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| 5/30/1994 12:00:00 AM

PATALEOS DE AHOGADO

Aunque podría pensarse que el extremismo está resurgiendo en la Universidad Nacional, lo cierto es que pierde cada día màs espacio.

A LA UNIVERSIDAD NACIONAL LE OCURRE que sólo es noticia cuando pasa algo malo. Aunque, por lo general, en Colombia sucede lo mismo con todas las instituciones y estamentos, la verdad es que cuando se trata de la Nacional los medios de comunicación parecen ensañarse con ella, con sus directivas, sus profesores y sus estudiantes. Eso fue lo que aconteció con el tan cacareado episodio del ex rector Antanas Mockus y Enrique Peñalosa, aspirantes a la Alcaldía de Bogotá, quienes durante un foro en el auditorio León de Greiff fueron afectados por el sabotaje de un grupo de estudiantes.
El acontecimiento pasó a mayores cuando los organismos de seguridad del Estado revelaron un informe de inteligencia según el cual se había detectado la presencia de militantes de la Coordinadora Guerrillera y del Ejército Nacional de Liberación (ELN) dentro del alma mater. El propio comandante del Ejército, general Hernán José Guzmán, aseguró que uno de los propósitos que tienen las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el ELN es establecer Milicias Bolivarianas y Milicias Populares en distintas partes, "y la Universidad Nacional no es ajena a esa situación".
Pero según las propias autoridades esa presencia guerrillera ya no es la misma de otros años, pues es más de tipo ideológico que militar. Un informe conocido por SEMANA dive que "el ELN está preparando ideólogos en las uníversidades Pedagógica, Distrital y Nacional". El documento analiza, además, cada uno de los grupos radicales y fija los procedimientos para infiltrarlos.
Lo increíble es que un informe como este habría sido dramático hace unos 12 ó 15 años, cuando la Nacional se encontraba en un período de efervescencia extremista. Hoy no. Los nuevos vientos en la política mundial, la reforma de la educación y la nueva ley orgánica del alma mater, entre otras razones, permitieron que la Nacional diera un viraje sorprendente y le quitaron credibilidad a las denuncias sobre subversión. Y si bien sus directivas reconocen que los grupos radicales siguen siendo un grave foco de perturbación, estos ya no tienen el apoyo de otros tiempos. Tras el incidente de Mockus, más de 7.000 estudiantes firmaron una carta contra los Guardias Rojos y el terrorismo. Eso podría indicar que la Nacional avanza en la ruptura de su aislamiento y trata de reinsertarse de nuevo en la sociedad civil.

UNIVERSIDAD Y REVOLUCION
La violencia, como un hecho no episòdico, empezó a gestarse a finales de los años 60 en la Universidad Nacional. Terminaba la violencia entre los partidos tradicionales, se reestructuraban las instituciones, y, al mismo tiempo, se introducían las cátedras de ciencias sociales, que cambiaron la interpretación que hasta entonces se hacía del país. El lema fundamental era hacer del conocimiento un instrumento para cambiar la realidad.
Sin embargo, las restricciones propias del Frente Nacional sofocaron las expectativas más avanzadas del reformismo juvenil. "Se incubó una rebeldía que, ofuscada por los límites del régimen politico, empezó por subestimar la lucha civil hasta hacer de la lucha armada una opción para resolver la crisis del sistema", dice Jaime Zuluaga, investigador del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional (IEPRI).
A estos acontecimientos locales se sumó la Revolución Cubana, que pareció dar a América Latina las armas para poner fin a la celosa influencia de Estados Unidos sobre el continente. La rigidez de la democracia colombiana y el poder seductor del ejempo isleño dieron a las juventudes universitarias una formidable justificación para emplear las armas como medio para tomarse el poder político. La Universidad Nacional, al igual que otras del continente, se constituyó en un escenario más del proyecto rebelde orientado a desmantelar las bases del estado capitalista.
"A partir de ese momento, y en consonancia con la situación internacional -anota Miguel Hernández, director del departamento de Sociología-, la Nacional se politizó de una manera radical. Y no solo en el sentido de que se independizó de la tutela de los partidos tradicionales, sino que definió su propia identidad en oposición a los partidos tradicionales y al Estado mismo".
En estas condiciones, las relaciones entre la Universidad, el Estado y las clases dirigentes se caracterizaron por el enfrentamiento y descalificación mutuos. Para la dirigencia, la Nacional dejó de ser el más importante centro de formación profesional y conocimiento, pues se había convertido en un foco de perturbación pública; para la guerrilla, sectores de vanguardia y los propios estudiantes, la Nacional era un aparato de dominación ideológica que podía ser transformada en otro instrumento de lucha contra el aparato burgués. El Estado respondió a este conflicto con la fuerza pública.
Ese sectarismo terminó por distanciar al Estado de la Universidad. Desde 1960 y durante casi dos décadas la Nacional se moviò entre la coacción que le imprimían los compromisos de la izquierda radical y los esporádicos intentos de algunos sectores por restituir su vocación académica. A la par, la delincuencia tomó ribetes insospechados. Los atracos a estudiantes y profesores se hicieron cotidianos y el expendio de drogas se volvió un buen negocio dentro del campus. Para hacer más terrorífico el panorama, grupos de extremistas impusieron sus vacunas a las cafeterías para financiarse y llevar a cabo sus actos de intimidación.

VIENTOS DE CAMBIO
Los esfuerzos por rescatar a la Nacional provienen de comienzos de los años 80, durante la rectoría de Fernando Sánchez Torres. Este rector trató de reproducir la atmósfera de convivencia y de solución civilista de los conflictos que inspiró la política de paz de Betancur en los dos primeros años de su gestión. Los estamentos universitarios fueron reconocidos como interlocutores y se abrió un proceso de participación política tras el cual se buscaba dar salida a reivindicaciones planteadas pero nunca resueltas: residencias, cafeterías, participación en la gestión académica para los profesores y estudiantes y mejoras en las condiciones de vida para los empleados.
Los violentos enfrentamientos del 16 de mayo de 1984, en un clima de agitación política nacional e incertidumbre interna, condujeron al más prolongado cierre en la historia de la Nacional. La reapertura, en 1985, bajo la rectoría de Marco Palacios, se produjo en medio de una profunda crisis del movimiento profesoral y estudiantil. Palacios avanzó en un proceso de reforma administrativa y política, orientado a garantizar estabilidad en el funcionamiento de la Universidad y así lograr la recuperación académica. Su sucesor, Antanas Mockus, consolidó y amplió todos esos cambios.
Si bien a Mockus se le cuestionaron algunas de sus políticas, la mayoría coincide en que sacó adelante una reforma académica basada en una flexibilidad curricular y en la aplicación de sistemas de pedagogía intensiva. Sus medidas recuperaron las finanzas hasta tal punto que, por primera vez en muchos años, hubo presupuesto para contratar profesores extranjeros sobre la base de intercambio.
Muchos estudiantes, sin embargo, nunca aceptaron la introducción de tarifas diferenciales en las matrículas la eliminación de los subsidios y que no hubieran podido recuperar el bienestar social y las antiguas residencias.
A pesar de todo, grupos aislados de extremistas siguieron actuando, y a finales de 1993 incendiaron los automóviles de académicos, entre ellos el de la decana de Ciencias Humanas Rocío Londoño. Ella había emprendido semanas antes una intensa campaña con grandes sectores de estudiantes para desalojar a los narcotraficantes.

LA DESPOLITIZACION
Pero era claro que el conglomerado estudiantil estaba, como nunca en las últimas décadas, interesado en su actividad fundamental: estudiar. Todas esas reformas condujeron a un gradual proceso de despolitización de la comunidad universitaria, proceso que se venía agudizando desde la caída del bloque comunista en Europa del Este y que aún prosigue. "Ese hecho, que me animaría a llamar también de 'desizquierdización' -dice Arturo Laguado, antropólogo y sociólogo de la Nacional-, dejó sin espacio y sin piso a todos esos grupos restringidos que planteaban salidas armadas y violentas a la crisis no sólo del paìs sino de la Universidad. Lo interesante es que el proceso se extendió al profesorado, que antes hacía parte de los mismos grupos polítìcos de los estudiantes".
De esa forma, el radicalismo perdió toda su influencia en la Universidad, en medio de un creciente cansancio del estudiantado con las formas políticas que imperaban. Esto explica a ojos de los investigadores la desaparición de la mayoría de los grupos radicales o extremistas y la subsistencia -por otra parte- de los Guardias Rojos. "Algunos estudiantes que entran a los grupos radicales lo hacen ahora, básicamente, porque eso les mantiene el mito de esa universidad contestataria de otros años, que ya no existe. Lo cual no significa que hoy en día los estudiantes no tengan sus propias posiciones políticas, y muy definidas", dice Rocío Londoño.
Pero más allá de la desizquierdización hay otro elemento que podría dar la clave a lo que está ocurriendo: la falta de comunicación entre estudiantado y profesores. Para Londoño, eso es consecuencia del hecho de que de ahora no comparten intereses extracurriculares, como ocurrió durante los años de la Universidad contestataria. "Hay que hacer un esfuerzo para recomponer la relación con los estudiantes. Aunque hay canales de expresión democrática, en la práctica no funcionan. Los conductos extracurriculares están obstruidos. Existe entre el estudiantado un clima de desconfianza hacia profesores y directivas".
Por más de que se trata de grupúsculos aislados, los extremistas siguen siendo un dolor de cabeza en la Universidad, porque aunque su número es muy escaso, sus acciones podrían tener la capacidad potencial de desestabilizar a toda la institución. De ahí que, además de combatirlos disciplinaria y hasta penalmente sea necesario buscar mecanismos de desfogue de las tensiones naturales de una universidad pública donde se reflejan todas las dificultades y desigualdades de una sociedad como la colombiana. Así muchos coinciden en que no está lejos el día en que la Universidad Nacional, orgullo de los colombianos, recupere su plena capacidad para convertirse en el vehículo de investigación y desarrollo científico y humanístico que requiere el país. Para que las noticias que provengan del alma mater nazcan de los éxitos y no de los fracasos.
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