Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1984/10/22 00:00

MODA

MODA

LA MODA ES DURA, PERO...
La moda es una ley que cambia más rapido que los codigos. Es indudable que la moda actua impone mucho menos rigores que en otras épocas, pero de todas formas existen ciertas líneas invisibles pero consabidas que nos hace ser, aunque no queramos, fieles a sus devaneos. O, ¿sería usted capaz de ir a una fiesta cualquiera con sus amistades, vistiendo un traje largo de muselina de seda cruda, corpiño con manchas sombreadas y bordadas con perlas de oro y unos enormes guantes que le cubrieran medio brazo?. O! ¿llegaría usted tan campante de muchos pantalones bota-campana de cuadros, zapatos de plataforma y un abultado y engominado copete sobre la frente? No, a menos de que se trate de un baile de disfraces, o de que usted posea una personalidad inquebrantable o sea un poco excéntrica.
De todas maneras y pese a ciertos intentos por evitar el consumismo, la moda es un suceso que limita nuestras actitudes, que denota poder y riqueza, y que, indiscutiblemente, da cuenta de cierto momento histórico.
INCITACION A LA BELLEZA
Por muy descabellados que puedan mirarse ahora, ciertos alocados diseños fueron en su momento el furor popular. Igual suerte correrá, quizás, lo que en la actualidad es el último alarido de la moda. Lo claro es que la moda, en cada una de sus instancias, se ha llevado con el convencimiento de que embellece y pone a tono con la epoca.
El porte, el traje, el adorno, la forma de caminar, el tono de voz e inclusive la forma de pensar, han sido en su momento una moda, un estilo de vida. En ocasiones la belleza ha constituido en la supresión de lo superfluo y en otras en el atiborramiento y la imposición de lo grotesco. Pero, a todas luces, siempre ha sido invocada con el mayor fervor cuando de dar un toque de distinción se trata.
Oscar Wilde hablando sobre el valor del traje, en un artículo aparecido en 1844 en la revista Pall Mall Gazetta, señalaba lo siguiente: "Lo que constituye el valor del traje es sencillamente que cada prenda, por separado, expresa una ley". La ley a la que se refiere el escritor inglés no es otra que la de la adaptación del traje a la constitución física de los humanos. Pero por sobre la comodidad ha emergido el deseo de suscitar admiración, de jugar con las formas y los hábitos, de fantasear y de poblar el ocio.
O, ¿acaso se sentían ridículos los cortesanos del reinado de Luis XVI en 1780, con su frac de ratina, los cabellos trenzados, el sombrero con bucles de acero y el chaleco y las medias rayadas? O, ¿querían aparecer feos los jugadores del mundial de fútbol en 1958 en Suecia, con sus pantalonetas casi a mitad de muslo?
LA RESISTENCIA
A ese ir y venir incesante de cambios, a esa fascinación de la usanza, hay quienes ejercen una rara resistencia. Por nada del mundo mandaríamos a confeccionar un vestido de terlete o una blusa de flores, como aquellas que-nos pusimos con tanto entusiasmo en la década del 70. Pero a ese comprensible temor de parecer estrambóticos o anacrónicos hay quienes oponen el desparpajo de ser, a su manera, originales.
La moda, sin embargo, se hace norma y todos, en mayor o menor escala, estamos a expensas de sus amañadas fluctuaciones. Los grandes medios masivos, el cine, la televisión, la farándula, imponen tipos de comportamiento que se extienden a todos los campos de la personalidad, de ahí que la forma de besar, de flirtear, de sentarse y hasta de reñir, sean producto más del contagio que de la espontaneidad.
La obra de la cual nunca miramos los libretos y menos nuestro pequeño papel, rueda silenciosa y nunca sabemos que pasará luego del próximo acto. Todo se teje entre bastidores y sólo nos queda esperar el acomodo que el titiritero se invente el nuevo grita que nos enfile ante la inevitable costumbre de seguir la moda. -

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