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| 7/28/1986 12:00:00 AM

PARECE QUE FUE AYER

Hace 18 años, quince millones de colombianos lloraron cuando vino Pablo VI.

Todavía están en la mente de millones de colombianos las palabras: "No te decimos adiós Colombia porque te llevamos más que nunca en el corazón".
Y no es raro que hoy, 18 años después, al escucharlas produzcan el mismo nudo en la garganta que sintieron miles de feligreses el sábado 24 de agosto de 1968 a las 5 y 45 p.m., cuando vieron por televisión al Papa Pablo VI subir las escalerillas del avión y despedirse con la voz entrecortada antes de impartir la última bendición.
Había pisado y besado tierra colombiana, bendecido a sus cerca de 15 millones de habitantes y conmovido a casi todos los que lo vieron. Había casado 25 parejas y celebrado una misa ante 600 mil personas en el Templete eucarístico, visitado a los pobres del barrio Venecia, al sur de Bogotá, y orado por un millón de campesinos que fueron a verlo al campo de San José, en la población cundinamarquesa de Mosquera. Había paralizado al país durante tres días, inspirado vivas, provocado llantos, desmayos y ataques de histeria. Había venido por primera vez un Papa a Latinoamérica.
Era un viaje difícil, "tormentoso" lo llamaría la prensa inglesa. Latinoamérica se debatía en una gran confusión. La prensa de la época daba cuenta de las divisiones internas en el seno de la Iglesia y la recientemente publicada encíclica papal Humanae Vitae, sobre el control de la natalidad, había suscitado toda suerte de discusiones y críticas a la máxima autoridad eclesiástica. La píldora era la piedra de discordia en el mundo en ese momento. Pero no era solamente la encíclica sobre la vida humana la que hacía de Pablo VI un Papa controvertido. Tres meses antes había sacado a la luz pública, la Populorum Progressio, a la que periódicos norteamericanos calificaron de marxismo recalentado porque atacaba al sistema de libre empresa, sugería que los grandes latifundios fueran expropiados y criticaba a los ricos que sacaban sus capitales al exterior en lugar de invertirlos en sus propios países.
Y no eran sus encíclicas las que podrían hacer su viaje tormentoso. Eran los vientos de guerra que se respiraban en toda Latinoamérica. Estaba fresca la muerte del Che Guevara en Bolivia. El cura guerrillero, Camilo Torres, había dejado una herencia en algunos sectores de la Iglesia. Los Tupamaros eran el plato del día en Uruguay. Llegaban las noticias de Vietnam. Existía todo un auge guerrillero. Las protestas estudiantiles eran el quehacer cotidiano en las universidades del continente. Se escuchaban los ecos del mayo francés.
En medio de esta situación se preparaba el XXXIX Congreso Eucarístico Internacional, que inauguraría Pablo VI. Se preparaba tambien la reunión del CELAM, Conferencia Episcopal Latinoamericana, que trazaría la conducta sacerdotal cristiana en el continente y a la cual llegarían a Medellín 155 obispos latinoamericanos, entre quienes se destacaban figuras rebeldes como el brasileño Helder Camara. El ambiente era tenso. 15 días antes de la visita del Papa, 150 católicos encabezados por sacerdotes rebeldes se tomaron la catedral de Santiago de Chile para protestar contra "la Iglesia comprometida con la riqueza y el poder". Y calificaron de folclórica la visita del Papa a Colombia. "Es una bofetada al Evangelio", dijeron en planfletos. Algunos consideraron que era una advertencia de lo que podría pasar con la llegada del Pontífice a Latinoamérica.
Con todo, el Papa vino a Colombia en medio del más desbordante ambiente cristiano. El escudo de los cuatro pescados en forma de cruz se había institucionalizado y no había casa en la que no apareciera pegado. Era el símbolo de que se estaba en disposición de alojar peregrinos, que iban a llegar de todas partes del mundo. Se asumía como una labor cristiana, como un mandamiento de la Santa Madre Iglesia (dar posada al peregrino). Se decía que el Papa vendría a Colombia porque era el país más católico del mundo y eso era motivo de orgullo.
Bogotá se sentía revolucionada. Se había comenzado a preparar con dos años de anticipación. El presidente Carlos Lleras hablaba de Transformación. El periódico El Tiempo destacaba la intensa actividad del Presidente: "22 charlas televisadas en 24 meses", decía uno de sus titulares. El alcalde de Bogotá era en ese entonces el actual Presidente electo, Virgilio Barco, quien, manos a la obra, se inventó los "cascos amarillos" que se dedicaron a construir y remodelar avenidas y puentes. Los bogotanos conocieron la iluminación de mercurio. Se ampliaron las principales avenidas. Se construyeron los 82 bloques de los 1.200 apartamentos del conjunto residencial Pablo VI, que serviría de alojamiento a muchos de los 100 mil peregrinos que irían a llegar. Se canalizaron algunos ríos de aguas sucias al sur de Bogotá.
El 22 de agosto de 1968, cuando Pablo VI descendió del avión y besó la tierra, el país se estremeció. Atrás quedó Garrincha que acababa de llegar del Brasil para jugar en el Junior de Barranquilla. Poco importaban las patadas que se habían dado el equipo de Pelé y la Selección Colombia en esos días en un partido en El Campín. "Las cuatro bodas de Marisol" y "Pili y Mili" se quedaron esperando en las salas de cine con sus sillas desocupadas. La enfermedad de Eisenhower, que Estados Unidos dijera que suspendería el bombardeo en Vietnam, que Nixon fuera el candidato más opcionado en el Partido Republicano y que Edward Kennedy se lanzara al Senado, para los colombianos eran problemas de los norteamericanos exclusivamente.
Los periodistas todavía recuerdan el trote a que estuvieron sometidos y algunas de las anécdotas que vivieron a propósito del viaje papal. Arturo Abella recuerda que a él le tocó escribir la edición extra sentado frente a un televisor. Nora Parra recuerda el día que entró a la Nunciatura para poder ver el cuarto en que dormiría el Papa, disfrazada de monja, y se encontró con que el periodista Javier Darío Restrepo se había "convertido" en ayudante del carpintero que arreglaba el cuarto del Santo Padre. La publicidad creció tanto que casi no cabían los artículos. Pero lo que más recuerdan los periodistas fue el día en que los tanques soviéticos desalojaron al Papa de las primeras páginas. Habían invadido a Checoslovaquia el 20 de agosto y eso merecía seis columnas; el Pontífice se fue para las páginas interiores. Pero ese "derrocamiento" fue efímero: al día siguiente, Pablo VI recuperó las primeras páginas y las conservó cuatro días más.
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