Domingo, 22 de enero de 2017

| 1980/12/11 00:00

¡Música, maestro!

Además de poner a bailar a varias generaciones, Lucho Bermúdez logró que el Caribe conquistara el interior del país y dio inicio a la internacionalización de los ritmos autóctonos colombianos.

Con Matilde Díaz, Lucho conformó la gran pareja musical del país

Hay una novela de Samuel Charters que se llama Elvis Presley telefonea a su mamá después del Show de Ed Sullivan. Su título no podría ser más preciso: acontece toda en un lapso de 24 horas, aquel día septembrino de 1956 en el que el cantante estadounidense apareció en el programa más visto de la televisión. Aparte del encanto literario que supone utilizar un personaje real en un relato ficticio, la novela de Charters tiene otro gran acierto: registra el día exacto en que la percepción de la música cambió para cientos de miles de personas desprevenidas.

Si tuviéramos que hacer una analogía con la música colombiana la fecha no sería difícil de adivinar. La historia acontecería el 15 de julio de 1947 y llevaría por nombre Lucho Bermúdez telegrafía a Carmen de Bolívar luego de su presentación en el Hotel Granada.

Queda la idea para algún cultor de la novela histórica, con la advertencia de que Charters ya hizo algo parecido, pero la esencia es, asombrosamente, la misma: cientos de personas se agolpan ante un escenario para contemplar lo que ha sido anunciado como un acto nuevo, la música llega como un meteorito y, al final, hay opiniones extremas. Los menos son quienes descalifican al nuevo sonido tildándolo de "ruido de negros", los más son quienes han entendido que a partir de ese momento la música no volverá a ser como antes. Es el momento en el que el Caribe conquista el interior.

El causante de esa ruptura se llamaba Luis Eduardo Bermúdez Acosta, un hombre de baja estatura, que jamás se quitaba las gafas y, a decir de muchos que lo conocieron, demasiado tímido para ser costeño (quizá ser bajito y miope implica, necesariamente, ser tímido). Antes de presentarse con su orquesta en el Granada, que era el hotel más lujoso de Bogotá en los años 40 del siglo pasado, ya Bermúdez tenía una trayectoria respetable en el mundo musical: a los 6 años era flautista de la Banda Municipal del Carmen, que dirigía su tío abuelo; a los 14 tocó ante el presidente de la república, Miguel Abadía, y eso le valió ser promovido para la Banda Militar del Batallón Córdoba en Santa Marta; a los 20 ya dirigía la Banda Departamental de Bolívar y no mucho tiempo después la Orquesta del Caribe, rebautizada luego como la Orquesta de Lucho Bermúdez.

Pero todo ese currículum era meritorio apenas en esos pagos que los bogotanos llaman con saña "tierra caliente". Presentarse en el Hotel Granada, en pleno centro de la capital (Avenida Jiménez con carrera séptima), era la prueba definitiva para su música. No es difícil imaginarse el nerviosismo previo al concierto, los aplausos fríos al comienzo y frenéticos al final, y el maestro de gafas caminando al día siguiente por la Avenida Jiménez hasta la oficina de telégrafos para decretar ante sus paisanos el triunfo absoluto de sus porros orquestados.

Cuentan las crónicas de la época que esa noche la capital sucumbió ante el estreno de Pachito eché, escrito por el saxofonista de su orquesta, Alex Tovar, y dedicado al administrador del Granada, Francisco Echeverri. Una vez el porro se infiltró en Bogotá, la ciudad comenzó esa apertura de oído y de criterio que la hacen hoy una verdadera capital, un escenario de múltiples expresiones.

Los primeros discos

En algún momento, luego de su paso por la Banda Militar de Santa Marta, Lucho Bermúdez había descubierto el clarinete y traicionado a la flauta.

Sintió que ese nuevo instrumento lo acercaba más al sonido de las gaitas que tocaban los indígenas en la sabana de Bolívar. Gracias a él hizo conciencia de su voluntad de trabajar a fondo los ritmos folclóricos colombianos pero con arreglos de orquesta, más urbanos. De paso, el clarinete se convirtió en su símbolo. La mayoría de fotos que quedan de él lo muestran tocando el instrumento, o al menos cargándolo.

Esa imagen, sumada al sonido orquestal de sus composiciones, hizo que oyentes de muchas otras latitudes recibieran fácilmente esta música dado su enorme parecido con el jazz de la época. La comparación no es caprichosa; jamás sabremos si Lucho se inspiró directamente en el formato de las big-bands (ningún periodista parece haberle preguntado, a lo mejor porque era obvio) pero, en las notas interiores de una recopilación de música colombiana publicada por el sello estadounidense Putumayo, Lucho Bermúdez aparece referido como "el Benny Goodman y a la vez el Duke Ellington colombiano". Eso significa dos cosas: que era un excelente clarinetista y que renovó el lenguaje de la orquesta en la música popular.

Antes de Lucho Bermúdez ritmos como la gaita, la cumbia y el porro no se escribían en partitura. Pertenecían a una tradición más espontánea y analfabeta. El compositor los sacó de ese ámbito provincial para hacer con ellos algo similar a lo que ocurrió con el danzón en Cuba: los llevó a los elegantes salones de baile de las ciudades y, también por vez primera, al disco.

La primera grabación de la Orquesta de Lucho Bermúdez se llevó a cabo en las instalaciones de la Emisora Fuentes, en Cartagena. Era el danzón Doble cero, todavía muy influenciado por el sonido de las orquestas cubanas de la época. Pero ya para 1945 el maestro estaba listo a emprender una nueva etapa. Había conocido a la musa de voz idónea para cantar sus letras: Matilde Díaz. Los había presentado el compositor Emilio Murillo en las instalaciones de la Radiodifusora Nacional y al poco tiempo ya eran la pareja musical y sentimental más famosa de Colombia.

Con Matilde como vocalista y un recién firmado contrato para grabar con el sello RCA en Buenos Aires, comenzó en 1946 la etapa más fructífera de la Orquesta de Lucho Bermúdez. En total aparecieron en esta época 30 discos (es decir, 60 canciones), incluidos verdaderos clásicos como Prende la vela, Borrachera y Danza negra. A lo largo de la siguiente década se irían sumando otras canciones inolvidables. Una de ellas es la inmortal invocación que Lucho hace de su tierra natal:

"Carmen querido, tierra de amores, hay luz y ensueño bajo tu cielo..."

Mas alla del porro

En 1948, durante los acontecimientos posteriores al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, ninguna edificación del centro de Bogotá pudo escapar del saqueo y el incendio. El Hotel Granada fue uno de los más afectados. Entonces Lucho Bermúdez ya no tocaba en Bogotá sino en el tradicional Hotel Nutibara de Medellín. Pero enterarse de las noticias fue todo un golpe porque el maestro había conocido a Gaitán, precisamente, en el salón de baile del Granada (y aunque Bermúdez nunca habló de política en público, algunas versiones dicen que era gaitanista).

A partir de ese momento comenzó a gestarse una nueva etapa en su música. En 1952 viajó con su orquesta a La Habana y se presentaron en vivo por los micrófonos de Radio Progreso, alternando con la Sonora Matancera. Con seguridad allí comenzó la amistad con Celia Cruz, que entonces era la voz principal de la Sonora y acababa de grabar su primer disco, Caocao maní picao. El viaje a Cuba representó para Bermúdez un encuentro directo con esa música que tanto admiraba: el son. Fue entonces cuando comenzó a crear nuevas fusiones y su música se hizo rítmicamente más variada y de mayor proyección internacional.

Para finales de los 50 Lucho Bermúdez no sólo era el rey del porro sino también el creador del tumbasón, un ritmo derivado del son que resonó durante algún tiempo. Luego, a finales de los años 60, se inventó la patacumbia, basándose en ritmos surafricanos, y puso a bailar a una juventud distinta: su legado había trascendido a la siguiente generación.

Pero tal vez el experimento más osado llegó en los 70, en un álbum que lleva por título Cosas de Lucho: una gaita-jazz en la que los nexos con Benny Goodman o con Duke Ellington quedaban más que confirmados.

Lastimosamente, la timidez del maestro lo hizo abandonar de inmediato el lenguaje de improvisación y desenfreno del jazz. Hoy los melómanos suspiran pensando cómo habría sonado la música de Lucho en esa última época si hubiera seguido ese camino. En cambio se dedicó a grabaciones más comerciales; produjo una serie de mosaicos de música colombiana refugiándose, a sus 60 y tantos, en la certidumbre de lo conocido.

Las últimas imágenes que tenemos de Lucho Bermúdez ya lo elevan a la naturaleza de maestro que hoy ostenta en el panorama de nuestra música. Diez años antes de morir fue condecorado en una ceremonia de gala por el presidente Belisario Betancur. Para cerrar la noche Bermúdez le regaló al público asistente una selección de sus mejores temas, entre ellos San Fernando, Fantasía tropical y, por supuesto, Carmen de Bolívar. La diferencia es que no lo hizo al frente de su orquesta tropical, sino de la Filarmónica.

La música colombiana registró una de las ovaciones más largas de su historia. El maestro se despidió y se internó en un retiro pacífico, del cual no saldría sino para contadas apariciones públicas. Los periodistas lo buscaban para registrar, antes de que nos dejara, sus memorias y algún que otro dato que pudiera llenar el vacío informativo de nuestra historia musical. El maestro, sin embargo, ya sólo respondía con evasivas y monosílabos. Supo que todo lo que tenía que decir lo dijo con su clarinete y su orquesta


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