Martes, 17 de enero de 2017

| 1983/09/26 00:00

NICARAGUA: CRONICA DE UNA GUERRA

Ante la agresión, Nicaragua se ha inventado la fórmula para crear lo que Thomas Enders llamó "el más fuerte aparato militar"

NICARAGUA: CRONICA DE UNA GUERRA

Por la carretera que va de Managua hacia la frontera con Honduras -la zona de guerra- desfilan permanentemente los milicianos, de uno en uno, en grupos, con su arma a cuestas, unos hacía el norte, otros hacia el sur. Más que hombres en guerra, parecen hormigas ocupadas en su indescifrable tarea de llevar y traer. El jeep en que viajamos se detiene para recoger dos de ellos: un muchacho moreno y un niño más pequeño que el fusil que carga. Parece tener nueve años, pero en realidad tiene 12. Como no contesta sino monosílabos, su compañero habla por él: "es nuestro mascota. Estaba con la contra ¿sabés? Se lo habían llevado secuestrado cuando atacaron su pueblo. Lo entrenaron en Honduras y lo trajeron con ellos en una emboscada que hicieron hace unos meses un trecho más adelante por esta misma carretera. Esa vez los sacamos corriendo en dos horas, pero el chaval se quedó atrás, rezagado. Tratamos de acercárnosle, pero disparaba como una fiera, y nos mantenía a distancia. Estuvimos alli el resto de la mañana. esperando que se le acabara la munición. Entonces sí nos le acercamos, y él nos atacó a mordiscos y patadas. ¡Es bravo!. Nos tomó días hacernos amigos, convencerlo de que peleara de nuestro lado. Ahora va a la escuela, y unas horas al día nos ayuda, cuidando ganado y otras tareas de vigilancia así, que hay que hacerlas armado, porque los guardias de la contra entran y se llevan lo que pueden. Le preguntamos qué opinaba de meter en la guerra a los niños, y el muchacho contestó: "¿Quién tiene corazón para negarles el derecho a defenderse? Nosotros no los metimos en la guerra, los metió la contrarrevolución, y el imperialismo. Estos niños a veces pasan meses enteros durmiendo en los refugios antiaéreos para protegerse de morteros que desde el otro lado de la frontera están permanentemente disparando contra la población civil. Mirá; aqui ni los niños, ni nosotros, ni los ancianos, ni nadie de toda esta gente que se ve armada, se arma para hacer guerra. Sólo lo hacemos porque es la única manera que tenemos de proteger nuestras vidas". Durante todo el camino, en vallas, paredes y tapias, dos consignas sobresalen entre todas las demás: NO PASARAN y TODAS LAS ARMAS AL PUEBLO. Días antes de arrancar hacia la frontera, lo primero que habíamos hecho al llegar a Managua era investigar el verdadero alcance de la segunda. ¿El gobierno sandinista estaba realmente armando y entrenando a toda la población, o se trataba simplemente de una consigna populista para tapar la realidad de un ejército directamente manejado por el gobierno que controlaba toda la situación? Sergio Ramírez, el novelista, uno de los miembros de la Junta, nos había respondido en una entrevista: "En la consigna Todas las armas al pueblo está resumída nuestra teoria militar, nuestra concepción de la defensa del país. La entendemos como un asunto de carácter popular, porque esta es una revolución popular. Si tratáramos de que Nicaragua fuera defendida por un ejército profesional a espaldas del pueblo, nos derrotarían. La única garantía para la soberanía de nuestra nación, es que es el pueblo mismo el que está en armas. Ya el general Sandino señalaba que su ejército (filosóficamente nuestro ejército es el mismo de entonces) no era una organización castrense, sino que ellos eran "ciudadanos armados". Nosotros también somos ciudadanos armados, y nuestros batallones de reserva están conformados por obreros, estudiantes, campesinos, empleados estatales...". En esos días de estadía en Managua visitamos la universidad, varios barrios y fábricas y encontramos que en efecto en todos lados estaba organizada la milicia. En una asamblea que congregaba dirigentes de 15 barrios, se discutía el funcionamiento de los comités de defensa civil, y la conformación de brigadas para la construcción de refugios antiaéreos, brigadas de primeros auxilios, de rescate de niños y ancianos, contraincendios... "La defensa civil-decía un muchacho con sombrero texano que presidía la reunión fue creada en tiempos de paz, para las calamídades naturales, pero ahora se ha transformado en un organismo de defensa contra la guerra. Con esto, los ciudadanos de Nicaragua no estamos provocando a nadie. Simplemente no creemos que tengamos que esperar cruzados de brazos". Vimos que en las fábricas, la organización de los obreros corre por dos cauces paralelos; milicias armadas para defender las instalaciones de atentados terroristas, bombas, etc, y brigadas para no dejar parar la producción en caso de una ofensiva generalizada. En Enaves, la mayor fábrica de vestidos -antes propiedad de Somoza, hoy, según reza un cartel, "propiedad del pueblo"- trabaja una gran mayoría de mujeres. Marta Estrada, de 23 años, cuenta que como todas sus compañeras, pasa la noche en blanco una vez al mes haciendo "vigilancia revolucionaria", en la puerta de la fábrica. En su barrio recibió el entrenamiento para el manejo de armas. Eva Mendoza, de 29 años, explica que está trabajando muchas horas extras porque su sección confecciona las camisas para los soldados y milicianos. "A veces trabajamos hasta el amanecer, porque a los muchachos hay que cumplirles". El tono de todas ellas es tan normal, tan cotidiano, como si estuvieran hablando de las puntadas que hace su máquina de coser. "Hace ya tantos años que estamos luchando, antes y después del triunfo, contra los somocistas y los norteamericanos, que ya ni nos acordamos cómo es la paz. Nosotros la paz ya no nos tocó verla, pero la vamos a conseguir para nuestros hijos". Y termina Eva Mendoza: "El gobierno nuestro nos enseña a manejar las armas porque sabe que la gente de este país es brava, y que si nos invaden de todas maneras nos lanzaríamos a la calle, así fuera con palos... " Seguimos por la carretera hacia la frontera. Hemos dejado atrás Estelí, la ciudad más castigada y bombardeada cuatro años atrás, durante la insurrección. Mientras la atravesábamos, la radio Sandino, que llevaba dos horas transmitiendo a Julio Iglesias y José Feliciano, dejó oír una canción política: era Pablo Milanés cantando "Yo pisaré las calles nuevamente, de lo que fue Santiago ensangrentada..." Las paredes de las casas de Estelí aún están destrozadas por las troneras de los balazos, pero a la entrada de la ciudad hay un cartel que dice: "Estelí, Aldea de Niños". Paramos para dejar en su punto de destino al niño-miliciano, que se baja como se subió, sin decir una palabra, y a su amigo. Unos metros más adelante recogemos a tres reservistas, que vienen de prestar servicio militar dos meses en la frontera, y ahora regresan a sus casas, donde permanecerán hasta que los vuelvan a llamar. Uno de ellos nos explica: "Un rato en el frente, otro rato en la casa. Un rato luchando, otro rato trabajando, o estudiando, o cada quien a lo suyo. Así es como tenemos que hacer esta guerra, si no las familias, la producción, el país entero se nos viene abajo". Los tres hombres no recibían paga durante sus meses de servicio militar: "Sólo la comída, y algo en cigarrillos". Es un ejército de voluntarios. Recientemente, el ex secretario asistente de Estado, Thomas Enders, había acusado al gobierno sandinista de estar consolidando el más grande aparato militar de Centro América, a lo cual Sergio Ramírez había contestado en una entrevista: "En cierto sentido, sí es así. Pero con una diferencia importante que Enders nunca podría entender. Sí, tenemos una fuerza armada grande. En este momento, miles de ciudadanos tienen armas, y no son soldados profesionales. Y si la agresión aumenta, nosotros doblaremos ese número. En ese sentido Enders tiene razón". El subcomandante Roberto Sánchez, un hombre joven con el pelo completamente blanco, con quien habíamos conversado en Managua, había explicado el problema del armamento popular en estos términos: "Para nosotros las armas obedecen a un concepto defensivo y no represivo. Por eso, tras una cuidadosa labor de educación y entrenamiento, se las hemos ido entregando todas al pueblo. Sin forzar a nadie, sin romper las familias, sin interrumpir la producción, sin dejar muchachos sin estudiar. En este momento, de los dos millones y medio de habitantes que tiene Nicaragua, hay más de 100.000 plenamente capacitados para empuñar un fusil. Y estamos entrenando a los demás, sin ningún temor de hacerlo. ¿Cuántos gobiernos en el mundo podrán armar a la gente sin temor a que ésta se le voltee en contra?".
ZONA CANDENTE
A medida que nos acercamos a Jalapa, vamos penetrando en las zonas donde el conflicto ha sido más agudo; un triángulo de territorio nicaraguense que se inserta en Honduras, con la desventaja para los nicas de que mientras su parte es plana, justo pasando la frontera rompen las montañas, de tal manera que los de este lado son blanco fácil de los "contras" bien atrincherados en terreno elevado. Al pasar por el caserío de San Fernando, varios milicianos se agrupan en torno a las granadas de mortero disparadas la noche anterior y que los habitantes han amontonado por la mañana. Son cerca de trescientas, de fabricación norteamericana. Nos cuentan que 20 días atrás los guardias somocistas entraron a Mosonte, un pueblo a 15 kms. de allí, mataron al maestro y a dos técnicos y se llevaron 103 personas secuestradas. -Secuestradas- preguntamos. -¿No se van con ellos voluntariamente? -"De vez en cuando hay alguno, muy pobre, muy atrasado, a quien le han metido en la cabeza que de este lado el gobierno es comunista y que del otro está el paraíso. Por lo general, todos los que pueden, se les escapan y regresan. De esos 103 que le digo, a tres mataron una campesina quedó tirada en el camino porque por la fatiga abortó y de los restantes, todos, salvo 7, se las arreglaron para regresar". Nos cuentan los vecinos de San Fernando que la "contra" busca matar técnicos, médicos, maestros y curas, con el fin de dispersar las comunidades. Un sargento del Ejército sandinista que se encuentra allí nos dice que los somocistas venían actuando en bandas, con técnicas terroristas, pero que de un tiempo acá sus operativos empiezan a parecerse más a los de un ejército regular. "Están moviendo fuerzas de tarea de unos 200 hombres cada una ".
Finalmente llegamos a Jalapa, el pueblo habitado más cercano a la frontera (de allí hacia el norte, toda la zona ha sido evacuada). En vez de encontrar un lugar desolado y abatido por la guerra, nos topamos con un pueblo vivo y en efervescencia. Mucha gente deambula por las calles de tierra: milicianos, fotógrafos y camarógrafos muy rubios y blancos que intentan comunicarse a través de intérpretes, brigadas de música y teatro que han llegado hasta ese rincón para brindar solidaridad. Los gringos que están presentes se mueven sin temor de ser agredidos, como pueden hacerlo -nos cuenta una periodista de una cadena de televisión norteamericana- en cualquier lugar de Nicaragua. Recientemente una reportera de Play Boy contaba cómo había salido a comer una noche en Managua en compañía de Tomás Borge, a un restaurante cualquiera. Un grupo de turistas norteamericanos lo reconocieron y se le acercaron a saludarlo, sorprendiéndose de que no llevara escolta. Le dijeron que tampoco a ellos los habían agredido, que no habían tenido ni un incidente desagradable, a lo cual Borge contestó:"Es que los nicaraguenses, a los únicos norteamericanos que no quieren ver aquí, es a los Marines". En Managua vimos decenas de jóvenes norteamericanos que han viajado para colaborar con la alfabetización, el trabajo en los asentamientos campesinos o lo que venga. Un grupo de ellos llevaba un cartel que decía: "Somos norteamericanos, pero estamos en contra de la política de Reagan en Centroamérica". Un dirigente comunal nos pasea por el pueblo: a los vecinos, orgullosos de estar en la primera línea de fuego, les gusta llevar a los periodistas a los patios de sus casas, para mostrarles los refugios antiaéreos que han construído. Es curioso el contraste: las casas son ranchos de madera, muchas veces con piso de tierra, mientras que los refugios son sólidos túneles de ladrillo, con buena ventilación, algunos inclusive con piso de cemento e instalación de luz. Los vecinos se echan puyas en broma: "ese refugio tuyo es un hueco pavoroso, parece hecho por el enemigo. Mirá el mío, sólo le falta la nevera para mantener las cervezas frías..." Mientras visitamos uno de los refugios, se me acerca un anciano que se presenta de mano: "Alfonso Irias Paguado, hijo del primer alcalde que nombró Sandino en Jalapa, en 1927". Tras unos minutos de charla, me trae un regalo:un viejo álbum hecho a lo largo de los años, muy deteriorado por la humedad, que empieza con fotos de Sandino y su ejército y acaba con recortes de Barricada y fotos de los actuales comandantes. "Lléveselo -me dice- que allá en Colombia lo van a necesitar algún día. Dígale a los colombianos que aquí van las lecciones de una vida de lucha de un viejo sandinista". Y escribe la dedicatoria, con una letra elegante y alambicada: "Como un recuerdo de la gesta del general Sandino en repudio del imperialismo norteamericano".
LOS MUERTOS VIVOS
Tanto Sandino como Carlos Fonseca Amador, el renovador de su pensamiento, asesinado unos meses antes del triunfo, están misteriosamente presentes en todos los lugares que recorremos. Empezando por el Consejo de Estado, en Managua, presidido por una silla vacía, simbólicamente destinada a Fonseca. Parece ser una revolución dirigida por los muertos. En todas las casas sus caras en fotos y afiches, en todas las paredes frases suyas. Y en los pueblos, un salón comunal, llamado el "Panteón de los Héroes", donde hay fotografías, cartas, últimas palabras y una bolsa plástica con ropa de cada uno de los habitantes del lugar caídos en la lucha, durante la dictadura, durante la insurrección o durante la agresión actual. Los dirigentes vivos se hacen invisibles: La Junta de gobierno aparece siempre como un grupo colectivo, donde ninguno se individualiza, y la tribuna de honor ante los ojos de la opinión pública se la han dejado a los dirigentes muertos. Sergio Ramírez relata que el día del triunfo hubo una votación explicita de que así fuera: la revolución la hacía el pueblo, y no los caudillos individuales, de tal manera que ellos debían mantener su propia identidad en sordina. Más allá de Jalapa la situación es tensa. Mediante permisos especiales logramos entrar hasta Teotecacinte, una población evacuada, donde la última víctima, unos días atrás, fue una niñita de cinco años pulverizada por una granada de mortero mientras dormía la siesta en una hamaca. En la escuela vacía se ha atrincherado un grupo de milicianos, que nos señala con el dedo a los guardias de la contra cuyas siluetas se alcanzan a ver al otro lado de la frontera. "Todo el día nos provocan, nos gritan insultos sabiendo que tenemos prohibición rotunda de atacarlos mientras no estén en territorio nica. Le disparan a todo lo que se mueva. Nosotros nos mordemos los labios para aguantarnos las ganas de salir detrás de ellos, de barrerlos de una vez. Pero no lo hacemos porque estamos aquí para defender, no para atacar", dice uno de los muchachos. Otro nos explica que los somocistas entran, emboscan y salen, sin mantener posiciones permanentes. "Por atrás los cubre el ejército hondureño, atrincherado al otro lado de la frontera. Desde allá nos ablandan con artillería, mientras los guardias avanzan por abajo". En Managua nos han explicado que el plan inmediato de los somocistas consiste en tomarse una franja de terreno dentro de Nicaragua, manteniéndola conectada a Honduras por un cinturón de seguridad que les permita recibir apoyo logístico, comida, servicios, etc, del ejército de Honduras. En ese "territorio liberado" nombrarían un gobierno provisional independiente, para el cual, amparándose en el Tratado de Río de Janeiro, pedirían protección y reconocimiento a los demás países.
LAS NUEVAS FASES DE A ESCALADA
Sin embargo, este es el plan que tienen, según cuentan, desde hace más un año, y no han logrado llevarlo a cabo. El consenso general aunque extraoficial, entre dirigentes y mandos medios sandinistas, es que esta ofensiva específica -la de la "contra" apostada en bases en Honduras y atacando desde la frontera- ya ha sido derrotada por los nicaraguenses. De tal manera que si el gobierno norteamericano pretende seguir la guerra, tiene que emprender una escalada a un nivel superior. -¿Qué clase de escalada esperan ustedes? , preguntamos. -"Cualquier cosa", es la respuesta general. Desde el ataque directo del ejército hondureño, hasta el cerco económico, la invasión de Marines, el ataque desde la flota de guerra que tiene cercadas las dos costas de Nicaragua. Hasta la bomba de neutrones, dice Sergio Ramírez: "Yo creo que lo que más le convendría a Reagan sería barrernos con una lluvia de neutrones. Sería la única manera como podría sacarse de encima el problema de Nicaragua. Por cualquier otra vía, tendrá que enfrentarse con la voluntad de todo un pueblo de tomar las armas para defender su país. En ese terreno Reagan sabe que está perdido, porque ni con la guardia somocista ni con Edén Pastora va a lograr ganarse la voluntad de la población nicaraguense". Una noche llegan a Jalapa dos buses llenos de mujeres, que deben tener entre 40 y 60 años. Son 120, y vienen desde Chinandega, tras 12 horas de viaje, para hacer la guardia revolucionaria esa noche en el pueblo. Se reúnen en la Iglesia, donde son distribuidas por cuadras. Cada cual vigila su esquina toda la noche, y a las siete de la mañana se montan nuevamente a los buses, y emprenden de nuevo el regreso a Chinandega. Le preguntamos al organizador: "Como gesto es conmovedor" pero ¿qué valor real tiene que un poco de viejas hagan semejante viaje, cojan un fusil y se pongan a vigilar Jalapa? -"Es más eficaz que si viniera un batallón entero del Ejército -nos contesta. Ellas, con su presencia lo que le están diciendo a los de Jalapa es que están defendiendo una revolución que está viva y que en eso no están solos porque el pueblo entero los respalda". De pronto, algo insólito: dos sacerdotes, fusil al hombro, hacen la vigilancia revolucionaria en una calle. Los dos son españoles, el Padre Ramón y el padre Lusinio, y aparte de atender las necesidades de la parroquia, pasan semanas enteras en las zonas de candela apoyando las brigadas de milicianos y soldados. "Como vecinos que somos del lugar participamos activamente en la defensa y en la vigilancia", es la explicación que dan. Les preguntamos si su actitud no les crea contradicciones con su religión. "Gran parte de la Iglesia Católica en Nicaragua cree que el cristianismo auténtico y una revolución auténtica son la misma cosa". Nos hospedamos en un dormitorio colectivo que los sacerdotes han construido detrás de la casa cural, donde pueden pasar la noche gratuitamente los milicianos y los visitantes que lo requieran. Cuarenta camas camarote con un buen colchón y una cobija de marca rusa. El dormitorio resulta un excelente lugar para la charla: todos tienen historias de guerra por contar noticias frescas de los distintos frentes para intercambiar. Empieza a entrar por la ventana un olor que abre el apetito: es que el padre Lusinio está preparando su famoso "conejo al ron blanco", que le ha dado renombre de buen cocinero en toda la región. De repente se abre un tiroteo tupido de ametralladora que suena muy cerca. Salimos a la estampida hacia el refugio antiaéreo, y nos encontramos con que en la calle la gente sigue conversando y paseando apaciblemente. "No pasa nada, -nos dicen-. Son los muchachos nuestros que los viernes por la noche se divierten con tiros al aire. El pueblo ya sabe distinguir entre el ruido de las balas amigas y de las enemigas..."
COSECHANDO LAS BALAS
La zona fronteriza con Honduras es agrícolamente rica; se producen los granos básicos -maíz, café y fríjol- el agua abunda, y se levantan varios miles de cabezas de ganado. El guía nos explica que, sin embargo, la vieja estructura latifundista perpetuó la pobreza de los campesinos de la región, y la pobreza y el atraso son factores que, en las actuales circunstancias, pueden jugar a favor de los somocistas. El gobierno sandinista así parece interpretarlo, y está levantando aceleradamente proyectos de "asentamientos campesinos", basados en cooperativas y trabajo colectivo de la tierra. Visitamos uno en funcionamiento, "La Estancia", y otro en construcción, "El Escambray". "La Estancia" está ubicada sobre el filo mismo de la frontera, y recoge 30 familias campesinas que antes vivían esparcidas por los alrededores, muy golpeadas por los ataques de la contrarrevolución y por la pérdida de cosechas debido a la guerra y, contradictoriamente, expuestas a la órbita de influencia de los somocistas. Algunos de sus miembros, en efecto, habían cruzado la frontera para alinearse del otro lado. Ahora, la comunidad vive en una concentración de sólidas casas de madera, tienen médico, maestra para la escuela, técnicos que asesoran la producción agrícola, comedor colectivo para los niños y una cooperativa que maneja los gastos de la colectividad y negocia las cosechas directamente con organismos gubernamentales. Cada campesino tiene además un arma, y hace parte de la milicia del asentamiento. En Managua, Joaquín Cuadra, el ministro de Finanzas nos había dicho: "Bajo las circunstancias de la agresión. sólo hay una fórmula para llevar adelante la reforma agraria; cada campesino que recibe tierra, recibe además un fusil para defenderla". Así, la agresión ha repercutido en una radicalización de las medidas de reforma agraria en las zonas afectadas. De las 260.000 hectáreas de tierra que se repartirán a los campesinos este año, 100.000 están ubicadas en tierras fronterizas. El plan para los próximos tres años es entregar un total de 3'500.000 hectáreas. Estas incluyen no sólo antiguas pertenencias de Somoza y latifundios inadecuadamente explotados, sino haciendas expropiadas a terratenientes que colaboren activamente con la contrarrevolución. Los asentamientos campesinos obedecen tanto a una medida económica, como al concepto de "defensa popular". el objetivo es que se conviertan en fortalezas económicas y militares de la revolución, para que la "contra" no pueda penetrar, ni afincarse en el terreno. Otra consigna pintada en todos los muros: "Defensa y producción, una sola trinchera". No dejar caer la producción agrícola es una meta central en Nicaragua, aún en las áreas críticas. Nos cuentan que hace unos meses, cuando estuvo a punto la cosecha de café, se trazaron la meta de recoger por lo menos el 50%, a pesar de la agresión. "Las gentes cosechaban el café mientras las balas les silbaban sobre la cabeza. Algunos cayeron muertos en la tarea, pero se logró recogerel 75%". En todos los pueblos que recorremos, encontramos una que otra casa con un letrero que dice "Aquí vive un contra ". Los vecinos ubican a los somocistas que viven dentro del país y los aislan, cortándoles todo nexo con la colectividad. Sin embargo no los matan; vimos incluso como en alguna parte los de la "vigilancia revolucionaria" custodiaban estas casas para impedir que sus habitantes fueran agredidos. Los sandinistas han querido que la filosofía que los rija en este campo sea la consignada en la frase de Carlos Fonseca Amador, traída a la memoria por miles de afiches y vallas:"Implacables en el combate, generosos en la victoria". La Junta de Gobierno se precia de que salvo casos aislados, que han sido debidamente castigados, esta política se ha logrado mantener: "Esta ha sido una revolución sin fusilamientos". Esto explica el hecho que muchos de los jefes que hoy comandan las fuerzas somocistas en Honduras, hayan pasado previamente por las cárceles sandinistas, y hayan sido dejados en liberad. Por otro lado, el horror a la sangre le ha traído al gobierno sandinista resultados positivos: le permitió integrar masas de católicos, evangelistas y otros abanderados de la paz y la no violencia, que hoy se encuentran cómodos en las filas de la revolución, y participan activamente en la defensa. Durante los días que pasamos en Nicaragua, se puso caliente el problema de la censura a la prensa de oposición. El diario La Prensa, de Pedro Joaquín Chamorro Barrios, hijo de doña Violeta, fue cerrado durante 24 horas. Unos días antes, habíamos entrevisitado a Chamorro, quien protestó amargamente por la mordaza que le imponían los sandinistas. "Hoy no más nos quitaron una nota sobre un reo que lleva tres meses preso y no lo juzgan. Tampoco nos dejan denunciar que la injerencia estatal es total: hablan de economía mixta, pero parece que el mixto lo entendieran en términos de 1% de empresas privadas y 99% estatales". Los dirigentes sandinistas con quienes hablamos reconocen que hay limitaciones a la libertad de prensa, que ellos justifican por la situación de agresión. La Prensa, que destaca arbitrariedades internas, ha mantenido la boca cerrada sobre la ofensiva somocista y norteamericana. Sergio Ramírez, en una oportunidad en que los periodistas compararon las restricciones a la información en Nicaragua con la libertad de expresión en Norteamérica dijo que se preguntaba qué haría el gobierno de Reagan si el New York Times o el Washington Post estuvieran directamente ligados a organizaciones terroristas. De regreso a Managua, vamos interrogando a los ocasionales pasajeros, que recogemos en el jeep, sobre qué expectativa tienen en las negociaciones de Contadora. Todos están informados, las ven con buenos ojos y las siguen con interés. Pero para estas gentes, a diario ocupadas en cavar trincheras, armar y desarmar fusiles, vigilar metro a metro el territorio de las fronteras, el problema de las negociaciones diplomáticas se ve como una fase más entre las muchas que tiene el discurrir de un guerra que, aunque aún se encuentra en una fase rudimentaria, nadie puede negar que ya está puesta en marcha. En medio de la conversación, alguien trae a cuento que Reagan ha dicho que no dejará que haya paz en Centroamérica mientras no caiga el gobierno sandinista. Connie Urtecho una dulce maestra-periodista que nos ha servido de guía durante los 15 días de recorrido, interviene: Le va a quedar difícil. Antes tendría que matarnos a todos"

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