Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2006/06/24 00:00

País de mitómanos

Por razones no muy bien explicadas, el colombiano se cree lo mejor y lo peor del mundo. Un síndrome de raza distinta que lleva a extremos delirantes

País de mitómanos

El segundo himno más lindo del mundo después de La Marsellesa.

Los mejores escarabajos del mundo. El mejor café del mundo. Los mejores pilotos del mundo. Las orquídeas más lindas del mundo.Las mujeres más lindas del mundo.Es que tenemos todos los climas.

La lista se podría hacer eterna. Porque en el imaginario febril de los colombianos de todas las épocas y pelambres siempre ha habido y habrá infinidad de motivos de orgullo que se reflejan en clichés que de tanto repetirse se vuelven verdades colectivas jamás comprobadas y que muchas veces los mismos hechos se encargan de desmentir de manera cruel y despiadada.

A veces son el resultado de una simple exaltación del paisaje, de alguna tradición. Ejemplo de lo anterior es el largo listado de amables descripciones del tipo 'ciudad de la eterna primavera', 'sucursal del Cielo', 'corralito de piedra', 'puerta de oro de Colombia', 'la perla del Otún' o 'la bahía más linda de América'. A veces toman forma de estribillo de canción difícil de ratificar cuando uno reconoce el terreno: "Bello puerto de mar, mi Buenaventura".

Cada región, por supuesto, también ha creado paradigmas que se volvieron mito y verdad absoluta. Que los paisas son trabajadores. Que los vallunos bailan salsa superbién y que sus mujeres son divinas (Las caleñas son como las flores). Que los santandereanos son furiosos. Que los costeños son alegres, amables y extrovertidos. Que los boyacenses son tímidos. Que los rolos somos inmamables (más que un cliché es una triste realidad). La mezcla de todo lo anterior da un inesperado resultado: "los colombianos somos berracos".

Con nuestro pasado indígena no sabemos muy bien qué hacer. Por un lado nos encanta exaltar la malicia indígena así como el temple de civilizaciones guerreras que se resistieron a los españoles. En el colegio nos encantaba leer y releer el párrafo que en los textos de historia patria le dedicaban a La Gaitana. Pero también le damos el calificativo de indio a todo aquel que no se comporte 'comme il faut'. Al atracador, al apartamentero, al guache, al cafre, en fin, al ciudadano que no pone su malicia indígena a nuestro servicio. "Mucho indio, no me prestó su comprimido en el examen de física".

Y si por el lado de la geografía y la etnografía llueve, por el de la historia no escampa. Nuestra historia patria, tan poco fértil en materia de hazañas militares comparables a Waterloo o Stalingrado, nos obliga a conformarnos con exaltar escaramuzas y asedios de rango muy menor. Un ejemplo de lo anterior es que a Cartagena se la conozca como la 'Ciudad Heroica'. Por suerte nuestro pasado no es sólo un mar de guerras civiles. Esa historia agreste, propia de una geografía tan difícil de recorrer que sólo se podía hacer en los lentos barcos que navegaban el Magdalena y a lomo de mula hizo que la aviación marcara un antes y un después muy significativos.

Una y otra vez repetíamos con orgullo que Colombia había pasado 'de la mula al avión'. Las hazañas de Méndez Rey y Camilo Daza muy pronto convencieron al país que nuestros pilotos eran los mejores del mundo. Durante décadas crecimos con una veneración hacia Scadta y luego Avianca que hizo posible que se regara como pólvora la leyenda de que esta era 'la aerolínea más antigua de América y la segunda más antigua del mundo después de KLM'. Un mito que se cae cuando se lee cualquier libro serio sobre la historia de la aviación civil en el mundo. Veneración que el mal servicio que prestó Avianca durante los 80 y parte de los 90 transformó en aversión por nuestra aerolínea bandera.

Muchos otros paradigmas no son más que simples paliativos para disimular el complejo de inferioridad que suele acosar a los latinoamericanos, siempre a mitad de camino entre el paleolítico inferior y la civilización: ese afán por alcanzar el rigor de los alemanes, la precisión de los suizos, la cultura de los franceses...

De allí esa afición tan propia de este lado del mundo a intentar un símil europeo. 'Uruguay: la Suiza de Suramérica'. 'Buenos Aires: el París suramericano'. A nosotros nos tocó nada menos que 'Bogotá: la Atenas Suramericana'. Al final, cuando las elites cachacas cambiaron París y Londres por Miami y Los Ángeles, éramos Atenas porque la ciudad estaba en ruinas y, más adelante, pasamos a ser 'La Tenaz Suramericana'.

A veces el culto a la humildad nos hace pasar al otro extremo. Es decir, autorretratarnos con un exceso de arrogancia que da risa: "Los colombianos somos madrugadores, emprendedores, trabajadores, recursivos y echados pa' lante". Como si los coreanos, los vietnamitas, los cingaleses, los bengalíes y 10.000 etnias más de los cinco continentes no respondieran también a esa definición.

Pero como la realidad no se puede tapar con las manos, la autocrítica a ratos aparece cuando explicamos toda suerte de absurdos político-administrativos con la frase: "esto sólo pasa en Colombia", aseveración que muy fácilmente se transforma en "esto sólo pasa en Macondo". O en Locombia.

De allí a esos imaginarios con los que buscamos tapar o justificar las atrocidades de algunos de nuestros compatriotas (bandoleros, guerrilleros, narcos, traquetos, paracos) no hay sino un paso, que se resume en la frase-consuelo "somos más los buenos que los malos".

Somos más los buenos que los malos pero nadie nos quita que somos avispados, que tenemos malicia indígena, es decir, que a la hora de estafar y robar también somos superdotados,

Porque, aunque nos duela, desde el lado de la maldad también llegan imaginarios-cliché que nos retratan de manera dolorosa y muchas veces injusta: "los colombianos son ladrones", "los colombianos son narcotraficantes", "nunca confíe de un colombiano", "esta ciudad se dañó desde que se llenó de colombianos", "claro, obvio, era colombiano".

Tan mal pinta la cosa por culpa de esos clichés de violencia y deshonestidad, que nuestros símbolo más negativo, y de lejos, es el pasaporte.

Millones de colombianos que se sienten orgullosos de su himno, de sus paisajes, de su aguardiente hecho "con cañas de mis valles y anís de mis montañas" mueven cielo y tierra para conseguir pasaporte gringo o español o de donde sea, con tal de no tener que mostrar el pasaporte colombiano en un aeropuerto.

* Editor de Cultura de SEMANA

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