Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2004/05/30 00:00

Noviembre 21 de 1915 <br>El cine que no pudo ser

La gloria y el desastre de una película sobre el asesinato de Rafael Uribe Uribe marcó el comienzo tormentoso del cine en Colombia.

Noviembre 21 de 1915 <br>El cine que no pudo ser

Debió haber sido el 21 de noviembre de 1915, en una parroquia de nombre Bogotá, el día y lugar del estreno de la que 'se supone' fue la primera película de largometraje 'construida' en Colombia. No se pueden meter las manos al fuego para defender estos datos, pues la desmemoria nacional no le tiene fecha exacta al acontecimiento, y además la película en cuestión no existe, es una nube de humo, polvo y malos recuerdos. De ella sólo queda su registro en unos pocos recuadros de revistas o periódicos que nos permiten saber que causó cierto escozor.

El drama del 15 de octubre, pomposo nombre de nuestra película, fue obra y gracia de los hermanos italianos Francesco y Vincenzo Di Domenico, y del primo de ambos,

Giovanni, quienes años antes, en una fecha por resolver de 1909 (y en un teatro que se pudo llamar Novedades o tal vez Variedades), montaron la que se cree fue la primera presentación pública de un programa de cortos cinematográficos que merezca recordarse.

El sufrido lector dirá que suponemos demasiado y vacilamos más, pero es que cuando se trata de cine colombiano, todo es un acto de fe. De hecho, según la arqueología más reciente, es El triunfo de la fe de 1914, y del también italiano Floro Manco, la ópera prima nacional; contrario a lo que su título permitiría suponer, es una película sobre el progreso de Barranquilla o sobre una tienda de nombre La Fe.

Pero sigamos con El drama... Si apostamos por el 20 ó 21 de noviembre, es porque el 23 y 24 de noviembre del mismo año, en dos notas sueltas del diario El Liberal de Barranquilla se informa que El Liberal de Bogotá y la familia del general Rafael Uribe Uribe han protestado airadamente contra una película que representa o pone en escena el asesinato de este aguerrido general que se levantó contra el gobierno conservador, encabezó las huestes liberales en la guerra de los Mil Días, sufrió por el zarpazo que nos arrebató a Panamá, lideró periódicos, escribió a granel y que en la época de su magnicidio era un senador progresista que soñaba con un socialismo de Estado (se especula que en el momento del atentado llevaba en el bolsillo el texto de un proyecto de ley sobre indemnización por accidentes de trabajo).

"Gordos y satisfechos, en una glorificación criminal y repugnante", así describían los parroquiales medios de la Colombia de entonces la aparición in fraganti de dos artesanos, Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal, que un año antes, en 1914, habían pasado a hachazos al general Uribe Uribe en una acera próxima al Capitolio.Esta "exhibición cínica de los asesinos" fue la gloria y el desastre de nuestra película más efímera y tormentosa, y la primera, eso sí, que alertó sobre las posibilidades de un cine que registrara la historia inmediata del país, y no las inocentes postales turísticas o piadosas.

La película comenzaba con un retrato del general, seguido de la operación que se le practicó antes de morir, imágenes documentales del entierro y la piedra de escándalo, la aparición de los 'envalentonados' autores materiales del crimen, Galarza y Carvajal, trajeados con sus mejores ropas, y dispuestos a todas las tomas a las que con anterioridad se habían negado. "En Bogotá se preguntaba todo el mundo cómo habían logrado los constructores de los films que los dos sindicados se prestaran tan voluntaria y descaradamente a que se comerciara con sus imágenes. Todos sabíamos la respuesta negativa y grosera que Galarza y Carvajal dieron en repetidas ocasiones a algunos fotógrafos de la prensa que se acercaron a retratarlos".

Después se supo que los dos artesanos habían recibido 50 dólares por el pleno consentimiento a su aparición en la película, aunque a estas alturas no es seguro que los hayan recibido, pues el dinero fue entregado al Síndico del Panóptico, y la decisión de si era lícito que fuera o no recibirlos.

Francesco Di Domenico recuerda en sus memorias: "Filmamos (...) los funerales del general Uribe Uribe, su autopsia y a los sindicados, escondiéndonos en todos los rincones del Panóptico para poderlos tomar in fraganti y no en pose forzada. La película desgraciadamente fue prohibida para su exhibición en toda Colombia, por medida de orden público". Pero que se presentó se presentó; la prueba es que en Girardot, un airado espectador disparó contra el retrato del general que aparece en el primer plano de la película y perforó el telón del teatro, y que hubo jueces que la permitieron y comentarios favorables como el que se hizo después de un ensayo privado en Medellín: "Película interesante que no contiene ningún pasaje inconveniente. Al contrario se ve allí la manifestación formidable del dolor nacional, y los pomposos honores".

Sin embargo, después de algunas exhibiciones aisladas en distintos lugares del país, y del esfuerzo de don Francesco por recortarle a la cinta los "peores cuadros" para hacerla menos explosiva, las fuerzas reaccionarias lograron lo suyo y por medio de las juntas de censura departamentales la película fue prohibida, y después destruida y olvidada, hasta convertirse ahora en una anécdota pintoresca y macabra a la vez. Porque lo que se prohibió entonces fue al cine como motor de progreso, como testigo y juez, y se le condenó al triste papel de ilustrador de la moral pública y las buenas y sanas costumbres.

El escándalo y la prohibición, los escabrosos titulares de los periódicos que la calificaban de "película inmoral" fueron un duro golpe para la empresa de los Di Domenico y para la incipiente industria nacional de cine. Su intento vanguardista, por medio del cual pretendían ganarse la atención del público con un tema actual y llamativo, se les devolvió como un bumerán. La consecuencia fue que en los años siguientes decidieron 'hablar pasito' y 'pasar agachados', y el proyecto de producción regular de películas, iniciado en ese mismo 1915 por los Di Domenico, sufrió su más duro golpe.

Jorge Nieto y Diego Rojas lo dicen categórica y nostálgicamente en su libro Tiempos del Olympia, a propósito de los hermanos italianos: "Después no volverían a producir hasta 1919, cuando se intentó de nuevo tímidamente con 'noticieros'. La maldición que pareció caer sobre 'El drama del 15 de octubre' no ha permitido saber si fue corta o larga, aunque su duración debió ser considerable, porque fue presentada sin acompañamiento de otros títulos. La sensibilidad alterada por la proyección de aspectos conflictivos de la vida nacional comenzó aquí a hacer carrera".

No conviene seguir 'suponiendo' qué habría pasado si el incipiente negocio de los Di Domenico no hubiese sufrido el revés de El drama del 15 de octubre. El cine siguió -y la vida también-, pero como algo de lo que nunca fuimos dueños. La costumbre de ir a los teatros y familiarizarse con las divas y divos de allende las fronteras transformó las costumbres de la gente, modificó las maneras de pensar y guió nuestros sueños. El cine, desde las primeras décadas del siglo XX, fue uno de los primeros acercamientos que como sociedad tuvimos a lo moderno.

Todavía ir a cine, o incluso verlo en la comodidad de la poltrona familiar, es lo primero a la mano para evadirnos de las asperezas de lo real, conocer otras culturas y formas de pensar y tener la certeza de que el mundo no acaba en la esquina del barrio. Las formas de ir a cine han cambiado, pero la sustancia que nos lleva a encerrarnos en una sala oscura o aceptar como real lo fingido es la misma: No soportamos demasiada realidad. ¡Que viva el espectáculo! Y que no crean que les damos por eso la razón a quienes censuraron, por exceso de realidad, El drama del 15 de octubre.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.