Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2004/10/30 00:00

Por qué no barre Kerry

Ante el desastre de Irak es inexplicable que Bush y Kerry estén empatados. Los errores del candidato demócrata le podrían costar la presidencia

Por qué no barre Kerry

Luego de casi cuatro años de gobierno, que George W. Bush pueda ser reelegido presidente de Estados Unidos es probablemente el hecho más sorprendente de la actual campaña electoral norteamericana. Y si por alguna razón el actual Presidente sale victorioso, es muy posible que en el futuro ésta sea recordada más como la campaña que perdió John Kerry.

Pocas veces en la historia reciente unas elecciones en Estados Unidos habían levantado tanta expectativa. Al fin y al cabo en los comicios del 2 de noviembre el país más poderoso del mundo decidirá sobre la continuidad del gobernante más controvertido de los últimos años. Bush, luego de llegar a la presidencia por una discutida decisión de la Corte Suprema de Justicia, ha tenido un desempeño cuestionable desde todo punto de vista. Al final de sus cuatro años es muy difícil encontrar un índice que le favorezca, ni en la política interna, ni en sus relaciones exteriores, ni su guerra contra el terrorismo, que en Irak es un desastre inenarrable. Y sin embargo, su campaña se acerca al día de las elecciones en una permanente, aunque variable, ventaja sobre el retador demócrata, John Kerry. ¿Qué puede explicar que un Presidente tan ridiculizado, cuyos resultados son tan malos, que se enfrenta a un hombre manifiestamente superior desde el punto de vista intelectual, esté en condiciones de permanecer otros cuatro años al frente del país más importante del mundo?

La situación económica de Estados Unidos se ha deteriorado considerablemente con la presidencia de George W. Bush (ver gráfico). Normalmente, este hecho por sí solo le cuesta la presidencia a cualquier mandatario en ese país. En cualquier elección y más en una reelección el bolsillo elige. Sin embargo, en esta ocasión más que el bolsillo pesa ante el electorado la guerra en Irak. Y en este frente, la situación es aún más catastrófica. Las armas de destrucción masiva nunca aparecieron. La insurgencia contra la invasión se ha convertido en un baño de sangre que no respeta fronteras. Las decapitaciones semanales recuerdan la revolución francesa. Los carros bomba son prácticamente diarios. Los secuestros no paran. En promedio mueren un soldado norteamericano por día y 15 civiles iraquíes.

Para todos los efectos Estados Unidos ya perdió la guerra. Sin embargo, nadie tiene una fórmula respetable para aceptar esta realidad. Las elecciones de enero en Irak, si tienen lugar, no van a definir nada. El retiro de las tropas tampoco es una posibilidad porque el caos es de tal dimensión que el poder podría quedar en manos de grupos muchísimo más radicales que Saddam Hussein. Con el petróleo ya a 54 dólares por barril, el colapso institucional de Irak con la tercera reserva de crudo más grande del mundo podría no sólo desestabilizar toda esta región sino representar una recesión mundial de niveles nunca antes vistos. Y aun así es posible que Bush gane. ¿Por qué? La única explicación radica en la estrategia de campaña de John Kerry.


Estrategia fallida

John Kerry como candidato cometió un error enorme: no decir lo que de verdad pensaba sobre la guerra en Irak sino hasta faltando un mes para las elecciones. El candidato demócrata durante más de seis meses sintió que no podía criticar la guerra abiertamente. La razón es que él votó a favor de ésta cuando el Congreso de Estados Unidos le dio a Bush la autorización para utilizar la fuerza. En ese momento estaba en plena campaña por la candidatura de su partido y necesitaba contrarrestar el abierto pacifismo de su contendor más fuerte en las primarias, Howard Dean.

En Washington se pensaba que la campaña de Irak iba a ser una guerra de tigre contra burro amarrado, y que oponerse tan radicalmente como lo hacía Dean era un suicidio político. Por esto Kerry apoyó a Bush. Pero luego complicó aún más las cosas cuando votó en contra de un paquete de 87.000 millones de dólares para las tropas. Ese voto en contra inmediatamente después del voto a favor terminó siendo su maldición. Se asimilaba esa conducta a la que tuvo al volver de la guerra de Vietnam cuando después de haber sido un soldado condecorado se convirtió en uno de los líderes de la oposición a este conflicto.

Estos dos reversazos les permitieron a sus adversarios ponerle el rótulo de veleta política. En inglés coloquial, flip flop.

Y estos no eran los únicos votos que tenía que justificar. Kerry carga el peso de haber sido congresista durante 20 años, lo cual conlleva inevitablemente lo que en política se podría llamar un 'pasado'. Centenares de votos en la actividad parlamentaria en una campaña se vuelven una fuente inagotable de argumentos para demostrar que un político es inconsistente en sus decisiones. Al fin y al cabo, en la actividad parlamentaria el compromiso y el acuerdo transaccional son la esencia. A cualquier congresista norteamericano es posible demostrarle inconsistencias de las que el afectado no pueda defenderse en una sola frase. Por eso no es muy usual que un senador gane la presidencia en Estados Unidos.

Por cuenta de sus votos contradictorios sobre Irak, Kerry durante mucho tiempo no pudo coger el toro de la guerra por los cuernos. Sus pronunciamientos al respecto eran débiles y poco convincentes. Se limitaba a decir que él sí estaba de acuerdo con la guerra, pero que la habría manejado de forma diferente. Incluso llegó a afirmar que aunque no hubieran existido armas de destrucción masiva, el mundo era un lugar más seguro sin

Saddam Hussein. Cuando le preguntaban qué es lo que él haría diferente si fuera el presidente, decía que tenía un "plan", el cual en términos generales coincidía con el de Bush. Consistía básicamente en buscar que los aliados compartan el peso de la guerra y en entrenar a los iraquíes para que se puedan defender solos. Nada de eso era muy convincente y la campaña de Kerry no iba para ningún lado.

A todo esto se sumó un error estratégico inmenso en la convención demócrata. Su gurú de cabecera Bob Shurm lo convenció de que en lugar de hacer el papel de un contendor agresivo tenía que actuar como un estadista que estuviera por encima de la pugnacidad de una campaña electoral. Para ese momento el desprestigio de Bush parecía haber tocado fondo con el escándalo de las torturas en la prisión iraquí de Abu Ghraib, y la campaña asumió que era innecesario irse lanza en ristre contra un Presidente que no resistía más descrédito. A cambio de atacar haciendo énfasis en el desastre de Irak y en las mentiras de Bush para justificar la invasión, Kerry presentó una pose de hombre calmado, con experiencia militar, perfectamente calificado para ser el comandante en jefe de Estados Unidos. Esto lo llevó a centrar la campaña en su récord como combatiente en la guerra de Vietnam, donde sus condecoraciones en el campo de batalla lo dejaban como un héroe. En otras palabras, Bush estaba tan caído que no era necesario empujarlo.

En esa estrategia había dos grandes errores. En primer lugar Bush estaba contra las cuerdas pero no en la lona. La memoria de los aviones estrellándose contra las Torres Gemelas pesaba más que las fotos de la cárcel de Abu Ghraib. Estados Unidos había sido atacado y esto siempre genera solidaridad alrededor del comandante en jefe de turno. Esta solidaridad se explotó al máximo durante la convención republicana, en la cual su asesor político de cabecera Karl Rove montó un espectáculo digno de Hollywood. Promocionado por discursos de estrellas como Arnold Schwarzenegger y Rudolph Giulliani, millones de televidentes acabaron viendo a su Presidente como un hombre bien intencionado, de mano firme cuya prioridad era la defensa de Estados Unidos. Pero a diferencia de Kerry que prefirió no atacar a Bush durante su convención, los republicanos destrozaron al candidato demócrata repitiendo una y mil veces "flip flop, flip flop".

Y en cuanto al héroe de la guerra de Vietnam, los estrategas de Bush no desaprovecharon el papayazo. En una serie de comerciales que indudablemente pasarán a la historia como elementos cruciales de la campaña, un grupo de veteranos cuestionó el heroísmo de Kerry y el valor de las condecoraciones recibidas, al mismo tiempo que atacaban su posición pacifista cuando regresó de la guerra. Tomada por sorpresa, la campaña de Kerry tardó varios días en responder, pero el daño estaba hecho. Como resultado, en la campaña de 2004, con los soldados norteamericanos muriendo diariamente en Irak, increíblemente la atención del país se desvió hacia un episodio menor de una guerra sucedida hace casi 40 años.

Kerry había centrado su campaña en su heroísmo en Vietnam. Con este frente desacreditado la campaña quedaba en el aire. A mediados de septiembre, convencido ya de que su indecisión le llevaba al desastre, Kerry comenzó a atacar directamente a Bush en el tema en el que hubiera debido hacer énfasis desde el comienzo. Igualmente, comenzó a decir lo que de verdad pensaba sobre la guerra de Irak, quitándose de encima el fantasma de su voto original. Esta liberación produjo un nuevo Kerry. En una conferencia en la Universidad de Nueva York, Kerry argumentó por primera vez que Irak no había sido nunca una amenaza para Estados Unidos, que la guerra en ese país nunca estuvo realmente justificada, que el enfoque de Bush contra Saddam Hussein era una equivocación pues dejaba de lado al verdadero enemigo, Osama Ben Laden, y que la guerra se estaba perdiendo.

Pero aunque Kerry expresó lo que la mayoría de los norteamericanos sentían, no pudo nunca exponer una fórmula para acabar con el conflicto. Esto no es culpa de él, nadie tiene esa fórmula. Pero ante esta realidad lo único que podría decir era "créanme, yo puedo hacerlo mejor que Bush". Eso requiere un acto de fe, y la fe es lo que más escasea por estos días en Estados Unidos. Su postura favorable a un retiro en Irak disfrazado de multilateralismo les dio pie a sus adversarios para acusarlo de una falta de compromiso con una victoria total en Irak. La posición de Kerry es más realista que la de Bush, pero lo expone a ser catalogado de débil en la defensa de Estados Unidos.

La estrategia de Bush, por su parte, es arriesgada pero coherente. Consiste en nunca reconocer que se cometió un error. Y no echar para atrás así se sigan cometiendo. Esta política, por más equivocada que sea, es clara, y claridad es lo que no había podido mostrar John Kerry.

Otro problema que tiene Kerry es que los republicanos le han asignado una palabra que en Estados Unidos es gravísima en política: liberal. A diferencia de Colombia, donde este rótulo históricamente ha tenido connotaciones positivas, en Estados Unidos es casi un insulto en materia política. Nadie en ese país dice ser liberal. Esa palabra sólo se utiliza para acusar a un rival. Liberal es un concepto que se asocia con aumento de impuestos para financiar programas sociales, igualmente con el apoyo al aborto y a los derechos de los homosexuales. La palabra que le gusta a la mayoría del electorado es 'conservador'. Esta se asocia con menos interferencia del Estado en materia económica y mayor protección de la moral tradicional. Según una encuesta de la CBS, el 71 por ciento de los encuestados consideran a Bush conservador y 55 por ciento consideran a Kerry liberal.

Las dos palabras, "veleta" y "liberal" explotadas hasta la saciedad por la campaña publicitaria de Bush, junto con la percepción inevitable de que carece de convicciones fuertes, habían conseguido hasta hace poco tiempo lo imposible: que Kerry fuera incapaz de convertir el enorme descontento existente con el desempeño de la presidencia de Bush en apoyo para su candidatura.

Todo esto pareció cambiar un poco cuando llegó la temporada de los debates. Kerry los ganó todos y demostró una clara superioridad intelectual sobre su contendor, a pesar de algunos resbalones, como una controversial mención del lesbianismo de la hija del vicepresidente Dick Cheney. Finalmente dejó claro que tenía talla presidencial. Esto le permitió remontar las diferencias en las encuestas y ponerse de nuevo en una situación de empate técnico, que es la existente en la actualidad. En cualquier caso, el haber perdido la iniciativa de atacar a Bush al comienzo de la campaña lo obliga ahora, en plena recta final, al difícil malabarismo de desacreditar a su contendor mientras intenta parecer presidencial.

Si hubiera sido asertivo desde un comienzo, si hubiera dejado el juego de tratar de ganar votos de su contendor sin arriesgar perder algunos de los propios, si en suma hubiera puesto a Bush contra las cuerdas, armado como estaba de tantos argumentos de fácil demostración como las mentiras sobre Irak o el pésimo desempeño de la economía, a estas horas ya se sabría que las iniciales del próximo presidente de Estados Unidos serían J.F.K. (John Forbes Kerry). Pero como se desarrollaron los hechos, ese es un enigma que sólo se resolverá después del martes 2 de noviembre.

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