Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1992/12/21 00:00

MODA EN LA CONSTRUCCION

MODA EN LA CONSTRUCCION

El taller del orfebre
ELLOS DECIDIERON HAcer un homenaje a la Navidad y encontraron en la transparencia de un cristal, la mejor manera de hacerlo. Los muchachos de la Fundación Proyectos Humanos preparan para esta época del año, una muestra de tarjetas especiales para llevar su mensaje a todos los hogares colombianos .
El trabajo comienza temprano. Cada uno se dedica a lo suyo, porque esas son las reglas de juego que ellos mismos establecieron. Unos se dedican al corte de los materiales. Otros están encargados de hacer los diseños. Y otros, conscientes de sus capacidades, deciden asumir la responsabilidad de manejar el pincel y darle color a sus obras de arte. Se crea, entonces, un gran equipo de trabajo en el que se reconocen habilidades, se valoran destrezas y se descubren sensibilidades. Según el director de la Fundación, Eduardo Isaza, no se trata de una tarea fácil, pero sí es un trabajo que deja muchas satisfacciones.
Cuando los materiales estan listos, los encargados del diseño se dan a la tarea de elegir los mejores motivos navideños para plasmarlos en cada uno de los vidrios. Con pasta negra comienzan a trazar las líneas que darán vida a cada una de las figuras de la historia. Entonces aparecen sobre la mesa de trabajo, los tres reyes magos, Ia Virgen, el Niño, San josé, una vaca, un buey y una estrella. Personajes que toman vida en las manos de un muchacho que tiene la gran ilusión de recibir la Navidad con bombo y platillos.
Después de que la silueta de los modelos queda plasmada sobre el vidrio, los que tienen el pincel por el mango se encargan de terminar la historia.
Con mucho tacto, esparcen los colores de una manera armoniosa con el propósito de revivir hasta el más mínimo detalle del nacimiento del Niño Dios. Ese pequeño del que han oído hablar siempre y que han logrado descubrir con el paso del tiempo a través de la transparencia de un cristal .
El último paso del proceso consiste en dejar secar la pintura, para luego colocar el vitral sobre una cartulina especial. Así se trabajan las tarjetas de Navidad que la Fundación Proyectos Humanos dedició lanzar al escenario desde hace ya cinco años.
Pero estas tarjetas no sólo son detalles navideños sino también elementos decorativos. Según ellos, la idea era crear una tarjeta de Navidad que por su estilo y encanto se convirtiera en parte importante de cualquier decoración. "En realidad es un buen trabajo. No se imagina la felicidad que produce. A mi me alegra mucho saber que la tarjeta en la que trabajé mucho tiempo esté en una casa no solo en Navidad sino para siempre" aseguró uno de los muchachos de la Fundación Proyectos Humanos.
Lo cierto es que para este grupo de muchachos, el trabajo los llena de orgullo, porque pueden descubrir grandes cuotas de sensibilidad y amor hacía las cosas bellas.
Historias a través del cristal
Pero tal vez el mayor encanto de estas tarjetas navideñas es la historia que encierra la vida de quienes se dan a la tarea de diseñarlas y crearlas.
Todo comenzó hace ya cinco años cuando Eduardo Isaza conoció a Julio, un muchacho que vivía, trabajaba y a prendía nuevas cosas en la calle. Empezaron a conocerse y a tratar por todos los medios de encontrar un punto fijo de equilibrio, porque los dos tenían mundos diferentes y, por su puesto, hablaban lenguajes diferentes. Pero esto no fue obstáculo para ellos y se hicieron amigos.
Pocos días después Eduardo no volvió a ver a Julio y comenzó a preguntar por él. En este proceso Eduardo descubrió que existían gran cantidad de muchachos y muchachas que vivían igual que Julio. Entonces inició un proceso de acercamiento con varios miembros de la gallada que operaba entre la Caracas y la 30, entre calles 40 y 57, y a la que pertenecía su amigo Julio. Empezó así un proceso de acercamiento, en el que ninguna de las partes intentaba apropiarse de la vida del otro. Se respetaban el territorio. Se respetaban las leyes. Y se respetaban los ideales de vida. Pero aunque no había presión alguna, las cosas se fueron dando para que la gallada y Eduardo descubrieran un punto de encuentro en el que convergieran dos mundos.
El principio basico de esta integración era el de entender que todos los muchachos que vivían en este sector hacían parte de una comunidad y que no importaba el estilo de vida que llevaran.
Se creó, entonces, un acercamiento total entre la gallada y la comunidad. Este proceso duró, mas o menos, un año. En el segundo año, Eduardo y los muchachos encontraron una casa en el sector, frente al parque López Pumarejo, la que se convirtío en el punto de encuentro de los nuevos amigos. Los muchachos le dieron el nombre de "La casa negra". Aquí, según Eduardo, no hubo intervención pero sí se vieron los primeros síntomas de integración. "Este proceso no fue cosa fácil. Pero pocos días después se vieron los resultados. Los vecinos se integraron también. Algunas señoras peluqueaban a los niños. Otras hacían sus mejores recetas. Y los demás, aunque no hacían parte del proceso, no discriminaban ni rechazaban a los muchachos", aseguró.
Vecinos y amigos
En ese momento, una arquitecta que vivía en una casa vecina se dio a la tarea de enseñarles algo interesante: fabricar vitrales. Infortunadamente ella tuvo que viajar a Europa, pero les dejó todos los elementos necesarios para que ellos mismos dieran vida a sus habilidades artísticas.
Después de un año de trabajo, en el que se vieron grandes resultados, les quitaron la casa. Los muchachos y las personas comprometidas en el proyecto salieron en busca de nuevas soluciones que, por fortuna, no tardaron en llegar.
El nuevo punto de encuentro fue una casa en la carrera 19 con calle 51. Esta se llamó la "Casa blanca" en la que encontraron muchas comodi dades. Este tiempo coincidió con el Mundial de Fútbol y como no había un parque cercano, toda la actividad se centró en la casa. Según Eduardo, fue una época crítica porque la casa se convirtió en un orfanato y esa no era, ni es la idea, que se tenía en mente. De nuevo, se cierra la casa y todos salen en busca de sus antiguas actividades. Pero para este momento ya tenían muchas cosas materiales en su poder: palos, camas, mesas y sillas. Por eso decidieron buscar una bodega. Pocos meses después lograron su objetivo y dejaron allí todas sus pertenencias. La dueña de la bodega habló con los muchachos y les abrió las puertas para que continuaran trabajando en sus tarjetas. Aquí sucedió algo similiar a los procesos anteriores: los vecinos recibieron bien a los nuevos vecinos y muchos ofrecieron su apoyo porque les pareció bastante interesante impulsar esta clase de proyectos.
Después de trabajar en la bodega, Eduardo y su grupo de amigos (que para este momento es bastante grande) encontraron la posibilidad de tomar la casa, localizada al lado de la bodega. Y es allí donde hoy funciona el punto de encuentro de la Fundación Proyectos Humanos y también donde se trabajan, una a una, las tarjetas navideñas en vitral.
Hoy hacen parte de la Fundación cerca de 50 muchachos, entre quienes hay algunos que trabajan allí todos los días y otros que van de vez en cuando. Pero la verdad es que se trata de una gran familia en la que se respetan ideales y estilos de vida. Y lo mejor de todo es que hay espacio para todos, trabajo para todos y posibilidades para todos, sin necesidad de romper ni, mucho menos, invadir espacios vitales.
Los que están allí, estan porque quieren estar. Los que quieren ayudar, lo hacen porque les parece válido su esfuerzo. Y los que quieren trabajar, trabajan porque estan plenamente convencidos de que lo que hacen vale la pena.
Por eso, no sólo las tarjetas navideñas sino tam bién los relojes y las botellas decoradas, son trabajos llenos de significado y de intenciones que se descubren en la transparencia de un cristal.
Un cristal que produce sus mejores destellos en manos de un grupo de muchachos que quieren hacer un gran homenaje a Ia Navidad, esa época del año, sinónimo de luz, alegría y convivencia. Tres conceptos que hacen parte de su trabajo y, hoy, de su vida. Porque hace ya cinco años encontraron un nuevo camino para desarrollar el potencial artístico y afectivo que olvidaron en el recorrido de otros caminos, esos caminos que para ellos jamás perderán válidez.

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