sigue iluminando los tendidos y saciando la sed de la afición, que por eso florece. Así la han abonado en doce meses la de "Paquirri" y la del "Yiyol". Dos accidentes en cuarenta años..., en ambos casos provocados por el exceso de confianza, que es el origen de casi todas las cornadas graves. "Paquirri" desdeñó el peligro de "Avispao", que era un toro escurrido y flaco; el "yiyo" creyó que "Burlero", porque ya estaba muerto, ya no tenía peligro. Pero un toro es peligroso ("es un toro", dicen escuetamente los aficionados) siempre y hasta el final. Flaco y sin fuerzas, "Avispao" mató a "Paquirri", que era el torero más poderoso de los últimos años. Ya muerto, "Burlero" mató al "Yiyo", que era el torero con más dones de la última generación. Y los dos lo supieron. "Paquirri" en la ambulancia que corría por la sierra rumbo al hospital de Córdoba: "Ya no llegó", le dijo a su peón de confianza. El "Yiyo" en el mismo ruedo, con el corazón partido por el pitón de "Burlero": "Este toro me ha matado", le dijo a su banderillero.
Dos muertes muy distintas, sin embargo. A "Paquirri" lo mató su enemigo en el cenit de la gloria. No era el mejor torero del momento porque eso es algo que no existe nunca (siempre habrá un aficionado que lo discuta), pero sí el que ganaba más dinero. Rico, famoso, recién casado en olor de muchedumbres y revistas del corazón con una cantante célebre, Isabel Pantoja, después de haberlo estado con la hija del gran Antonio Ordóñez, Carmina, una de las mujeres más bellas de España (aunque en eso también, como en los toreros buenos, existen discrepancias). A "Paquirri", desde el punto de vista de la leyenda, nada mejor podía pasarle que haber muerto en el ruedo (desde el punto de vista dé la cotidianeidad la cosa es otra cosa, por supuesto). Al "Yiyo" no. Tenía veintiún años y era una promesa y no se había embarcado todavía con una novia de veras, y si hubiera seguido toreando como empezaba a torear (pero eso nunca se sabe) hubiera sido para siempre "un gran torero en la plaza", para citar de nuevo a Garia Lorca. Pero no tuvo suerte. Le tocó entrar antes de tiempo en la leyenda.
Cuestión de suerte. Precisamente porque en la fiesta sangrienta de los toros la muerte acecha siempre, lo que cuenta en los toros al fin y al cabo es la suerte. Por eso se llaman "suertes" las suertes de los toros, y por eso se dice cuando comienza la corrida: "Que Dios reparta suerte". Y por eso también es el oficio de torero tan inclinado a las supersticiones. Ahora, mientras algunos piden más "Yiyos" y más "Paquirris" muertos, otros hablan del "cartel maldito de Pozoblanco". En Pozoblanco, hace un año, cuando un toro mató a " Paquirri", eran tres en el cartel: "Paquirri", el "Yiyo" y el "Soro". Al "Yiyo" le tocó matar al toro que acababa de matar a "Paquirri", y cortarle las orejas. Al toro que mató al "Yiyo" ya lo había matado el "Yiyo" cuando murieron ambos en Colmenar Viejo. Pero al día siguiente, en San Sebastián de los Reyes toreaba el "Soro" otra vez. Pero se dijo --cuenta él--: "Bueno. el único que quedas del cartel eres tú. así que pa'lante".
Eso es lo que mantiene la afición. --

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