Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2002/07/15 00:00

Los tuyos y los nuestros

Familias como la de los Ospina, con padre divorciado vuelto a casar y con hijos de su viejo y de su nuevo matrimonio, son cada vez más típicamente colombianas.

Los tuyos y los nuestros

Mariano Ospina abrio la puerta de su casa henchido de orgullo. De lo contrario no habría permitido que un periodista y un fotógrafo entraran a husmear en su hogar, el templo sagrado de su vida privada.

Pero ahí estaba él con la puerta abierta de par en par dispuesto a develar sus tesoros más grandes. Y uno a uno fueron apareciendo. Primero Felipe y Juliana, luego Juan Pablo, después María Ximena, seguida por Liliana. El único que no alcanzó a llegar fue Federico pero Mariano tuvo la precaución de tener a la mano una foto suya para recordarlo.

Los seis, muy tiesos y muy majos, se acomodaron en el salón. Al comienzo miraban de reojo y hablaban entre ellos tratando de adivinar por qué queríamos entrevistarlos. ¿Acaso ellos son diferentes al resto de los colombianos? Hoy, en 2002, no. Pero hace 20 años, cuando su historia comenzó, sí.

A los 24 años Mariano creía sabérselas todas y por eso le pareció absurdo escuchar a sus padres cuando le dijeron que estaba muy joven para casarse con su novia de la universidad. Nueve años más tarde, con los papeles de la separación en la mano y tres hijos pequeños, los consejos paternos retumbaban en su memoria, más sabios que nunca. Mariano, el que creía sabérselas todas, comenzó a protagonizar aquella estadística según la cual el 54,6 por ciento de todas las separaciones ocurren antes de los 10 años del matrimonio. Es la etapa que coincide con las primeras presiones socioeconómicas y afectivas de la pareja.

Para Mariano ese no podía ser el fin. Le parecía incomprensible y hasta injusto que después de un fracaso matrimonial la vida no pudiera darle una segunda oportunidad. Su antiguo amor había tomado la decisión de rehacer su vida en Neiva, llevándose consigo a María Ximena, Federico y Juan Pablo, los tres hijos del frustrado matrimonio. Los pequeños ya no se verían forzados a presenciar las amargas discusiones entre sus padres pero tendrían que aprender a vivir separados. Mariano comenzó a viajar con frecuencia a Neiva para visitar a sus hijos y aceptó que permanecieran en la provincia mientras acababan la primaria y después, si ellos así lo querían, podrían regresar a Bogotá para hacer el bachillerato y la universidad.

¿Y Mariano se resignó a ser padre soltero? No. Otra vez, como la mayoría de los hombres colombianos, rehizo relativamente rápido su vida sentimental. Liliana Buitrago se le cruzó en el camino. Para hablar con la verdad ella siempre había estado a su lado como amiga y consejera e incluso en una ocasión le recomendó que hiciera terapia de pareja con el ánimo de salvar su matrimonio.

Como se sabe, la terapia fracasó y Mariano encontró más apoyo en Liliana que en el sicólogo. De las charlas con tinto pasaron a los almuerzos y las cenas. Después vinieron las salidas a cine, las llamadas telefónicas sin límite de tiempo y los paseos. Lo que tenía que pasar pasó y sin querer queriendo terminaron ennoviados y con planes de matrimonio.

La familia de ella no lo tenía tan claro. No era justo que una joven universitaria, soltera y con un futuro por delante, se encarretara con un hombre separado con tres hijos. Mariano, entonces, asumió el papel que lo ha hecho famoso hasta el día de hoy: el de mediador. Habló con los familiares de Liliana y los convenció de que le concedieran el beneficio de la duda, que no lo juzgaran sin conocerlo.

Hablarle a un adulto es fácil pero ¿cómo explicarles a unos niños menores de 8 años que su papá se va a casar con otra señora que no es su mamá?

"La familia de segunda unión está llena de contradicciones ya que existen simultáneamente alegrías y dolores. En el momento en que los dos adultos están felices con su nueva unión los niños se encuentran tristes, angustiados o muy contrariados por ver morir la ilusión de ver a sus padres nuevamente unidos y tener que vivir forzosamente con una persona extraña para ellos", escribió Nelly Rojas de González en su libro La pareja: cómo vivir juntos.

Sin embargo Mariano no necesitó ser un experto para darse cuenta de lo que le subía pierna arriba. Si quería que su nueva relación funcionara tenía que manejar la situación con pinzas.

"Me llevé a los niños de vacaciones a Cartagena y allá les conté mis planes de casarme. Ellos conocían a Liliana y se la llevaban bien. Pero se notaba que estaban expectantes, desamparados. Tenían miedo de que los fuera a abandonar", recuerda Mariano mientras los mira ahora, convertidos en adultos, compartiendo el sofá alegremente con sus medio hermanos Juliana y Felipe, los hijos de Liliana y Mariano.

Los hijos del primer matrimonio de Mariano hacen parte, según los estudios de Profamilia, del 2,2 por ciento de los hijos preescolares, escolares y adolescentes que vive con madrastras en hogares recompuestos. El 7 por ciento de los niños y jóvenes colombianos viven con padrastros.

Mariano hace parte de la minoría que logró la potestad de sus hijos no por la fuerza sino por convenio con la mamá. Ella también siguió adelante con su vida. Se casó en segundas nupcias, se divorció y ahora mantiene una relación estable.

María Ximena, Federico, Juan Pablo, Juliana y Felipe no pelean ni más ni menos de lo que lo harían los hermanos de cualquier familia colombiana tradicional. No se puede negar que entre los tres hermanos Ospina Dussán hay un vínculo especial que los une, pero este lazo no es más fuerte ni más débil que el que tienen los hermanos Ospina Buitrago.

La familia de Mariano no es perfecta pero vive en armonía. El sigue siendo el mediador, intentando ser justo con sus cinco hijos por igual mientras Liliana ejerce de mamá de Juliana y Felipe. Jamás ha intentado ese papel con los hijos mayores de su marido pues sabe que ellos ya tienen una mamá y el principal error de los segundos matrimonios es querer opacar al padre ausente.

"Volver a casarse es una decisión muy difícil ?asegura Mariano?, es como meterse a un túnel sin conocer la salida y hay un temor al fracaso. Lo bueno es que se tiene más certidumbre, más tolerancia y las ganas de no cometer los mismos errores del pasado".

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