Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1997/11/10 00:00

OBSESIONADOS CON LA IMAGEN

OBSESIONADOS CON LA IMAGEN

Hace algunas semanas un editor me llamó desde Bogotá para decirme que esta revista iba a publicar una edición especial. Podría haber adivinado el tema antes de que él me dijera: "Cómo nos ven". ¡Qué sorpresa! Cómo nos ven. Nunca he visto un país tan obsesionado con su imagen. Ni Venezuela. Ni Perú. Ni Rusia. Ni España. Bueno, tal vez Argentina. Como Colombia, a Argentina verdaderamente le importa lo que el resto del mundo dice sobre el presidente Menem, sobre el Che y Diego Maradona, sobre las Malvinas. Y con razón: Argentina está en el fin del mundo; está desesperada porque alguien, cualquiera, le ponga atención.Entonces, ¿cómo vemos los norteamericanos a Colombia? ¿Malo, bueno o medio raro? Les digo: no ven, no piensan, ni les importa un comino Colombia. Colombia no existe en la mente de los norteamericanos excepto por algunos pocos importadores de café, ejecutivos petroleros, vendedores de flores y otros ejecutivos empresariales, como también algunos agentes antidroga. Para el resto de los norteamericanos, Colombia es tan importante como Rodhesia. Y Rhodesia dejó de existir hace 17 años. ¿Cuántos norteamericanos creen que pueden nombrar al Presidente de Colombia? Si se les diera un examen, de selección múltiple, probablemente escogerían a Gabriel García Márquez o Juan Valdez, el hombre con el bigote en la propaganda de café. (Y si entiendo bien las encuestas, hasta los colombianos hoy en día votarían por un gobierno de Gabo, y de pronto hasta de Juanito.) Los norteamericanos no pueden encontrar a Colombia en el mapa. Acostúmbrense: cada año nos convertimos más en un país insular de bobos y adictos a la televisión. La mayoría de la gente en Estados Unidos ya no lee noticias internacionales. Están muy ocupados pagando cuentas o desperdiciando tiempo en trancones o llevando a sus hijos a partidos de fútbol.Eso no es (totalmente) malo, por supuesto. En el futuro será menos probable que intervengamos en países de Centroamérica y Suramérica. No más patrocinios para golpes en Guatemala, no más gastos de millones de dólares en una guerra civil en Nicaragua _un país donde ni siquiera han podido reconstruir el centro de Managua 25 años después del terremoto_.¿Qué quiere que en verdad diga sobre Colombia? ¿Que lo vemos como un país de narcoimperialistas, secuestradores y con un líder que recibió contribuciones a su campaña de algunos caballeros de Cali que no pueden explicar su fortuna? ¿Acaso eso satisfaría sus estereotipos de nuestros estereotipos? Déjeme voltear la pregunta: en Colombia, ¿cómo ven mi país? Después de haber vivido en Bogotá por más de cuatro años creo poder responder. Los norteamericanos, usted dirá, son personas confundidas, drogadictas que sufren de una plaga de crimen, animosidad racial, escuelas públicas terribles y familias desmembradas. Si eso es lo que usted contestaría, usted debe haber visitado recientemente Miami, Nueva York o Washington.La única buena noticia es que en Estados Unidos _no como en ciertos países_ nosotros reconocemos nuestras fallas públicamente. Condenamos a nuestros líderes públicamente cuando están equivocados. Y nuestro Congreso puede emprender una investigación agresiva, minuciosa y transparente de contribuciones sospechosas a la campaña recibidas por nuestro presidente. Lo mismo ocurre en Colombia,
¿verdad?
Ahora volvamos a darle vuelta a la pregunta: lo que importa no es cómo los españoles o los norteamericanos o los ingleses ven a Colombia. Es mejor preguntar: como colombianos, ¿cómo ven a Colombia?El patriota responderá _y correctamente_ que Colombia tiene recursos increíbles, universidades excelentes, gente muy trabajadora. Y artistas y escritores brillantes. Ha sido una democracia por más tiempo que cualquiera de sus vecinos.El verdadero patriota también criticará su propio país, ya que solamente resaltando lo malo es que podemos mejorar nuestros barrios, nuestros departamentos, nuestros gobiernos. Colombia está llena de maravillas, pero le caerían bien autocríticas más profundas. Por ejemplo, hace algunos años, hacia el final de mi estadía en Colombia, escribí una serie de historias sobre cómo el narcotráfico había infectado muchas instituciones, incluyendo la aviación civil, gobiernos locales, el Congreso, la Presidencia y la Iglesia. Un periódico importante en Bogotá cubrió la noticia con un titular que decía, más o menos: 'Samper niega las acusaciones'. Bueno, excepto que el artículo nunca explicó cuáles eran las acusaciones. ¿Cómo podían los políticos criticarme por criticarlos a ellos si nadie pudo conocer la crítica? De la misma manera varios amigos colombianos me contaron que ciertos funcionarios en el gobierno dijeron que yo había sido demandado y que había perdido esa demanda. Bueno, ese es un chisme fascinante. Absolutamente fascinante. También es mentira. Muchas veces los periodistas colombianos en Estados Unidos cubren malas noticias; los reporteros norteamericanos en Colombia hacen lo mismo. Como muchos corresponsales extranjeros con base en Bogotá, encontré algunas buenas noticias para presentar. Pero no siempre fue fácil. Ejemplos:
·Mientras escribía sobre reporteros valientes durante la ola de violencia de Pablo Escobar de 1990, conocí a Julio Daniel Chaparro en El Espectador, un poeta y periodista muy simpático. Más tarde, cuando escribía sobre violencia, fue asesinado.
·Dos colegas y yo viajamos al Parque de Chingaza para escribir sobre unos inspiradores esfuerzos por salvar al cóndor de los Andes. Pasamos un fin de semana con un joven e inteligente biólogo llamado Juan Manuel Páez. Unos días después le dispararon en la cara mientras conducía a sus sobrinos al colegio en Bogotá.
·Cuando investigué una historia sobre los magníficos artistas plásticos colombianos, alguien llamó y me contó que dos de las galerías que iba a alabar en realidad lavaban dinero. Cuando escribí sobre las tan hermosas reinas de belleza, supe de los nexos de la mafia con varias de ellas.
·Hace algunos años, quería escribir sobre el boom económico legítimo en Cali, pero fui advertido de no mencionar a ciertos criadores de huevos y o ciertos hoteles. No diré nada más que eso. Ustedes, ¿cómo ven a Colombia? De pronto se preocupan por la corrupción y el tráfico de armas causados por el narcotráfico y ustedes ciertamente saben que los consumidores norteamericanos tienen la culpa. Pero nosotros no creamos todos sus problemas. ¿Por qué tiene Colombia aún células activas de las Farc, EPL y ELN mientras que las guerrillas no han existido por muchos años en países vecinos como Brasil, Venezuela, Ecuador o Panamá? ¿Por qué no se puede tomar un bus desde Santa Marta hasta Pasto o desde Buenaventura hasta Cúcuta sin preocuparse por robos y secuestros? Cuando estudié en la Universidad de los Andes durante un verano a principios de los 80, Bogotá era una ciudad encantadora, y bastante segura. Yo tomaba el bus por la séptima todos los días. Caminaba en los barrios alrededor de Rosales y la Pepe Sierra, en donde los niños jugaban baloncesto en los parques después del colegio y las familias se reunían en sus casas los domingos para almorzar. Ahora los periódicos están llenos de historias sobre atracos y problemas de burundanga en el transporte público. ¿Y dónde están esos parques? ¿Cómo puede ser que los constructores hayan destruido aquellas casas hermosas? Al abandonar sus viejas ciudades y construir suburbios lejanos cercados por rejas, están imitando lo peor de Estados Unidos. Ustedes lo saben, para un país que está tan preocupado por su imagen Colombia hace muy poco por proteger su apariencia. Esto me trae al problema más grande: destrucción ambiental. Eso es de lo que los políticos colombianos deberían preocuparse en vez de agonizar sobre lo que se escribe en los medios norteamericanos. Colombia es, sin duda, uno de los países más hermosos del mundo. Pero está talando sus bosques. Está contaminando sus ríos con químicos y basura (y petróleo de los oleoductos bombardeados por las guerrillas, las que dicen representar 'el pueblo' pero son más estúpidos que mi perro). Colombia está botando humo de los carros y fábricas al aire, especialmente en Bogotá, donde el smog es asqueroso. Bogotá es la sede del poder, la base de inmensas corporaciones y grandes profesores. ¿Por qué no podía haber construido un minimetro o un tren eléctrico para disminuir el tráfico? En Sevilla, Antioquia, vi un pueblo donde los mineros de oro botaban el mercurio al agua. En las colinas áridas de Boyacá vi lo que pasa cuando se destruyen los bosques. Cada vez que voy a las playas del Caribe me enfermo de ver las aguas residuales que se botan al océano. Cartagena podría ser un destino turístico como Miami Beach. Debería gastar más dinero en tratar sus aguas negras como lo hace Miami Beach. La pregunta mientras llegamos al año 2000 no es cómo los estadounidenses vemos a Colombia, o cómo los colombianos ven a Estados Unidos. ¿Qué importa? El asunto urgente es qué vamos a hacer para tener un país mejor que dejar a nuestros hijos. Tanto para los estadounidenses como para los colombianos.
fue corresponsal en Colombia para el Dallas Morning News hasta 1995. Primer periodista extranjero en publicar los narco casetes. Ganador del premio Pulitzer de periodismo. Actualmente trabaja con el Boston Globe.

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