Domingo, 22 de enero de 2017

| 2005/12/03 00:00

Manuela Sáenz

Controvertida como ninguna, desterrada de tres ciudades. Amante de Bolívar y considerada la 'libertadora del Libertador'.

El escándalo la acompañó siempre: desde su vestimenta masculina, su forma de montar a caballo, à la amazone, la compañía permanente de su no menos escandalosa criada, Jonotás, el abandono de su legítimo marido, James Thorne, médico y exitoso administrador de bienes y comerciante, hasta la presencia al lado de Bolívar en la Bogotá de 1828, en los momentos más álgidos de la constitución de la República de Colombia. Manuela (Quito, 1797) fue mucho más que "la libertadora del Libertador", al salvarlo no sólo del atentado septembrino, sino de por lo menos dos intentos más; luego de la muerte de Bolívar continuó en la defensa de su persona y sus ideas hasta su destierro de la capital, decretado por Santander en mayo de 1834. Compartió con su amante (así firmaba sus cartas amorosas: "Patriota y amante de usted") el ideal americano: al ser tachada de "extranjera" por los diarios de Bogotá, responde altivamente: "Mi patria es todo el continente americano". "Nosotras las mujeres de Bogotá, protestamos de esos provocativos libelos contra esa señora", respondieron, en su defensa, las bogotanas. Al alcalde de Bogotá, don Lorenzo María Lleras le tocó ejecutar el mandato de destierro; otro Lleras, más de 100 años después, desterró con el mismo calificativo de "extranjera" a otra americana ilustre: Marta Traba. El destino quiso que esta eterna desterrada (de Lima, de Bogotá, de Ecuador) encontrara refugio en un lejano puerto peruano, Paita, después de sólo ocho años de compartir amor e ideales con Bolívar. Viajeros ilustres la visitaron y celebraron: Simón Rodríguez, igualmente refugiado en un puerto cercano, Amopote, y quien asiduamente y hasta su muerte en 1854 la acompaña: una vende tabaco, el otro fabrica velas. Garibaldi es también su anfitrión. A un joven pelirrojo, Carlos Holguín, más tarde Presidente de la República de Colombia, le dedicará su tiempo, sus dulces y más importante aun, sus recuerdos y nostalgias; recuerdos y añoranzas que le negó a otro joven, Ricardo Palma, peruano por quien sintió inmediata desconfianza. Paita, por ser puerto ballenero, recibe a un joven marinero de una goleta en estado de amotinamiento y quien presta declaración ante la traductora de ocasión, Manuela; ninguno logrará atrapar su ballena blanca. En 1856 Manuela muere de difteria y sus efectos personales son quemados por las acuciosas autoridades sanitarias del puerto. Mucho más que la figura que la hagiografía colombiana ha querido desvanecer, Manuela Saénz se erige como la presencia apasionada de las causas americanista y feminista (que me perdonen el anacronismo); vivió su vida y los ocho años de pasión con Bolívar, de acuerdo con sus convicciones: igualdad y libertad antes que nada. El mismo Neruda dedica una elegía a la belleza de Manuela, ignorando su compromiso de mujer y de ciudadana. Muy distinto habría sido el proceso de consolidación de las repúblicas americanas si los ideales y las acciones de las dos figuras bolivarianas hubieran tenido seguidores: Manuela Saénz y Simón Rodríguez, a quienes el destino los unió en sus últimos días. Si olvidáramos todo lo anterior, aún quedaría su acción más luminosa, al salvar la vida de Bolívar: "Evitó a Colombia la más atroz de las vergüenzas". (El Heraldo de Cartagena, 1883). *Historiador

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