Lunes, 23 de enero de 2017

| 2005/06/25 00:00

Mensajes de las estrellas

Para los aborígenes colombianos, el Cosmos es algo familiar a sus vidas y está íntimamente relacionado con la naturaleza. Ellos sienten que son parte integral de ese Cosmos.

Para nuestros aborígenes, el Cosmos no es algo extraño y misterioso, que está muy lejos y sólo la ciencia puede conocer y entender, ni es necesario acudir a observatorios especiales para llegar a él. No, ellos son parte del Cosmos, viven en él y desde cualquier lugar donde se encuentren, sienten su presencia, saben dónde están los astros y para qué están allí en ese momento. Algunos de estos astros son fuerzas de la naturaleza que condicionan la vida sobre la Tierra.



Hay que saber manejar estos astros; la repetición de sus apariciones y las fluctuaciones de su influencia están en sincronía con los fenómenos de la naturaleza y a esos astros se puede atribuir las manifestaciones de la naturaleza a la que el aborigen pertenece. Él, que es parte de ese Cosmos con el que es conveniente estar en buenos términos, pues son fuerzas de la naturaleza; hay que saber manejarlos. El aborigen cree hacerlo mediante pagamentos y conjuros, que no son necesariamente adoración ni idolatría hacia esos astros dioses que así se manejan. Con el mito explican los fenómenos de la naturaleza a la que pertenecen.



Alguien en la tribu, un anciano o un iniciado, conoce mejor las cosas que la mayoría de la tribu. El mamo, el intérprete de los fenómenos, el que sabe mejor su significado, el que oficia las ceremonias, busca tener control sobre esos fenómenos naturales y así manejar la tribu. Los lugares de residencia de los mamos suelen ser elevados y con mejor vista sobre el firmamento y sus fenómenos. En ellos se hacen los pagamentos y, al observar por primera vez en el año, después de un período de invisibilidad, tal estrella o grupo de ellas aparece sobre el horizonte oriental antes de la claridad del amanecer; el mamo anuncia la iniciación de un nuevo año o de alguna de las temporalidades en las que se divide el año para efectos de la organización de la vida de la comunidad.



Es el mamo el que ve, por ejemplo, el orto heliacal de las Pléyades, en la constelación de Tauro (ver recuadro). Uyá, para ellos, que anuncia el año nuevo de los koguis. Luego de estos acontecimientos celestes habrá un festín que se convoca para la siguiente Luna llena, con lo que estos períodos en los que se divide el año se confunden con meses lunares. Así se hacía en Judea cuando se celebraba la Pascua en el primer plenilunio después de que el reverdecer de la naturaleza anunciaba una nueva primavera, lo que coincidía con el paso del sol de una posición austral con respecto del plano del ecuador terrestre a otra del lado norte y que se manifiesta también porque en esos días la salida y la puesta del Sol ocurren en un punto del horizonte equidistante de los lugares extremos hacia el sur y hacia el norte que alcanza en todo el año. La Semana de Pasión del cristianismo no está muy lejos de esas prácticas paganas.



Si las Pléyades o Siete Cabritas señalan en su orto heliacal matutino el año nuevo de los koguis, lo hacen en su orto vespertino heliacal para indicar la iniciación del período de las lluvias como señal para los puinaves del río Inírida. Otros dos grupos de estrellas no muy extendidos son la Cruz del Sur y su compañera, la falsa Cruz -de las constelaciones Vela y Carina- que para los puinaves son perros de agua, y para otras etnias son pirañas, en ambos casos símbolos acuáticos del período lluvioso.



Para los aborígenes, los grupos de estrellas pequeños y fácilmente distinguibles son los más indicados para definir hitos del ciclo anual. Otro grupo similar es Las Tres Marías (el cinturón de Orión), que son De Kau para los emberas del Baudó, o Nebshiya para los kogui de la Sierra Nevada de Santa Marta. Lo mismo ocurre con la constelación del Delfín, Tsamani para guahibos y piapocos, y la Cabellera de Berenice, Iwarouba para las mismas etnias.



Los planetas, con su manera cambiante de aparecer, no son útiles para marcar períodos que se repitan año tras año. A diferencia de babilonios y mayas, que conocían para Venus el período de ocho años que separa sus presentaciones similares en determinadas épocas del año, nuestros aborígenes no cuentan con la capacidad de registrar el número de días que transcurren entre un evento y su repetición en la misma época del año. Por ese motivo recurren a una elaborada narración compatible con lo que observan.



Así, para los puinaves, la aparición de Venus como brillante lucero vespertino en alternancia con su aparición como lucero matutino los hace creer que se trata de Nomera y Jumera, dos astros separados y opuestos. Cada uno de ellos es una de las dos hermanas que se asociaron para atisbar algo referente al Yuruparí que les era prohibido a las mujeres, y con ese distanciamiento fueron castigadas para la eternidad.



Cuando Nomera y Jumera se ven al tiempo (es probable que los puinaves estén mirando a Venus y otro planeta, probablemente Júpiter) ellos piensan que se trata de un augurio de guerra.Y cuando un planeta exterior a la Tierra con respecto al Sol, en especial Marte, está en la proximidad de una oposición -Marte en línea con el Sol y la Tierra, y la Tierra entre ambos-, la mayor velocidad angular orbital de la Tierra hace ver que Marte avanza y retrocede con relación a las estrellas de fondo. Este movimiento aparente es preocupante. Cuando las oposiciones de Marte son hacia el mes de julio, la estrella ofendida por el provocador planeta es Antares (el corazón del Escorpión), una estrella rojiza como Marte. Esas aproximaciones, huidas y repasos se toman como augurios de conflictos. Así, el mito es el resultado de una de una circunstancia concreta del Cosmos.



Por feliz circunstancia, dos astros de tan diferente tamaño absoluto, el descomunal Sol y la pequeña Luna, se ven desde la Tierra prácticamente del mismo tamaño aparente, lo que nos permite, de paso, observar la belleza de un eclipse total de Sol. Esta circunstancia hace que el Sol y la Luna sean marido y mujer o hermanos. Por ello, los mitos del Sol y la Luna se refieren a una pareja, y del ciclo mensual de las fases de la Luna y de sus diferentes posiciones se derivan situaciones que ameritan mito.



Así, en las vecindades del novilunio (Luna Nueva), Sol y Luna están vecinos, Luna es apenas un tenue y sumiso cachito. Pero en el plenilunio (Luna Llena) Sol y Luna están alejados, opuestos, y si son plenilunios vecinos a los solsticios, ambos se levantan y se acuestan por sitios del horizonte muy distanciados. Además, la Luna está brillante, arrogante e independiente, como desafiando al Sol.



En los últimos días del Cuarto Menguante, la Luna sale por el oriente adelante del Sol y, pasado el novilunio, la Luna se retrasa con respecto del Sol e inicia su Cuarto Creciente. Si se los imagina viajando en los extremos de una piragua, antes de la Luna Nueva, es ella la que ocupa el sitio de proa. Pasada la Luna Nueva, es el Sol quien va a proa. Han intercambiado asientos en el viaje por el río celeste. De nuevo el mito cuenta lo que se observa.



Esas culturas aborígenes, en contacto y en relación directa con la naturaleza y el Cosmos al que pertenecen, fueron desde hace 500 años suplantadas por la simulación del Cosmos en un recinto cerrado con cielo raso de pañete pintado de azul y salpicado de estrellas doradas o plateadas y un copón de oro rodeado de rayos radiales. El Cosmos y la naturaleza suplantados con dosis de sincretismo por medio de una simulación... y en la música, las sonoras trompetas indígenas que se conservan bajo el agua en los ríos, reemplazadas por el desabrido sonsonete evangélico.

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