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| 12/3/2005 12:00:00 AM

Mujeres en la universidad: de pioneras con vocación de servicio a profesionales competitivas

Uno de los hechos más llamativos en la transformación de las relaciones de género en el país ha sido la rápida y visible participación de las mujeres en la educación superior a partir de la segunda mitad del siglo XX, especialmente durante las décadas del 70 y 80.

Mientras en 1975, las mujeres representaban el 35 por ciento de la matrícula universitaria, en 1983 alcanzan el 46 por ciento y en 1990 el 52 por ciento, porcentaje que se sostiene hasta hoy. Durante esos años, la universidad conoció una expansión cuantitativa extraordinaria, pasando de 2.990 estudiantes en 1940, a más de 20.000 en 1960, a cerca de medio millón en 1985 y poco menos de un millón en 2002. La diversificación de las instituciones de educación superior permitió el ingreso de sectores medios y populares, en condiciones que lamentablemente conservan una gran desigualdad en la calidad y prestigio de las formaciones ofrecidas. A pesar de esto, el acceso a la educación superior sigue siendo un privilegio en Colombia, al cual sólo accede cerca del 14 por ciento de las y los jóvenes entre los 18 y los 24 años. Dicho esto, la familiaridad con la que vemos en la actualidad desempeñarse a las mujeres en múltiples profesiones, no nos permite imaginar la larga y sostenida lucha que tuvieron que librar durante las primeras décadas del siglo XX para conseguir su acceso a la universidad. En dos valiosos libros sobre las académicas en Colombia, Lucy Cohen relata varias de las etapas de este proceso entre las cuales cabe mencionar las luchas de precursoras como Georgina Fletcher o Claudina Múnera por el derecho de las mujeres a la educación, durante las décadas de 1920 y 1930 que culminan con importantes transformaciones de orden legal; o las movilizaciones de mujeres de sectores medios que desembocan en 1933 en un decreto presidencial autorizando a los colegios femeninos a otorgar diplomas de bachillerato que permitieran ingresar a la universidad. Las primeras mujeres universitarias se graduaron en su mayoría en la Universidad Nacional de Colombia o en la Universidad de Antioquia que ofrecían estudios en carreras relacionadas con la salud, una de las opciones más codiciadas por las mujeres. Cuando las universidades aceptaron el ingreso de mujeres no organizaron clases o escuelas separadas como sucedió en otros países, con la excepción de la Universidad Javeriana, que creó en 1941 facultades femeninas que incluían derecho, filosofía y letras, bacteriología, comercio, enfermería, arte y decoración. Después del 9 de abril de 1948, los programas femeninos de derecho y filosofía y letras fueron incorporados en los programas masculinos. Las primeras profesionales colombianas procedían de sectores medios, con padres profesionales o profesores, propietarios de fincas o de negocios, empleados oficiales, gerentes y militares. Algunas contaron con madres normalistas que estimularon el estudio de sus hijas. Las expectativas familiares se orientaban hacia carreras cortas, "compatibles con la feminidad", que permitieran a las hijas ayudar económicamente a sus familias antes del matrimonio. Las profesoras y directoras de los colegios desempeñaron un papel decisivo al defender nuevos conceptos sobre la función de las mujeres en la sociedad colombiana. Estas pioneras defendieron su derecho a acceder a las profesiones con argumentos que no pretendían transformar radicalmente los valores establecidos sino al contrario, afirmar los efectos positivos de la educación profesional femenina sobre las relaciones conyugales y el ejercicio de la maternidad. Así, la mayoría de ellas combinó el ejercicio profesional con el desempeño de un papel tradicional como madres y esposas. Esto se modificará en las generaciones posteriores como pudimos observarlo en estudios sobre las mujeres ejecutivas en la década de los 90 en los cuales fue evidente que la opción de una carrera exitosa en la alta gerencia pública y privada significó para muchas el aplazamiento o renuncia a la maternidad y a una pareja estable. Defendida por algunas como opción de vida centrada en su desarrollo profesional e independencia, otras lo experimentaron como un costo no calculado de su inmersión en el ámbito laboral. Mientras tanto, los altos ejecutivos siguieron contando, en un alto porcentaje, con el apoyo de esposas dedicadas a la familia. En estas esferas, las mujeres han alcanzado puestos de alto nivel pero la cima de las organizaciones, especialmente las más poderosas, es todavía monopolio masculino. Durante las dos últimas décadas, las mujeres han diversificado sus opciones profesionales, rompiendo con la antigua concentración en áreas consideradas femeninas como la salud y la educación. Para el año 2002, una de cada cuatro mujeres universitarias se orientaba hacia el área de economía, contaduría o afines y una de cada cinco a ciencias sociales, derecho y ciencia política. El área de ingenierías, arquitectura y urbanismo ocupaba el tercer lugar en las preferencias femeninas seguida por ciencias de la educación y ciencias de la salud. Estas dos últimas conservan una presencia femenina mayoritaria: en 2002, las mujeres representaban más del 64 por ciento de la matrícula. En contraste, en ese mismo año, dos de cada cinco varones estudiaban ingenierías, arquitectura o urbanismo, lo cual explica que esta área siga teniendo una participación relativamente baja de mujeres. En cuanto a los niveles más altos de la educación superior, no más del 5 por ciento de las y los matriculados adelantaba estudios de posgrado en el año 2000, fundamentalmente en especializaciones. El acceso a maestrías era bajo y a doctorados ínfimo: el 72 por ciento de los 345 doctorandos que tenía el país en ese año, eran hombres. El importante esfuerzo educativo protagonizado por las mujeres ha tenido efectos paradójicos. Ha alimentado en buena medida su creciente participación en el mercado de trabajo con la particularidad de que el nivel educativo de las mujeres es superior al de los hombres mientras se mantiene un diferencial salarial a favor de estos últimos. Esto significa que las mujeres deben exhibir niveles educativos más altos que los varones para conseguir empleos menos remunerado que ellos. En los últimos años, numerosas profesiones han sufrido un deterioro en sus condiciones de empleo, remuneración y estatus social. Muchas de ellas corresponden a las carreras que tradicionalmente desempeñaron las mujeres en áreas fundamentales para la vida y el bienestar como la salud, la educación o la cultura pero poco reconocidas en la lógica de mercado que predomina actualmente. Por otra parte, han surgido nuevas profesiones rentables en los sectores de los servicios o las comunicaciones, en las cuales también están incursionando las mujeres. Sin duda, la pregunta por el sentido personal y social de la actividad profesional cobra especial vigencia hoy en día, tanto para las mujeres como para los hombres.
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