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| 5/3/2008 12:00:00 AM

‘Mi Mayo del 68’

El sociólogo y escritor colombiano dice que su 68 en realidad comenzó en el 62. En este texto recuerda cómo se vivió, en su época de estudiante de la Universidad Nacional, ese agitado año. Por Alfredo Molano Bravo*

Escribo sobre mi experiencia personal, sobre "mi" Mayo del 68. No es, pues, un ensayo sobre esa muchacha llevada en hombros que miraba en París desafiante el futuro, y sacudía con su prohibido prohibir los muros del viejo edificio. Tampoco sobre los tanques que ensangrentaron en una primavera, a Praga. Hoy, mirando hacia atrás, veo que nosotros, los jóvenes que estudiábamos en la Universidad Nacional en aquel tiempo, no nos dimos exacta cuenta de lo que estaba sucediendo en calles distintas a nuestra 26. Recuerdo sí la indignación y la rabia que sentimos sobre el silencio que tapó los cadáveres -los cientos de cadáveres- en la Plaza de Tlatelolco. Con el estudiantado mexicano había más sintonía que con el francés, a pesar de nuestra tradición intelectual. México estaba más cerca de Cuba, y nosotros, de Fidel, que fue también un ardiente defensor del Manifiesto de Córdoba -hoy casi centenario- que levantó la bandera de la autonomía universitaria por la que nosotros peleábamos y que, de una u otra manera, venía de generación en generación desde aquellas jornadas en que los estudiantes arruinaron la reelección de Reyes, golpearon con el cadáver de Bravo Páez los cimientos del gobierno de Hegemonía Conservadora y remataron en las luchas contra la reelección de Rojas Pinilla, que dejó muerto en los predios mismos de la Universidad Nacional a Uriel Gutiérrez. Esa herida sangró mucho tiempo.  

Nuestro Mayo del 68 comenzó en el 62, cuando la Nacional se solidarizó con la huelga de los empleados de Avianca. Hubo expulsiones. El cura Camilo Torres, capellán de la universidad, miembro de la junta directiva del Incora y fundador de la facultad de sociología, protestó, y con esa protesta se alzó contra el cardenal Concha, un personaje gris y reaccionario que sufría de espasmos negros cuando oía mentar siquiera la Teología de la Liberación. Un día Camilo se fue al monte y con él nuestros sueños más consentidos. En la cafetería de la universidad aprendimos de memoria la Segunda Declaración de La Habana. Los estudiantes expulsados -recuerdo a Julio César Cortés- simpatizábamos con el MRL y aplaudimos la Toma de Simacota y la Resistencia de Marquetalia. Declaramos la guerra a Kennedy cuando estuvo a punto de hundir a Cuba con todo y misiles soviéticos. La guerra de Vietnam nos golpeaba de lado, y el tiro del general en la sien del vietnamita nos quedó grabado en el mismo sitio. Las marchas de Martin Luther King, la mano en alto de Malcolm X, la irreverencia -y los ojos- de Jane Fonda protestando contra la guerra, sacaban la cara por un pueblo que creíamos sobornado por el consumo. En Colombia sucedían cosas. Muchas, muchas cosas. La violencia entre liberales y conservadores se había aplacado, pero a Marulanda pocos lo habían oído nombrar. Lleras Camargo embrujaba el país con su ritmo de voz y sus frases rápidas e inteligentes. La Alianza para el Progreso llegó de su mano. Cuba cuestionaba y arrinconaba un sistema político desgastado. La reforma agraria -nacida para devolverse unos a otros la tierra que se habían quitado durante la "guerra civil no declarada" entre conservadores y liberales- obtuvo un visto bueno y unos dólares en Punta del Este. Empacada en la iniciativa norteamericana llegó lo que para muchos sigue siendo la imagen de Mayo del 68: la marihuana; confieso que nunca llegó a gustarme. En la Zona Bananera de Santa Marta se cultivaba desde antes de ser masacrados los obreros en Ciénaga. Los técnicos mexicanos de la United Fruit la habían traído al son de "la cucaracha ya no puede caminar". Vietnam ardía; los gringos, a falta de moral -como en todas guerras- necesitaban drogas. Entre sus tropas, la marihuana, la cocaína y el opio se hicieron tan corrientes como los chicles. Los Cuerpos de Paz, que no querían ir a la guerra, andaban a la caza del alucinante mundo al que se asomó Timothy Leary desde la Universidad de Berkeley. El LSD cambió el color con que una generación entera miró el mundo. Y fueron justamente estudiantes de ese centro -los que leían y releían a Jack London y a Henry Miller- quienes hicieron saltar el cerrojo de hierro puritano que tenía presa la juventud de Nueva York y San Francisco. La protesta de los estudiantes mexicanos contra los Juegos Olímpicos, que fue más bien una orden de batalla contra la traicionada revolución mexicana; la revolución cultural de Berkeley y nuestra pelea contra el establishment, como el mismísimo Lleras Camargo llamaba a nuestras clases dirigentes, andaban por caminos cercanos, pero diferentes.  

Algo en común tenían y ese algo en común se encontró en el Mayo francés, en la Primavera de Praga y hasta en la Revolución Cultural China, cargas de profundidad contra el autoritarismo y el dogmatismo. En la Universidad de Antioquia, donde les hacíamos nido a esas cargas como profesores, se estudiaba El Capital de cabo a rabo con Estanislao Zuleta y con un carnal de Danielito el Rojo, Klaus Meshkat; en París alcancé a caminar sobre los últimos adoquines del Barrio Latino antes de ser pavimentado por Chirac, y en Praga pregunté por Kafka en una librería, me contestaron con un ¿quién es

, mientras el dependiente me pasaba un papelito con "ssshhhhh", que todavía oigo. De todas esas revoluciones sólo me quedó el pelo largo, hoy tan ralo, y una estela de tristeza y esperanza que aún llevo en mis pies. Cuarenta años después, los colombianos comenzamos a redescubrir que las marchas pueden obviar los tiros, mientras ellas no vuelvan a ser blancos móviles y que los sueños que tuvimos ayer podamos seguir soñándolos.
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