Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1990/08/27 00:00

PARTIDOS Y PROCESOS DE PAZ

Al final del gobierno Barco quedaron más contentos los guerrilleros del M-19 que los parlamentarios liberales y conservadores.

PARTIDOS Y PROCESOS DE PAZ

Virgilio Barco manejó mejor la política de la lucha de clases que la política bipartidista tradicional. Al terminar su mandato, tienen un mejor recuerdo de él los militantes del M-19 y del EPL que los congresistas del partido liberal y del partido conservador. Como desmovilizar la guerrilla es un problema mucho mas serio que tener contento a Misael Pastrana o recibir en palacio a un cacique liberal, dentro de una perspectiva amplia e histórica, Barco estaba en lo que tocaba.

Claro esta que manejar bien el problema guerrillero no significaba tener que manejar mal a los partidos políticos. Y a estos últimos, sin duda alguna, los manejó mal. La no participación del partido conservador en el gobierno fue producto de múltiples malentendidos.
El 27 de mayo de 1986, Misael Pastrana renunció a la participación de su partido a cambio de que los organismos de control del gobierno pasaran a manos del partido de oposición. Cuando la Contraloría, la Procuraduría y varias superintendencias claves pasaron a manos liberales, Pastrana, señalando que no se habían cumplido las condiciones del caso, indicó que su partido había recobrado el derecho de participar en el gobierno. Barco le ofreció tres ministerios que, por ser considerados insuficientes, produjeron el rompimiento. Ni Barco ni Pastrana sabían en que iban a terminar las cosas cuando cada uno comenzó a cafíar. El presidente no descartaba formar un gobierno sin participación conservadora, pero existían consideraciones políticas y jurídicas que hacían que esto no fuera facil.
El jefe de la oposición quería definitivamente entrar en el gobierno pero, para valorar su participación, se puso a hacer actos de independencia que acabaron en que le cogieron la caña. Por lo tanto, la implementación del esquema gobierno-oposición no fue el producto de un acuerdo conceptual entre las fuerzas políticas, como ha debido ser, sino simplemente el producto del enfrentamiento entre la terquedad de Virgilio Barco y la vanidad de Misael Pastrana. Sobre estas bases no era mucho lo que se podra esperar y, efectivamente, no fue mucho lo que sucedió.

Hoy, cuatro años después, el esquema gobierno-oposición es considerado un fracaso total y en la actualidad prácticamente no existe una voz que pida su continuación.

Es una lástima que esto hubiera sucedido. En el momento en que se planteó, el problema era la manguala entre los dos partidos tradicionales, que desde la creación del Frente Nacional y posteriormente a traves del artículo 120 de la Constitución, habían gobernado conjuntamente sin oposición institucional deninguna clase. Si todos los gobiernos eran compartidos entre liberales y conservadores, ni el partido del presidente podía reclamar en forma exclusiva los triunfos ni el segundo partido podía endilgarle los fracasos. De ahí que no había alternativas claras de poder dentro del sistema, lo que llevó a mucha gente a preferir el monte. Hubiera sido sano que la iniciativa de Barco de tratar de dejar atrás la democracia restringida y llegar a la democracia plena hubiera resultado. Porque, aunque todo el mundo invoca la gravedad de la situación para justificar gobiernos nacionales, la realidad es que Colombia llega al siglo XXI con el mismo gran problema que tenía en la mitad del siglo XX. No existe una alternativa de poder que, sin tener ninguna responsabilidad en lo que haya sucedido durante el gobierno anterior, pueda presentarse ante el electorado a plantear un programa.
¿Por qué fracasó el esquema gobierno oposición? Gran parte de la responsabilidad debe ser atribuida personalmente a Virgilio Barco y a Misael Pastrana. Dificilmente se puede encontrar un jefe de partido con menos condiciones que el saliente presidente de la República. Huraflo, despectivo hacia la clase política y deliberadamente incomunicado, Barco Vargas carece de toda capacidad de liderazgo que es, por definición, el principal requisito del jefe de un partido. La dirección liberal y los congresistas nunca fueron informados, ni mucho menos consultados, de las decisiones del gobierno. Cuando por alguna razón querian participar, no eran recibidos por el jefe de su partido. Hoy es probable que Virgilio Barco no conozca el nombre de la mitad de los congresistas liberales y que no reconozca la cara del 90% de ellos. Ante el enorme desprestigio del Congreso, eso no tiene ninguna gravedad para la opinión pública. Pero dentro del Congreso, nunca se habia vivido desprecio de semejante magnitud por parte del presidente de la República. Con ese tipo de relaciones, obviamente no se puede establecer un gobierno de partido.

Increible como pudiera sonar, Misael Pastrana como jefe de la oposición, no resultó mejor que Barco como jefe del partido de gobierno. Soberbio y alejado de la realidad, su gestión desembocó en el inexplicable resultado de que Antonio Navarro Wolf haya tenido mas votos que el candidato del partido social conservador. Con las posibilidades que existian en Colombia de canalizar el enorme descontento reinante por cuenta del estado de orden público y el vacio de liderazgo politico, un jefe de la oposición sintonizado con la realidad, hubiera podido tomarse el pais. En el cuatrienio pasado, por el contrario, el partido conservador estuvo a punto de desaparecer.

En donde la administración Barco tuvo grandes aciertos fue en lo relacionado con el proceso de paz. Durante los primeros dos años, los hechos parecían desbordar la acción del gobierno. Las FARC, que era el movimiento que estaba en tregua cuando Barco se posesionó, pasó, sin declararla, a la guerra. Y el M-19, que estaba en guerra total al inicio del mandato, pasó, por medio del secuestro de Alvaro Gómez, a sentarse a la mesa de negociación.

En realidad, fue el secuestro de Gómez el catalizador del proceso de paz.
Hasta ese momento el merito de Barco se había limitado a volver responsabilidad de la Presidencia de la República las negociaciones con los grupos guerrilleros. Antes de eso, se manejaban a través del Ministerio de Gobierno y de comisiones no institucionales ad hoc, que ni comprometían al gobierno ni llegaban a nada. La creación de la Consejería Presidencial para la Reconciliación, Normalización y Rehabilitación fue un paso audaz que, si bien durante los dos primeros años no produjo resultados muy concretos, al terminar el mandato es a todas luces un éxito. Se había abonado el camino aliviando problemas económicos de las zonas de guerrilla, a través de la ayuda del Plan Nacional de Rehabilitación -PNR-. Esta era una iniciativa de Belisario Betancur, que Barco perfeccionó y puso a andar. Cuando el M-19 tendió la mano después de la liberación de Gómez, el gobierno de Barco articuló una política de paz manteniéndose firme en sus posiciones, con prerrequisitos, posiciones, objetivos y fechas. A pesar de las inevitables vicisitudes que todo proceso de esta naturaleza debe sufrir, las dos partes actuaron con buena voluntad y se llegó a la desmovilización del grupo y su reintegro a la vida civil. A pesar de que esto sucedió cuando el M-19 estaba muy disminuido como fuerza guerrillera, el resultado se convirtió en un ejemplo de que la reconciliación era viable.
Ahora se estan siguiendo los mismos pasos con el EPL y es previsible que este grupo en poco tiempo deje de existir como organización subversiva. Quedan por fuera, sin embargo, el grupo mas grande, las FARC, y el más radical, el ELN. Pero el éxito del proceso de paz de Barco, sin duda les ha quitado legitimidad entre la opinión pública. Tarde o temprano, ojala con la administración de César Gaviria, va a iniciarse un diálogo con estos movimientos que desemboque en algo concreto. Con plena seguridad, el antecedente creado por el gobierno de Virgilio Barco será uno de los elementos que hará que esto sea posible.

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