Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2004/10/03 00:00

Piense global y actúe local

Colombia es uno de los países privilegiados del mundo por la abundancia de agua, pero su mal manejo lleva a que haya colombianos enfermos por consumir malas aguas o mueran de sed porque no la tienen. Muchos ya están haciendo algo para cambiar...¿y usted?

Cuando se camina por las calles y trochas de Colombia y se viaja por sus carreteras, la primera impresión que salta a la vista es que en el país sobra el agua. Aguaceros torrenciales, dos océanos, ríos caudalosos, ciénagas y lagos, enormes charcos después de los aguaceros... El uso que se le da al agua invita a pensar que cae del cielo en cantidades ilimitadas. Personas que duran una hora bajo la ducha y que lavan andenes y carros con manguera. Tuberías rurales con toda clase de chisguetes en las uniones de los tubos. Todo un festival del agua que cae, brota y fluye por doquier.

Pero una mirada más atenta también muestra el desprecio de millones de colombianos por el agua. Desde ríos convertidos en cloacas y que son vergüenza mundial como el Bogotá. Bahías como la de Cartagena, altamente contaminadas. Cascadas y quebradas transformadas en botaderos de basura o lavaderos de carros, buses y tractomulas. Lagunas como Tota y Fúquene en franco retroceso y en peligro de esfumarse. Glaciares cada vez más pequeños y débiles. Algunos de ellos emblemáticos como el Tolima, condenados a desaparecer. Ciénagas y humedales desecados que se transforman en potreros improductivos y en barrios piratas.

Y, al mismo tiempo, cada vez son más frecuentes las tragedias que ocasiona el exceso de agua. Ríos que se desbordan, barrios enteros que se inundan, deslizamientos provocados por las fuertes lluvias, carreteras bloqueadas que afectan el desarrollo del comercio y la economía, cientos, miles de damnificados a causa de estos inesperados pero cada vez más frecuentes desequilibrios en el comportamiento del ciclo natural del agua.

Sin hablar, claro está, de las enfermedades y muertes que provoca en poblaciones marginadas el consumo de aguas no tratadas. O del absurdo, digno de Ripley, de poblaciones enteras que viven en varias de las regiones más lluviosas del mundo (el Chocó, la Amazonia) y al margen de ríos tan caudalosos como el Atrato sin acceso al agua potable o con el servicio apenas unas horas al día, por decir lo más.

Sin duda, Colombia es un país privilegiado: 1.900 ciénagas, 1.600 cuerpos de agua entre lagunas, lagos y embalses de los cuales 40 son de gran tamaño, 140.879 kilómetros cúbicos de aguas subterráneas (es decir, un volumen 70 veces mayor que el del total de aguas superficiales). Pero aun así, el tema del agua es muy preocupante a causa de una gestión del recurso que, en líneas generales, históricamente ha sido mala precisamente por la idea que se tiene de que este es renovable e ilimitado. Por ese motivo, el Día Interamericano del Agua que se celebra en octubre invita a hacer un corte de cuentas de la realidad colombiana.

Amenaza creciente

Las cifras mundiales que ofrecen el Informe Mundial sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos de la Unesco y una evaluación realizada por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente -Pnuma- no dan pie para el optimismo. Para comenzar, 1.000 millones de seres humanos carecen de agua potable y 2.400 millones no tienen acceso a un saneamiento básico. Cada día mueren en el mundo 6.000 niños condenados a consumir agua impotable. La mitad de los habitantes del llamado Tercer Mundo están expuestos a fuentes de agua contaminadas. Para completar el panorama, en los últimos 50 años se ha duplicado el consumo de agua en el mundo. Es decir que a medida que la demanda crece, la oferta se limita más y más a causa de la contaminación y los acelerados cambios climáticos que aún son un dolor de cabeza para los expertos. Y los que más la contaminan (los países desarrollados) son también los que más la consumen, en una escandalosa proporción de 10 a uno.

En el contexto global, Colombia es un país privilegiado. Las abundantes precipitaciones que recibe como resultado de su ubicación en el cinturón intertropical se reflejan en su gran cantidad de ríos y humedales, así como sus múltiples fuentes subterráneas. De acuerdo con el Ideam, esta oferta supera los dos billones de metros cúbicos al año, es decir, unos 57.000 metros cúbicos por habitante. Pero esto no debe tomarse como una invitación a cantar victoria. La anterior es sólo una cifra muy hipotética. Si se tienen en cuenta factores como la contaminación y otras variables como los ciclos húmedos y secos durante un año normal, el guarismo se reduce a 34.000 metros cúbicos por habitante. Esta cifra está en el promedio de América Latina, que es cinco veces mayor a la del mundo. En América del Norte este indicador es de 16.300; en Europa, de 4.700; en África, de 6.500 y en Asia, de 3.400.

En los años secos, que cada vez se hacen más frecuentes como resultado del cambio climático del planeta, la cifra en Colombia se reduce a 26.700 metros cúbicos por persona.

No sólo eso. Es importante observar que el 75 por ciento de esa oferta está en la Amazonia, la Orinoquia y el andén Pacífico, las zonas más despobladas y donde se presentan los menores desarrollos económicos del país. En cambio, las cuencas del Magdalena, el Cauca y el Caribe, que concentran al 90 por ciento de la población, producen el 25 por ciento restante, lo que significa que nueve de cada 10 colombianos disponen en promedio de 7.650 metros cúbicos al año en condiciones normales y de 6.000 en un año seco.

Otro dato preocupante: la mayoría de los municipios capta el agua para sus acueductos de quebradas y riachuelos muy vulnerables a la alteración de ecosistemas locales y cambios climáticos. De ese modo, ciudades como Leticia y Buenaventura, a las que en principio les sobra el agua los 12 meses del año, figuran en los mapas de riesgo de escasez en la zona media. (Ver mapa)

Las condiciones más críticas corresponden a la alta y media Guajira, el Catatumbo, el valle del Sinú y la sabana de Bogotá, que ha resuelto el problema de abastecimiento al desviar hacia la capital y los municipios cercanos aguas de la vertiente del Orinoco.

El panorama es de veras preocupante cuando se examina la gestión y la administración del agua a lo largo y ancho de Colombia. De acuerdo con el Ideam, los índices de escasez de agua para un año seco es alto en el 9 por ciento de los cascos urbanos de municipios, medio-alto en el 29 y medio en el 16. Las proyecciones para 2015 son más dramáticas: 47 por ciento de las cabeceras municipales sufrirá altos índices de escasez, 17, medio-alto y tan sólo el 30 por ciento tendrá índices mínimos o no significativos.

Para completar el panorama gris, menos del 5 por ciento de los municipios del país tratan sus aguas residuales. No siempre se aplican controles efectivos al uso de fertilizantes y pesticidas. La actividad minera en los ríos de Colombia provoca verdaderas hecatombes ambientales.

De acuerdo con cifras del Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial, de los 12 millones de colombianos que viven en el campo sólo 1,2 reciben agua tratada, 5,4 millones carecen de sistemas de abastecimiento y 8,2 millones no cuentan con unidades sanitarias o alcantarillado para evacuar las aguas servidas.

Pero este es uno de los tantos problemas que padecen los ríos de Colombia. La degradación de los páramos y los bosques andinos, formaciones vegetales que cumplen un papel crucial en la regulación y almacenamiento del agua, también ha alterado en gran medida la calidad y el comportamiento de los ríos colombianos (ver infografía sobre el ciclo del agua).

La expansión de los terrenos dedicados a la agricultura, en general, y especialmente a la ganadería y los cultivos de papa, ha provocado graves alteraciones, ya que estos cultivos utilizan grandes cantidades de fertilizantes y pesticidas que contaminan las fuentes de agua. El río Bogotá, 200 metros después de su nacimiento, ya está contaminado por los desechos tóxicos de los sembrados de papa y algo similar sucede en varios de los páramos estratégicos del Macizo Colombiano, donde nacen el Magdalena y el Cauca, los principales ríos de la vertiente andina colombiana. Los cultivos ilícitos, en especial los de amapola, también afectan la supervivencia de los bosques andinos.

El uso y abuso de las aguas subterráneas que los agricultores (en particular los floricultores) extraen para riego ya ha afectado el balance hídrico en zonas como la sabana de Bogotá.

El panorama es sombrío pero también se han hecho avances significativos, en especial a partir de 1974 con la expedición del Código de Recursos Naturales y las múltiples reglamentaciones posteriores que han determinado el uso y manejo del recurso.

La creación del Sistema Nacional de Parques Nacionales y Áreas Protegidas abarca el 10 por ciento del área del país y a esto se deben sumar las cada vez más comunes iniciativas de la sociedad civil para declarar áreas de protección en predios privados y comunitarios.

En 1993 se creó el Sistema Nacional Ambiental con el Ministerio del Medio Ambiente a la cabeza y desde entonces se formularon numerosas políticas e importantes acciones para frenar la creciente contaminación de las fuentes de agua, y se fortaleció el sistema de licencias ambientales con el fin de que las actividades económicas tomaran en cuenta sus impactos sobre el medio ambiente.

El Plan Verde inició la reforestación de más de 100.000 hectáreas en microcuencas abastecedoras de acueductos y estas iniciativas han generado una mayor conciencia ambiental en el país. Hoy muchos sectores productivos son conscientes de su responsabilidad.

Hace dos años, la unión de los ministerios del Medio Ambiente y Desarrollo permitió darle un manejo más integrado al recurso que comienza en la fuente misma del agua y termina en su manejo como servicio público. Sin embargo, como señala el ex ministro del Medio Ambiente Juan Mayr, "esta apuesta ha traído riesgos tales como que el nuevo ministerio se convierte en un ente regulador y a su vez regulado con lo cual se hace juez y parte". Esto ha traído retrocesos en la gestión ambiental del país; así lo señala Mayr: "El revés que han sufrido las tasas por uso de agua y las tasas retributivas al ser reformadas deja en último lugar de prioridad la descontaminación y el cobro por uso de las aguas".

No obstante el actual ministerio ha emprendido, a través de la Dirección de Agua Potable y Saneamiento Básico, esfuerzos interesantes de manejo integrado, entre los que se destaca el proyecto para revertir las deficiencias del servicio en áreas rurales, así como al manejo de residuos sólidos que afectan de manera grave a tres cuartas partes de los municipios del país. Otra línea de acción importante es buscar la mejoría en la operación y el mantenimiento de los servicios de agua y saneamiento, con iniciativas como la creación de empresas cuyos accionistas son los mismos usuarios.

Pero el problema no es exclusivo de las autoridades. Mientras cada individuo o empresa piense que el agua es un bien ilimitado, mientras se mantenga la cultura de que aquel que paga por el agua tiene derecho a derrocharla, mientras la gente siga confundiendo ríos y quebradas con cloacas, el drama del agua seguirá empeorando. Hay ya muchas entidades, comunidades y ciudades que están haciendo milagros y recuperando sus cuencas, sus ríos, mejorando sus servicios. Muchos ejemplos que se presentan en este informe especial.

El agua es la clave de la calidad de vida de la gente. No tenerla -o tenerla en exceso y administrarla mal- es una tragedia que afecta la salud, la equidad social, el trabajo y la producción del país. Por eso cuando esté en sus manos actuar a favor del agua no se deje abrumar por las cifras ni por las advertencias apocalípticas. Cualquier acción, por pequeña que parezca, es de gran importancia para su comunidad, para el país, para el planeta entero. En este caso es más cierto que nunca el grito de batalla de los ambientalistas del mundo entero: "Piense global, actúe local".

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