Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1996/01/15 00:00

PERSONAJES DEL 95

PERSONAJES DEL 95

La selección que, como es costumbre por estos días, SEMANA hace de los principales personajes del año que está por terminar, ha roto en esta ocasión el molde tradicional. Primero, porque el principal de ellos, el fiscal general Alfonso Valdivieso, fue tan importante que mereció una carátula aparte en la pasada edición. Y segundo, porque en este año tan convulsionado y desconcertante las 10 casillas reservadas para la selección tuvieron que aumentar a 12. Otro criterio que debió ser relativizado es el que SEMANA ha usado siempre de escoger a los personajes exclusivamente con base en sus aportes positivos. Difícilmente podría conseguirse un acuerdo para la selección en desarrollo de ese criterio en un año en que los principales personajes han dividido tanto a la opinión. El único criterio que se mantuvo fue el de dejar fuera de consurso, como todos los años, al Presidente de la República, ya que como es bien sabido en un país presidencialista como este, el primer mandatario se convierte siempre en el principal protagonista.

ROSSO JOSE SERRANO
EL CAZADOR
En este año el diretor de la Policía, Rosso José Serrano, pasó a la historia como el hombre que descabezó al cartel de Cali.
A COMIENZOS DE OCTUBRE PASADO EL presidente Ernesto Samper llamó a la Casa de Nariño al general Rosso José Serrano, director de la Policía, y le dijo que se había enterado del rumor que estaba circulando en la calle en el sentido de que el gobierno estaba contemplando la posibilidad de retirarlo del cargo. Sin mayores rodeos, el jefe del Estado le dijo a Serrano que ese chisme era mentira. "Cómo lo voy a sacar a usted, general, si usted ha sido mi oxigeno durante este año", agregó. Y no le faltaba razón a Samper. En escasos ocho meses Serrano se convirtió en uno de los hombres más prestigiosos del país y del mundo porque en ese lapso, aparentemente corto, logró darle una nueva cara a la institución y poner tras las rejas a los principales cabecillas del cartel de Cali.
A comienzos de enero, pocos días después de su arribo a la dirección de la Policía, Serrano hizo una demostración de fuerza: retiró a cerca de 300 oficiales y más de 2.500 suboficiales y agentes de la Policía porque, según él, "habían pactado con el diablo".
Convencido de que con esto había ganado la primera batalla contra los narcotraficantes, decidió ir en busca de los cabecillas de la organización. Y cuando se contaban con los dedos de la mano los que creían que Serrano y la Policía Nacional podían contra el cartel de Cali, el general dejó callado a todo el mundo. Primero capturó a Jorge Eliécer Rodríguez Orejuela y luego, más o menos cada dos semanas, el país conoció la noticia de que otro integrante de la cúpula del Valle del Cauca había sido capturado. Así, hoy están tras las rejas Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, José Santacruz y Phanor Arizabaleta, entre otros. Al mismo tiempo, gracias a la presión del Bloque de Búsqueda, otros presuntos delincuentes, como Henry Loaiza y Víctor Patiño, decidieron entregarse.
Hoy por hoy, y con base en sus resultados, el general Serrano logró algo que parecía increíble: devolverle a los colombianos la confianza en la Policía. Y precisamente por esto es que no hay nadie que en la baraja de los personajes del año no tenga dentro de los primeros nombres a Rosso José Serrano. Lo curioso, sin embargo, es que para llegar a esos índices de popularidad, el general no tuvo que hacer nada extraordinario, simplemente cumplió con su deber y desempeñó el cargo como tenía que hacerlo. Nunca se extralimitó en sus funciones y sus declaraciones ante los medios siempre fueron sencillas y contundentes. Seguramente en otra nación el general Serrano sería un oficial común y corriente. Pero en un país como Colombia, donde abundan los funcionarios ineficientes, la figura del actual director de la Policía sobresale de manera especial. No en vano es uno de los escasos funcionarios que puede darse el lujo de dormir tranquilo.

FERNANDO BOTERO ZEA
ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO
Para Fernando Botero más que un año, 1995 fue un sueño que se convirtió en pesadilla.
MUY POCAS VECES EN LA HISTORIA UN personaje ha pasado en tan pocos días de la gloria a la desgracia. Corría la última semana de julio cuando Fernando Botero, de visita en Estados Unidos, se convirtió en la estrella indiscutible de la cumbre de ministros de Defensa del continente. Sus colegas de la región, encabezados por el secretario de Defensa norteamericano William Perry, se pusieron de pie para aplaudir su intervención durante varios minutos y homenajear así al hombre cuyas tropas habían capturado en escasos cuatro meses a los siete integrantes de mayor importancia del cartel de Cali considerados los más poderosos traficantes de cocaína del planeta.
Siete días después de ese soberbio reconocimiento, Botero se vio obligado a renunciar a su cargo en medio del escándalo suscitado por las revelaciones de Santiago Medina y tras una desastrosa rueda de prensa en la cual, en compañía del ministro de Gobierno, Horacio Serpa, ambos funcionarios revelaron, en medio de respuestas equívocas y contradictorias, apartes de la indagatoria en la que Medina implicó a Botero y al propio presidente Ernesto Samper en la recepción de dineros del cartel para la campaña electoral del primer mandatario.
A partir de ese instante el ministro de Defensa decidió tomar el toro por los cuernos y renunciar a su puesto, y con él al fuero que el ministerio le brindaba. Pocos días después fue detenido por orden de la Fiscalía y conducido a la Escuela de Caballería al norte de Bogotá, donde la semana pasada cumplió cuatro meses de reclusión.
Mientras el proceso en su contra avanza y la justicia toma sus decisiones, las opiniones sobre Botero se han dividido. Para unos, incluidos algunos altos funcionarios del gobierno que lo dicen en privado, Botero es el gran responsable de los sucedido con la financiación de la campaña. Para otros, en cambio, el ex director de la campaña samperista no es más que el chivo expiatorio de un escándalo en el que hay muchos más culpables. Los primeros piensan que el ex ministro debería asumir toda la responsabilidad. Los segundos creen que debería contar todo lo que sabe y ayudar con ello a aclarar los muchos huecos negros que subsisten en esta historia, independientemente de lo que ello signifique o cueste.
Lo único claro es que Botero no acepta recorrer ninguno de los dos caminos. El y sus abogados están convencidos de que la batalla jurídica que tienen por delante no está perdida. Pero incluso si llegan a ganarla, el ex ministro está consciente del costo que tiene todo lo sucedido para la que hasta hace pocos meses seguía siendo una de las más promisorias carreras políticas del país. Botero sabe que por bien que le vaya es muy difícil que vuelva, como en julio pasado, a tomar el cielo con las manos.

HORACIO SERPA URIBE
EL ESCUDERO
Si las cosas terminan de salirle bien al gobierno, Horacio Serpa puede pasar de principal guardián del primer mandatario a precandidato presidencial.
SON MUY POCAS LAS PERSONAS QUE VISItan el Capitolio Nacional por estos días navideños. Pero algunas aseguran que el eco de la voz del ministro del Interior, Horacio Serpa Uribe, no cesa de retumbar contra sus paredes. Sin duda alguna este santandereano de frondoso bigote se convirtió en uno de los personajes más importantes y controvertidos -como casi todos los de este año- de 1995. La vociferante elocuencia de que hizo gala desde el podio de oradores del Senado y de la Cámara para defender al Presidente y al gobierno de las acusaciones sobre la financiación de la campaña, y sus atrevidas declaraciones a los periodistas, lo convirtieron una y otra vez en centro de atención y en objeto de grandes elogios, así como de encendidas críticas.
Su incomparable y casi teatral habilidad como orador ha estado esencialmente dirigida a defender a capa y espada al presidente Ernesto Samper, como si se tratara del fiel Sancho protegiendo a Don Quijote. Quizás la diferencia entre las dos parejas es que en este caso la figura alta y delgada no es la del ingenioso hidalgo sino la del escudero. Por todo lo anterior, en torno de Serpa se ha formado un consenso, que comparten tanto amigos como adversarios del gobierno, en el sentido de que el Ministro del Interior ha sido de lejos el más leal y más útil de los hombres del Presidente.
Además de lo anterior, Serpa se ha vuelto absolutamente indispensable para el manejo del Congreso. Desde hace muchos años no se veía en las cámaras legislativas a un ministro con mayor capacidad de persuasión y convicción frente a los parlamentarios. Su ausencia de una sesión crítica, como la del Senado del miércoles de la semana pasada cuando se aprobó el 'narcomico', se siente tanto como su presencia, como sucedió al día siguiente en la Cámara cuando Serpa fue definitivo para hundir el discutido artículo.
Claro que no le faltan detractores. En un año tan convulsionado como este es imposible que quienes, como Serpa, se han colocado en la primera línea de batalla en medio de esta crisis, no vean engrosar a diario su grupo de enemigos. Pero esto no parece asustar a este viejo zorro de la política que parece haber nacido para la batalla.
Por eso sus frases más recordadas, mezcla de coloquialismo populachero y arenga guerrera, han despertado siempre el fervor de las huestes gobiernistas. Su efectista "¡Mamola!" y su inolvidable "la guardia se muere pero no se rinde" han sido tan apreciadas que incluso han permitido perdonarle la metida de pata del "me suena, me suena" al ser interrogado el Ministro sobre si la DEA podía haber tenido algo que ver en el atentado a Antonio José Cancino. Y es que en un año como este, de tan alta tensión, quienes como el Ministro del Interior se han expuesto a diario a los más crudos interrogatorios, bien tiene derecho a una deslenguada.

SANTIAGO MEDINA
EL HOMBRE QUE CONTO TODO
Si algo hizo temblar a Colombia en 1995 fueron las revelaciones del ex tesorero de la campaña samperista, Santiago Medina, a la Fiscalía.
AL IGUAL QUE TODOS LOS INVOLUCRADOS EN EL PROCEso 8.000, a Santiago Medina le va a costar mucho trabajo olvidar 1995. Este rico anticuario, cuya debilidad por la política lo llevó hace varios años a dejar parcialmente sus actividades comerciales para participar en los equipos financieros de varias campañas, nunca se imaginó que su nombramiento hace dos años como tesorero de la de Ernesto Samper terminaría por llevarlo a la carcel.
Pero en junio de 1994, cuando se conocieron los narcocasetes y su nombre apareció mencionado varias veces por los Rodríguez Orejuela y Alberto Giraldo, el anticuario comenzó a temer por su suerte. Desde un principio, y según su propia versión, comenzó a sentir que podía convertirse en el chivo expiatorio de todo el escándalo. Su nerviosismo empezó a aumentar a mediados de abril cuando, con las órdenes de captura contra Eduardo Mestre y Alberto Giraldo, la Fiscalía dejó en claro que estaba dispuesta a avanzar hasta donde fuera posible en la investigación sobre la financiación de la campaña.
Medina le hizo saber una y otra vez al alto gobierno que si se iba a la cárcel, como en efecto sucedió el 26 de julio, revelaría lo que en su opinión había sucedido en la campaña, pues no estaba dispuesto a ser el 'paganini' de un asunto en el que existían otros responsables. Y lo cumplió al pie de la letra. El viernes 28 despidió al abogado que lo había asesorado hasta entonces y, en compañía de un defensor de oficio, hizo un extenso relato sobre lo que según él pasó en la campaña. La indagatoria de Medina en la Fiscalía, divulgada pocos días después, se convirtió de inmediato en una bomba.
Es difícil encontrar en la historia de Colombia una declaración de un procesado que haya tenido mayores efectos jurídicos y políticos. Por cuenta de ese documento el ministro de Defensa, Fernando Botero, renunció a su cargo y también fue detenido; los colombianos que creían en la financiación de la campaña por parte del cartel pasaron del 30 por ciento al 60 por ciento en unas cuantas semanas, y los que pensaban que el Presidente estaba al tanto de ello crecieron del 12 por ciento al 50 por ciento; el director administrativo de la campaña, Juan Manuel Avella, también fue encarcelado y la situación de algunos de los congresistas investigados por la Fiscalía se acabó de complicar.
Meses después de esa indagatoria, y ahora que Medina ha recibido la casa por cárcel por su colaboración con la justicia, el debate sobre si todo lo que dijo en su declaración es verdad sigue vivo. Muchas de sus afirmaciones han quedado demostradas. Otras están aún en duda. Pero mientras todo esto termina de aclararse nadie discute que muy pocos colombianos influyeron como Medina en lo que le pasó a Colombia en 1995.

MYLES FRECHETTE
EL GRAN GARROTE
Por la época que le ha tocado y por el particular estilo que ha impuesto, el embajador estadounidense ha desempeñado un papel protagónico que ha disgustado a muchos.
HACE MUCHOS AÑOS QUE UN EMBAJADOR DE ESTADOS Unidos en Colombia no merecía ser incluido en la lista de los personajes del año. Tal vez el último representante de Washington en Bogotá en causar tanto ruido había sido hace más de 10 años Lewis Tambs, el derechista embajador de Ronald Reagan en tiempos de Belisario Betancur que se distinguió por denunciar la alianza narcoguerrillera y deslenguarse en más de una ocasión en contra del proceso de paz de la época.
Pero por fortuna Myles Frechette es muy distinto a Tambs. Aunque resulta fácil comparar y confundir a ambas figuras debido sobre todo a la antipatía que han despertado en el país, lo cierto es que las diferencias entre los dos son sustanciales. Tambs despreciaba a Colombia de manera inocultable y su fervoroso anticomunismo le impedía comprender La validez del ensayo pacificador de Betancur.
En el caso de Frechette, se trata de un diplomático absolutamente profesional que ha estudiado a Colombia en profundidad y conoce bastante bien cómo se mueven los hilos del poder en el país. Muchos han querido descalificarlo tras asegurar que el embajador es una rueda suelta en el engranaje de la política de Estados Unidos hacia Colombia. Quienes así piensan, afirman que Frechette ha antepuesto sus convicciones personales sobre el país, su presidente y su gobierno a los objetivos de la política de Washington con respecto a Colombia. Nada más falso. Desde cuando llegó a Colombia en julio de 1994, a los pocos días de que estallara el escándalo de los narcocasetes, el embajador no ha hecho más que cumplir con su oficio: informar a sus superiores sobre lo que sucede en Colombia y endurecer o suavizar su lenguaje según las instrucciones que recibe de Washington.
Pero entonces, ¿qué lo hace tan particular? Primero que todo, el momento que le ha tocado, de lejos el más delicado en las relaciones entre los dos países desde que comenzaron a sanar las heridas ocasionadas por la separación de Panamá. Segundo, que en medio de esa crisis su gobierno ha querido que Frechette desempeñe un papel protagónico muy distinto al bajo perfil de sus recientes antecesores y, tercero, que su estilo y su personalidad hacen imposible que pase inadvertido.
Frechette habla el mejor español que los colombianos le han escuchado a un embajador norteamericano en mucho tiempo. Y lo hace, tanto en público como en privado, en un tono coloquial, francote y hasta dicharachero que muy poco tiene de diplomático. Esto es al mismo tiempo lo que más gusta y lo que más disgusta de él. Algunos se divierten con él, pero la mayoría lo califica de cínico. Y a juzgar por los agitados vientos que siguen soplando entre los dos países, es previsible que la división de opiniones en torno de él continúe.

ANTONIO JOSE CANCINO
EL DEFENSOR
Con su estilo controvertido el abogado Antonio José Cancino demostró que es uno de los mejores penalistas del país y logró un alto inhibitorio para el presidente Ernesto Samper.
EN TAN SOLO CINco meses Antonio José Cancino pasó de ser un controvertido pero respetado penalista y docente a una figura pública que prácticamente todos los días mojó prensa y levantó titulares. Desde cuando el presidente Ernesto Samper lo nombró como su abogado el 9 de agosto para que lo representara en el proceso que se llevaba en su contra por la presunta infiltración de dineros del narcotráfico en la pasada campaña liberal, no han pasado 24 horas sin que este hombre esté metido en alguna polémica jurídica relacionada con el denominado proceso 8.000.
El nombre y la carrera de Antonio José Cancino han jugado varios papeles difíciles y controvertidos, pero nunca como los de este año. Aunque a mediados de los años 70 defendió a unos jesuitas que estaban acusados del asesinato del ex ministro de Gobierno Rafael Pardo Buelvas, unos años después acusó a Alberto Santofimio, y a mediados de los 80 defendió al ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla en el sonado caso del cheque de Evaristo Porras, el hecho de haber sido el apoderado del Presidente de la República lo proyectó de la noche a la mañana como uno de los colombianos más populares, pues incluso quienes aseguran que no les gusta su estilo reconocen que es efectivo. Sin duda 1995 es el año más importante en la carrera de Cancino, no tanto por haber sido el abogado del Presidente de la República sino por la forma como hizo gala de su capacidad para argumentar de manera impactante y para no dejarse enredar por las preguntas de los periodistas. Cancino demostró conocer más que nadie la forma como hay que moverse con astucia por los vericuetos del código y confirmó la tesis que desde hace tiempo viene haciendo carrera no sólo en el derecho sino también en el fútbol, de que la mejor defensa es tener un buen ataque.
Cancino asumió el proceso del Presidente como el mejor de los ajedrecistas. Cada movimiento tenía su razón de ser y estaba destinado a acabar con cada uno de los argumentos del contrario. Para esto utilizó una estrategia que al poco tiempo de iniciada comenzó a surtir efecto en beneficio de Samper. Penalizó todo lo relacionado con el proceso. Es decir, que evitó desde un comienzo que el posible juicio al Presidente en el Congreso se volviera político. Y es justamente acá donde varios especialistas reconocen la habilidad de Cancino, pues aunque nadie se atreve a predecir qué hubiera pasado, pocos dudan de que la historia sería distinta si Cancino no vuelve penal un debate que debería haber sido esencialmente político.
Por todo esto, gústele o no a la mayoría de los colombianos, Antonio José Cancino es uno de los personajes del año. Al fin de cuentas cumplió su papel de defensor del Presidente y con su discurso populista y efectista, que fue criticado incluso por diferentes personas cercanas al Presidente, logró convencer a más de uno de que Ernesto Samper es inocente. Lo más seguro es que Cancino no vuelva a tener nunca un año como 1995, en el cual no sólo tuvo su mayor éxito profesional, sino que también estuvo a las puertas de la muerte cuando fue víctima de un atentado, que aún está sin esclarecer, y tras el cual se ganó, aparte del respeto de tirios y troyanos, una solidaridad de quienes más allá de las hondas diferencias que han dividido a los colombianos este año, creen en todo caso que ninguno de los problemas nacionales se soluciona por la vía violenta.

JUNTA DIRECTIVA DEL BANCO DE LA REPUBLICA
EL RIGOR ES DE RIGOR
En medio de un año de crisis, la Junta Dimetiva del Banco de la República fue definitiva para mantener la confianza en la política económica.
LOS DESPREVENIDOS TRANSEUNTES QUE SE PASEAN POR el centro de Bogotá apenas si se fijan en el edificio ubicado en plena Avenida Jiménez con carrera séptima. Sólo los más antiguos habitantes de la ciudad recuerdan que allí quedaba ubicado el elegante Hotel Granada que sucumbió ante la ola modernista que anegó a la antigua Santafé hace unas décadas.
Casi todos los colombianos desconocen que en el piso sexto de la edificación se encuentra un conjunto de oficinas discretas y elegantes, desde donde se manejan temas de interés nacional. Se trata de las instalaciones que ocupan los miembros de la Junta Directiva del Banco de la República, un cuerpo que fue reformado por la Constitución de 1991, y que tiene como misión fundamental defender el poder adquisitivo de la moneda, combatiendo la inflación.
Fue por cuenta de la aplicación de ese mandato constitucional que la Junta se destacó en 1995. A pesar de los pataleos del gobierno y de las quejas de algunos sectores de la producción, decidió aplicarle los frenos a una economía que, en su concepto, estaba caminando demasiado rápido. Con hechos el Emisor demostró que estaba dispuesto a hacer lo que estuviera a su alcance para lograr la meta de inflación del 18 por ciento en 1995, suscrita en el Pacto Social.
Sin embargo, las recetas aplicadas por el Banco levantaron más de una crítica, particularmente en la Casa de Nariño. Ante decisiones que podían afectar el desarrollo del programa de gobierno, el presidente Ernesto Samper anunció su intención de presentar un proyecto de ley 'para precisar' el mandato de la Junta. Semejante noticia fue interpretada como un recorte a la independencia del cuerpo directivo y dio origen a un debate que al final del año había quedado en tablas.
Pero más allá de que las determinaciones de la Junta le gusten a todo el mundo, los conocedores han señalado la importancia que ésta ha tenido para mantener el rumbo del barco de la economía. El ejemplo más claro tuvo lugar en agosto pasado cuando las vicisitudes políticas se sintieron sobre el precio del dólar. Frente a las presiones de los especuladores que le apostaron a un mayor valor de la divisa norteamericana, el Banco dejó en claro que estaba dispuesto a intervenir en el mercado cambiario con todos los instrumentos a su alcance.
El papel de la Junta es protagonizado por siete personas de bagajes diferentes, que cada viernes se reúnen a debatir los temas de la agenda económica. Quizás el papel más complejo de todos le corresponde al ministro de Hacienda, Guillermo Perry, quien a pesar de presidir el cuerpo directivo se encuentra en minoría frente a sus colegas, al ser el único representante del gobierno.
Y es que los demás seis integrantes de la Junta son verdaderos pesos pesados en el campo económico con muchos años de experiencia. Tanto el gerente del Banco, Miguel Urrutia, como los directores María Mercedes de Martínez, Roberto Junguito, Oscar Marulanda, Salomón Kalmanovitz y Hernando José Gómez tienen puntos de vista definidos sobre cada una de las materias a su alcance. Es tal vez esa amalgama de personalidades la que le ayuda a la Junta Directiva del Emisor a mantener la credibilidad que a lo largo de estos últimos meses han probado ser definitivos para mantener el equilibrio que requiere la economía colombiana.

LA APUESTA DEL GENERAL
El comandante del ejército, Harold Bedoya Pizarro, libró muchas batallas en el 95. Y las ganó todas.
EL GENERAL HArold Bedoya Pizarro no sólo fue un personaje de principio a fin este año por haber estado en primera línea de las noticias que coparon la atención nacional, sino más aún por haber sido un claro ganador.
El memorando de julio pasado -que lo tuvo con un pie fuera del Ejército Nacional- evitó que se consumara una barbaridad porque el gobierno ya había anunciado la desmilitarización de una amplia zona de la región de Uribe (Meta) para adelantar los diálogos de paz con el secretariado de las Farc. El documento, que planteó los graves problemas políticos y jurídicos que representaban el devolver más de 7.000 kilómetros cuadrados rescatados a sangre y fuego cinco años atrás, fue definitivo, pues el Ejecutivo debió reversar su decisión.
Pero el documento fue mucho más allá porque puso en evidencia, a tiempo, que un profundo descontento se estaba incubando en el seno de la oficialidad. Ese malestar se tradujo en el famoso memorando de Bedoya, considerado ahora como el pronunciamiento militar más fuerte de los últimos años sobre los asuntos internos del gobierno. Otros episodios, ocurridos meses más tarde, mostraron que ese disgusto en las filas castrenses era real.
Lo cierto es que Bedoya resultó ganador en ese mano a mano porque no solo ningún sector del país rechazó su memorando, sino porque al contrario hubo un verdadero plebiscito de apoyo a sus inquietudes. Por eso el gobierno, que parecía estar dispuesto a ceder al máximo para sentar en la mesa de negociaciones a los jefes de la guerrilla, no tuvo más remedio que mantener al general Bedoya en el cargo.
Y en verdad no transcurrió mucho tiempo para que el Ejército y el general Bedoya se vieran involucrados en un nuevo escándalo. Ocurrió a finales de octubre pasado, cuando quedó al descubierto que el jefe de inteligencia del Ejército, general Luis Bernardo Urbina, una de las personas más cercanas a Bedoya, le entregó a un medio de comunicación un casete que contenía una supuesta conversación entre el congresista Heine Mogollón y el gerente de una sucursal del Banco Ganadero en Córdova. El comandante del Ejército logró demostrar a la opinión que el general Urbina había actuado de manera inconsulta y que había violado los controles establecidos para el manejo de ese tipo de información.
Con la casa a punto de incendiarse por los continuos escándalos, muchos dieron por descontado el relevo de Bedoya como comandante del Ejército. Pero el general, que por ese entonces ya se había acostumbrado a hacer arriesgadas apuestas, terminó otra vez como ganador. En noviembre sorteó con éxito los cambios en la línea de mando de las Fuerzas Militares, pese a que algunos funcionarios cercanos al presidente Ernesto Samper y varios miembros del propio Ejército hicieron lo posible para sacarlo del comando de esa arma y nombrarlo en un puesto con un perfil mucho más discreto.
Hasta ahora, frente al tema militar, el gobierno ha mantenido una posición más bien ambivalente, pues mientras la semana pasada negaba el ruido de sables -nombre dado a las repercusiones de su memorando de julio- privadamente algunos de sus ministros han reconocido que el ruido de sables fue real en 1995.

CARLOS VIVES
LA CONSAGRACION DE LA PROVINCIA
Si hace dos años Carlos Vives fue la revelación musical, este fue el año de su consagración como artista.
QUIEN HAYA ASISTIdo a un concierto de Carlos Vives sabe de qué están hablando quienes lo consideran el fenómeno musical de la década. Ningún cantante nacional ha logrado llevar a los estadios las multitudes que congrega este samario. Gracias a Vives, los jóvenes y los niños colombianos aprendieron a degustar el ritmo vallenato y hoy hablan de Escalona con la misma propiedad que de los Aterciopelados. Y en sus rumbas y en sus megaemisoras la música de La Provincia comparte honores hombro a hombro con el rock.
La dimensión de Vives va, sin embargo, mucho más allá de la extraodinaria acogida que tienen sus ritmos. Es, sin duda, el cantante más completo que tiene el país en la categoría 'tipo exportación'. Además de ser un excelente intérprete de los ritmos nativos, Vives es un hombre con carisma. Tanto en el escenario como fuera de él, irradia autenticidad y simpatía. Y eso hace que atrape el cariño de la gente con la misma facilidad con que la pone a bailar.
Aunque en su meteórica trayectoria no han faltado las críticas de los vallenatólogos que cuestionan sus versiones musicales, lo que nadie puede negar es su talento. Muchos dudaban de que pudiera superar el estruendoso éxito de los Clásicos de la Provincia, sin embargo, con La tierra del olvido confirmó que se trata de un fenómeno musical que promete rumba para rato. Con un millón y medio de copias vendidas en Colombia y casi dos millones más en el exterior, Vives ha hecho su ingreso a las grandes ligas y eso lo saben sus promotores que, este año, echaron la casa por la ventana para el lanzamiento de su disco. Pero Vives se lo merece porque detrás de esa desaliñada y fresca figura hay un profesional que, aparte de sus virtudes artísticas, ha demostrado un gran sentido de entrega al público. Y esos son los ingredientes que hacen a un ídolo.

JAIME GARZON
QUEDAMOS QUAC
En el menos serio de los noticieros de los domingos, Jaime Garzón y el equipo de 'Quac' presentaron las mil caras de la irreverencia.
EN UN PASADO MUY RECIENTE HACER HUMOR POLITICO en Colombia era una falta de respeto. En un país de costumbres conservadoras tan arraigadas, el sólo hecho de parodiar a los personajes de la vida nacional era una ofensa para el involucrado y más si se trataba de chistes que tenían que ver con el Presidente de la República.
Pero el país ha cambiado y de la prohibición tácita al humor político se ha llegado a una sana tolerancia que han sabido explotar los irreverentes de turno. Tanto que hoy no hay cadena radial que no tenga su equipo de imitadores, así como en televisión ya son varios los programas por el estilo. De ellos quizás no ha habido un solo colombiano que se haya mostrado indiferente ante las ocurrencias de los populares personajes del noticero Quac.
Sus libretistas -Antonio Morales, Miguel Angel Lozano y Jaime Garzón- han demostrado ser los más irreverente de todos. Y si no que lo digan Néstor Elí, Dioselina Tibaná y Godofredo Cínico Caspa, los tres personajes interpretados por Garzón.
Armado de un desbordante talento para la chismografía barata, los cruces telefónicos y la altanería frente a los periodistas de la televisora, el celador del Edificio Colombia trata con malicia por igual al señor Fiscal, al doctor gordito, a la señora Jacquin y a cualquiera de los habitantes del movidísimo conjunto residencial que muchas veces ha puesto en venta por mala administración. Pero si Néstor Elí posee la malicia de quien -como buen celador- lo sospecha todo y se hace el desentendido, la otra cara de la moneda es Dioselina Tibaná, la cocinera tolimense de Palacio. Su inocencia de campesina es responsable de las barbaridades que alcanza a decir mientras pretara el almuerzo de su jefe, y sus aderezadas recetas, compuestas de buenas porciones de realidad nacional, resultan ser una verdadera bomba para la opinión, cuando sus intenciones son las más sanas del mundo: consentir al 'dotor' que trabaja tanto y se mete en tanto lío.
En contraste con la malicia de Néstor Elí y la inocencia de Dioselina sobresale la figura del tradicional tinterillo colombiano, Godofredo Cínico Caspa, un abogado de recalcitrante cachaquería que le hace honor a su nombre y a sus apellidos. Cínico Caspa es ni más ni menos la conciencia nacional, digno representante de la clase dirigente, paradigma de la "moralidad" y adalid del sostenimiento del statu quo, virtudes que sabe explotar, en defensa de la "sana burocracia" y la "calidad de vida parlamentaria", con una buena dosis de oratoria veintejuliera.
En medio de una realidad tan agitada como la actual, estos tres personajes se ganaron un lugar de privilegio en el entretenimiento de los colombianos, y de paso demostraron que el humor político, más que un escándalo, es el mejor antídoto contra la intolerancia.

JULIO SANCHEZ CRISTO
LA VOZ DE CRISTO
En este año, y por cuenta de Julio Sanchez Cristo, el peso de opinión de la franja radial de la mañana se pasó a F.M.
HACE POCO MENOS de cinco años ni Julio Sánchez Cristo, el inventor de un programa radial que se llama Viva F.M., creía que ese magazín frívolo, en el que habría más música que noticias y entrevistas, se convertiría con el paso del tiempo en el fenómeno radial de los años 90.
El tiempo se encargó de demostrar que eso precisamente es lo que estaban buscando miles de colombianos. Al equipo de Viva F.M, en el que además de Sánchez Cristo están Roberto Pombo, Amalia Orlando, Claudia Muñoz

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