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| 12/1/2002 12:00:00 AM

Por el buen camino

En contra de la percepción, Bogotá se consolida como una de las ciudades más seguras del país y de Latinoamérica.

Bogota ha soportado el peso de tener la imagen de ser una de las ciudades más inseguras del país, e incluso del mundo. Durante años la capital de Colombia encabezó los listados internacionales de estadísticas delincuenciales al lado de algunas ciudades de países africanos. Incluso en algunas guías turísticas extranjeras llegó a figurar como uno de los lugares en donde las posibilidades de sufrir un asalto o incluso ser asesinado eran muy altas. Las frecuentes historias de robos, asaltos a residencias y homicidios, entre otros, ayudaron a incrementar ese poco honroso calificativo de ciudad insegura. La realidad, sin embargo, es que durante los últimos años las cosas son bastante diferentes en la capital. Y esto es algo que se ha podido percibir especialmente en los últimos meses.

Bogotá está dejando a un ritmo acelerado las tormentosas épocas en las que los delincuentes eran amos y señores de las calles. Aunque, evidentemente, está lejos de ser un paraíso libre de ladrones y asaltantes, resulta sorprendente el gran descenso en los índices de criminalidad, en particular en el homicidio. Hace siete años era la segunda urbe del mundo con el mayor número de asesinatos. Hoy, según las estadísticas del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Bogotá es una de las metrópoli del continente americano con una de las cifras más bajas de homicidios. Tristemente dentro del top 10 de ese desafortunado ranking figuran dos localidades colombianas: Medellín y Cali (ver recuadros).

Las estadísticas del BID revelaron un dato que para muchos no deja de ser sorprendente: mientras que en Washington, capital de Estados Unidos, con tres veces menos población que Bogotá, son asesinadas 62 personas por cada 100.000 habitantes, en la capital colombiana la cifra sólo llega a 30 personas. Bogotá redujo en un período de ocho años, entre 1994 y 2002, los homicidios en 62 por ciento. La estadística es significativa, sin duda alguna. Pero lo interesante es que ese notorio descenso no sólo se está presentando en ese aspecto.

Los delitos de impacto social, que incluyen atraco callejero, robo de vehículos, viviendas, bancos y establecimientos comerciales, también han disminuido significativamente comparados con años anteriores. Según datos del Centro de Investigaciones Criminológicas de la Dijin, mientras en 1998 se registraron más de 25.000 casos que involucraban este tipo de delitos a finales del año pasado la cifra registró un dramático descenso con 17.000 casos (ver recuadro)

La ley de la calle

Aunque las cifras son contundentes y muestran que la mayoría de los delitos han descendido más de 20 por ciento lo irónico del asunto es que los habitantes aún no sienten estos cambios. Según el promedio de las estadísticas trimestrales del observatorio de seguridad de la Cámara de Comercio de Bogotá tan sólo 30 por ciento de los encuestados perciben que los niveles de seguridad de Bogotá han mejorado. Esto se explica en gran parte debido a que acciones terroristas, como el ataque al Palacio de Nariño el día de la posesión de Alvaro Uribe, el carro bomba contra la sede de la Policía Metropolitana o los morteros lanzados contra el búnker de la Fiscalía producen una inevitable sensación de inseguridad dentro de la ciudadanía. La realidad es que las cifras son contundentes y demuestran que una cosa es la percepción y otra lo que realmente está pasando.

Tan sólo en la Avenida Caracas, uno de los sitios en donde históricamente se han registrado elevados índices de atracos, las cifras de raponazos y robos han descendido en 70 por ciento en 2002. Los asaltos a bancos y residencias descendieron 23 por ciento en ese período. Durante ese mismo lapso el hurto de motos, vehículos y robo a establecimientos comerciales también registró una reducción de 12 por ciento en promedio (ver recuadro).

Lo realmente notable es que estos descensos se han conseguido con una cifra no menos impresionante. Aunque en los últimos tres meses el pie de fuerza policial ha sido reforzado con 600 hombres, en Bogotá tan sólo hay 190 policías por cada 100.000 habitantes, mientras que en el resto de capitales de Latinoamérica el promedio es de mínimo 500 policías por 100.000 habitantes.

Frente a la falta de pie de fuerza de la Policía parte de la efectiva estrategia ha consistido en conservar, fortalecer y rediseñar algunos programas que ya funcionaban, los cuales habían demostrado su efectividad en la prevención de delitos, como las escuelas y los frentes de seguridad ciudadanos, los CAI y las cámaras de vigilancia en sitios estratégicos.

Según el comandante de la Policía Metropolitana de Bogotá, general Jorge Daniel Castro, estos factores que involucran directamente a la comunidad han sido importantes en la lucha contra la delincuencia y el terrorismo. "La colaboración ciudadana ha sido fundamental y se ha convertido en la mejor respuesta contra la delincuencia y el terrorismo. Gracias a esa colaboración la Policía puede desarrollar un trabajo más proactivo, ir más a la ofensiva y reaccionar antes". Esto se ha visto reflejado en el incremento de 40 por ciento en el número de capturas y decomisos de armas con respecto al año anterior.

La táctica policial ha estado acompañada por la creación de grupos élite, especializados en cada uno de los delitos de impacto social, así como la utilización de policías encubiertos, que ha permitido una mayor eficiencia que se ve reflejada en el decrecimiento de los delitos. "Esos grupos se especializan en combatir delitos específicos, lo que permite que los policías conozcan perfectamente los 'modus operandi' de, por ejemplo, las bandas de asaltantes de bancos o jaladores de carros. Esto les da herramientas a los policías para conseguir una mayor eficacia en la prevención y represión de los delitos", dijo el general Castro.

Otra de las herramientas que han permitido el descenso de la inseguridad es la decisión de manejar los problemas de delincuencia con un enfoque gerencial. Se descentralizó la lucha nombrando oficiales de alto rango en cada una de las 20 localidades en las que está dividida la ciudad. Aunque están coordinados permanentemente por la dirección metropolitana los comandantes de cada una de estas zonas manejan una gran autonomía que, al mismo tiempo que les permite ser más eficientes, los obliga a comprometerse y entregar resultados muy concretos. "Los oficiales trabajan con los alcaldes locales y diseñan programas y estrategias que les permiten actuar con mejor criterio y obtener mejores resultados", afirma el general Castro.

El complemento a la actividad policial, y uno de los pilares que ha permitido que Bogotá haya alcanzado esta alentadora situación de seguridad, es el trabajo conjunto con la administración distrital. Para el subsecretario para la Convivencia y la Seguridad Ciudadana, Hugo Acero, los resultados que hoy se están viendo son el producto de varios factores pero, especialmente, "la clave ha estado en la continuidad que se le ha dado a diferentes programas desde hace varias administraciones. Las estrategias de seguridad se han institucionalizado y eso garantiza que los índices de delincuencia sigan reduciéndose a un ritmo constante, como ha venido pasando en los últimos años", concluye Acero.

Las cifras hablan por sí mismas y revelan la efectividad de estas estrategias, que lentamente le están cambiando la cara a Bogotá.
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