Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1997/05/26 00:00

NO TE RAJES

La asociación de la Flota Mercante Grancolombiana con una compañía mexicana constituye una estrategia de supervivencia en tiempos de globalización.

NO TE RAJES


Durante varias décadas, para muchos colombianos hablar de la Flota Mercante Grancolombiana era casi como hablar de un símbolo patrio. Por eso varios observadores quedaron desconcertados cuando a fines del año pasado se empezó a rumorar que la Flota sería adquirida por una empresa marítima mexicana. Aunque al final la historia de la adquisición terminó siendo falsa, la verdadera operación resultó igual de sorprendente: la Flota Mercante Grancolombiana había decidido asociarse con la firma Transportación Marítima Mexicana TMM para constituir la empresa naviera más grande de América Latina.
¿Qué llevó a la empresa insignia de la economía colombiana a asociarse en condición minoritaria con la empresa azteca? Sin duda fue la necesidad de encontrar un esquema que le permitiera adecuarse a las nuevas condiciones de la economía internacional y sobrevivir en un mercado cada vez más competido.
Hasta comienzos de esta década el negocio naviero en América Latina era próspero y tranquilo. Las normas sobre reserva de carga generaban en la práctica un monopolio en cada país para las navieras nacionales. En el caso colombiano, la norma le garantizaba a la Flota el 50 por ciento del negocio, mientras que el resto sólo podía ser atendido por firmas asociadas, con tarifas iguales a las de la empresa nacional.
Pero todo cambió con la apertura de las economías de la región y la eliminación de la reserva de carga. A comienzos de los 90 las grandes navieras del mundo se encontraron con que en América Latina se había abierto un atractivo mercado. Así, de la noche a la mañana las empresas cargueras latinoamericanas se vieron enfrentadas a compañías internacionales más eficientes que ellas, con una cobertura geográfica más amplia en sus rutas y con menores tarifas por los volúmenes de carga transportados.
Las directivas de la Flota Mercante Grancolombiana comprendieron que con semejante situación había llegado la hora de hacer una alianza estratégica. Con ese propósito la administración puso en venta el 45 por ciento de la empresa en 1993 pero no tuvo éxito, en buena parte debido a su inmensa carga pensional. Por eso la Flota separó el negocio naviero de sus demás operaciones para brindarles a los potenciales socios una oferta atractiva. Como parte de ese esfuerzo la Flota constituyó una fiducia con los activos que respaldan el pasivo pensional y separó de los activos relacionados directamente con la operación naviera sus inversiones en empresas de otros sectores como las que tiene en Aces y Almadelco, así como algunas inversiones operativas.
De esta manera la firma colombiana pudo concretar el 23 de enero de este año su asociación con la empresa naviera mexicana. Los aportes de la Flota para la nueva empresa, llamada Transportación Marítima Grancolombiana, fueron sus activos relacionados con el negocio de transporte marítimo. El aporte de TMM estuvo representado en capital y tecnología empresarial, generada en un mayor conocimiento de diversos servicios del negocio naviero que la empresa colombiana no ha explorado. Y lo cierto es que la experiencia le ha dado buenos resultados a la firma azteca, pues el año pasado la empresa reportó uno de los márgenes operacionales más altos del sector a nivel mundial.
De esta manera, aunque para algunos resulte difícil aceptar la transformación de la Flota Mercante Grancolombiana, la decisión de la naviera colombiana es tan sólo una muestra del dilema que la globalización de la economía mundial ha impuesto a muchas empresas
latinoamericanas: asociarse o desaparecer.

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