Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2002/09/16 00:00

¿Para qué estudiar ciencias básicas?

Padres de familia, favor abstenerse de leer este artículo.

La razon fundamental es porque su estudio produce satisfacciones, comparables a las que se sienten cuando se contempla un paisaje desde las alturas de una alta montaña o la que experimenta un deportista cuando triunfa en una competencia.

¿Se han puesto ustedes a pensar por qué generalmente las cosas agradables de la vida están rodeadas de prohibiciones o culpas? Algunas de estas restricciones tuvieron sentido. Por ejemplo, limitar el consumo de carne de cerdo en los países de Oriente Medio cuando en esta región los animales de pezuña hendida competían con la escasa tierra cultivable, o la restricción a la ingestión de carne de res en la India, por ser estos animales indispensables para el arado antes de ser reemplazados en otras zonas por el tractor. Es natural la prohibición en muchas sociedades del consumo de carne de caballo. Pero, tal vez, las mayores prohibiciones se dirigen a impedir que una amplia parte de la población pueda adquirir conocimientos profundos sobre la naturaleza. La razón es que en esta forma se diluye el poder de las castas sacerdotales, de los magos y de los hechiceros.

El castigo a quienes osaran comprender el mundo era terrible. La expulsión del Edén fue la pena impuesta a Adán y a Eva por atreverse a comer el fruto prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal, que les permitía "ser como dioses". Prometeo, al robar el fuego -la sabiduría- al dios Zeus y ponerlo al servicio de los hombres, sufrió un terrible castigo: fue encadenado a una montaña y todos los días un águila le devoraba el hígado, que se regeneraba en la noche. Si estos mitos les parecen muy antiguos recordemos hechos históricos. Durante el Renacimiento fue condenado Giordano Bruno a la hoguera por atreverse a postular que el mundo era comprensible por los seres humanos. Casi en la misma época, en Italia, algunos predicadores propusieron prohibir la enseñanza del álgebra (no pocos bachilleres lo hubieran aplaudido) porque alejaba al hombre de Dios. Galileo planteó que el conocimiento científico producía un verdadero "éxtasis de placer" cuando decía que si se conoce la expresión matemática de un fenómeno natural se alcanza el mismo nivel de comprensión que Dios tiene del mismo. Por mucho menos el pionero de la ciencia moderna casi termina en la hoguera.

En el pasado las sectas científicas exigían conocimientos o habilidades especiales para que un iniciado fuera admitido -una especie de examen del Icfes-. La escuela pitagórica pedía la construcción con regla y compás del pentágono regular, los renacentistas una comprensión de los llamados textos herméticos atribuidos a Hermes Trismegisto. Hoy no es necesario pasar por estas difíciles pruebas de admisión, sólo el disfrute por el conocimiento y soportar una que otra broma de regular gusto. Lo que se debe advertir es que el estudio de la ciencia causa adicción y estimula la producción de endorfinas. Estas se producen cuando se resuelve un problema o se entiende un fenómeno natural. Se especula que puede desencadenarse una sensación similar a la que produce un deporte extremo.

Claro que hay otras razones para estudiar ciencia, además de romper tabúes y mitos o demostrar que el mundo de los 'iniciados' no es cerrado. Citaré algunas:

Se entiende más fácilmente lo abstracto que lo concreto. Así es más simple aprender a utilizar un sistema de transporte masivo, observando el mapa de la red que simplemente preguntando o descubrirlo por ensayo y error. Se comprenden más fácilmente las funciones de los órganos del cuerpo con un esquema de éstos que con la contemplación inicial de un cadáver. Obviamente, después de la etapa abstracta se pasa a la concreta.

Se requiere menos esfuerzo para transitar de los conceptos generales a los particulares. Es bueno recordar que la naturaleza con sus leyes de mínimos avala la hipótesis de que "la pereza es la madre de todos los inventos". La física y la matemática se construyen con pocos axiomas y principios, los diferentes temas son casos particulares. La belleza está en lo simple, aunque las consecuencias son profundas. El camino inverso de lo particular a lo general requiere mayor esfuerzo y genera menores resultados. Galileo lo comprendió bien cuando, en su tratado de máquinas, en lugar de explicar infinidad de mecanismos particulares redujo el estudio a un solo principio: la palanca.

Los cambios tecnológicos se dan a gran velocidad, es casi imposible comprender, utilizar y modificar los múltiples objetos que se patentan y se comercializan. Sin embargo los principios básicos que los rigen son estables y reducidos: la mecánica newtoniana; la termodinámica clásica; la teoría cuántica; la relatividad especial; el electromagnetismo. Las matemáticas necesarias para comprender, diseñar y modificar los dispositivos tecnológicos eran ya conocidas en la última mitad del siglo XIX.

Es más simple para un científico recorrer el camino hacia la técnica que para un técnico el sendero inverso.

Es posible que las anteriores razones no sean suficientes para convencer a sus padres del 'patrocinio' de una carrera de ciencias. No aconsejo responder, como lo hizo Laplace a Napoleón, cuando éste le preguntó por qué había que apoyar la Academia Francesa de Ciencias, en medio de las prioridades de la guerra: "Por el honor del espíritu humano". Con una respuesta de esas se arriesgan ustedes a un largo discurso sobre lo que el país necesita, o por qué darle importancia al conocimiento abstracto mientras hay tantos pobres, etc. Una razón pragmática puede ser útil, el mundo contemporáneo requiere profesionales con la suficiente ductilidad mental para entender y aplicar los rápidos cambios en los sistemas de producción y mercadeo, y esa flexibilidad la puede ofrecer un entrenamiento en ciencias básicas.

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