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| 10/28/1985 12:00:00 AM

¡PONGASE A PENSAR!

¿Qué determina la inteligencia: los genes o la cultura? Un debate de nunca acabar.

Todo parece indicar que el legendario IQ (cociente de inteligencia) está cayendo en desgracia. Tanto que muchos psicólogos han eliminado esas dos letras de su léxico. El culto a los tests mediante los cuales los científicos pretendían medir la inteligencia, ha venido perdiendo adeptos en la medida en que la vida real ha demostrado que personas con bajos IQs han logrado éxito considerable, mientras que otras con cocientes altos no han logrado triunfar en la vida. Al menos es lo que revelan las últimas investigaciones realizadas en los Estados Unidos sobre la materia, publicadas recientemente en la revista Discover.
Sin embargo, el tema de la inteligencia y de cómo medirla continúa desvelando a los psicólogos, probablemente porque la inteligencia es la principal habilidad que separa al hombre de los otros animales. Aunque cada día son más los que rechazan los tests de medición del IQ, todavia quedan algunos que los defienden, como el doctor Hans Eysenck de la Universidad de Londres, quien sostiene que "hay suficiente evidencia científica que muestra que los tests para medir el IQ reflejan las habilidades cognitivas actuales de una persona". En la otra orilla se encuentran declaraciones no menos categóricas, como la del biólogo Stephen Jay Gould, quien afirma que "asumir que la inteligencia puede ser medida con un simple número no es más que la versión moderna de la vieja teoría de la crancometría", refiriéndose a conceptos del Siglo XIX según los cuales la inteligencia de una persona se podía determinar midiéndole su cabeza. El neurólogo de Harvard, Norman Geschwind, ha señalado que algunas personas con daño masivo del lóbulo frontal, cuya personalidad, motivacion y percepción interna han sido severamente alteradas, pueden alcanzar puntajes de IQ cercanos a la genialidad, lo que muestra, evidentemente, la bancarrota del IQ como sistema de medición de la inteligencia.
El IQ tuvo en tiempos difíciles una combinación de mala suerte y mal uso. Su mala suerte fue haber sido inventado a comienzos de siglo, cuando prevalecían aparentemente más prejuicios raciales y nacionalistas que ahora. Algunos de sus creadores lo utilizaron mal para justificar medidas represivas contra extranjeros, negros y otros "indeseables". Y aún los científicos debaten enérgicamente si las diferencias de IQ entre varias razas y nacionalidades significan algo. Estas controversias dejan dudas entre algunos investigadores sobre si vale la pena o no rescatar el IQ. "El problema con el IQ es que ha sido distorsionado durante décadas por un cierto olorcillo de connotaciones políticas raciales y demás", dice el psicólogo de Yale, Robert Sternberg.
Sternberg y otros jóvenes teóricos e investigadores propugnan porque se declare obsoleto el IQ y porque se busque una nueva y más realista definición de lo que significa ser inteligente. Sería errado clasificar a este grupo como una escuela, ya que hay ideas muy diversas en torno del tema. Por ejemplo, el psicólogo Howard Gardner identifica siete "inteligencias", que incluyen aceptación social y habilidad atlética. Sternberg considera tres, una de las cuales es la inteligencia práctica que se puede equiparar a lo que se llama sentido común. Y lo más importante de toda esta nueva corriente que pone en tela de juicio el IQ es que sostiene que el desarrollo mental no se detiene en la adolescencia, como lo afirman muchos de los defensores del IQ, sino que continúa a lo largo de la vida.
Lo que estas nuevas tendencias y teorías comparten es una perspectiva humanística del asunto. Sus creadores toman prestados elementos de la psicología cognoscitiva y de la neurociencia para definir la inteligencia como un complejo tejido de habilidades. Ellos han elaborado nuevos exámenes de inteligencia, utilizando problemas realistas. Explícitamente admiten diferencias culturales y nacionales en la definición de la inteligencia y argumentan que ésta resulta de una interacción de los genes y del ambiente. Sostienen, además, que buena parte de la inteligencia consiste en habilidades aprendidas, por lo cual muchos de los teóricos de estas nuevas tendencias están desarrollando programas para enseñarla. Nadie espera, sin embargo, que las nuevas teorías terminen con las quejas acerca de los tests de inteligencia o que establezcan de una vez por todas lo que es esa elusiva cualidad que llamamos inteligencia. Lo que realmente han hecho es empezar a cambiar el punto de vista científico establecido sobre la materia.
La concepción moderna de la inteligencia tiene sus raíces a comienzos del siglo, cuando un número de cientificos intentó dar definiciones para el término. Sir Francis Galton trató de medir la inteligencia usando tests sencillos de reacciones medidas en el tiempo. El psicólogo francés Alfred Binet, publicó el primer test moderno parecido al del IQ, para ayudar a los escolares que requerían educación remedial. Este test fue acogido con entusiasmo por psicólogos americanos, uno de los cuales, Lewis Terman, produjo en 1916 una versión ampliada, diseñada para sujetos de cualquier edad, que consistía en problemas para probar raciocinio y lógica, vocabulario y habilidad para completar series de números. Mientras que la escala de Binet establecía puntajes que se interpretaban en términos de edad mental, Terman llamó a sus indicadores IQ, que se calculaba mediante la división de la edad mental del sujeto por la edad física y multiplicando el resultado por cien. Mientras Binet le daba a su test la dimensión de una simple herramienta educacional, Terman tuvo ambiciones mayores para extender ese tipo de test hacia los adultos. El sueño de Terman de los tests masivos llegó rápidamente a realizarse. Un psicólogo de Harvard, Robert Yerkes, persuadió a la Armada de examinar cerca de un millón 750 mil reclutas durante la Segunda Guerra Mundial.
Ya sea por las pobres condiciones en las cuales se llevaban a cabo los tests -muchos de los salones donde se realizaban estaban tan congestionados que los reclutas sentados al fondo difícilmente podían escuchar las instrucciones- o por la falta de habilidad de los soldados, el hecho es que el puntaje promedio de los reclutas fue de una edad mental de 13 años, ligeramente por encima de los clasificados como "morones".
Con los exámenes de la Armada, las pruebas de inteligencia cogieron vuelo después de la guerra. Se revisaron algunos procedimientos del test de Terman y Binet y se desarrollaron unos nuevos. Empezaron a utilizarse para identificar niños que aprendían rápido o despacio, para evaluar candidatos a un empleo o como parte de exámenes psicológicos o psiquiátricos. Se combinaron también con otros tests para ayudar a describir retratos de las habilidades o debilidades mentales de las personas, etc.
Gardner, uno de los exponentes de las nuevas teorías, recuerda muy bien su primera confrontación con una serie de tests de IQ. Sus padres, refugiados judíos de la Alemania nazi, sabían que tenían un hijo inteligente y deseaban averiguar qué hacer con él. Así, a mediados de los años 50, cuando Gardner tenía 13 años, lo sometieron a una semana de test. Al respecto, dice Gardner: "Al final de la semana le dijeron a mis padres que me había ido bien en todos los tests, pero que yo parecía ser mejor en las materias clericales. Tal vez fue entonces cuando empezó mi escepticismo en cuanto a los tests". Fue un excelente estudiante de psicología en Harvard y posteriormente de filosofía y sociología en Inglaterra. Después de regresar a Harvard en 1966, trabajó con niños muy talentosos en el llamado "Proyecto Cero", un innovador grupo de trabajo que intentaba entender la creatividad artística, y también con pacientes cerebrales. Esta doble exposición a niños talentosos y a adultos gravemente enfermos ayudaron a moldear su punto de vista ecléctico sobre la mente. El y David Feldman se mostraron impresionados por la tierna edad en la cual muchos niños manifiestan habilidades especiales.
En su trabajo con los pacientes de daño mental, Gardner fue golpeado por la cruel y exquisita selectividad con la cual la enfermedad y las heridas podían dañar la mente. Los pacientes con una lesión del hemisferio izquierdo podian perder la capacidad de hablar, pero conservar la capacidad de tararear canciones porque el hemisferio derecho musical estaba intacto. En pacientes con el hemisferio derecho lesionado, notó que podían leer con fluidez, pero que eran incapaces de interpretar lo que leian. Los descubrimientos de Gardner sugerían que la habilidad de leer entrelíneas -es decir llegar al punto de algo, incluyendo un chiste-, es fundamentalmente una función del hemisferio derecho.
Estas experiencias convencieron a Gardner de que la inteligencia, lejos de ser un poder unitario de la mente, consiste en un conjunto de habilidades mentales que no sólo se manifiestan independientemente, sino que probablemente provienen de diferentes áreas del cerebro. En su libro Frames of mind sostiene la hipótesis de que por lo menos hay siete amplias categorías de la inteligencia. Tres son convencionales: verbal, matemática y espacial. Pero las otras cuatro -habilidad músical, destrezas corporales, capacidad para tratar con otros y conocimiento propio-,han desatado una gran controversia porque se consideran lejos de lo que usualmente se llama inteligencia. "Si hubiera hablado de siete talentos, nadie se hubiera sentido afectado", explica Gardner. "Pero al llamarlas inteligencias esperaba sacudir a la comunidad que quiere reservar este nombre para los resultados de ciertos tests".
En defensa del rótulo "inteligencia", Gardner argumenta que cada una de las siete habilidades puede ser destruida por un daño cerebral particular, cada una se manifiesta en forma especial en "idiotas sabios" o en personas con mucho talento y cada una implica habilidades cognoscitivas únicas.

La teoría de Gardner le abre espacio no solamente a las definiciones de inteligencia de Occidente, sino también a las de otras culturas. Por ejemplo, la inteligencia en el pueblo latmul de Papua, Nueva Guínea, puede consistir en la habilidad para recordar los nombres de los diez o veinte mil clanes, como lo hacen los hombres adultos de ese grupo. En la cultura Puluwat, de las islas Carolina, la inteligencia puede ser la habilidad para navegar por medio de las estrellas.
Sternberg es otro de los psicólogos interesados en ampliar las definiciones de inteligencia y en desarrollar nuevas teorías. Hijo de inmigrantes judíos, está más cercano que Gardner a la corriente de la sicometría, es decir, de las pruebas mentales, y aún cree que existe una inteligencia singular que si se tuviera el conocimiento suficiente, podría, incluso tocarse con el dedo. La teoría "triárquica" de Sternberg, explicada en su libro Beyond IQ, concibe la inteligencia en tres partes. La primera tiene que ver con los mecanismos mentales que la gente utiliza para planificar y adelantar tareas, con especial énfasis en lo que Sternberg llama "metacomponentes de la inteligencia" -las habilidades por medio de las cuales la gente planea y evalúa la solución de un problema-.
La segunda parte de la teoría triárquica tiene que ver con el efecto de la experiencia: la persona inteligente no sólo resuelve nuevos problemas rápidamente, sino que se entrena a si misma para resolver de memoria problemas que le son familiares, con el fin de liberar su mente para otro trabajo. La tercera parte, que se centra en la inteligencia práctica, sostiene que el sentido común depende mayormente del "conocimiento tácito" -que puede vagamente ser definido como todas esas cosas que nunca son enseñadas en el colegio-. Sternberg dice que el éxito en la vida depende con frecuencia de un conocimiento tácito más que de la información explícita.
Sternberg está convencido de que si el conocimiento tácito se pudiera hacer explícito podría ser enseñado. El mismo trata de enseñárselo a sus estudiantes y, además, ha desarrollado una serie de tests de inteligencia práctica. Uno de ellos busca determinar la sensitividad del encuestado a claves no verbales: por ejemplo, se le muestran fotos de dos personas y se le pregunta cuál de las dos es el jefe y cuál el empleado (ver recuadro). "Los tests estándar de IQ son buenos para decir cómo le va a la gente en el colegio, pero tienen una muy baja correlación con el desempeño de esas personas en el trabajo". "Yo quiero ser capaz de decir quién va a ser un buen oficinista, un buen ejecutivo o un buen científico".
El psicólogo John Baron ha centrado su interés en enseñar la inteligencia, preocupado por las profundas divisiones en la sociedad americana, que descubrió a raíz de la guerra del Vietnam. Lo que molestaba a Baron, entonces un estudiante, no era tanto que la gente estuviera en desacuerdo acerca del tema de la guerra, sino la forma tan vehemente como cada "bando" expresaba su opinión. Baron cree que esos poderosos desacuerdos emocionales que prevalecen frente a muchos de los problemas nacionales, desde el aborto hasta el desarme, resultan de una sutil irracionalidad del pensamiento humano. Para este análisis, Baron se basó en estudios realizados por colegas con personas que fueron encuestadas sobre un tema tan concreto como la pena de muerte. Escogieron personas que estaban a favor y en contra. Les dieron dos estudios falsos, pero que parecían ser autorizados: uno que presentaba evidencia de que la pena capital desestimulaba el crimen y otro que no. Al final, los dos grupos se redicalizaron aún más en sus posiciones. "Eso tenía que ser irracional", agrega Baron.
¿Por qué la gente actúa así? La respuesta de Baron está determinada por los resultados de su trabajo con jóvenes con dificultades de aprendizaje. Muchos de estos niños muestran los mismos patrones de irracionalidad que la gente comun, pero en forma exagerada. "Ellos son impulsivos, son rígidos, resuelven mal los problemas matemáticos y cuando se les señala su error, replican que están en lo correcto". En uno de sus libros, Baron define la esencia de la inteligencia como el arte del pensamiento racional, un talento que es aprendido, que no es innato. Baron y una de sus discípulas han estado trabajando en un programa para enseñar pensamiento racional a pacientes depresivos que tienden a ver el mundo en blanco y negro y que se colocan a sí mismos del lado negro del mundo. Dentro de las sugerencias que hace Baron para desarrollar el pensamiento racional, se encuentran:
-Pregúntese a sí mismo si está evitando pensar.
-Busque activamente evidencia en el campo contrario.
-Nunca esté seguro de que una idea o plan no puede mejorarse.
-Pregúntese a sí mismo por qué quiere que algo sea cierto o falso.
-Sepa por qué cree usted en las cosas en las que cree o por qué toma las decisiones que toma.
-Use las intuiciones como evidencia, pero no para sacar conclusiones.
-No sienta miedo de estar equivocado.
Para Arthur Jensen, los programas cuyo propósito es aumentar la inteligencia son simplemente una forma de pensar con el deseo. El cree que son los genes y no la cultura o el ambiente los que influyen en mayor grado en determinar la inteligencia. Específicamente Jensen argumenta que la inteligencia es una propiedad física del cerebro, que el IQ es una forma de medir esa propiedad y que la inteligencia es mayormente heredada. Entonces, como resultado, hay agudos límites biológicos establecidos desde el nacimiento en la capacidad intelectual de cada individuo y puede también haber claras diferencias del potencial intelectual entre razas y nacionalidades.
Esta no es una posición que cuenta con muchos amigos. Cuando la sugirió por primera vez en 1969 y afirmó que a los negros no les iba tan bien como a los blancos en el colegio, las críticas más amistosas lo llamaron ingenuo y las más hostiles racista. Pero ha seguido investigando en esta dirección y sus hallazgos lo han convertido en la espina más grande para quienes estén del lado de Gardner y Sternberg.
Desde el punto de vista de Jensen, cerca del 70% de las diferencias a nivel de la inteligencia pueden ser genéticas. Algunos de quienes se oponen a sus teorías afirman que los tests diseñados para una cultura son notoriamente defectuosos cuando se aplican a otra. Existe un clásico estudio sobre una tribu de Liberia, en el cual se les solicitó a miembros de esa tribu que ordenaran una serie de objetos. Para su sorpresa, los miembros de la tribu agruparon los objetos según sus funciones, colocando por ejemplo una papa al lado de un azadón, en lugar de clasificarlos taxonómicamente, colocando la papa al lado de otros alimentos. Para los estándares occidentales esto significa un inferior estilo de clasificación. Pero cuando los encuestados les dieron la respuesta correcta de acuerdo con esos estándares occidentales, uno de los miembros de la tribu les hizo notar que sólo una persona estúpida podía clasificar las cosas de esa forma. Después, los investigadores pidieron a los encuestados que clasificaran los objetos de acuerdo a la forma como creían que lo haría una persona estúpida. Y para su sorpresa, los clasificaron taxonómicamente.
Stephen Jay Gould sostiene que aun si la inteligencia fuera 70% heredable, de lo cual él duda, eso no probaría que las diferencias raciales o culturales fueran genéticas. Pero, de todos modos, los críticos de Jensen temen que las ideas de este último lleguen a causar un daño psicológico a los grupos supuestamente inferiores y aun que puedan ser utilizadas para justificar la opresión social y política.
Independientemente de que la heredabilidad tenga o no sentido, lo que es absolutamente cierto es que la inteligencia algunas veces está biológicamente influenciada, como lo demuestra dramáticamente el trabajo de Julian Stanley y Camila Benbow. Stanley ha recopilado datos desde 1971 de niños que, antes de los 13 años, lograron puntajes de 700 o más (de un máximo de 800) en tests de matemáticas. El sorprendente descubrimiento de Stanley y Benbow es que entre los 292 más altos puntajes en el test de matemáticas, los niños se destacan sobre las niñas en una proporción de 12 a 1. Los efectos parecen limitarse a las matemáticas, mientras que la relación es de 50-50 en pruebas verbales. Aunque recibieron enormes críticas, los investigadores sostienen que no han afirmado que la biología sea la causa, pero que tampoco pueden rechazar prematuramente su influencia.
Otro investigador, Geschwind, quien murió el año pasado, creía que las influencias hormonales en la matriz con frecuencia causaban en los fetos de varones un mayor desarrollo del hemisferio derecho de sus cerebros a expensas del izquierdo. Esto podria explicar el hecho de que hay más hombres zurdos (el hemisferio derecho controla el lado izquierdo del cuerpo) y también el hecho de que los zurdos son más propensos para desórdenes de autoinmunidad y problemas de lecturas.
Stanley señala que la inteligencia no tiene sentido cuando está separada de sus raices culturales. Gracias al bagaje cultural y a la transmisión de conocimiento, cada persona, como lo dijo Newton en su tiempo, se para en los hombros de incontables genios, a quienes les debe una serie de conceptos que son tan familiares que parecen intuitivos, pero que fueron de hecho intuiciones brillantes. Este hecho hace extremadamente difícil decir si la inteligencia aumenta con el tiempo. En este sentido hay que considerar, como dice Gardner, que las diferentes clases de inteligencia han sido valoradas en distinta forma en cada época. Por ejemplo, antes de que se inventara la escritura, la marca de la sabiduría era tener una prodigiosa memoria verbal, habilidad que hoy en día está más asociada con los "sabios idiotas".

Así como cada tipo de inteligencia tiene su tiempo, así lo tiene cada etapa de su desarrollo en los individuos. Esa fue la intuición del conocido psicólogo suizo, muerto en 1980, Jean Piaget, quien describió los descubrimientos intelectuales que determinan el desarrollo mental de los niños. Para Piaget, la última etapa del desarrollo mental se logra durante la adolescencia, por la obtención de lo que él llamó "operaciones formales", que es, más o menos, la habilidad para resolver problemas lógicos abstractos. Sin embargo, algunos de los descendientes intelectuales de Piaget piensan que el desarrollo mental continúa en la edad adulta y algunos de ellos han desarrollado tests para intentar probarlo.
El psicólogo de Harvard, Michael Lamport Commons, por ejemplo, describe tres etapas de desarrollo mental más allá de las operaciones formales, cada una de las cuales implica la habilidad de razonar abstractamente sobre los logros de la etapa previa. Su colega, Lawrence Kohlberg ha ideado tests para medir el desarrollo ético de los adultos. Para apreciar la relación de tales medidas con el IQ, Commons recientemente dio una serie de sus tests a 150 voluntarios de una organización mundial de gente con altos IQs. Estas personas no obtuvieron mejores puntajes que adultos de inteligencia normal. Por el contrario, aquellos que reclamaban tener los más altos IQs, tendían a tener los más bajos grados de juicio ético de la escala de Kohlberg. Al respecto, Commons dice que "la noción de que los genios resolverán nuestros problemas es una mistificación".
Aunque el IQ, según algunas medidas, declina 3 ó 4 puntos por década después de los 20 años, el psicólogo John Horn ha descubierto que otros aspectos del comportamiento intelectual aumentan con el tiempo. Uno de ellos es la habilidad que Horn y otros han llamado "inteligencia cristalizada", que constituye la suma del conocimiento y la experiencia de una persona. Según Horn, "su efecto se muestra en tests como aquel en el cual usted le pide a una persona que piense en todas las cosas que podría hacer con un ladrillo. La persona mayor se manifiesta con más ideas, pues ha tenido más experiencia y ha vivido más tiempo, y además esas ideas son buenas y no estúpidas".
Probablemente, la más compleja pieza del rompecabezas de la inteligencia es el por qué personas obviamente inteligentes, hacen un desastre de sus vidas. Sternberg, quien le ha dedicado mucha investigación a este asunto, piensa que problemas de personas brillantes que no han logrado ser felices, se derivan de campos distintos de la inteligencia. Tiene una lista de los factores que, según él, deterioran el desempeño de la inteligencia: falta de motivación, incapacidad para perseverar, impulsividad incontrolada y fallas para conocer las propias limitaciones.
La polémica sobre la inteligencia continuará y por lo pronto lo único que queda claro es que hay más preguntas que respuestas y que en el campo de la inteligencia los investigadores seguirán trabajando indefinidamente, sin que quizá nunca encuentren respuestas absolutas.
¿QUE ES PARA USTED LA INTELIGENCIA?
MIGUEL DE ZUBIRIA. Profesor de psicología de las universidades Incca y Nacional.
"En primer lugar, la inteligencia es la capacidad, mayor o menor, para comprender, que posee un niño o un adulto, el mundo que lo rodea. Aclaro, sin embargo, que todos los niños y los adultos son inteligentes. Valdría la pena señalar que nuestras escuelas y todo el aparato educativo rechaza a los más inteligentes, ya que están diseñados para niños promedios. A los inteligentes se les separa a través de múltiples mecanismos. Uno de éstos sería que, como comprenden más rápido, se vuelven indisciplinados y ninguna institución los quiere tener o trata de adormecerlos".
CONSTANZA DE LOZADA. Psicóloga de la Universidad de Michigan.
Profesora asociada de la Universidad Nacional y de la Universidad Antonio Nariño.
"Para mí, la inteligencia son muchas cosas. Entre ellas, el razonamiento lógico y la aptitud para reconocer y resolver problemas. La capacidad que tenga un individuo para hacer uso de la abstracción y simbolización. Esto es fundamental para diferenciar una persona inteligente de una con inteligencia lenta o retardada. La persona muy brillante busca la simbolización, la aplicación de los principios, reglas y conocimientos ante situaciones novedosas para comprenderlas y transformarlas. Una persona lenta de inteligencia generalmente no sabe qué hacer ante una situación nueva. Finalmente, creo que la inteligencia es la capacidad que tiene un individuo para jugar con la fantasía y crear nuevas alternativas".
PAULINA ESGUERRA DE IRIARTE. Psicóloga. 20 años dirigiendo un jardín preescolar.
"Es una pregunta difícil, porque no es fácil llegar a la conclusión de que una persona es inteligente si no se cuenta con una prueba que mida varios aspectos. Yo soy escéptica frente a las definiciones. La inteligencia comprende infinidad de aspectos de un ser humano. Hay, por ejemplo, personas que no son buenas para la lógica, pero que en aspectos prácticos son excelentes. Hay una definición que dio alguien, y que pienso es la más completa, y es que la inteligencia es la capacidad de adaptación del individuo ante las diferentes circunstancias de la vida. Porque, ¿ qué saca una persona con poseer un IQ alto, si en la práctica los problemas no se manejan sólo con el IQ? ".
PILAR MORENO DE ANGEL. Historiadora, directora del Archivo Nacional y la única mujer Miembro de Número de la Academia de Historia.
"Yo pienso que una persona es inteligente por su capacidad de analizar y resolver un problema, ajustándose a las normas estrictas de la lógica".
JORGE ARIAS DE GREIFF. Director del Observatorio Astronómico.
"Yo veo la inteligencia como la capacidad muy rápida, casi instantánea de relacionar y analizar aspectos diversos de una idea, de una situación, de un acontecimiento, etc., lo que conduce a un mejor entendimiento frente a la realidad".
RUBEN ARDILA. Psicólogo de la Universidad Nacional, doctor en psicología experimental, catedrático de la Universidad Nacional.
"En primer lugar, el concepto de inteligencia en psicología se refiere a una aptitud general. Es un concepto sumamente discutido, con una historia larga. Hoy se considera que la inteligencia no es una cosa, sino muchas cosas. No es una aptitud, sino muchas aptitudes, por lo menos seis (verbal, matemática, espacial, etc). La inteligencia es considerada en el mundo occidental como algo muy importante. La inteligencia se ha medido en la cultura occidental por medio de tests que tienen una base matemática muy sólida, pero las normas interpretativas de esos datos no han sido fáciles. Los tests son discutibles. De las muchas definiciones de inteligencia, tal vez la más importante es la de la capacidad de adaptación. En el mundo actual es muy importante poder adaptarse al medio, sin que esto quiera decir doblegarse, bajar la cabeza, sino más bien la posibilidad de poder cambiar el ambiente".
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