Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2001/10/15 00:00

Nadie está a salvo

El ataque terrorista contra Estados Unidos conmueve al mundo y podría partir la historia en dos. La potencia prepara su respuesta.

Nadie está a salvo

No eran todavia las 9 de la mañana del martes en el sur de la isla de Manhattan cuando se oyó la primera explosión. Los asombrados transeúntes vieron una bola de fuego en la torre norte del World Trade Center y luego una columna de humo negro que se elevaba rápidamente. En medio de la confusión la forma de la hendidura en el costado del edificio, que dibujaba la silueta de un avión de frente, revelaba el origen del estruendo.

En los primeros minutos los periodistas de televisión sólo atinaban a comparar el desastre recién ocurrido con el choque accidental de un bombardero B-26 contra el edificio Empire State en una brumosa noche de 1947. Pero era una comparación aventurada: el sol dominaba la mañana y ninguna ruta de aproximación al cercano aeropuerto de La Guardia pasaba siquiera cerca de las torres. El avión estrellado estaba fuera de ruta y, además de eso, en contravía. Era claro que no podía ser un accidente pero nadie se atrevía a aventurar esa hipótesis.

Todas las dudas se desvanecieron 18 minutos más tarde. Mientras miles de espectadores observaban el trabajo de centenares de policías y bomberos en la torre incendiada otro avión apareció por el sur y se estrelló de frente contra la edificación gemela. El choque de ese avión, que se metió en el edificio como un cuchillo en un queso antes de estallar en llamas, fue presenciado por millones alrededor del mundo a través de una CNN alertada por el primer golpe.

Un espectáculo que ninguno de los espectadores olvidará jamás, no sólo por la impresión de presenciar una tragedia sino por la conciencia de que, con ese hecho, el terrorismo atravesó un umbral que nadie había considerado posible y del cual tal vez no haya marcha atrás.

Ese martes negro todavía traería más tragedias. En la siguiente hora y media dos aviones más fueron estrellados, uno contra el Pentágono, el símbolo de la supuesta invulnerabilidad de Estados Unidos, y otro en un campo cerca de Pittsburgh, con rumbo, según versiones extraoficiales, a la Casa Blanca o el Capitolio. Lo que siguió fue un maremágnum más de un película hollywoodesca con ribetes de ficción que a la vida real.
 
El caos

Media hora más tarde American Airlines y United confirmaron lo que muchos ya temían: los aviones que se acababan de estrellar habían sido secuestrados en pleno vuelo por hombres no identificados que los dirigieron hacia sus objetivos como una bomba incendiaria con alas. A las 10:07 de la mañana Nueva York se estremeció como sacudida por un terremoto. A esa hora la torre sur, la segunda en ser atacada, colapsó sobre sí misma, incapaz de resistir el peso de los restos del avión y el calor infernal producido por miles de galones de gasolina en llamas. Diez minutos más tarde la torre norte siguió el mismo destino. Una nube inmensa de polvo y cenizas cubrió todo en kilómetros a la redonda y acabó por descorazonar a millones de neoyorquinos. Las Torres Gemelas, el símbolo del capitalismo, la globalización y el poder financiero mundial, se desvanecían como un castillo de naipes.

El presidente George W. Bush se encontraba a las 9:05 en un colegio de primaria en Sarasota, Florida, leyendo una historia a unos niños cuando su jefe de gabinete, Andrew Card, le susurró al oído las malas noticias. Bush terminó el cuento y unos 20 minutos más tarde, con voz temblorosa, reconoció por primera vez que se trataba de un ataque terrorista antes de abordar su avión, el Air Force One. No se dirigió a Washington. La situación era tan peligrosa y parecía tan fuera de control que el avión presidencial inició un periplo que lo llevó a varias bases antes de llegar, al comienzo de la noche, a Washington. Desde la base de Barksdale, en Luisiana, y más compuesto, Bush hizo su primera declaración: “No se equivoquen: Estados Unidos cazará y castigará a quienes sean responsables de estos actos cobardes”. En Lima el secretario de Estado, Colin Powell, anunciaba la cancelación de su siguiente escala en Bogotá y su regreso inmediato.

En medio de rumores, según los cuales había otros aviones secuestrados en ruta hacia sus objetivos, por primera vez en la historia la Administración Federal de Aviación (FAA) suspendió todas las operaciones aéreas, lo cual puso en tierra a 1,6 millones de personas que viajan diariamente en Estados Unidos. Los vuelos internacionales fueron desviados hacia Canadá, aunque luego se permitió el ingreso de 22 de ellos. En Nueva York 10.000 trabajadores de rescate, llegados por tierra de todas partes del país, comenzaron la evacuación del sur de Manhattan. Los edificios históricos de Filadelfia, de contenido simbólico para la democracia norteamericana, fueron desocupados, así como la torre Sears de Chicago y la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. El aeropuerto de Los Angeles fue evacuado, mientras Disney cerraba sus parques de Florida y California. Y desde su base en Norfolk, Virginia, dos portaaviones, el George Washington y el John F. Kennedy, fueron enviados a patrullar la costa este junto con otros cinco buques. La Bolsa de Nueva York, la más importante del mundo, cerró durante tres días. No lo hacía desde la Segunda Guerra Mundial. Entre tanto el drama continuaba. El miércoles la torre 7 del World Trade Center no resistió más y se derrumbó. Y el edificio del One Liberty Plaza, sede del índice tecnológico Nasdaq, corrió la misma suerte.

Precisión siniestra

Desde muy temprano fuentes oficiales informaron a la CNN que todos los indicios señalaban como principal sospechoso de ser el autor intelectual de la cadena de atentados al multimillonario saudita Osama Bin Laden, muy relacionado con el gobierno talibán de Afganistán, pero a nivel oficial la discreción fue la norma. Nadie quería adelantar juicios luego del bombazo de Oklahoma en 1995, cuando las sospechas se dirigieron hacia activistas islámicos y luego los responsables resultaron norteamericanos. En cualquier caso las investigaciones posteriores mostraron una operación de enorme complejidad, que para los expertos sólo podría haber sido puesta en marcha por un terrorista como Bin Laden.

La operación estaba cuidadosamente planeada en todos sus detalles. Los cuatro aviones escogidos salieron de aeropuertos grandes del este de Estados Unidos poco antes de las 8 de la mañana, una hora en que los terminales están atestados y los controles suelen ser más laxos. Convenientemente ninguno de los vuelos iba con su capacidad completa de pasajeros, lo cual los hacía más controlables, pero tenían sus tanques llenos con 8.500 galones de combustible, como correspondía a su destino: California. Todo ello convertía a los aviones en perfectas bombas voladoras. Se trataba, como dijo a SEMANA el experto en seguridad Harry Brighton, “de una operación increíblemente complicada que requirió seguramente muchos meses de preparación, vigilancia y ensayos”.

Los jets salieron con diferencia de minutos. El vuelo 11 de American Airlines, un Boeing 767 con 81 pasajeros, decoló hacia Los Angeles del aeropuerto Logan, de Boston, a las 7:59 de la mañana y se estrelló con la torre norte a las 8:45. A las 8:14 salió con 56 pasajeros el United Airlines 175, también Boeing 767, de otro terminal en ese aeropuerto, y llegó a su destino fatal 18 minutos después del primero. A las 8:21 despegó con 58 pasajeros el vuelo 77 de American, un Boeing 757, en dirección a Los Angeles desde el aeropuerto Dulles International, que sirve a Washington, y a las 9:30 se lanzó sobre el Pentágono. Y a las 8:43 salió del aeropuerto de Newark, frente a Manhattan, el vuelo 93 de United con destino a San Francisco, con 38 pasajeros. Este último no llegó a ninguna parte. Se estrelló cerca de Pittsburgh, en la única parte de la operación que no alcanzó sus objetivos.

Los dramas

Lo que pasó en el interior de esos aviones tal vez no se sepa nunca con certeza. Pero algunas llamadas telefónicas hechas por pasajeros revelan algunos detalles de un drama de dolor y heroísmo impresionantes.

Peter Hanson, un pasajero del vuelo 175 de United, telefoneó a su esposa y le dijo que habían apuñalado a una azafata aparentemente para forzar a la tripulación a abrir la puerta de la cabina. “El avión se está cayendo”, fue lo último que dijo.

Algunas versiones sostienen que los pasajeros del vuelo 77 recibieron órdenes de llamar a sus familiares para decirles que iban a morir. Barbara Olson, una comentarista política de CNN, llamó a su esposo para contarle que el avión estaba secuestrado. “Tienen cuchillos y han agrupado a los pilotos y a los pasajeros en la parte trasera”. Sus últimas palabras: “¿Qué les digo a los pilotos que hagan?”.

Ese vuelo iba directamente contra la Casa Blanca a toda velocidad pero alguien, presumiblemente un terrorista, se dio cuenta de que el trasponder, un aparato que identifica constantemente al avión ante el control aéreo, había sido apagado por la tripulación, lo cual era una señal para los controladores, que podrían haberlo hecho interceptar por la Fuerza Aérea. Ante eso el piloto terrorista hizo que el avión virara violentamente 270 grados y se lanzara en forma sorpresiva sobre el Pentágono.

Pero la historia más impresionante por su componente de heroísmo fue la sucedida en el vuelo 93, que se estrelló cerca de Pittsburgh. Mark Bingham, de 31 años, llamó a su madre antes del impacto. Le dijo que la quería mucho. “Estoy en el aire y llamo del teléfono del avión. Nos han tomado como rehenes. Son tres hombres y dicen que tienen una bomba”. La azafata CeeCee Ross Lyles, del vuelo 93, también llamó a su esposo en Fort Myers, Florida, y le dijo que habían sido secuestrados. La comunicación se cortó en seguida. Otro pasajero del mismo vuelo se escondió en uno de los baños y llamó al 911, el número de emergencias en Estados Unidos. El pasajero repetía una y otra vez: “Fuimos secuestrados, fuimos secuestrados, no es una broma”.

También existen versiones según las cuales al parecer el comandante dejó abierto un canal de comunicación que permitió no sólo a la torre de control oír los diálogos sino a los pasajeros darse cuenta de lo que pasaba en la cabina. Así pudieron escuchar al piloto decirles a los secuestradores “get out of here” (salgan de aquí) antes de ser asesinado. Un hombre de acento árabe lo reemplazó y dijo por el comunicador que había una bomba y debían regresar.

El ejecutivo Thomas Burnett, de California, llamó a su esposa y le dijo que un pasajero había muerto a golpes. Luego agregó: “Sé que todos vamos a morir, hay tres de nosotros que vamos a hacer algo al respecto”. Al parecer Burnett había escuchado la llamada hecha por un niño a su padre, quien le habría dicho que dos aviones se habían estrellado contra las Torres Gemelas, lo que le confirmó que había que hacer algo. Según todo ello se podría especular que varios pasajeros trataron de dominar a los secuestradores pero en la lucha el avión cayó. Esa información fue confirmada por un oficial de contrainteligencia.

En tierra el drama no era menos terrible. Otra historia trágica es la de Ronnie Clifford, un irlandés que se encontraba en una de las Torres Gemelas. Este hombre logró escapar de los escombros luego de que la torre se viniera abajo. Cuando llamó a sus familiares para comunicarles que se encontraba a salvo recibió la noticia de que su hermana y su sobrina se encontraban a bordo del Boeing 767 que se acababa de estrellar en el mismo edificio donde él se encontraba.

Las historias narradas por los sobrevivientes de las Torres Gemelas son igualmente sobrecogedoras. Como la que le contó Norma Hessic, jefe de personal del Concilio Metropolitano de Transporte, a The New York Times. Hessic había estado en el bombazo de 1993 contra el World Trade Center y había vivido el caos de su evacuación. “Todo estaba más ordenado mientras bajábamos las escaleras. Pero el orden se perdió al llegar a tierra. Los bomberos nos decían ‘No mire afuera’, pero lo hicimos. Había una cabeza, un cuerpo completo pero destrozado, dos zapatos con los pies adentro. Vi cabezas, vi torsos, vi manos. Entonces sentí pánico”.

O la historia de Kurt Karrington, quien contó que “vi gente saltando del edificio. Una señora en un vestido verde saltó y un hombre en jeans. Cuando los vi cayendo hasta aplastarse en el suelo no pude resistir más y corrí. Eso me salvó la vida porque poco más tarde el segundo edificio cayó”.

En suma, el martes 11 de septiembre de 2001 será recordado como una de las jornadas más escalofriantes de la historia de Estados Unidos. Estará por encima del ataque japonés a Pearl Harbor, que produjo 2.400 muertos, y del Día D, la invasión aliada a Europa en la Segunda Guerra Mundial, en el cual murieron 2.000 soldados. Aunque no hay datos concretos al menos 400 policías y bomberos quedaron sepultados en los escombros y 266 personas murieron en los aviones, sin contar varios miles que había en los edificios. El alcalde Rudolph Giuliani pidió el miércoles 6.000 bolsas para cadáveres y la cadena Fox News estimó los muertos en 20.000. Así se acercaría a la batalla de Gettysburgh, en la Guerra de Secesión, cuando en un solo día murieron 22.000 personas.

El coletazo del gigante

El presidente Bush pareció en camino de cumplir muy pronto su promesa de castigar a los culpables. Con la efectividad que caracteriza a los gringos a las 72 horas ya estaba resuelta parte de la ecuación. Fueron identificados 50 terroristas o colaboradores involucrados en los atentados. Con una sola tarjeta de crédito se pagaron siete tiquetes de avión. Un carro fue allanado en el aeropuerto de Logan, en Boston, en el que se encontró un manual de vuelo en árabe. Dos de los secuestradores vivieron en Hamburgo y sus casas fueron allanadas.

La misma noche del martes un bombardeo en Kabul, la capital de Afganistán, llevado a cabo por la disidente Alianza Norte, amiga de Estados Unidos, fue un abrebocas. Aunque Estados Unidos negó cualquier conexión el ataque sirvió para advertir a los talibán por medio de terceros que la retaliación sería dura y pronta.

Una nerviosa dirigencia afgana se apresuró a afirmar que Bin Laden no cuenta con su protección y que ellos harán su propia investigación. Pero todos los indicios apuntaron en su dirección. El senador Orrin Hatch reveló que había sido interceptada una conversación telefónica de dos seguidores suyos en la cual hablaban de que habían “dado en los blancos”. El secretario de Estado Powell lo calificó de irresponsable pero muchos creen que la reprimenda se debió más a la necesidad de mantener la cautela en etapas tempranas de las pesquisas que a la falsedad de la información.

Y el miércoles el procurador general, John Ashcroft, y el director del FBI, Robert Mueller, se presentaron ante la prensa para anunciar que creen haber identificado a varias personas que participaron en el plan aunque todavía no había arrestos. “Los cuatro aviones fueron secuestrados por entre tres y seis individuos por cada uno, quienes usaron cuchillos y bisturíes o cortaplumas, y en algunos casos amenazas de bombas. Nuestro gobierno tiene evidencia de que la Casa Blanca y el Air Force One estaban entre los objetivos y que varios sospechosos fueron entrenados como pilotos en Estados Unidos”. Un entrenamiento que, por otra parte, cuesta unos 50.000 dólares para cualquier tipo de avión. Las investigaciones fueron hechas en Venice (Florida), Providence, Rhode Island y Boston.

Todo parece señalar hacia Bin Laden, el único personaje en el mundo con la capacidad logística (que incluye pilotos suicidas) y el odio suficiente como para perpetrar una acción de esta naturaleza. Pero al cierre de esta edición esa confirmación estaba por verse.

Pero aun si las autoridades confirman que Bin Laden está detrás de los atentados va a ser bastante difícil, inclusive para Estados Unidos, dar con su paradero. Los terroristas se mimetizan en la población civil y cualquier ataque, aéreo o terrestre, puede poner en riesgo la vida de miles de personas inocentes. Por eso muchos creen que Bush está planeando un ataque quirúrgico a Afganistán para perseguir a Bin Laden, tal y como lo hizo el presidente Woodrow Wilson a comienzos de siglo cuando envió las tropas estadounidenses a perseguir a Pancho Villa (en ese entonces no lo cogieron). Otra tesis, menos conservadora, cree que es necesario derrocar el régimen talibán en Afganistán, que protege a Bin Laden, como una medida ejemplarizante para el resto de los Estados que han tenido relaciones con el terrorismo.

En su alocución televisada del martes la amenaza de Bush fue clara: “El gobierno estadounidense no hará ninguna distinción entre los terroristas que cometieron los actos y aquellos que los protejan”. Esta declaración es un mensaje muy claro a los posibles Estados que hayan podido participar directa o indirectamente en los atentados. Para Richard C. Holbrooke, ex embajador de Estados Unidos ante la ONU, si se logra reunir la evidencia suficiente de que un país ayudó a perpetrar el ataque se le declararía la guerra.

¿Y ahora?

Más allá de la determinación de los responsables el mundo se preguntaba por las consecuencias de una cadena de hechos de esta envergadura. Lo que viene tiene tanto que ver con lo banal como con la forma en que Estados Unidos se relaciona con el mundo.

También se preguntan por el efecto que podría tener el desastre en la economía con el sólo hecho de la destrucción de archivos e información de centenares de las compañías financieras más importantes del mundo y su desangre en recursos humanos. Morgan Stanley, por ejemplo, perdió 2.500 empleados.

Fuera de lo anecdótico lo que sucedió podrá agrandar el ojo del Big Brother, reduciendo aún más la vida privada de las personas so pretexto de salvaguardar la seguridad nacional. Cámaras en los baños de los aeropuertos, en los aviones, en las oficinas, en los sitios públicos, en los centros con afluencia de gente, etc. Como dice el comentarista de IPS Joaquín Roy, “entre las posibles consecuencias se destaca el endurecimiento del sistema de protección estatal, con la consiguiente erosión de los derechos civiles. No se descartan ni los registros domiciliarios ni las escuchas telefónicas. Por supuesto, es de pensar que el uso de Internet sufrirá una drástica regulación”.

En el frente interno ya se empezaron a sentir los primeros coletazos de xenofobia. En los días siguientes a los atentados varios grupos de árabes y musulmanes recibieron amenazas telefónicas y por Internet. Hay preocupación de que lo sucedido alimente a grupos extremistas, como los neonazi o el Ku Klux Klan, cuyo leitmotiv es estigmatizar a las minorías étnicas.

Y en la política exterior es previsible un endurecimiento radical que podría incluso afectar a Colombia. Una encuesta del diario The Washington Post y la cadena de televisión ABC mostró que la inmensa mayoría de los norteamericanos, el 84 por ciento, desearían arriesgarse a una guerra para castigar a los culpables de la tragedia del martes. Aunque otros, como el profesor Emilio Viano, de la American Univesity, piensan que el momento podría ser positivo. “Sería la oportunidad, dijo a SEMANA, de replantear la política hacia Oriente Medio para acoger a los países y no aislarlos, que es lo que los convierte en terroristas”.

Pero esto es poco probable dada la reacción popular y los antecedentes internacionales de Bush, cuya despreocupación olímpica sobre el sistema internacional resulta preocupante en un orden mundial en el que, como se demostró este martes, no hay ni siquiera certeza sobre quién es el enemigo. En los artículos que siguen SEMANA intenta dilucidar algunos de los interrogantes planteados por lo que podría ser el comienzo de una nueva y preocupante era de violencia en el mundo.

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