Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2001/01/15 00:00

Mi hermano Pablo

Un nuevo libro describe el sorprendente mundo de Pablo Escobar narrado por su hermano más cercano. SEMANA publica los apartes en los que Escobar pacta los acuerdos secretos con Montesinos.

Mi hermano Pablo

— Montesinos —

‘Montecristo’, le decía Pablo al señor Montesinos. Así le decíamos todos cuando nos referíamos a él.

En medio de todo, resultó ser un hombre agradable. En la hacienda Nápoles se divirtió como nunca.

Pablo le tenía un regalo muy especial para su primera noche luego de la comida al lado de la piscina. A través de un amigo suyo en Brasil, le hizo traer desde Rio de Janeiro cinco hermosas garotas, que es como llaman en ese país a las hermosas jóvenes. Había para todos los gustos: morenas, rubias, trigueñas, altas, bajitas, todas voluptuosas y atractivas.

Después vinieron las cosas serias y las reuniones de negocios ostentosos, mi primo Gustavo y Pablo. Lo que mi hermano buscaba era que Montesinos le cuadrara una pista clandestina en Perú en la que pudieran aterrizar sin problemas sus aviones y así mismo despegar. Que la Fuerza Aérea Peruana no los vaya a tumbar, le dijo mi hermano al ex capitán Montesinos. El hombre asintió sin problema, pero condicionó su ayuda a unas consultas que haría a su regreso al Perú con los altos mandos de la Fuerza Aérea de ese país. Pablo le explicó que le pagaría por cada vuelo despegado hacia Colombia con la pasta de coca rumbo a los laboratorios en la selva. Yo te aviso desde allá, le prometió Montesinos. Pablo le estrechó la mano, como quien acaba de firmar un gran negocio(…).

Esa noche Montesinos probó el Ron de Caldas, y le gustó. Pablo le regaló dos garrafas, de las grandes, para que las llevara a su país. Antes de la media noche se fueron a dormir. Montesinos madrugaría a viajar de regreso al Perú. El avión partió a las 8:30 de la mañana. Pablo lo despidió con mucho afecto, lo abrazó y le regaló el sombrero blanco que llevaba puesto el primer día de la visita.

Montesinos le prometió que en 20 días se comunicaría de nuevo a través de un radio especial que le iba a mandar. Se despidió con la mano en alto antes de cerrar la portezuela del avión.

—El otro avión peruano—

Patrón, una llamada, es Montecristo, le dijo Pinina a Pablo alcanzándole el teléfono. La puntualidad de Montesinos nos sorprendió a todos. Habían pasado exactamente 20 días desde aquella mañana en la que el avión del ex capitán peruano había decolado del hangar de Nápoles, cuando se comprometió a hacer la llamada que mi hermano estaba recibiendo.

Me agrada y enaltece su cumplimiento, señor Montesinos, le manifestó Pablo al saludarlo.

Llamaba para anunciarle a mi hermano que tal como lo había convenido, las cosas estaban saliendo muy bien, que ya había hecho los contactos pertinentes y que el paso a seguir era la instalación de un radioteléfono cerca de una pista, para comenzar a hacer los demás arreglos.

A los 20 días llama. Dice que ya había organizado todo, que le mandara un radio. Pablo se emocionó y reconoció en Montesinos al hombre ideal para los negocios. Serio, cumplidor y eficiente. Dígame cómo, cuándo y dónde, le dijo mi hermano al peruano. Acordaron un lugar específico de Ciudad de Panamá, donde el aparato iba a ser comprado. Allí, un emisario de Pablo hizo todas las gestiones de compra y envío a territorio peruano. Montesinos lo tenía que hacer instalar en una pista clandestina de las selvas peruanas. Así se hizo, según lo reportó Montesinos a mi hermano en una segunda llamada telefónica. El negocio, en firme, ya podía empezar. Estaban la pista, el enlace, el radioteléfono, y sólo faltaban la pasta de coca y los aviones. De eso se encargó mi hermano.

Antes de un mes llegaron los primeros vuelos. Todo se coordinaba a través del radioteléfono entregado a Montesinos. Los contactos, casi siempre, se hicieron entre Montesinos y Pablo. Montesinos era quien, además, repartía entre los trabajadores la plata que mi hermano enviaba para pagar salarios. Pablo y Montesinos habían acordado que por cada kilo coronado, es decir que saliera de Perú y llegara a Colombia sin problemas, 300 dólares serían para Montesinos y la otra gente. Es decir, que por cada viaje, tranquilamente se podía estar hablando de entre 100.000 y 120.000 dólares de ganancia. La suma podía variar dependiendo del tamaño de la avioneta. Del total de ese dinero, a Montesinos le correspondía el 40 por ciento. El 60 por ciento restante lo repartiría Montesinos entre los militares que le facilitaban el negocio y las personas que trabajaban en la parte logística.

Todo el dinero se le entregaba a Montesinos en un hotel o en apartamentos de Ciudad de Panamá, donde mi hermano tenía muy buenos contactos. Otras veces, el capitán exigía que se lo entregaran en algún lugar de Miami, y hasta allí llegaba un enviado de mi hermano que previamente alquilaba un apartamento. La única condición que presentaba es que el dinero fuera entregado en efectivo en dólares. Con mi hermano acordaron no hacer ninguna transacción bancaria ni ninguna consignación a cuenta alguna. Por lo general, las sumas de dinero eran entregadas en el Hotel Marriot de Ciudad de Panamá. Fue mucho el dinero, pues diariamente mi hermano enviaba entre tres o cuatro aviones, que ese mismo día regresaban.

Las cosas funcionaron a la perfección. Montesinos seguía siendo el hombre importante del negocio con Perú, y además el amigo del poder en el país vecino. Pablo lo mantenía vigilado y amigos suyos en Perú lo mantenían al tanto de lo que el ex capitán hacía en la capital peruana. Ha resultado buen amigo, pero en cuestiones de dinero cualquier buen hombre se daña, explicaba Pablo cuando se refería a Montesinos. Hay que mantenerlo a raya, solía repetir Pablo. Y así se hacía. Los pasos del ex capitán eran de alguna forma seguidos por amigos de Pablo, para evitar actuaciones sorpresivas. De lo que sí estaba seguro mi hermano, era del poder de acceso directo a las autoridades que tenía el ex capitán peruano.

Era, en verdad como nos lo había dicho, el hombre duro y de confianza entre los militares. Todos seguían los reportes que le entregaba a mi hermano, le prestaban atención a sus cosas, y era una especie de consejero en la sombra para los más altos mandos peruanos.

Las relaciones con nuestro amigo Montesinos no podían ser mejores. Todos salían ganando. El, por el buen dinero que estaba recibiendo y Pablo por la facilidad con que estaba trayendo la pasta de coca sin ser molestado. Montesinos no permitía que la Fuerza Aérea Peruana se metiera con los aviones de mi hermano. Siempre había una disculpa distinta, pero los aviones de Pablo eran bien recibidos. En cambio supimos que otros, que pertenecían a otros carteles, eran atacados y perseguidos. Según Montesinos, había que mostrar buenos resultados a la prensa de su país, y por eso de vez en cuando caía una que otra aeronave repleta de pasta. La idea era que entre los americanos no se despertara sospecha.

Una tarde, estando Pablo en Nápoles recibimos una inesperada llamada de Montesinos. Pablo lo escuchó y por su cara de emoción supimos que se trataba de buenas noticias. Nos contó, minutos después de finalizar la llamada, que el ex capitán le había revelado que se había hecho muy buen amigo de quien se perfilaba en el Perú como el nuevo presidente. Era un ingeniero de origen japonés que gozaba de muy buena acogida entre el pueblo peruano y quien, según Montesinos, no cabía duda que sería el nuevo presidente. Pablo siempre reconoció en Montesinos a un tipo visionario con mentalidad futurista. Ese tipo piensa en todo y va un paso más adelante que nosotros, dijo mi hermano. Se refería a que Montesinos estaba buscando desde ya un lugar al lado derecho de un posible presidente y que eso no sólo garantizaría la continuidad de los negocios con la pasta de coca, sino también la de ampliar nuestros horizontes.

Las cosas, entonces, siguieron marchando con el paso de los meses. Montesinos se ausentaba cada día más de las pistas, pero Pablo entendía que se estaba dedicando a la política. Y eso era muy bien visto. Para entonces, el ex capitán ya se había hecho a la amistad del ingeniero con pretensiones de ser presidente, y faltaba poco para que se iniciara la campaña. Luego vendría la llamada esperada.

Montesinos le dijo a mi hermano que las cosas en la política iban como pensaban y que en cuestión de días le iba a pedir un favor personal muy importante para todos. Pablo lo entendió en seguida, y esperó con paciencia. Montesinos lo hizo. Llamó a mi hermano y le explicó que su amigo, el ingeniero Alberto Fujimori, iba a necesitar un dinero para la campaña. Pégame una colaborada, le dijo Montesinos. Pablo no le vio problema y le pidió instrucción para hacerlo. Le explicó que se hiciera en los mismos aviones en los que despachaban la droga, y que llegara a las mismas pistas.

La idea, le explicó Montesinos, era no hacerlo a través de Panamá o Miami, para no despertar sospechas con las autoridades. ¿Cuánto es?, le preguntó mi hermano. Un millón de dólares, le respondió Montesinos. Como siempre, la disculpa era la de no utilizar consignaciones. En efectivo, si es posible, le recalcó el ex capitán a mi hermano.

Las cosas se hicieron al pie de la letra. Pablo llamó a Medellín para que le recogieran la plata, y delegó en dos de sus hombres el empaque del dinero. En efectivo, un millón de dólares no puede pasar desapercibido. Recuerdo que le mandó el dinero en varias cajas de cartón, para simular que eran televisores nuevos recién empacados. El dinero lo recogió Montesinos personalmente. Estoy seguro que el dinero llegó a las arcas de Fujimori, porque días después el propio ingeniero Fujimori llamó a Pablo para agradecerle el gesto. Yo mismo contesté la llamada, una tarde en que con mi hermano nos encontrábamos mirando un ganado en la localidad de Puerto Triunfo, muy cerca de la hacienda Nápoles. Nos movilizábamos en un campero Daihatsu blanco que tenía instalado un teléfono móvil legalmente autorizado por las Empresas Departamentales de Antioquia. El número, que aún recuerdo, era el 720222. Yo le contesté al ex capitán Montesinos, lo saludé con respeto y se lo pasé a mi hermano. Eran como las 6 de la tarde, y mi hermano llevaba puesto un sombrero paisa con carriel y poncho al hombro.

Hacía bastante calor de ese húmedo, y los zancudos comenzaban ya su cacería diaria de carne humana. Mi capitán Montesinos, lo saludó Pablo. Hablaron de los buenos negocios y de lo bien que estaban saliendo las cosas en los dos países. Pablo le preguntó por su amigo y por el regalo que había obtenido, y Montesinos le agradeció el gesto. Luego, Pablo cambió el tono amigable de su voz, para hablar en un tono más diplomático. Querido presidente, buenas tardes, le dijo al ingeniero Fujimori que ya estaba al habla. Dialogaron por espacio de unos 10 minutos, y mi hermano también le planteó el tema de la política. A mí también me gusta la política señor Fujimori, y también trabajo por la gente, le dijo. Le explicó que era liberal de pura cepa y que ojalá algún día pudieran conocerse para hablar más a fondo del tema. Pablo le dijo que leía mucho sobre el liberalismo europeo y que su idea era luchar desde los más elevados estrados del Estado para acabar con las desigualdades sociales; le contó que en sus viajes por Europa había tenido la oportunidad de asistir a la posesión de un presidente de España, como invitado especial del PSOE y que pensaba que muchas ideas avanzadas del liberalismo europeo podrían ser aplicadas a los países pobres de América Latina como Perú y Colombia. Que en nuestros países haya miseria, vaya y venga, pero debemos luchar para que no la siga habiendo, le dijo Pablo a Fujimori en tono de discurso de campaña, como si en vez de estar dirigiéndose al futuro presidente peruano, le hablara a una multitud liberal en medio de una plaza de domingo. Yo también quiero ser presidente de Colombia, y algún día nos encontraremos juntos, presidente, le dijo a Fujimori. Luego, en un tono más reverencial, puso a su disposición sus aviones, su dinero y sus contactos en Colombia, para colaborarle cuando quisiera. Se despidió con mucho respeto y de nuevo le insistió en que cualquier favor contara con su ayuda, y que todo se haría a través de Montesinos. Se despidieron y Pablo continuó hablando.

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