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| 4/18/2004 12:00:00 AM

PASADO Y PRESENTE DE LA NOVELA HISTÓRICA

Aunque los académicos desconfían de su rigor, las novelas históricas invitan a públicos muy amplios a conocer mejor el pasado de la humanidad.

Durante la Edad Media, historia y romance eran dos conceptos literariamente fusionados. En la novela de caballería -género típico de la época medieval-, la descripción de los hechos que se tenían por ciertos (historia) se plasmaba en una forma de narración plagada de perfeccionismo e idealismo, en la que saltaban a la vista los aportes ficticios del autor (novela). Leyenda y pasado verdadero confluían de manera absoluta y lo verosímil no podía desligarse de la fantasía y la ficción. Construida con personajes planos, diseñados a partir de una rígida visión casi siempre maniquea, héroes y villanos componían el armazón esencial de aquella especie impura de narrativa histórica.

Cervantes liquidó con su Quijote el género caballeresco y depuró lo que sería en adelante el arte de novelar. Con él surgió la novela en sentido moderno, entre otras razones porque revalorizó el concepto de personaje emancipándolo de las ataduras del oscurantismo medieval. Aunque la literatura renacentista había empezado a abolir la falta de autonomía de los protagonistas, la transformación sólo fue verdaderamente apreciable en el del Quijote. Sus personajes pudieron gozar de albedrío y en vez de comportarse linealmente, en desarrollo de un plan predeterminado e inflexible, alcanzaron su realización ajustando sus reacciones a las situaciones surgidas en la novela. En lugar de la actitud inconmovible en busca del bien o del mal, de la fija respuesta afirmativa o negativa, casi dogmática, surgió el equívoco, la malicia, el matiz, la falsedad, el doble sentido. Lo absoluto se esfumó ante lo relativo y la realidad del yo y de la vida se impuso al ideal perfeccionista y rígido.

Cuando se logró, a partir del Renacimiento, disponer de material impreso histórico, veraz y suficiente, la narrativa sobre hechos importantes del pretérito empezó a surgir muy tímidamente y a desligarse de la novela de pura ficción. Algunos escritores de los siglos XVIII y XIX, como Horacio Walpole, William Beckford y Walter Scott, particularmente este último, fueron pioneros de cierta historia novelada, muy apegada todavía a lo gótico y a lo heroico.

Avanzado el siglo XX, la literatura histórica no parecía soportar las críticas formuladas por estudiosos de la creación literaria. Su tremenda ambigüedad, derivada de combinar verdades plenas con verdades a medias y presuntas invenciones, y su reduccionismo a fórmulas efectistas fueron los defectos que lúcidos críticos como Amado Alonso y Georges Lukacs formularon sobre algunas obras que se preciaban de pertenecer a esta renovada literatura. Los cuestionamientos de ambos autores, que anunciaban un porvenir confuso para la historia novelada, fueron sin embargo superados con la aparición de brillantes literatos que cultivaron el género. Me refiero a Thomas y Heinrich Mann, Robert Graves y L. Feuchtwanger, y a otros posteriores como Marguerite Yourcenar, Th. Wilder y A. Koestler.

Hoy en día pesan sobre la narrativa histórica de ficción muchas dudas. En parte todo se debe a la opinión de académicos fundamentalistas que asocian siempre este tipo de literatura al género popular, sin querer reconocer que algunas obras tienen la misma calidad de una novela sobresaliente. De otra parte, como hoy el escritor se tiene que hacer perdonar de los críticos el éxito comercial de su obra, ciertas novelas históricas que alcanzan buenas ventas son refutadas como best sellers y condenadas a priori por su mediocridad.

Aunque es indiscutible que las grandes exigencias de la ficción histórica relegan al ostracismo a la mayoría de los libros de esta naturaleza, en los últimos tiempos se han escrito novelas espléndidas sobre el pasado estelar. Las que han sobresalido han sido precedidas de una severa investigación hacia el personaje, su tiempo y su entorno, además de estar concebidas en magnífica prosa. Entre todas, algunas se han destacado nítidamente sobre el resto: La guerra y la paz, de Tolstoi; Creación, de Gore Vidal; Las memorias de Adriano, de Yourcenar, y El nombre de la Rosa, de Eco. Ninguna carece de la menor falla de soporte investigativo y todas logran captar de la mejor manera la época histórica del relato. Entre ellas, quizás la estructura del Adriano de Marguerite Yourcenar se presta mejor a la construcción del personaje central.

Dos recientes novelas merecen mencionarse por su gran valor: La sombra de la guillotina de Hillary Mantel y Memorias de Cleopatra de Margaret George. La primera es un fresco muy bien logrado de la Revolución Francesa, en el que aparecen historiados con toda intensidad humana Robespierre, Danton, Desmoulins y Marat. El libro se soporta en una trama de suspenso que logra fijar la atención del lector y está concebido en un lenguaje de altura bastante apropiado para la época. La novela sobre Cleopatra, aunque insiste sobre un tema muy trillado por el cine y la literatura, parte de un enfoque revisionista sobre el personaje que logra transmitir una visión diferente de la reina de ascendencia tolomea, tan cuestionada por la historia de su tiempo. La flamante gobernante de Egipto es vista por el autor como un ser dotado de erudición y habilidad en el manejo de los asuntos públicos, a quien el amor por César y Marco Antonio y especialmente el deseo de que su hijo Cesarión recibiera el reconocimiento de César y de Roma, la llevaron a cometer fatales errores. La novela consigue que el lector entre en complicidad con Cleopatra y sea solidario con sus causas y pesares. El carácter contestatario de esta obra es su aporte fundamental. En ella se desvirtúan, con pruebas y hechos irrefutables, muchas de las afirmaciones de la historia, que denunciaron el carácter frívolo y cortesano de la soberana de Alejandría.
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