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| 9/24/2004 12:00:00 AM

Medallas embolatadas

La brecha cada vez más grande entre ricos y pobres no invita al optimismo en el deporte de alto nivel. Colombia debería apostarle al deporte masivo no tanto en busca de la gloria de unos pocos sino para mejorar el bienestar de la población.

Año 2020. Parece una eternidad. Pero si se mira desde la escala del calendario olímpico faltan apenas cuatro juegos para llegar a la fecha que propone SEMANA en este ejercicio. Es decir -en términos prácticos-, casi nada. Al menos desde esa perspectiva, entonces, es muy poco probable que el panorama del deporte cambie demasiado en Colombia.

Soñar no cuesta nada y es muy fácil irse por la rama de la febril imaginación amparados en el supuesto de una Nación biodiversa, multicultural y pluriétnica que gracias al final de la guerra recibe toda suerte de estímulos de una comunidad internacional agradecida y admirada con esta raza madrugadora, emprendedora, trabajadora y recursiva. Es muy tentador hacerlo, por supuesto. Al fin y al cabo en la conformación social de Colombia están muy bien representadas las etnias que ganan por decenas medallas olímpicas en atletismo y básquet; en el país existe una muy larga tradición en deportes como ciclismo, fútbol, boxeo, béisbol; en los últimos tiempos se ha visto que el trabajo sistemático en disciplinas poco populares como pesas y tiro le reportan a Colombia resultados más que aceptables en los Juegos Olímpicos y en campeonatos mundiales, así no siempre estos esfuerzos se traduzcan en medallas. Además existe la posibilidad que de aquí a 16 años el patinaje sobre ruedas, en el que Colombia es potencia mundial, entre a formar parte del calendario olímpico, lo que le permitiría a Colombia aspirar a varios oros. Algo así como la apuesta que le hace Cuba al boxeo, que en la última jornada de los juegos le permitió subir a los primeros puestos del medallero.

Inspirado en un texto que escribió Enrique Peñalosa Londoño en esta misma revista hace un par de años sobre la Colombia de 2025 que él soñaba, podrían escribirse páginas enteras de este tenor. "Imagino entonces que Quibdó, gracias a la pacificación y a la llegada de capitales extranjeros maravillados por la biodiversidad del Chocó biogeográfico, en el año 2020 es una de las mecas del deporte del remo. Los descendientes de aquellos bogas cimarrones que huyeron de las plantaciones del siglo XVIII y que durante dos siglos remaron en canoas destartaladas por las feraces aguas de los ríos de la selva de la patria hoy entrenan bajo la atenta mirada de instructores húngaros, británicos y polacos que los preparan para los Olímpicos de este año que comienzan dentro de un mes en las modalidades cuatro sin timonel, ocho con timonel y par, en las categorías masculino y femenino, en las que pelearán seis medallas de oro con sus rivales de Europa, Norteamérica y Oceanía y con grandes probabilidades de éxito en cuatro de ellas".

Lo mismo podría extrapolarse con nadadores, clavadistas, lo que se quiera. Colombia campeón del mundo de fútbol en 2018 ó 2022 gracias a los goles del hijo de Carlos Vives y del nieto de Willington Ortiz; un sobrino nieto de 'Cochise' cinco veces campeón del Tour de Francia...

Sería maravilloso, para qué negarlo. Lo difícil es proponer un cómo que le permita al deporte colombiano salir de su postración, y más en un escenario en el que en cada vez más pruebas olímpicas se imponen las naciones con acceso a tecnologías sofisticadas y a capitales que permitan preparar deportistas de primer nivel. Colombia es, por número de habitantes, el país número 20 del mundo y en los pasados Juegos Olímpicos ocupó el puesto 71 gracias a la medalla de bronce que obtuvo Mabel Mosquera, pesista que se preparó en Bulgaria. Esa aproximación es simplista, cierto, pero sí refleja la realidad de un país al que le encanta el deporte (léase fútbol y ahora en menor grado ciclismo) pero que muy poco cosecha cuando llegan los grandes eventos deportivos.

Antes de entrar de lleno en la futurología vale la pena hacer el mismo ejercicio que propone SEMANA pero hacia atrás. ¿En qué estábamos hace 16 años?

Hace cuatro Olimpíadas (recién terminadas las de Seúl 1988) Colombia ofrecía como balance un solitario bronce en boxeo y, como suele suceder, comenzaron las promesas de las autoridades deportivas de entonces por preparar deportistas de élite, desarrollar planes excelencia y prometer esfuerzos que -como se señalaba arriba- se han hecho realidad en disciplinas que le han dado cierto nivel a deportes como las pesas y el tiro. En estos 16 años lo único que ha conseguido Colombia en los Olímpicos es la medalla de oro de María Isabel Urrutia en Sydney y los bronces de Jimena Restrepo en Barcelona 1992 y el de Mabel hace un par de meses.

Eso mismo consiguieron en Atenas 2004 Bahamas, con sus atletas Tonique Williams (oro en 400 metros) y Debbie Ferguson (bronce en 200 metros), y Trinidad Tobago con el nadador George Bovel, bronce en 200 metros combinados individual.

Las comparaciones son odiosas y en este caso casi una caricatura, pero vale la pena recordar que Bahamas y Trinidad Tobago, dos países del Tercer Mundo americano como Colombia, son naciones que recién se independizaron en la década del 60 y que ambas suman 1.570 000 habitantes y una superficie de unos 19.000 kilómetros cuadrados. Es decir, un poco menos que Cundinamarca y más o menos la misma población de Cali.

En esos mismos 16 años se ha ido desvaneciendo el sueño del fútbol que en aquel entonces tomaba vuelo tras la gran actuación de Colombia en el Suramericano Juvenil de 1985 y la Copa América de 1987. Un sueño que se desplomó tras el fracaso del mundial de USA 94 y que a ratos parece renacer con la llegada de Reinaldo Rueda pero aún es muy prematuro dar partes de victoria al respecto.

Del ciclismo, ni hablar. En 1988 Colombia vibraba con las hazañas de Lucho Herrera, Fabio Parra y compañía en las principales competencias de Europa y esperaba el despertar de Oliverio Rincón y Álvaro Mejía.

Un deporte nacional muy arraigado consiste en culpar a los dirigentes. Es probable que la gestión de casi todos ellos muchas veces deje bastante que desear, pero en realidad es un problema mucho más de fondo. Conseguir medallas olímpicas es cada vez más costoso.

Para comenzar, junto con Colombia existen 199 países más que aspiran a ganar el máximo posible de medallas.

En varios de ellos público y expertos piden a gritos lo mismo que en el país: que se hagan programas para estimular el deporte de alta competencia desde la educación primaria, que le dediquen mayores presupuestos a la preparación de deportistas. Es decir, si en Colombia llueve, en 190 países más (los que ganan menos de 10 oros) no escampa y en casi todos las hazañas olímpicas y en deportes de alto nivel corren más por cuenta de esfuerzos aislados que logran la cumbre, como los fondistas de Etiopía o los kenianos que suelen barrer en 3.000 metros con obstáculos.

Un buen puñado de estos países cuentan con presupuestos e infraestructura mucho más poderosas que Colombia. Algunos porque su riqueza así se los ha permitido, como es el caso de Estados Unidos, que desde hace muchas décadas ha basado su poderío deportivo (olímpico, en deportes profesionales de audiencia masiva como el básquet, el béisbol y el fútbol americano) en su sistema universitario. Sin hablar, claro está, del apoyo de la empresa privada a través de patrocinios y campañas publicitarias. Otros porque cuentan o han heredado aparatos de Estado que le da una prioridad absoluta al deporte de élite por razones de propaganda. Es el caso de varias de las antiguas naciones de la Cortina de Hierro que a pesar de la caída del muro de Berlín aún se sostienen en lugares de privilegio. Cuba, un país agobiado por una crisis económica asfixiante, le dedicó 15 millones de dólares a la preparación del equipo olímpico que compitió en Atenas 2004. Se calcula que España gastó 50 millones de dólares por cada una de las medallas de oro (15 en total) que obtuvo en los Juegos de Barcelona de 1992. Gran Bretaña invierte casi 5.000 millones de libras esterlinas al año en deporte.

El deporte de alta competencia se ha vuelto tan sofisticado que la barrera entre el Primer Mundo y las naciones subdesarrolladas es cada vez mayor. Entonces, más que sugerir un escenario idílico valdría la pena preguntarse hoy mismo a qué vale la pena que le apueste un país como Colombia.

La primera mirada es ver cuáles son los excedentes del gasto social que se le pueden invertir al deporte. Mirar si un cambio en las estructuras de la dirigencia deportiva son suficientes o si las carencias del deporte colombiano es mucho más de fondo.

Para comenzar, si Colombia le invirtiera a la preparación de deportistas lo que desperdicia en la guerra o salvando de la quiebra bancos privados con el dinero de los contribuyentes muy probablemente el panorama sería distinto. Pero también vale la pena mirar si la prioridad debe ser el deporte de alta competencia, destinado a un puñado de elegidos o, por el contrario, promover el deporte masivo y recreativo como parte de la formación integral de los ciudadanos. Si de allí salen deportistas de élite, verlo como un valor agregado de una política de alto contenido social más que como una finalidad.

Como primera medida, al dárseles más y mejores oportunidades a amplios sectores de la población, una política semejante ampliaría las probabilidades de que aparecieran deportistas de primer nivel. Es muy probable, además, que un impulso inicial del Estado invitaría a la empresa privada a patrocinar cada vez más las actividades deportivas, lo que aumentaría la probabilidad de contar con deportistas de primer nivel.

Otra opción, que le daría cierta continuidad a las actuales políticas, consiste en detectar deportes en los que Colombia pudiera ser más competitivo, ya sea porque se ha avanzado cierto trecho o por consideraciones económicas y del biotipo. Escoger qué deportes (por ejemplo el fútbol) pueden desarrollarse con el arte de iniciativas privadas y cuáles requieren de una financiación del Estado.

Como se decía al comienzo, es fácil soñar. Pero en un país estrangulado por el conflicto armado y una distribución tan inequitativa del ingreso el deporte seguirá siendo, en la mayoría de los casos, una herramienta para escapar de la pobreza y muy probablemente los héroes deportivos de Colombia serán mucho más el resultado de esfuerzos aislados y atípicos que de un proceso estructurado.

Es una lástima. Se trataba de imaginar en estas páginas un país diferente, cierto. Pero como se plantean las cosas en la Colombia y el mundo de comienzos del siglo XXI, la futurología invita a resumirlo todo (en deporte, pero también en política, medio ambiente, economía) en una sola frase: de aquí a 2020 tendremos más de lo mismo pero mucho peor.

* Editor cultural de Revista SEMANA
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