Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/12/03 00:00

Martha Senn

Conquistó el difícil mundo de la lírica y se convirtió en una de las mejores mezzosopranos. Hoy es la gestora cultural del Distrito Capital.

Los primeros recuerdos que tengo de Martha Senn me llevan hasta 1978, cuando ella estaba en la Sala de Música de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Nos conocimos a partir de la convivencia en una cabina de sonido de 2x2 metros y 7.000 discos de acetato, pertenecientes a una colección de música que nos tocó en suerte: la de Maruja Méndez -amiga de Otto de Greiff y de Rafael Puyana-, la cual heredamos para la reapertura que Jaime Duarte French, director de la Biblioteca, había planeado aprovechando la efemérides de Schubert (1808-1878). Martha fue mi asesora. Cada semana preparaba el 'menú' musical para los privilegiados que ocupaban las tardes oyendo las versiones de todas las épocas, estilos, compositores, en fin... Desplegaba su 'receta de autor' con exquisito gusto y generosidad. Al tiempo, compartía su compromiso con el derecho constitucional. De modo que alternaba las dos pasiones con gran destreza: una le exigía sensibilidad, talento, disciplina y tiempo para graduarse en el conservatorio. La otra: capacidad intelectual al lado del doctor Jaime Vidal Perdomo, de quien era su asistente, conforme a sus estudios en la Universidad del Rosario. Pero, sobre todo, Martha era una joven esposa, madre de Javier y Lina, (cuando aún no había celular) y debía conjugar en todos los tiempos los roles de su matrimonio, entonces con José María del Castillo. Hasta ese capítulo todo era intenso, como un pasaje de transición en la música, por la diversidad de facetas. Pero enseguida vinieron las decisiones y quedó al descubierto el dilema de su carrera artística cuando Simca Milanov la escuchó en Nueva York, camino a Italia. La señora Milanov supo reconocerla de inmediato y escribió una carta to concern, expresando que "sin duda estoy frente a una de las mejores mezzosopranos del mundo en los próximos 10 años". Y recomendaba a las entidades del país dar todo su apoyo para que ella desarrollara su carrera. Recuerdo que Martha me leyó esa carta en la esquina de la carrera tercera con 19, camino al Colón. Yo también supe que la señora Milanov decía la verdad. Su Carmen, inolvidable, como me lo dijo el director de la Washington Performing Arts Society. Quince años después de las cinco funciones de estreno de la temporada en 1983, en el Kennedy Center, la seguía recordando. Él la había escogido y se enorgullecía de esta decisión. Martha, sencillamente, ya había escogido el canto. Entre aviones fue a concursos en París, Baltimore, Nueva York y todos se los ganó. Impactaba el hermoso timbre de su voz, su registro medio, su belleza y su señorío. Aprendió el arte de torear en las plazas de los egos humanos, tan humanos y tan complejos en el entorno de su carrera y triunfó en los más importantes escenarios de la lírica en el mundo. Ahora el alcalde de Bogotá, Luis Eduardo Garzón, la invitó a formar parte de su administración y comparte su tiempo del canto y su tiempo de la vida en un nuevo rol en el que su faceta de abogada se hace sentir: directora del Instituto Distrital de Cultura y Turismo. *Gerente cultural de Compensar

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