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| 1/8/1990 12:00:00 AM

NAVIDAD

TODOS LOS NIÑOS EN DICIEMBRE
Noche de paz, noche de amor; llena el el cielo un esplendor; en la altura resuena un cantar; os anuncia una dicha sin par: en la Tierra ha nacido Dios, hoy en Belén de Judá".

No existe, tal vez, mejor descripción sobre la Navidad que esta de Gruber. El inmortal villancico que por estos días empieza a entonarse en todos los idiomas conocidos refleja, sin duda, ese ánimo tan especial que pretende ubicarse en el corazón de todos los habitantes de la Tierra.

Un arbolito lleno de luces y de adornos o un pesebre en el que se representa la bíblica escena de Belén constituyen el símbolo de las festividades decembrinas. Cada pueblo a su manera, atendiendo lo más hondo de sus costumbres y de sus creencias se suma, en una cadena interminable, al regocijo y a la alegría del fin de año.

Porque, cualquiera que sea la motivación, lo cierto es que diciembre es un mes diferente a los once que lo preceden. Es diferente por las luces de neón y las bombillas intermitentes que se colocan en los edificios y en los postes de las avenidas. Es diferente por el colorido de las vitrinas comerciales. Es diferente por los copos de nieve que caen sobre las chimeneas en muchos puntos del orbe o el calor irresistible del Trópico que hace más llamativas las playas. Pero, ante todo, es diferente por la sensibilidad que despierta en cada uno de los seres del planeta.

Amor y paz, como en el villancico, son los terminos que encabezan el glosario decembrino.
Las puertas del corazón se abren de par en par para ofrecer lo mejor de sí, para aguantar sin tanto prejuicio las flaquezas del prójimo.

Los niños sonríen con más entusiasmo y los adultos están dispuestos a "soportar" una dosis mucho mayor de chiquilladas. Al fin y al cabo los principales beneficiados con la euforia navideña deben ser los niños. Es en ellos en los que primero se ha pensado a la hora de armar los inmensos pesebres de las catedrales. Son ellos, en primer lugar, los que deben comprender que en el mundo también existen cosas buenas. Muchas cosas buenas. Tantas, que hasta el más desprevenido podría pensar, a juzgar por diciembre, que el mayor defecto de la humanidad es la amnesia.

Amnesia, sí, porque de enero a noviembre a la gente se le olvida que puede vivir en paz. Que puede sonreir. Que es capaz de dedicar unos minutos de su valioso tiempo para meditar sobre la forma en que puede colaborarle al universo para hacerlo más agradable. A la gente se le olvida, en definitiva que se puede ser niño más a menudo.

Es cierto, la Navidad es para los niños. Pero no sólo para aquellos que pueden demostrar, con su tarjeta de identidad en la mano, que son menores de edad. Es para todos, porque todos han guardado lo mejor de su niñez en el corazón.

VILLANCICOS Y AGUINALDOS
Es por ese regreso a la niñez, precisamente, que hasta el más canoso y barbado de los adultos es capaz de sentarse, en diciembre frente al pesebre para entonar algún villancico. No importa si la voz se quiebra o si en vez de platillos se utilizan las tapas de las ollas más grandes. No importa, incluso, si el sonrojo llega a las mejillas al ritmo de "ven, ven, ven... ven a nuestras almas, Jesús, ven ven...". Lo importante es unirse al coro, con ensayos o de improviso, y dejar que la alegria se escape por cada poro.

Y la alegria, en el mes mágico del año, suele venir envuelta en diversos ropajes. Desde las novenas y los aguinaldos, que ubican la memoria en lo más tierno de la adolescencia, hasta las rumbas de gala y el licor, que abundan por esta época, son bienvenidos. Con igual entusiasmo se bailan los sones tropicales o se juega al beso robado o al si y al no. Con euforia semejante se inflan los globos que ascienden con luz propia en las noches estrelladas de fin de año y se le da una mano a la abuela en la cocina para untarle más almibar a los buñuelos o añadirle más canela a la natilla.

Y los detalles se van uniendo, como precisos eslabones, para formar, cada vez con más entusiasmo, la animosa cadena navideña. El indicador de alegria sube cada dia más, hasta su tope máximo en la Nochebuena, cuando el amor y la hermandad se reflejan en los detalles que en forma mágica aparecerán bajo las ramas del arbolito o en las botas rojas que se han adherido a la chimenea... a esa chimenea por la que, muy posiblemente, descenderá Papá Noel cargado de regalos y, sobre todo, cargado de buenas intenciones y de grandes esperanzas para que el ánimo decembrino se prolongue durante todo el año nuevo.-
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