Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1990/08/27 00:00

POLITICA INTERNACIONAL

Sin pena ni gloria.

POLITICA INTERNACIONAL

El lunes 10 de agosto de 1987, Colombia estuvo a punto de embarcarse en una guerra internacional de consecuencias imprevisibles. Ese día, la corbeta Caldas incursionó en aguas disputadas con Venezuela, con lo que se encendieron las pasiones nacionalistas al otro lado de la frontera. A la larga, el asunto no paso a mayores, y las relaciones con Venezuela, antes que acabar de deteriorarse, experimentaron una mejoría sustancial en los años inmediatamente siguientes.
Sin embargo, a la hora de hacer el balance de la actividad internacional del gobierno de Virgilio Barco, el affaire de la Caldas parece gravitar sobre toda la gestión internacional del cuatrienio que termina.

El incidente del golfo de Venezuela marcó, tal vez sin que nadie se lo propusiera, un cambio de actitud del gobierno ante el problema de Venezuela, sin que por eso pueda decirse que se conociera en absoluto una política definida ante ese pais. Porque para la mayoría de los expertos consultados por SEMANA, la política exterior de Barco fue perfectamente congruente con la interior, en la medida en que en ocasiones fue aparentemente errálica, en otras pareció más pragmática que idealista, y sobre todo resultó misteriosa, cerrada.
La Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, que, por ejemplo, durante el gobierno de Alfonso López Michelsen se reunía por lo menos dos veces al mes, lo hizo solamente en una ocasión en todo el periodo de Barco. El canciller de la República, que en otros gobiernos se presentaba con frecuencia ante el Congreso para explicar la política exterior, en el mandato que termina sólo estuvo en muy contadas ocasiones ante la máxima corporación del país.

VENEZUELA
Las relaciones con Venezuela experimentaron un deterioro progresivo que comenzó, según algunos, con el nombramiento de canciller de Julio Londoño Paredes, considerado en Venezuela un representante de la línea dura y se cifra ba en múltiples incidentes fronterizos, como la matanza de miembros de la Guardia Nacional venezolana a manos de guerrilleros colombianos en la serranía de Perijá. Ese deterioro recibió un condimento especialmente picante con el reportaje concedido por el presidente en febrero de 1987 , a la revista británica South.

Según esa publicación, Barco habría dicho entre muchas otras cosas, que el problema de límites se podría arreglar con una llamada telefónica y que Carlos Andrés Pérez le había propuesto una solución nada presentable al diferendo. El reportaje en cuestión fue rápidamente desmentido por la presidencia de la república, y Pérez envió su protesta formal , pero el daño estaba hecho. El asunto fue profusamente aprovechado por las publicaciones anticolombianistas en Venezuela, en una época dominada por un gobierno como el de Jaime Lusinchi, poco inclinado a buscar un acuerdo con Colombia.

Algunas semanas más tarde, se produjo en Bogotá la única reunión de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, en la cual se convino que se propondría a Venezuela que se integrara la Comisión de Conciliación contemplada en el Tratado de 1939, suscrito para la resolución pacifica de los conflictos entre los dos países. Sin embargo, esa decisión -incluidos los nombres de los tres personajes propuestos por Colombia para conformar la comisión de cinco miembros se filtró a la prensa antes de que fuera conocida por el Palacio de Miraflores, lo que produjo una reacción negativa en los altos niveles oficiales de Caracas: La propuesta oficial, que finalmente se condujo por los canales diplomáticos , se encontró con un silencio hostil por parte de la cancilleria venezolana, entonces a cargo de Simón Alberto Consalvi. La respuesta negativa sólo se producirla tres meses más tarde, en medio de la confusión del incidente de la corbeta, cuando las relaciones de Colombia con Venezuela parecían en un punto de deterioro irremediable.

Sin embargo, en opinión de los expertos, el problema de la corbeta Caldas -con todos sus ingredientes desagradables trajo consigo algunos beneficios que sólo se harían evidentes más tarde. En primer lugar, se descongeló el problema de la delimitación de áreas marinas y submarinas en el golfo, y se internacionalizó su existencia, que venia hasta entonces en tono de disputa parroquial. La intervención de Brasil Argentina y la OEA, que terciaron preocupados por un desenlace bélico hizo que la necesidad de un arreglo se saliera del ámbito puramente bilateral.

Para muchos, el asunto de la Caldas llevó a un cambio de actitud de Barco, que a partir de entonces asumió una posición menos confrontacional. El presidente se dirigió a los colombianos en la noche del 29 de agosto, y lejos de responder a un virulento ataque de su colega Lusinchi, clamó por no turbar la hermandad con el pueblo venezolano". Una frase que tuvo un eco escandalizado en la prensa de la oposición, y unas favorables reacciones, por su puesto, en Caracas.

Pero no sería sino a la llegada de Carlos Andrés Pérez a la presidencia de Venezuela, cuando comenzaria a verse la luz al final del túnel. No habían pasado 24 horas de su fastuosa posesión cuando ya Barco, Londono Paredes y los venezolanos se sentaban a desayunar para poner sobre el tapete el nuevo modus operandi que tomarían las negociaciones en el periodo que comenzaba.

Fue entonces, el 3 de febrero de 1989, en el documento conocido como "Acuerdo de Caracas", cuando se planteó por primera vez la posibilidad de establecer el diálogo entre los dos países sin que estuviera de por medio, como un prerrequisito indispensable, la resolución del problema del golfo. La Declaración de Ureña complementó ese acuerdo, y cimentó lo que podría llamarse la reconstrucción,, de las relaciones con Venezuela.

A partir de ese punto comenzó una paciente labor llevada a cabo por los altos comisionados de ambos países, Pedro Gómez Barrero quien como embajador debió capear lo más difícil del temporal y Carlos Holguín Holguín por Colombia e Isidro Morales Paúl y Rafael Pizani, por Venezuela. Ese proceso tuvo su punto culminante en la reunión celebrada por los dos presidentes en la quinta de San Pedro Alejandrino, el 6 de marzo de 1990. Allí, los mandatarios suscribieron un acta en la que acogieron las recomendaciones de los altos comisionados, y en la que dispusieron la creación de una Comisión Permanente de Alto Nivel para que coordinara la acción sobre diez puntos de interés común, incluidos aspectos cruciales para las comunidades fronterizas, como el transporte internacional , la utilización de recursos naturales, migraciones y la delimitación de áreas marinas y submarinas.

Ello conforma un panorama en el que, por paradójico que parezca, las relaciones con Venezuela pasaron de su punto más bajo de muchos años, a un momento como el actual, en el que, en palabras de Barco en San Pedro Alejandrino, (Venezuela y Colombia constituyen ejemplo dentro de nuestro continente).

En opinión de muchos expertos, el desenlace favorable se cifró en dos cesiones importantes: Colombia cedió en cuanto aceptó que las conversaciones sobre el golfo regresaran al nivel bilateral. Venezuela cedió en la medida en que se convino establecer una instancia adicional, un procedimiento de solucion pacifica no compulsivo, que se aplicaría de común acuerdo, en caso de que las negociaciones no resultar en con éxito.

La gestión del gobierno de Barco frente a Venezuela, sin embargo, terminó con un lunar de grandes proporciones. El embajador Gustavo Vasco, que había reemplazado a Gómez Barrero, desató en Bogotá una controversia de grandes proporciones, cuando declaró en una conferencia en la Secretaria Permanente del Consejo de Seguridad y Defensa de Venezuela, en Caracas, que el golfo constituia un "interés vital" para ese país, con lo que aceptaba la tesis fundamental de los venezolanos para negarse a la aplicación del tratado de 1939. El gobierno no perdió tiempo para descalificar la posición de Vasco, pero no lo destituyó, ni siquiera cuando el embajador se ratificó en su tesis. Su tardía renuncia, aceptada para después del 7 de agosto, no dejó contentos sino a los venezolanos pues Colombia habia perdido una importante cana en la mesa de negociaciones.

ESTADOS UNIDOS
Para el ex canciller Alfredo Vazquez Carrizosa, Virgilio Barco Vargas fue el presidente más proyanqui desde Olaya Herrera. Esa impresión, que es compartida por muchos observadores parece contradecirse con la actitud asumió el país en varias oportunidades en la ONU.

Una de ellas fue la condena que Estados Unidos y otros paises prelendieron contra Cuba, por las violaciones a los derechos humanos en la isla. Otra, el asunto del derribo de dos aviones libios por pane de fuerzas norteamericanas.
En uno y otro caso, la actitud colombiana no se resolvio con la tradicional abstención. Por el contrario, Colombia votó en contra de los intereses de Estados Unidos, y a favor de sus compañeros del Grupo de los No Alineados, para defender el principio de no intervencion.

Esa actitud fue interpretada como un esfuerzo por mantener el difícil equilibrio entre unas relaciones favorables con su mayor socio comercial, y los principios que han animado la política exterior de Colombia de tiempo inmemorial y que forman parte del ideario de los No Alineados.

Mirado en conjunto, ese equilibrio traía dificultades y al mismo tiempo ventajas. Dificultades, por cuanto el voto independiente de Colombia predisponía a Estados Unidos a asumir posiciones negativas para Colombia, llegado el caso. Ventajas, porque la alianza de los No Alineados segun a revistiendo gran importancia a la hora de los conflictos.

Lo cierto es que la agenda entre Estados Unidos y Colombia está llena de puntos de conflicto, entre los que el comercio bilateral, la deuda externa y el narcotráfico son apenas los puntos mas conocidos. Sin embargo, los observadores anotan que nunca se estableció un mecanismo de resolución constructiva de esos puntos de conflicto, y que fueron más bien los hechos los que motivaron la acción del gobierno.

En ese sentido, algunos apuntan que hasta el asesinato de Luis Carlos Galan, el presidente Barco había centrado sin mayor éxito su política contra a el narcotrafico, en la necesidad de que Estados Unidos y las naciones consumidoras asumieran su parte de la lucha mediante fuertes campañas contra el consumo ilícito. Pero el magnicidio produjo un lógico énfasis en las medidas represivas y en las soluciones militares, lo que pareció colocar coyunturalmente a Bogota en la misma línea de conflicta de Washington. Ello sera tradujo en el muy promocionado apoyo como de equipos y pederechos "casi siempre obsoletos" con que el Pentágono iriundó a las fuerzas Armadas Colombianas.

Hasta entonces, los viajes de Barco a Estados Unidos no habian tenido caracter oficial. Sólo en septiembre del año pasado la visita de estado a Washington, y algunos meses mas tarde, la reunion de los presidentes de Bolivia, Perú, Estados Unidos y Colombia en Cartagena revistieron ese caracter. Fue entonces cuando comenzaron a vincularse los aspectos económicos donde los países afectados por el narcotráfico, con el éxito de la lucha contra las drogas. Se hizo claro que sin apoyo efectivo de Estados Unidos para el desarrollo, sería imposible una victoria en ese campo.

Sin embargo, la cumbre antidroga de Cartagena dejó la errónea impresión entre los observadores internacionales, de que el problema se reducía a esos protagonistas, como si, por ejemplo, Europa no tuviera nada que decir sobre su creciente número de consumidores habituales.

Hoy se habla que Colombia hubiera podido asumir ante Estados Unidos la actitud predominante en el gobierno de Julio César Turbay, cuando el país se alineó al lado de Washington prácticamente sin condición alguna. Según esa hipotesis, se hubiera podido reconocer la existencia de un enemigo común, el narcotráfico, y aceptar la presencia militar de Estados Unidos. Pero a cambio, el país se hubiera aislado del Tercer Mundo, con los costos que ello implica en un momento histórico como el actual.

EL RESTO DEL MUNDO
En lo que parece haber unanimidad es en la mejoria de la imagen internacional de Colombia frente al problema del narcotráfico. Ese objetivo se consiguió mediante varios viajes a Europa, en los que se obtuvo el reconocimiento de la multilateralidad del problema y se logró que se identificara al país como víctima y no como victimario en el asunto de las drogas. El entusiasmo hizo que los líderes de la Comunidad Económica se desvivieran en elogios para el valiente gobierno colombiano. Pero nada se vio en materia de inversiones, préstamos favorables o ayuda pura y simple.

Lo mismo sucedió con la tan promocionada apertura a la cuenca del Pacífico, que se inició con el fallido viaje de Barco a Seúl, pero de la cual no se ha visto un solo resultado concreto.

En el campo latinoamericano, el país presenció un evidente cambio de perspectiva, pues si Belisario Betancur puso sus ojos en el grupo de Contadora para tratar de conseguir la paz en Centroamérica, Barco dejó completamente de lado a ese subcontinente, y puso un énfasis mayor en América del Sur, a través del Grupo de los Ocho. Eso se refleja, entre otras cosas, en que mientras Betancur hizo multiples viajes a Centroamérica, Barco sólo lo hizo en una ocasión meramente protocolaria, como la celebración de los 100 años de democracia en Costa Rica, el 27 de octubre de 1989.

En términos generales, los defensores de la gestión internacional de Barco señalan como sus mayores éxitos el cambio de actitud de la comunidad internacional frente al narcotráfico, la mejoría en las relaciones con Venezuela, y la apertura de Colombia hacia el Pacifico. Pero sus detractores afirman que si hubo éxitos, fueron logrados por la fuerza de los hechos y no como producto de una política internacional consistente. Si bien la gestión del canciller Julio Londoño, aunque controvertida, tiene una calificación positiva, se critica la falta de coordinación de las distintas areas interesadas en las relaciones internacionales, sobre todo desde el punto de vista comercial y económico. Para ello, no han faltado quienes anoten que los logros diplomáticos no se vieron jamás respaldados por éxitos de tipo económico.

Otros señalan la incongruencia entre el esfuerzo que se hizo por profesionalizar la cancillería en Bogotá, frente a la desastrosa gestión de algunos embajadores que de todo tenian menos de diplomáticos profesionales. Pero por sobre todo, el mayor reproche se refiere a que las relaciones internacionales se manejaron en medio de un secreto virtual.

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