Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2001/11/12 00:00

¿Por qué nos odian?

En el siguiente ensayo el conocido periodista analiza las causas del rechazo del mundo musulmán contra Estados Unidos.

¿Por qué nos odian?

Es apenas comprensible que ante la pregunta “¿Por qué nos odian los terroristas?”, los norteamericanos respondan: “¿Por qué habría de importarnos?”. La reacción inmediata ante el asesinato de 5.000 inocentes es la ira, no el análisis. No obstante, la ira no bastará para ayudarnos a dar una lucha que, con toda seguridad, será prolongada. Para ello necesitamos respuestas.

Aquellas que hemos escuchado hasta ahora pueden ser reconfortantes, pero resultan demasiado familiares. Nosotros defendemos la libertad y ellos la odian. Somos ricos y nos envidian. Somos fuertes y ellos se resienten por nuestra fortaleza. Todo eso es cierto. Sin embargo hay miles de millones de personas pobres, débiles y oprimidas en el mundo y la gran mayoría no convierten los aviones en bombas voladoras. No se hacen volar en pedazos para matar a millares de civiles. Si la envidia fuera la causa del terrorismo Beverly Hills, la Quinta Avenida y Mayfair se habrían convertido en morgues hace mucho tiempo. Hay algo más fuerte en todo esto que las carencias y la envidia; algo que incita a los hombres a matar y también a morir.

Osama Ben Laden tiene una respuesta: la religión. Para él y sus seguidores esta es una guerra santa entre el Islam y el mundo occidental. La mayoría de los musulmanes está en desacuerdo. Todos los países islámicos del mundo han condenado los ataques del 11 de septiembre. Para muchos Ben Laden pertenece a una larga tradición de extremistas que han invocado la religión para justificar el asesinato masivo e incitar a los hombres al suicidio. Las palabras “thug”, “sicario” y “asesino” provienen todas de antiguos grupos religiosos terroristas: hindú, judío y musulmán, respectivamente. Los sectarios pertenecientes a dichos grupos creían que estaban trabajando para Dios. La mente de los terroristas crea sus propias realidades y, al igual que el Satanás de Milton, puede convertir el cielo en un infierno y el infierno en un cielo. Que se trate del Unabomber, de Aum Shinrikyo o de Baruch Goldstein (quien mató decenas de musulmanes desarmados en Hebrón), los terroristas son, casi siempre, desadaptados que colocan su propia moralidad retorcida por encima de la moral de la humanidad.

Admiracion por Ben Laden

Ben Laden y sus seguidores no constituyen una secta aislada como Aum Shinrikyo o los davidianos, ni son dementes solitarios como Timothy McVeigh o el Unabomber. Provienen de una cultura que refuerza su hostilidad, su desconfianza y su odio por el Occidente y, en particular, por Estados Unidos. Dicha cultura no aprueba el terrorismo; pero sí alimenta el fanatismo que existe en su núcleo. Decir que Al Qaeda es un grupo marginal puede resultar reconfortante, pero es falso. Lea la prensa árabe en los días siguientes a los ataques y detectará una admiración palpable por Ben Laden. O considere esta frase tomada del periódico pakistaní The Nation: “El 11 de septiembre no fue el resultado de terrorismo ciego actuando porque sí. Fue reacción y venganza, incluso puede hablarse de castigo”. ¿Por qué, si no, se encuentra la respuesta norteamericana a los ataques tan restringida por los temores de un “contragolpe islámico” en las calles? Pakistán no se atreve a permitirle a Washington que utilice sus bases militares. Arabia Saudita tiembla ante la perspectiva de tener que ayudarnos públicamente. Egipto insiste en que nuestras respuestas sean tan limitadas como sea posible. El problema no radica en que Osama Ben Laden crea que esta es una guerra religiosa contra Estados Unidos, pero sí radica, en cambio, en que hay millones de personas en el mundo islámico que parecerían estar de acuerdo con él.

Esta extraña realidad ha conducido a algunos en Occidente a desempolvar viejos ensayos y prejuicios aún más viejos que pronostican un “choque de civilizaciones” entre Occidente y el Islam. El historiador Paul Jonson ha afirmado que el Islam es una religión intrínsecamente intolerante y violenta. Otros estudiosos lo han refutado, señalando que el Islam condena el asesinato de inocentes y prohíbe el suicidio. No resolveremos nada poniéndonos en la búsqueda del “verdadero Islam”, ni poniéndonos a citar el Corán.

El Corán es un libro tremendamente extenso, de contenido muy vago, lleno de poesía y de contradicciones (muy similar en esto a la Biblia). En él se pueden encontrar condenas contra la guerra e incitaciones a la lucha, hermosas expresiones de tolerancia y estrictas disposiciones contra los no creyentes, los “infieles”. Las citas tomadas de él generalmente nos dicen más acerca de la persona que las seleccionó que acerca del Islam mismo. Todas las religiones son compatibles con lo mejor y lo peor que hay en la humanidad. A través de su larga historia la cristiandad ha apoyado las inquisiciones y el antisemitismo así como los derechos humanos y el bienestar social.

¿Por que ahora?

La búsqueda en los libros históricos también tiene un interés limitado. Desde las Cruzadas del siglo XI hasta la expansión turca del siglo XV y la era colonial de comienzos del siglo XX, el Islam y el Occidente han luchado con frecuencia en el plano militar. Dicha tensión ha existido durante cientos de años, en los cuales ha habido muchos períodos de paz e inclusive de armonía. Por ejemplo, hasta la década de 1950 judíos y cristianos vivieron en paz bajo las autoridades musulmanas. De hecho, Bernard Lewis, el eminente historiador del Islam, sostiene que durante la mayor parte de la historia las minorías religiosas han vivido mejor bajo gobiernos musulmanes que bajo gobiernos cristianos. Todo eso cambió durante las últimas décadas. Por consiguiente, la pregunta relevante que podemos hacer es: ¿Por qué atravesamos actualmente por una fase tan particularmente difícil? ¿Qué ha funcionado mal en el mundo islámico que explica, no la conquista de Constantinopla en 1453, ni el sitio de Viena en 1683, sino los sucesos de septiembre 11 de 2001?

Escudriñemos primero el interior del extensísimo mundo musulmán. Muchos de los mayores países musulmanes del mundo demuestran muy poco esta ira antinorteamericana. Indonesia, el más grande de todos, aceptó hasta la reciente crisis económica de Asia la asesoría norteamericana y seguía diligentemente las indicaciones de Washington en relación con la economía, con resultados impresionantes. Pakistán y Bangladesh, los dos países siguientes en orden de magnitud de su población, han combinado el Islam y la modernidad con algún éxito. Aunque ambos países son pobres, uno y otro han elegido mujeres para el cargo de primer ministro, antes inclusive de que algo semejante ocurra en la mayoría de los países occidentales. Luego viene Turquía, el sexto país musulmán del mundo; una democracia laica con problemas pero que —no obstante— funciona y es un aliado muy sólido del Occidente (por ser miembro de la Otan).

La apacible pesadilla egipcia

Observemos el Egipto de hoy. La promesa del nasserismo se ha convertido en una apacible pesadilla. El gobierno actualmente sólo es eficiente en un área: aplastar la disensión y estrangular a la sociedad civil. Durante los últimos 30 años la economía egipcia ha avanzado con muchas dificultades mientras que su población se ha duplicado. El desempleo se encuentra en el 25 por ciento y el 90 por ciento de quienes buscan empleo cuentan con diplomas universitarios. El país, que otrora fuera el corazón de la vida intelectual árabe, actualmente sólo produce 375 libros al año (comparado con 4.000 libros que produce anualmente Israel). A pesar de todas las protestas furiosas contra los extranjeros los egipcios saben esto.

Lo más chocante es que Egipto ha tenido un mejor desempeño que sus vecinos árabes. Siria se ha convertido en uno de los más opresivos regímenes policiales del mundo: es un país en el cual 25.000 personas pueden ser rodeadas y asesinadas por el régimen sin que se produzcan consecuencias. (Estamos hablando de un país cuya capital, Damasco, es la ciudad más antigua del mundo que ha sido continuamente habitada). En 30 años Irak ha pasado de ser uno de los países árabes más modernos y laicizados —con mujeres trabajadoras, artistas prósperos, periodistas activos— a ser un escuálido escenario de la megalomanía de Saddam Hussein. Líbano, una sociedad de amplia variedad de habitantes, cosmopolita, cuya capital, Beirut, era llamada el París del Oriente, se ha convertido en un antro endemoniado de guerra y terror. En un proceso impensable de regresión del patrón global, casi cualquiera de los países árabes es actualmente menos libre de lo que era hace 30 años. Hay pocas naciones en el mundo de las cuales pueda decirse lo mismo.

Pensamos usualmente en los dictadores africanos como seres rapaces; pero los del Medio Oriente pueden resultar exactamente igual de voraces. Y cuando se contrasta ese desempeño con el éxito de Israel los fracasos de los árabes resultan aún más humillantes. A pesar de sus defectos, a partir del mismo desierto Israel ha creado una democracia que funciona, una sociedad moderna con una economía cada vez más dedicada a la alta tecnología y con una vida artística y cultural extremadamente dinámica. Israel tiene actualmente un Producto Interno Bruto per cápita que iguala al de muchos países occidentales.

Si la pobreza engendró fracaso en la mayor parte de Arabia la riqueza produjo fracaso en el resto. El aumento del poder petrolero de los años 70 les brindó un segundo impulso a las esperanzas árabes. Donde había fracasado el nasserismo triunfaría el petróleo. Pero no fue así. Todo lo que el aumento del precio del petróleo ha logrado durante este período de más de tres décadas es producir en el golfo una nueva clase de árabes ricos, superficialmente occidentalizados, que viajan lujosamente por el planeta y son despreciados por el resto del mundo árabe. Basta con darles un vistazo a las caricaturas de los jeques del golfo que aparecen en los periódicos jordanos o sirios. Son retratados de la manera más insultante, casi racista, como corpulentos, corruptos y débiles. La mayoría de los norteamericanos piensan que los árabes deberían estar agradecidos por nuestro papel en la guerra del golfo, por haber salvado a Kuwait y a Arabia Saudita. La mayoría de los árabes piensa que a quienes salvamos fue a las familias reales de dichos países. Hay una gran diferencia.

Riqueza para unos pocos

El dinero que los jeques del golfo han engullido se mide en una escala que es prácticamente imposible de creer. Sólo un ejemplo: un favorecido príncipe de Arabia Saudita, a la edad de 25 años, construyó un palacio en Riyad por valor de 300 millones de dólares y, como botín adicional, recibió una comisión de 1.000 millones de dólares sobre el contrato telefónico de su país con la AT&T. Lejos de producir progreso político, la riqueza ha tenido en realidad algunos efectos negativos. Ha enriquecido y le ha brindado poder a los gobiernos del golfo de modo que, al igual que sus hermanos árabes, ellos también se han vuelto más represivos con el tiempo. Las sociedades beduinas que otrora gobernaron se han convertido en jaulas doradas, llenas de hombres jóvenes frustrados, amargados y descontentos, algunos de ellos viven actualmente en Afganistán y trabajan con Osama Ben Laden. (El propio Ben Laden y algunos de sus ayudantes provienen de familias privilegiadas de Arabia Saudita).

Para finales de los años 80, mientras el resto del mundo estaba contemplando la caída de viejos regímenes desde Moscú hasta Praga, desde Seúl hasta Johannesburgo, los árabes seguían atrapados con sus dictadores cada vez más viejos y sus reyes corruptos. Regímenes que podían haber lucido prometedores en los años 60 se revelaban ahora como cleptocracias cansinas y corruptas, profundamente impopulares y totalmente ilegítimas. Habría que añadir que muchas de ellas son aliados estrechos de Norteamérica. n

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