Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2005/12/03 00:00

Mujeres que han dado guerra

Las colombianas han participado en las revoluciones del país en diferentes épocas, como espías, reclutadoras o colaboradoras.

Cuando comparamos las listas de mujeres y hombres revolucionarios, parece, en la mayoría de los casos, que el término revolución tuviera dos significados diferentes dependiendo del género al que acompaña. Mientras las historias que hacen referencia a ellos son gestas épicas que emocionan y los presentan comandando cambios políticos, sociales, científicos, al frente de los grandes movimientos históricos, envueltos en medio de ideas, complots, aventuras, las mujeres parecen estar hechas de una materia distinta. Mientras el 'revolucionario heroico' hace parte de los imaginarios sociales a través de la historia ¿a quién se le ha ocurrido pensar en armar la frase en femenino? 'Las revolucionarias' son quizá valientes, tal vez visionarias, siempre impertinentes, pero nunca heroicas. Tal vez por eso, las mujeres que han participado en las grandes revoluciones aparecen generalmente desempeñando labores relacionadas con roles 'femeninos' tradicionales, vinculados a actividades orientadas al cuidado de los otros, en los que no desafían abiertamente los estereotipos vigentes sobre 'ser mujer'. Es imposible negar que muchas han pasado a la historia precisamente por subvertir los espacios, las actividades, las leyes del buen ser a las que las mujeres hemos sido confinadas, incluso por osar acceder a los mismos derechos ciudadanos ostentados por los varones. ¿Cómo olvidar los poemas de sor Juana Inés de la Cruz, quien para poder acceder al conocimiento tuvo que hacerse religiosa y aun así terminó siendo 'la peor de todas'? ¿Quién no ha oído hablar de las sufragistas norteamericanas? ¿O de Débora Arango, la artista colombiana que se atrevió a pintar desnudos y reflejar sus ideas políticas en sus lienzos, en una época en la que las señoritas decentes adornaban las paredes de sus casas con naturalezas muertas? En las guerras, un espacio concebido tradicionalmente como masculino, y en el que, por lo tanto, la presencia de una mujer va 'contra natura', las heroínas aparecen generalmente retratadas como madres de los guerreros, mártires o auxiliadoras de la causa. Preparan la comida de las tropas, remiendan los pantalones rotos, cuidan de la casa mientras ellos defienden a la patria. Las experiencias bélicas de las mujeres colombianas son narradas de forma similar. Por lo general, las heroínas neogranadinas de la independencia son mencionadas en los relatos como amantes, madres, hermanas, esposas o protectoras de los insurrectos. La Pola, Mercedes Ábrego y Águeda Gallardo, entre otras, aunque fundamentales en la lucha por la independencia, más que ser revolucionarias ayudaron a la causa patriota desempeñándose como colaboradoras, espías, divulgadoras de las ideas, reclutadoras o costureras de las tropas, siempre encerradas en los límites trazados por la cultura: esto es, detrás de la acción, no como protagonistas. Se habla entonces de las labores de espionaje cumplidas por Policarpa quien, mientras pretendía coser en las casas de las mujeres realistas, recolectaba información valiosa para las tropas. También es famosa la casaca que Mercedes Ábrego bordó para el Libertador en oro y lentejuelas como muestra de su afecto, pero poco se habla de las heroínas clandestinas que combatieron hombro a hombro junto a Bolívar en los campos de batalla, la mayoría disfrazadas de hombres para no ser expulsadas de la tropa. Los Mil Días Apenas empezamos a tener noticia de las colombianas que participaron en la Guerra de los Mil Días. Pero no trasegando detrás de las tropas como las Juanas, cocinando y consolando a los soldados, recogiendo cartuchos, sirviendo aguardiente o asistiendo a los heridos -esas son bien conocidas-, sino como combatientes de las guerrillas liberales. Esto se debe a que en épocas de cambio 'la causa' es más importante que las consideraciones de género, por lo que la vinculación de las mujeres a los ejércitos se da por lo general a través de los grupos irregulares -guerras revolucionarias, insurgentes, de liberación-. La mayoría de estas mujeres soldado pertenecía a los estratos bajos, y aunque muchas se unieron a la tropa por motivos amorosos, otras lo hicieron a partir de una decisión libre y por una motivación política. Portaron armas y marcharon a caballo, algunas incluso llegaron a ser capitanas, y aunque no se tienen noticias de la existencia de compañías exclusivamente femeninas -como sí sucedió en la revolución mexicana-, se sabe de grupos de mujeres que emprendieron acciones bélicas. Sin embargo, años después, cuando el gobierno colombiano decidió pensionar a los combatientes de la Guerra de los Mil Días, las mujeres que batallaron en iguales condiciones a los hombres no pudieron acceder a tal beneficio, pues no tenían el estatus de ciudadanas. Una vez 'hecha la revolución', una vez se termina la guerra, cuando es necesario volver a levantar los muros derruidos, las mujeres 'buenas' deben regresar a la casa... Y es mejor aún si nunca salieron de ella. Su presencia invisible se repite en los años de la Violencia, durante la cual las mujeres combatieron con las guerrillas liberales. Aunque se sabe que allí estuvieron mujeres como la 'Mona Ofelia', también conocida como 'Sargento Matacho', a la mayoría de sus nombres se los ha tragado la desmemoria de una historia contada por hombres y para hombres, en la cual ellas son nuevamente olvidadas, confinadas a la casa, a la costura y a la lucha privada -y anónima- de la supervivencia. 'Las insurgentas' Sin embargo, las colombianas han continuado, desde diferentes espacios, haciendo parte de las revoluciones políticas del país, la mayoría de ellas fuera del establecimiento; en parte porque allí, en la periferia, tienen mayor cabida, en parte porque la mirada de las mujeres sobre la política se encuentra más ligada al ámbito social que al partidista. Son muchas y muy diversas las mujeres que ingresaron a las filas de los grupos insurgentes colombianos en las décadas del 70 y el 80, desde campesinas sin estudio hasta universitarias; mestizas, indígenas, blancas, negras, descendientes de inmigrantes. Pocas han hablado de su experiencia, sólo Vera Grabe y María Eugenia Vásquez, ambas desmovilizadas del M-19, han narrado su historia de mujeres revolucionarias. Las demás aún esperan ser contadas, pero no desde la mirada masculina de fechas y batallas, plagada de banderas y consignas, sino desde su experiencia como actoras políticas en una sociedad donde todavía son pocos los espacios que existen para las mujeres en el ámbito de lo público. Aun hoy, algunas de las mujeres que hicieron parte de los grupos desmovilizados en los 90 siguen reivindicándose como 'insurgentas', pues no sólo descubrieron que 'la verdadera revolución era la paz', sino que además siguen siendo revolucionarias en la casa, en la calle, en la cama, en las ideas. Ellas, que conocen el mundo masculino mejor que ninguna otra -pues compartieron con ellos el espacio de la guerra, reservado para los varones- han inventado y reinventado nuevas formas de ser mujeres. Hay, sin embargo, un dolor que las atraviesa a todas: la imposibilidad de contar su historia en un país que continúa en guerra. Pocas tienen derecho a la memoria, a 'recordar el pasado'; la vida de muchas de estas mujeres está plagada de censura. Para algunas, como Vera Grabe, la desmovilización fue la oportunidad de mostrar la cara, de salir a la plaza pública sin pelucas y sin capucha, de ser ella, de cambiar el país desde la legalidad. Pero para la mayoría ha significado seguir siendo clandestinas. Sin embargo, las revolucionarias no son solamente aquellas mujeres que han empuñado las armas, ni tampoco las valerosas damas que auxiliaron a los padres de la patria. La mayoría de las insurrectas han sido olvidadas; las mujeres que revolucionaron el país en forma más profunda no han sido contadas: sus vidas y sus luchas continúan en el silencio. Poco sabemos de las primeras colombianas que se sentaron en los escaños universitarios, de las obreras, de las sindicalistas, de las deportistas. Es muy posible que cuando se habla de las mujeres que han cambiado el país, nos encontremos con la foto de la modelo que por primera vez se atrevió a posar desnuda -¡como si ella hubiese inventado el desnudo!-, pero ¿quién ha oído mencionar a Inés Ochoa de Patiño, la primera mujer colombiana que se graduó en una facultad de medicina? Son muchas las revolucionarias cuyas luchas quedan por contar. La mayoría de sus historias se ha perdido irremediablemente en el olvido y ha ido a formar parte de los archivos de silencio que componen el grueso de nuestra historia. Pero, por fortuna, son también muchas las que aún pueden ser narradas.

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